Voy a ver «Sirat» porque me encanta Óliver Laxe, su pelo, su valentía al abordar las neurosis, su cara, sus dientes, su manera de andar como si nadara, esa inteligencia suave. Llego al cine engañado por el tráiler, lleno de expectativas y de premios, con un Toblerone medio deshecho y dispuesto a buscar en el desierto a una niña desaparecida en una «rave». Lo que sucede desde que se apagan las luces de la sala y regreso a la vida en blanco y negro tiene algo de viaje iniciático. ¿Qué ha sucedido en estas dos horas? ¿Hemos sido engañados? ¿Acabo de presenciar algo que escapa a las palabras y apela al dolor? ¿Puede una película engañar a la muerte? Aquí no hay respuestas, solamente polvo.
Quizás las obras que merecen la pena —un libro, una canción triste, un cuadro— son las que nos llevan a un lugar desconocido dejando en nosotros una mezcla de impotencia y cabreo, como el que cree haber alcanzado un oasis y, en realidad, es un espejismo: el agua está en otra parte y se parece a un sueño. Nada que perdure en el tiempo puede racionalizarse con facilidad, requiere de un empeño a la contra de esta velocidad tan nuestra. Quizás, el futuro representa el presente de una forma más precisa porque sedimenta y abre el horizonte y, en ese futuro, al final de la vías, Óliver Laxe dirige el tren del cine español.
Todos hablan de su guión apocalíptico, de la deriva de una historia que encierra muchas películas, que si Mad Max, que si Herzog, que si música tecno a ritmo de pérdidas y más pérdidas. Yo veo dunas que podrían ser desiertos en la palma de un muñón, un impulso que se lleva todo por delante y te arranca las ganas de bailar y de seguir hacia delante, contradicciones, fuego, un poco de arte y artificio, bidones de gasolina y huellas. En el desierto todo es presencia, precisamente porque en él podemos escuchar el viento entre la arena, el ruido de un corazón apagándose, lo que llevas dentro: la herida.

