Volver, perder, vivir

Se acabaron los cuervos y el café de máquina expendedora, la casa de tres pisos levantada sobre un terremoto, las copas de los árboles dejando pasar hilos de sol hasta quemar mis ojos. He vuelto al lugar del que me fui, lleno de pájaros pequeños e invisibles, de luz entre las hojas de una monstera. Tenía que volver para asegurarme de haber dejado tras de mí un hueco alrededor de una mesa y un rastro de cama. Deshago la maleta, recupero ese hueco alrededor de la mesa, el lado de la cama, y dejo otro hueco y otra cama en otra parte. Volver da sentido a algo que no tiene sentido y es la vida.

Cuando estaba allí pensaba en los amigos de Segovia, en el olor a humo entre la ropa y los dedos, en las voces de la calle y las colillas en la acera. Ahora, aquí de nuevo, el mismo, otro, recuerdo a mis amigos japoneses, el olor a dulce de ese aire, el silencio de la gente roto por un tren hacia otra parte, el suelo limpio sin rastro de gente que lo limpie. No sé de dónde viene esta necesidad de ver un poco más de mundo y alimentar con palabras una boca que se cierra y vuelve a abrirse, igual que el hambre, peor porque se alimenta de nostalgia.

Escucho los sonidos de mi nueva ciudad, Madrid, un pueblo tan familiar como mi madre y regreso a Tokio, mon amour perdido, mi vieja vida y un poco mi tumba, el único lugar en el mundo donde se puede estar triste trescientos sesenta y cinco días al año y disfrutarlo. Hay algo en ese movimiento de atrás hacia delante y de un espacio a un recuerdo que nos desposee de todo, que nos hace sentirnos ligeros y abrumados, que nos hace ser conscientes de no tener ni puta idea. Volver implica dejar, dejar nos empuja hacia delante y delante ofrece muerte y flores. Allá voy.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Alejarse

Hay algo terrible en poner una distancia de ocho horas con respecto a un Madrid quieto. Dos mochilas, una bandeja de jamón ibérico entre los calzoncillos, un par de zapatillas y la misma sensación al despedirme de la casa de padre y madre por primera vez. Sentí vértigo y ganas de perder hacia delante. Ahora, años después, lo que me acompaña es algo parecido a la suerte, a pesar de ser más viejo y mucho más idiota.

Aquí amanece antes, la vida se deshace por adelantado. En España todo debe de seguir igual. La voz de madre en el teléfono, las hermanas a sus cosas, padre muerto, Luis con ganas de trabajar menos, Diego y Pablo, Álvaro y Laura, Javi leyendo frente al mar, Jorge sin su bajo, el mundo por pares. De lo único que me arrepiento es de alejarme de María y sus carcajadas con aire, de su pelo rastrillándome la cara. Es la primetra vez que me sucede. «Déjate de decir lo de las primeras veces», diría. Ya está escrito. Tiene que ser porque María es un destino después de tantas paradas. O eso quiero.

Este espacio viene con su propio frío. Lo que antes era invisible ahora se amplia, como si siempre hubiera estado ciego. Ahora veo y no conozco a nadie. Bueno, solamente a una persona en una ciudad de catorce millones. El mismo sol del otro lado, perros en el parque, el sonido de los trenes, tiempo, espacio y más silencio. Me aferro a un momento feliz: un bocadillo de pescado en Lanzarote con ella. Qué raro. Nunca me había sentido tan cerca de alguien. Tan distantemente juntos, tan lejos.

Ilustración: desconocido

Del éxito a diferentes edades

Decía un fracasado que «el éxito es el punto de encuentro entre la preparación y la oportunidad». Pues bien, este aforismo sirve para un rato. El concepto de éxito se diluye con los años, oscila entre el ladrillo y las pedradas. ¿Os acordáis de vuestras aspiraciones de niños? Viajar a Marte y regresar más jóvenes, ser cirujanos para trasplantar a mundo dislocado o futbolistas recién salidos de la peluquería… Pues bien, eso va quedando atrás, muy poco a poco, a base de desaliento y realidades con espinas, a fuerza de entender que el éxito es un malentendido. Por eso muta.

