Cuando la muerte sepulta la actualidad

El río sube, los cuerpos son arrastrados por la corriente, y los afortunados, secos y desde la ventana de sus pisos altos, miran el mundo con otros ojos. Las tragedias cambian el paisaje, al menos mientras son noticia. Durante unos días, la actualidad esquiva el acoso o el fútbol, las conversaciones con los amigos recuperan un tono más pausado, como si la destrucción de las imágenes salpicara de barro los temas importantes, ahora pura anécdota. Como siempre, lo único que empaña este momento de introspección es la clase política que, con su oportunismo, mancha el silencio de las víctimas. Si no respetamos a los viejos, ¿cómo respetar a los muertos?

Qué necesario agachar la cabeza, remangarse la camisa y hundir las manos y las rodillas en ls mierda. También en un sentido práctico, sabiendo que a veces ayudar consiste en echarse a un lado. Hasta las peores tormentas terminan en alguna parte del cielo. Hoy el sol apareció por detrás de las nubes. Tal vez para revelar con más nitidez el daño, quizás para mostrarnos un camino bajo los escombros. Aprovechemos la vida aferrada al madero, el tiempo que nos lleva por delante. Ya se encargarán algunos de invocar la peor de las tormentas, la de los humanos podridos de intereses.

El efecto de la tragedia imita a la enfermedad, moldea el espacio, define las prioridades, nos da un propósito. Luego, con el afán diario, pasamos a otra cosa, olvidamos la letras de las canciones o el nombre de una flor. Nos quedan sus nombres escritos en las tumbas, una urna, fotografías en el disco duro, aquella tarde bajo los castaños, el sonido de su voz en la habitación de al lado, un hueco en la mesa. Nada de lo que una vez fue arrasado puede levantarse igual, de la misma forma que destruir lo que separa no es unir. Por una vez, por una sola vez, estemos unidos. Y cállense.

Ilustración: Alex Colville

Quedarse calvo no es perder pelo

Perder pelo poco o nada tiene que ver con quedarse calvo. La pérdida implica una acción imperceptible pero en curso, y formar parte de ese 42,6% de hombres con aire en la cabeza o alopecia androgenética, difusa, areata o cicatricial supone ingresar (a la fuerza) en un colectivo incomprendido. Y no por lo que piensen los demás, ¡ah, gente hirsuta!, sino por lo que callan los propios calvos sobre tamaña injusticia. Es más, despedirse de un miembro de la familia, que te diagnostiquen una enfermedad y se te vea el cartón son las mayores tragedias del hombre moderno. El resto —erección mediante— pura minucia. Porque todo es pelo, en la almohada y en caída libre, metáfora de la vida sin pelucas. Y los sueños pelo son.

Se alcanza la categoría de terror cuando el más joven del grupo, ese de la cabellera en un túnel de viento, luce coronilla con forma de mortadela. En lonchas, claro. Se trata de un fenómeno intrascendente en términos absolutos, ridículo para mujeres y esa minoría adaptada al paso del tiempo… y el fin de una era. Vale, existe el recurso del secador y los peinados imposibles, aunque no es lo mismo. Además Dios siempre sale muy Pantene en nuestras oraciones, los referentes calvos son más calvos que referentes y si pudiéramos elegir nadie optaría por la solución fresquita. El que diga lo contrario miente o tiene pelazo.

Cada mañana y al lado de mi casa hay cola frente al Carrefour. Todo tíos, inseguros, cachas, conscientes todos ellos de que sin pelo la vida adquiere una tonalidad gris y de descenso. Prefieren mata a comprarse una casa o asumir la visión matutina de un peine enredado en carne de su vello. Ocho mil euros después todo mejora, la confianza recorre los folículos y aguantan las fotografías desde cualquier ángulo. ¡Nada de pelillos a la mar!, ¿a qué se refieren con lo de que a la ocasión la pintan calva? Al final nos salvamos por los pelos porque la sombra del cabello es alargada. Y termina ahorcando.

Ilustración: Yang-Tsun