Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

La sombra del trabajo

Hay algo brutalmente sigiloso en la forma en que el trabajo nos borra. Uno no se da cuenta. Empieza con pequeñas concesiones: comer frente al ordenador, contestar correos un sábado, decir “a ver si nos vemos” como el que dice nunca. Y, de pronto, han pasado meses. Años. Dejamos de llamarnos por teléfono, de celebrar los cumpleaños entre semana, de echar una caña para mirarnos a los ojos. El trabajo se instala como una niebla que empaña los contornos de lo que éramos, de lo que aún queríamos ser. Como diría Deleuze, la rutina ya no es una línea recta sino una línea de sometimiento: vivimos en una jaula sin barrotes visibles, atrapados en lo que él llamaba «sociedades de control”, donde el jefe está en todas partes y eres tú (y no está pagado).

Más que una ocupación, el trabajo se convierte en una forma de ficción que nos contamos para evitar mirar la grieta. “Estoy haciendo esto porque hay que pagar el alquiler”, “ya cambiaré de curro cuando entregue este proyecto”, “es temporal”. Pero ese “no es para siempre” se va pareciendo cada vez más a lo definitivo. Si encima no te gusta lo que haces, si no te realiza ni un poco, todo se transforma en una performance cínica. Una repetición sin fin en la que cada lunes es idéntico al anterior, y cada domingo por la tarde representa una amenaza. El trabajo nunca dignifica; solamente te aleja de quien eres.

La sombra del trabajo se proyecta sobre el cuerpo y las líneas debajo de los ojos, anestesia las costumbres, entumece el deseo. Alimenta, sí, nos ocupa pero apenas nutre, pasa con un tiempo que pasa sin nosotros. Y mientras tanto, ahí afuera, a muy pocos kilómetros, los amigos hacen su vida, los padres envejecen o mueren, los hijos crecen, y uno, encerrado en ese bucle raro, se pregunta —sentado en un banco del parque— si no habrá otra línea posible en el horizonte, una fuga, un devenir, una salida a esta ocupación tan rara, cada vez menos humana.

Ilustración: Giselle Dekel

De repente, me fijo en las mayores

Fue en el pasillo que une las escaleras del gimnasio con los vestuarios. Luz de halógeno, huellas de sandalias en el suelo, rastros, gente que se cruza sudorosa o recién salida de la ducha, quizás ambas. Yo me palpaba el pectoral derecho, algo que repito siempre que entreno con intensidad. Levanté los ojos un poco mareado, evité la indiferencia de los adictos a la droga del deporte y la vi a ella al fondo, preparada para hacer comunidad en la piscina olímpica. Era una mujer madura o ya mayor, una señora, vamos, de mi edad, y me pareció muy atractiva, así en bikini y con arrugas, en forma y ya de vuelta. Al pasar de largo, me sorprendí girándome. Pensé, Javi eres un cerdo. De repente, me fijo en las mayores.

Es algo parecido a lo que ocurre con la presbicia… a la inversa: de reparar en las chicas de las que hablan las canciones a fichar (discretamente, espero) a mujeres concentradas en lo suyo, algunas madres con hijos ya criados, todas hijas, con más dinero que yo, algunas en precario, mujeres que se mueven de otra forma porque aspiran a estar tranquilas, hechas, que superan el dolor y el silencio y se miran al espejo y no son jóvenes y, sin embargo, tienen su cara, son ellas, están llenas de cuerpos, poderosas, peligrosas para un mundo empeñado en explicarles cosas. Estas mujeres, la mujer madura del bikini, 9 millones de mujeres en España, han aparecido de forma inesperada en mi vida. Y algunas nadan.

Creo que todo empezó el día en que madre perdió la paciencia (o una parte). Después de muchos años de diplomacia y guardarse casi todo (al menos no lo compartía con su hijo), llegó a la conclusión de que a partir de ciertas edades una no tiene el chichi para farolillos. Le regalé un consolador. Ahora que lo pienso, la mujer del gimnasio tenía la misma mirada, algo ahogada, con más veranos que largos por delante, llena de agua que desplazar con la ayuda de los brazos y el impulso. Ni me miró. El anonimato de los años es una nueva forma de libertad. Salí del gimnasio. Sonreí. Por fin había dejado de llover.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris

MADRES

Observo a las madres cargando con los hijos a la espalda y aspecto de haber dormido poco. La maternidad trae un amor indescriptible lleno de miedo. Observo a las madres hablar con otras madres de sus hijos, de cómo crecen y pasa el tiempo peor en ellas porque los niños lo devoran todo. Las madres, cuando se quejan, se parecen a sus hijos, se caen, se levantan y siguen caminando. ¿En qué momento las madres dejaron de ser mujeres para ser solamente madres? Padre tuvo que morirse para que madre se revelara entera, como si hubiera estado enterrada en tardes de domingo y crucigramas. Todo cambia, sí. Menos las madres.

