De moscas, amor y Enrique Ponce

Es noticia en todo el mundo: una mosca se posa en la blanca mata de Mike Pence, figura de cera que cogobierna el país más poderoso del mundo, y consigue captar la atención de millones de internautas y televidentes. Será que todos necesitamos un respiro de la política y la ciencia, darle un buen tiento a la bombona de helio y librarnos un rato, sólo un rato, si tampoco pedimos tanto, de la oscuridad reinante. Porque si este insecto, lo llamaré Avioncito, es la noticia del día, entonces también es más necesario que nunca hablar de lo que le está sucediendo a Enrique Ponce. ¿Amor, el mejor sexo en años, un espejismo? Las tres juntas y un poco por separado.

Desde que conoció a una chavala de 21 años, el diestro ha dejado de ser siniestro —y a su mujer— para convertirse en el mejor imitador de un Michael Jackson pasado de Demerol, puro flow taurino, algo peor de pelo y bien de “Just for Man”, ese jovencito de 48 años capaz de posar con chupa de cuero-cuero y zapatillas con la bandera de España entre dos aguas, irse de botellón con los colegas de su novia y anunciar en las portadas del papel cuché que prepara disco. Si eso no es vivir a porta gayola que suba Van Halen del infierno y se haga un punteo con los tangas abandonados en el albero. ¡Albricias!

Por una vez un matador adquiere dimensiones de personaje necesario. Probablemente para que trabajadores de este calibre no se perpetúen en el espacio y el tiempo, pero también como ejemplo de que lo único que funciona en épocas de pandemia y destrucción es perder el sur, sentir en sien y genital la ingravidez, el seísmo, la dulce ebullición del almíbar bajo unas sábanas con restos de semen. Así, el amor se convierte en la mejor manera de no pensar en la vida. Mañana ya veremos.

Ilustración: Davide Bonazzi

Oda a Van Halen

Érase un hombre a una guitarra pegado. O tal vez al contrario y viceversa. Porque en Eddie Van Halen, o directamente Van Halen, no era posible establecer los límites entre las yemas de los dedos y su Frankenstrat, guitarra abortada por él mismo y que combinaba el terciopelo de la Stratocaster y la furia de la Gibson. Todo con un propósito claro: invocar a Satanás cada vez que la enchufaba a la red eléctrica. Así se pasó toda la vida, entre tappings a dos manos, armónicos artificiales, el abuso de puente flotante y un montón de técnicas impronunciables… al servicio de las canciones. Lo de los solos era algo inefable, como mirar al cielo desde el fondo del mar mientras arañamos una mesa de cristal de bohemia.

Y es que mientras el chico de la sonrisa perpetua y el peto hacía pasar a Jimi Hendrix por un carroza manco, los demás no sabíamos qué hacer para emularlo. Más que nada porque éramos incapaces de racionalizar lo que tocaba, como si un mismo instrumento se transmutara en una voz marciana que el paso del tiempo no ha hecho más que amplificar en la memoria.

Este 2020 continúa en racha y se lleva por delante al que ha sido, sin lugar a dudas, el instrumentista de rock más influyente de la historia. Por supuesto, esta es una apreciación absolutamente objetiva, para nada una apreciación personal. A los escépticos, terraplanistas y conspiranoicos les recomiendo empezar el día con la intro de “Mean Street”. En esa intersección de café y groove sobran las palabras. Y hasta el silencio. Gracias por el viaje, VH.

Ilustración: Troy Mueller