Tras la fase de conquista, todos nos enfrentamos al extravío. Resulta que vivir es un largo proceso de preparación para algo que nunca llega a suceder, y claro, nos adaptamos. Atrás quedan los flashes y el dinero, más que nada porque muchos quieren una estrella destinada a uno o dos pequeños. Y nadie nos lo enseña. ¿Qué fue de la guapa del instituto? ¿Dónde trabaja el chico de la moto? Ninguno estiró el sueño. Ahora viven en Segovia. No consiguieron disfrutar de lo logrado que fue mucho. Querían más por culpa de una aspiración de pueblo.

Superados los cuarenta cae la máscara, tanto si te fue bien como si aspiras a un cierto grado de tranquilidad. La gloria no viene de fuera, sino de una certeza en las tripas: lo petas cuando te diviertes. Puede ser en un grupo de versiones, paseando a un perro cojo o perdiéndole el miedo a equivocarte. Se es más feliz de viejo porque a ciertas edades ya no se pretende contentar a todo el mundo. Naces, fracasas, recuerdas un mar bajo un sol púrpura y miras a tu alrededor. Rodeado de amigos calvos que te quieren podrás gritarlo al horizonte: tu vida ha sido un puto éxito.

Ilustración: Ryo Takemasa

Sobre el jet lag

La vida moderna es un tránsito de husos horarios. Desde el avión divisamos la Tierra plana, llena de peces. Mientras, la luz o su sombra rompen el ritmo circadiano. No hay separaciones ni fronteras en un mundo de culturas tan locales, tan de todos. De ahí el grito entre el cansancio y esta vigilia de espejos. MadridCDMX en cuatro películas y un viaje al baño. En el siglo XIX, los aventureros tardaban cinco meses. Ahora, la distancia se mide en un plato de pollo con arroz sin gracia. De postre, el Sol desde el oeste. Y sueño que no cansa, vida y sueño.

En este estado de ensoñación permanente el sopor se confunde con los Uber. Uno come, pero quiere dormir y cuando duerme tiene hambre. El árbol intercambia sus hojas por bandadas de pájaros. Un curandero rocía con humo la cara de una americana. El futuro fue esto. Porque todo es pasado en México. La extensión del tiempo dentro de un enchufe, en sopas de mazorcas de maíz y en esa reverencia de ojos negros. Nace un no espacio con cada respiración. Faltarán horas de vida.

Cae la noche. Salsa verde en cuerpo y párpados. Al dormir, algunos sobrevuelan esta ciudad de jacarandas y guacamole. La amnesia siempre hacia delante. La memoria en el asiento del copiloto. El alma atrás. A las cinco y media de la mañana, el extranjero abre los ojos, pero no despierta. En ese limbo se sucede. Si pudiera, borraría el punto de partida de los mapas. El destino le expulsa cada vez un poco. El cuerpo que viaja a la velocidad de un avión es incapaz de dominar la mente apegada al suelo. Nadie puede dominar el tiempo. Nadie pudo conquistar América. El mundo, mientras, vela, por fin existe, refleja otros universos en ninguna parte.

El sonido de Tokio

Suena así, lejos de guías, sake y samuráis. Cerrad los ojos, oled. Y es que Tokio es la ciudad del aire entre las copas de los árboles y el cemento, todo viento racheado y apuntando alto, cerca de las luces bajo el vientre de un avión que pasa, y pasa otro. Será que el halógeno y los LED traen sonidos en el pelo. Y un cuervo grazna a modo de advertencia. Porque en Japón puede comprobarse que el estruendo, sonido articulado sin ritmo y armonía, falta a su definición. De ahí que todas las ciudades se parezcan, excepto una al Este de un jardín secreto, casi en Marte. Ella sigue siendo una urbe del medievo entre ondas a la modernidad. Tanto, tanto Tokio.

Y te despistas y un deportista vuela corriendo raro por el lado contrario al de la apuesta por el Sol. Tap, tap, plaf. Están el mar y los gemelos gordos. Entonces llegan las conversaciones de comida, muy altas las de ellas, más graves las de ellos que andan con los hombros por delante, por delante tañen. Nada comparable con el silencio del papel higiénico en cualquier baño. La propia palabra, TO-KIO, vibra, rebota en su eco para regresar más joven, quizás porque fue Kioto la primera de todas las capitales del mundo.

Una pausa. En cada paso de cebra cruza un mundo y el hilo musical recita un mi y un do. Luego freno. Mucho tiene que ver que las aceras no pertenezcan a las motos, sino a los humanos con música de koto, taiko y shamisen. A pesar de todo, Bad Bunny sale del cristal de los escaparates y, al volver a casa, rendido por la belleza de una ciudad-susurro, los trenes gimen como una niña o una porno, que es lo mismo. Nada que ver con mi casa de papel. Y uno arde en su ruido, el más fuerte de todos los silencio juntos. La furia queda fuera, entran los sentidos. Absolutamente nada, absolutamente todo ruido.