Observo a madre por el agujero del teléfono. Su voz se ha aligerado en estos años, recuerda a la de su madre, mi abuela, pero madre no tiene vergüenza en admitir que le duele la espalda y duerme regular. Quizás el secreto de una madre se encuentra en el silencio, en querer a sus hijos gilipollas y seguir dándoles las vueltas de la compra a pesar de ser mayores. Observo a madre cuando le hablo de mi vida y parece interesarle. Será porque madre cree en mí y yo en ella y compartimos una paciencia cada vez más frágil y una sonrisa triste. Amor sin ley ni piedad el de las madres. Amor supremo el que siente cada hijo por su madre.

Pienso en la vida a la que renuncian las madres con hijos: viajar, follar, vivir en París o Roma, acostarse y desayunar tarde, bailar lento, pasar tiempo a solas, trabajar, pensar en ellas, vestir bien. Al hacerlo, me doy cuenta de que muchas madres no renuncian a nada por ser madres, que viven la vida que quieren a pesar del trabajo, las obligaciones… y los hijos. Los hijos no renuncian a nada por ser hijos, ni siquiera los que se consideran buenos hijos. Los malos hijos nunca piensan en sus madres. Vuelvo a la mía. La llamo. Está en una manifestación por las mujeres. Al colgar, caigo en la cuenta de lo poco que la veo, de lo mucho que la quiero.

Terremotos

Los terremotos son experiencias extramatrimoniales. Da igual que tengamos las instrucciones de en caso de en la puerta de la nevera. Cuando pasan, el tiempo y sus espacios achantan, la cabeza y el cuerpo hacen puf, se supone que debería meterme debajo de la mesa, todo se detiene excepto una realidad vibrante y violenta. Me aterroriza el crujido de las casas. Si ocurre por la noche, los cuervos echan a volar buscando un nido cerca de la luna. Por la mañana sorprenden menos, como si el miedo a morir fuera algo tan banal y cotidiano como lanzarse a las vías del tren o encerrarte en una habitación durante cinco años.  

El de ayer fue de 2.5, una mierda para cualquier nativo. Mis vecinos a lo suyo, pelando un onigiri, hablando en voz baja, casi al 1, con su pelo lacio y brillante petrificado a pesar del meneo, los ojos fijos en el centro de la tierra hecha chicle, un pictograma de quince trazos. Los americanos sudarían mucho, muchísimo, los franceses se encomendarían a la guillotina, algo rápido e indoloro, los chinos cargarían con más bolsas de Prada. Un segoviano y un haiku: Soñé que vomitaba sobre una acera de hierba seca. Quería correr, ¿pero a dónde?

Duró muy poco, lo justo para dejar un cerco en el calzoncillo y sentir el corazón bombear una mezcla de miedo y estiércol con un toque de high ball. Abrí los ojos para darme cuenta de que no estaba soñando, ni pedo ni sencillo, aún peor, vivo sobre un futón que ojalá fuera una alfombra voladora. No había más que aire a mi alrededor y un poder invisible a setecientos kilómetros de profundizad. Ahí también se libra una guerra en varios frentes: la placa de Ojotsk, la de Eurasia, la del Pacífico y la del Mar de Filipinas. En la superficie todos dormían menos uno. Los secretos siempre acaban saliendo a la luz. También los cobardes y el sol obrando otro milagro.

Ilustración: desconocido

El olor de los amores muertos

Imaginemos que el futuro es para los débiles, que todo el tiempo que tenemos retrocede, un parpadeo de cuadernos de rayas, de fruta podrida y soles como uvas sin hueso. Por una vez olvidemos el ahora, casi fin de año, el aliento de la gente con frío por la calle, los árboles de luces, la gente intermitente. Todo es posible, aunque sea mentira, parecer jóvenes en un horizonte de diamantes y una ciudad con los hombros al aire. Muy cerca, el amor del verano, todas las piscinas del mundo. Bajo el agua, ella o él. De fondo, nuestra nostalgia de siestas y campanas.

Una gota de agua viaja del pelo a la punta de la nariz, universos líquidos, del pecho al bañador y su cintura. En esa intersección palpita el sexo, cosas de jóvenes que se tocan y se hacen daño, que se abrazan como si el mundo fuera arena. Mareas, un viejo bronceado camina por el borde de los mares, otro espejismo, azul Bondi, azur, azul eléctrico, «ponme un poco de crema en la espalda, anda», «demos un paseo en bicicleta hasta el faro». ¿Lo hueles? Es el olor de los amores muertos. Solo la sal puede conservar nuestras caricias.

Fuimos felices en un paraíso de belleza virgen, de arrugas de expresión antes de las arrugas, de piel sin costras, de humedad bajo la luz de agosto, de algas a los pies de los niños, de belleza y más belleza sin daño. Podemos ser felices siendo viejos. Quizás de otra manera, presente, en un futuro que pasará por encima de nuestras cabezas, con el mismo sol y un mar de plástico. Volvemos a los amores muertos para regresar con un trofeo entre las manos, con las sienes blanqueadas y el corazón de las medusas, más solos, un poco más blandos. Vivir, nunca hubo un mejor propósito para este año tan joven.

