Las personas son lugares

El movimiento se inventó para salir de nuestra cabeza. Abrimos los ojos, preparamos un café o nada y vamos a trabajar deseando estar en otra parte, una playa, huir a un concierto o al día de un mes al otro lado. Somos incapaces de conformarnos con lo que nos toca, por eso recurrimos a espacios que no nos pertenecen, que no nos pertenecerán nunca. Todo es diferente cuando, después de tanto viaje al centro de nosotros, entendemos que las personas a las que queremos y nos quieren son, en realidad, lugares, ciudades llenas de ternura, pueblos con una cama tibia, continentes a los que llamamos casa.

Haced la prueba en un día de mierda. Alguien te cabrea o te provoca. Sientes la ira martilleando tus venas y tus sienes, las patas de una tarántula en la cara. Respiras hondo, como si el aire que entra en los pulmones procediera de una galaxia sobre tu cabeza. Quieres matar entre latido y latido. Las pulsaciones bajan en el momento en el que te refugias en una idea, una idea que es una persona, una persona que es un lugar. La geografía como invento de la gente sola. La cercanía como manifestación más pura del amor. Un pensamiento, un nombre.

Tan hostil ahí fuera, tanta mala hostia por dentro. La gente es fría, los peores matan, los mejores pisan, el planeta arde, las estaciones confunden a los animales y los apicultores, los reyes con sus coronas de espinas, los súbditos con sus sombreros de paja, los inocentes terminan mal, los malvados sonríen frente al televisor, los niños se raspan las rodillas, los adultos lloran a escondidas de los más pequeños, pero siempre podemos recurrir a un momento feliz cerca de el, cerca de ella. Siempre.

Ilustración: Will Barnet

El polvo

El polvo trajo nuevos colores al paisaje. La montaña dio paso a una duna sin alacranes y, entre medias, la luz se hizo mortero. También hoy el cielo se confunde con un plato de cocina, con mucho pimentón, fósforo y hierro pa’ los ojos. Viene bien entre tanto gris tirando a negro, remueve los puntos cardinales para recordarnos que el Sáhara termina en la Castellana y que una guerra a miles de kilómetros genera terror en el vientre de una madre de Los Palacios y Villafranca Así andan últimamente estos tiempos, entre la psicosis y la sobredosis de un cuadro expresionista. De lo abstracto ya se encarga el hombre, empeñado como siempre en acelerar el fin de un mundo dislocado.

Lo peor de este polvo no es el lodo. En todo caso el aire nuclear con muerte al fondo. En cuanto a los coches nada que decir salvo que, por fin, valen para algo. Un dedo, un contorno, un «lávame, guarro» y la sensación de que la calle puede ser todo lo que queramos salvo nuestra. Lo de limpiar ya es otra cosa. ¿Alguien sabe cómo sacarlo de casa si hace años que sólo practicamos el amor en vertical? ¡Que entre, por Dios! Resulta que esta arena roja absorbe el dióxido de carbono y alimenta a los peces más pequeños. Los humanos miran. Algunos sueñan con ovejas pardas.

Teja, cobre, un toque de arcilla y tigre. Así empieza el día para terminar en un fundido a negro. Resulta que son las tormentas las causantes. Quizás por eso llueve poco en este Madrid tan falto de vida y saturado de conciertos. Las especias llegaron del sur mientras el norte miraba hacia el este. Qué cosas. Para terminar el óleo pienso en un jinete cabalgando sobre un caballo color de plata y agua. Después aspiro la ventana, soplo esquirlas de polvo contra el atardecer. A esta realidad le sienta bien el maquillaje, sin duda.

Ilustración: Guy Billout