Yo te quiero por los dos

La gente habla y las personas se dicen cosas. Entonces, ahí, en ese cortocircuito de la pareja en ciernes, a uno le surgen las dudas. «No me importa. Yo te quiero por los dos». El receptor se bloquea. ¡Joder!, ¿cómo salgo de aquí? ¿Corro sin moverme del sitio? El emisor lo tiene claro. Le basta con sentir lo que siente por los dos. El otro, en cambio, preso entre las garras de una mantis amorosa, espera el siguiente movimiento. Seguirán viéndose. Y nadie le come la cabeza.

El amor no correspondido vale mucho. De alguna forma, compensa los días que uno se detesta, que son muchos. Se trata de una posesión donde el objeto de la posesión es libre. Lo tiene claro, no siente lo mismo o no siente nada y, a pesar de todo, los días pasan y siguen follando cada vez mejor. El sexo como construcción de la pérdida, pura asimetría. Uno lo vive como un romance infinito. El de al lado con incredulidad. «Quizás me quiere tanto al invitarme a saltar y no saltar», dice, «al saber que nunca seré suyo», piensa. Todos somos unos guarros. «Yo te quiero por los dos». Pues arreglado.

Esa es una respuesta recurrente. «¿En serio que te ha dicho eso?», pregunto. Varias personas en varios países lo afirmaron y pidieron otro vino para explicarme un fenómeno idéntico con distintos protagonistas. Ahí siguen, tienen una relación con alguien al que no quieren, pero como ese alguien quiere todo lo que no recibe… En el fondo, verbalizarlo ayuda. A veces, el centro del amor coincide con la palabra no. Cortamos el hilo para empezar de nuevo. Cuando te das cuenta, el hilo te ha enredado. Sucede también con la luz de la mesilla. Al apagarla, nos deslumbra más que al encenderla.

Ilustración: Manchen Lo

A la contra del mundo

Se puede vivir a la contra del mundo, bañarse en el mar en diciembre, desayunar bocadillos de pescado e ignorar el roce de las horas. A veces, se puede viajar cuando los demás están en un atasco, pedir vino a la hora del café y observar cómo los volcanes pueden ser el límite del cielo. A favor, sin oponer resistencia al pulso de la vida, a la muerte como cuento. En ese impulso, entre las sábanas y las casas con ventanas pintadas de azul, olas, bocanadas de aire, buganvillas que recuerdan que las cosas crecen sin querer, sin intentarlo apenas. Hay tantos mundos en este mundo, tantos inviernos de aviones y amor en las orillas.

Porque muchas veces los días despellejan al no aceptarse. Así pasamos, entre la sensación de no estar donde queremos y la promesa de estar en otra parte. ¿Qué ocurre cuando todo se detiene y solo existe ella y él es para ella y ella y él bailan? No hace falta casi nada para ser felices. Y se nos olvida, y aspiramos a todo sin tener en cuenta que de piel están hechos los sueños, de piel y algunas migas. Después, despiertas y comprendes que nada fue un sueño. Por eso parece soñado, por eso sobrevivirá a la estación más fría.

Solamente el amor puede detener el tiempo, sostener los planetas y alumbrar una habitación en llamas. Qué mejor forma de ir a la contra que abandonando los límites del cuerpo y descubrir por primera vez lo conocido. Cierto, el mundo seguirá girando mal, pero lo hará a otro ritmo, como una fruta que cae del árbol y rueda hacia nosotros. Lo importante está tan cerca que cuesta descifrarlo, lo prescindible es una casa llena de recuerdos. Espero que todos, alguna vez, se sientan vulnerables frente a un universo lleno de monstruos y pantallas, lleno de razones para seguir latiendo.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Yo ya no

Es muy difícil establecer límites en el trabajo, más aún con una pareja convertida en enemigo crónico. También ocurre con desconocidos en progreso de ser de confianza. Los límites parecen existir para saltárselos y, al mismo tiempo, existen por una razón que el universo ignora. Quizás tenga algo que ver ese mantra de superación que muchos arrastramos, como si el reparo implicara falta de carácter. A veces, hace falta valor para quererse, incongruencia cuando implica decepción para los otros. Así vivimos, entre la duda y la necesidad de saber hasta donde llegar. Y ese momento llega. Comienza y termina con un «yo ya no».

«Yo ya no», tres monosílabos que representan la victoria de nuestra individualidad más sana. Normalmente se escriben, aunque en alto imponen algo más. Últimamente abundan, puede que porque vamos aprendiendo a defender los derechos propios, tan universales, tan de todos. Los límites no implican cercar los sentimientos, simplemente los colocan donde deberían ir: el latido en las sienes, la pasión entre los ojos y el respeto como única forma de sentir al otro. Todo lo que se salga de estos términos queda descartado. Los límites, amigo, los límites.

El cielo ha hecho mucho daño, tanto que los humanos ven en Marte la solución a los males de la Tierra. Los límites tienen que ver con el cuidado y a ellos debemos encomendarnos cuando vemos ondear banderas rojas. Reconforta saber que las palabras sirven para algo. El receptor debe acatarlas y cambiar de rumbo, reconocer que los límites antiguos dejaron de servir en el presente. Si queremos un trabajo que nos represente, si aspiramos a un amor hasta la eternidad, tenemos que aprender a comportarnos como si todas las cosas infinitas fueran a acabarse. Con un «yo ya no» se puede conquistar el universo, esa estrella pequeñita que todos contenemos bien adentro.

Ilustración: David Shrigley