Sirat, el puente entre el cine y el polvo

Voy a ver «Sirat» porque me encanta Óliver Laxe, su pelo, su valentía al abordar las neurosis, su cara, sus dientes, su manera de andar como si nadara, esa inteligencia suave. Llego al cine engañado por el tráiler, lleno de expectativas y de premios, con un Toblerone medio deshecho y dispuesto a buscar en el desierto a una niña desaparecida en una «rave». Lo que sucede desde que se apagan las luces de la sala y regreso a la vida en blanco y negro tiene algo de viaje iniciático. ¿Qué ha sucedido en estas dos horas? ¿Hemos sido engañados? ¿Acabo de presenciar algo que escapa a las palabras y apela al dolor? ¿Puede una película engañar a la muerte? Aquí no hay respuestas, solamente polvo.

Quizás las obras que merecen la pena —un libro, una canción triste, un cuadro— son las que nos llevan a un lugar desconocido dejando en nosotros una mezcla de impotencia y cabreo, como el que cree haber alcanzado un oasis y, en realidad, es un espejismo: el agua está en otra parte y se parece a un sueño. Nada que perdure en el tiempo puede racionalizarse con facilidad, requiere de un empeño a la contra de esta velocidad tan nuestra. Quizás, el futuro representa el presente de una forma más precisa porque sedimenta y abre el horizonte y, en ese futuro, al final de la vías, Óliver Laxe dirige el tren del cine español.

Todos hablan de su guión apocalíptico, de la deriva de una historia que encierra muchas películas, que si Mad Max, que si Herzog, que si música tecno a ritmo de pérdidas y más pérdidas. Yo veo dunas que podrían ser desiertos en la palma de un muñón, un impulso que se lleva todo por delante y te arranca las ganas de bailar y de seguir hacia delante, contradicciones, fuego, un poco de arte y artificio, bidones de gasolina y huellas. En el desierto todo es presencia, precisamente porque en él podemos escuchar el viento entre la arena, el ruido de un corazón apagándose, lo que llevas dentro: la herida.

«El irlandés», la primera película por capítulos

El ocio es un menú a la carta desde que Netflix irrumpió en nuestras vidas. Y es que pocos saben que la compañía, en principio un videoclub en línea de DVD’s exento de multas por retraso en las devoluciones, no es más que la televisión de siempre adaptada a los nuevos tiempos, esos del género no binario, el rock encarnado por Maluma y una necesidad creciente por ver películas «a cachos» en cualquier dispositivo… menos en el cine.

Mientras el mundo acelera —algunos no pueden evitar abrir la ventanilla para no vomitar—, Martin Scorsese apuesta por la plataforma y estrena en el móvil «El irlandés», una película que, por momentos, parece una serie, o una serie de un capítulo de tres horas y media en la que, por obra y gracia de la tecnología punta, los estragos del paso del tiempo se presentan como la única enfermedad que apoca la voz, reduce el tamaño de la cabeza y mata las ilusiones al ritmo del logaritmo de la vida, el único imposible de detener a nuestro antojo. De pronto, sin darnos cuenta, llegaron los americanos con sus planes de dominación y asistimos al declive de las salas precisamente por la misma razón por la que nacieron: para hacer la existencia más llevadera, a poder ser a oscuras y con un Toblerone en la mano. Intercambia el chocolate por la manta y ya estás en 2019.

No se trata de hacer apología de la nostalgia, ni siquiera pretendo hacer un alegato en contra del progreso; «El irlandés» cuenta una historia de varias décadas concentrada en poco tiempo que resulta insoportablemente larga para casi todos, precisamente porque Netflix es la vida de ahora, un desplegable personalizado, el espejo del cuarto de baño pintado con un logo rojo… y un agujero.