Mi Carmen

Me enamoré de ella al instante. Sentí un rayo y un clavel atravesándome el pecho aún imberbe. Por fin, aquí, en este país, el mío, pequeño y para adultos, había una estrella inalcanzable, de Hollywood, pero con acento sevillano y sonrisa universal. Daba un poco igual cómo cantara, cómo actuara en películas llenas de migas de pan y amor cutre, con fierecillas y un balcón bajo la luna. Ella movía el cuello, decía algo, cualquier cosa, y veías cine. El blanco y negro no podía oscurecer esa sonrisa, sus pestañas, sus huesos de Taylor, de Loren, de Hayworth. Me gustaba tanto que yo abría los ojos para seguir sonándola. Carmen era la más grande de las Cármenes.

Ya de señora con traje y ovejitas domaba a los espectadores por televisión. Mantuvo siempre una belleza antigua, que no es más que el encanto recogido con un esparadrapo alrededor del cuello, una belleza de peluquería que ni se crea ni se destruye al ser mirada. Poco o nada puede la muerte contra ella. Hoy, mi Carmen está muerta. Quizás por eso sueño que sonríe y detiene el tiempo en los ojos de un niño ahora más viejo que cree, por encima de todas las cosas, que ser bella no debe ser nunca una obligación, que la belleza es inmortal y que si la echamos de menos estando viva qué le ocurrirá a la belleza con ella bajo una lápida.

Esta noche no podremos descansar en paz. Y nadie culpará al calor.

Ayer vi el Polo Norte

Asomo la cabeza y veo una masa de hielo que desborda, como un acorde infinito de ruido blanco. La extrañeza, siempre desde arriba, aumenta cuando la azafata me entrega un certificado oficial en Din A5 y una sonrisa=máscara. Sí, soy un elegido a 88º 31′ 00.0″ N y 0º 08′ 2.31″ E, uno más. Y es que para eso viaja uno, ¿no?, para transitarse y publicarlo. Por fin puedo afirmar que la Tierra es plana, que el Polo Norte se parece mucho a Benidorm nublado y que los aviones no pueden sobrevolar Rusia en nombre de la paz. Por eso rompo la regla que afirma que una vez al año hay que viajar a un lugar en el que no hayas estado, es decir, a uno mismo, el peor de los destinos.

Un despegue forzoso implica un aterrizaje dulce, acción de separarse de un mundo que nos factura por todo, incluso por volar. Ahora los aeropuertos vienen con eco, eco, eco, los hombres hacen pis sentados en el baño y corre el aire que nos falta ahí fuera, como si todo fueran señales indicando que moverse fue y será patrimonio de los ricos. Sucedió, vivimos el espejismo de aquella globalización achatando los cuatro puntos cardinales hasta dejarlos en tres, el Norte y el me quedo en casa. Lo que quedó entre medias, oh, precarios y pandémicos, se resigna a leer a Julio Verne o mirar las postales del microondas, una playa, una pizza que da vueltas. Nos equivocamos todos, por eso dejamos de viajar.

Ahora ser turista es ser leyenda y además los lugares remotos hacen honor a su nombre de distancia en Google. Así, uno camina solo y rodeado de otros muy diferentes, tanto que podrían ser humanos, pero con la cabeza enorme y un cierto desequilibrio cinético que recuerda a los pájaros mojados. En un andén lleno de luces, pienso en los kilómetros recorridos y el combustible, en lo que bien que se está en casa pensando en ese español que espera el tren y en la dentera que me produce la gente a la que le encanta viajar y la feria de Sevilla. Y por fin sé lo que hay al norte del Polo Norte.

Ilustración: Guy Billout

. En el andén pienso