Ilustración: Guy Billout

El extranjero

Es cierto. Ya lo decía Camus. Uno se forma ideas exageradas de lo que no conoce. Y es que lo ignoto, precisamente por serlo, viene envuelto en papel de burbujas, pura novedad, y ésta se percibe como lo único necesario. Así nos va, siempre en búsqueda de algo fresco, precisamente porque conservar lo puesto cuesta más que perderse en disfraces nuevos, en una calle que empieza y termina en espejismos, quizás un hábito convertido, a partir de ahora, en promesa. También hay miedo, ¿pero no es precisamente eso lo que nos hace seguir vivos? Luego están las formas, los colores, nuestro lugar de observador poco observado y también la nostalgia de un viaje que sabes que se acaba porque hay que volver. Ay, el extranjero, el extranjero vuelve.

Entonces la queja desaparece. Sabemos que andamos de paso. Incluso la comida con sabor a arena sabe rica, playa con estrellas sin nombre entre los dientes. Cierto, nunca se cambia de vida. Como mucho de entorno, otro cielo quizás. De ahí aquello de que «cosa nueva nunca es buena, al menos si lo piensas con detenimiento». En otros países uno deja de recordar y transita por otros olores, siempre con la esperanza de que mañana habrá un nuevo uso para el día. La rutina fue una forma extraña de locura, de ahí que no entender la lengua del país cuente como espectáculo de noche, de tarde y de amanecer. Después cierras los ojos.

Sucede que muchos se sienten mejor en tierra ajena, incluso se adaptan al ritmo de los pasos, a la incertidumbre que implica mirar a la izquierda al cruzar la calle. El mundo siguió girando por el otro lado, pero el turista, ese que va acaparando sitios en un mismo cuerpo, continúa implacable en su afán por encajar, aunque sepa que tampoco pudo hacerlo en su lugar de origen. A veces recibe miradas grises, algún gesto de ese lado oscuro de los hombres y, a pesar de todo, gira en la siguiente esquina, memoriza, descansa en un jardín seco. Al final, todos terminamos deshaciéndonos, aquí, allí, en cualquier parte. La vida, el único viaje sin destino.

Ilustración: Hiroshi Nagai

El miedo al avión

Entre tanta fotografía de playa con atardecer, furgoneta ‘camperizada’ carísima y la constante sensación de que aquí de que lo que se trata es de desvelar el verano —de lo contrario no existe—, a nadie se le ha pasado por la cabeza hablar del desplazamiento. Puede ser con gente rara y en coche, autobús de línea o Vespa…, da igual. Nada comparable al viaje en avión de hélices, de esos con dos filas de asientos-roca y azafatas que flotan por encima de un pasaje de clase media. Porque en ese punto comprendido entre las nubes de tormenta y la tierra vista desde muy arriba tiene lugar el peor de los terrores, uno invisible, inodoro y con el poder de sacudirnos como si fuéramos un origami del chino. Sí, amigos, las putas turbulencias.

Y da igual que se trate del medio de transporte más seguro (Javier, piénsalo: cada día mueren cientos de abuelas atropelladas por un patinete), que el capitán agradezca nuestra confianza en inglés de Parla (¡Dios mío, ¡cómo se mueve esto!) o que la estabilidad positiva permita a los aviones regresar por sí solos a su posición inicial después de un meneo (eso tiene que ser mentira, seguro; igual que el coronavirus). ¿Quién es el gilipollas que incluye viajar entre sus grandes pasiones? Yo me tiro en el despegue.

Cierto; se trata de un miedo irracional. Sin embargo, poco tiene que ver con la oscuridad, las arañas o un pitbull sin bozal amarrado a un quinqui, canguelos inscritos en nuestro ADN desde tiempos en los que volar era una actividad exclusiva del pteranodon y algún pájaro carnívoro. Dicen que puede superarse con sesiones y Orfidal con rioja. No me lo creo. Sobre todo cuando los pilotos también lo sienten en cabina. La clave, al parecer, consiste en guardárselo muy dentro y pensar en qué haría Buddy Holly en estos casos. Al menos él ya lo superó hace tiempo.

Ilustración: http://www.bannaitaku.jp