Los años nuevos, mi vida vieja

Los años nuevos. La primera parte de la serie de Rodrigo Sorogoyen me ha dejado pfff. Pero admito que el problema es mío. Sorogoyen, faquir de las primeras veces, los silencios y la lírica orgánica (con Benjamín Prado fuera de plano), rueda un mundo que, dicen, rezuma verdad. Sin embargo, soy incapaz de distinguirla de un paseo por los pasillos del super, como si hubiera filmado mi vida (o la tuya) a lo largo de los años (con una cámara carísima) y la expusiera dentro de un cartón de huevos. Reconozco la humanidad y el pulso del artista. Reconozco que me da grima mirar. Pues ahora hay parte 2.

La cotidianidad que propone Sorogoyen está cargada de intenciones esencialmente humanas, monstruosas. Todo avanza como la erosión de una piedra, con la sensibilidad del poeta de lo mínimo que observa el milagro de la vida en la espuma del fregadero. «El tuyo es un problema de sensibilidad», me dijo mi amigo Pablo. Será eso. Aquí, el tedio nace con el primer polvo con condón, crece con la pareja, metáfora del aburrimiento, y muere sin clímax, en una acumulación de momentos leves que amenazan con disolver la nada. Y nada de explosiones. Como mucho un lamento.

No he sido capaz de ver la belleza en gris Full HD, en lo apenas perceptible. Sorogoyen me pide que me quede quieto y deje el móvil, que me deje hipnotizar por el goteo constante de los seres humanos, ahora tristes, ahora contentos. Y yo, paleto y obtuso, necesito que el mundo susurre algo que debo descifrar solo y sin ayuda. Los años nuevos me enfrenta a mi manifiesta incapacidad para aceptar mi vida vieja (o la tuya): rutinaria, diaria, sin garantías de trascendencia, y también a algo peor: la certeza de que el problema no es lo que veo, sino mi resistencia a querer verlo.

Si quieres, no siempre puedes

«Si quieres, puedes». «Los límites te los pones tú». «Sueña a lo grande». La golondrinas, etcétera, etcétera. El mundo está hecho de frases que se gestan en una parte del cerebro y luego, con el trabajo, la suerte, la suerte y el empeño, se concretan de una forma rara, siempre aproximada. Lo que era un plan sin fisuras de inicio, termina siendo una realidad llena de agujeros. La ficción así parece confirmarlo. Paradójicamente, muchos insisten en repetirlas en alto, como un mantra escrito en una taza. Muchos a los que le fue bien, claro. Lo que pocos saben —yo incluido— es que querer algo significa ir alejándose de otras cosas. Sucede en el deporte y en el amor. También le pasa a Ibai Llanos. Si quieres, no siempre puedes. Y el viento seguirá soplando.

La motivación está por todas partes, en las redes, encima de un escenario, en los pectorales de esos chulazos que practican calistenia como forma de deporte estático. Los sueños, así en general, se cumplen pocas veces y, si se cumplen, vienen con un vacío en la etiqueta. ¿Y ahora qué? En ese punto parecen las frases de la dentera, mecanismos para ocultar una dolorosa verdad: somos lo que perdemos y un poquito más. ¡Y no va en contra de intentarlo! Inténtalo, pierde trabajos, salud, pelo, algún amigo, siéntete solo, triste, humano, insiste. Hazlo hasta el final y llora. ¿Lo oyes? Sí, es la vida descojonándose de ti.

Un ejemplo práctico para estos artículos tan abstractos. Yo quise ser músico profesional, ganarme la vida con mis dedos y mi voz de rata. Estudié guitarra más de 10.000 horas, escribí cientos de acordes y melodías, pagué por mi equipo, mis discos y un local pequeño, di conciertos estando sordo y ciego. Es más, sigo tocando porque sueño con la música tocada con amigos, las canciones como sinónimo de amor. Ha sido ella la que me ha enseñado que lo que no se puede no se puede y además es imposible. La estrofa dice: «Si quieres, no siempre puedes». El estribillo repite: «Todo tiene un límite, todo». Y llega el puente: «Me da igual. Soy feliz perdiendo».

Ilustración: Alex Colville

La vida debajo de la vida

Hay una vida debajo de la vida. Está hecha de piel de patata y tiempo muerto. A esta vida se llega por el camino de todo lo pequeño, que es casi todo. Porque vivir no se trata de conquistar este u otros mundos (excepto el de la imaginación), más bien va de conformarse con cosas invisibles a las que concedemos poco o ningún interés, cada uno las suyas, casi siempre las mismas: lavarse la cara y observar cambios alrededor de los ojos, criticar a gente con maletas que hace cola en un sitio de café escrito cofee, el mundo alejándose a toda hostia. Esas serían las malas, necesarias. Si levantas el velo y un poco de costra, aparecen los remedios, adiós las faltas, la vida en su versión más imperfecta y hermosa.

Esa vida subterránea tiene un nombre y su mano por dentro de la manga de tu camiseta, silencios sin peso, la ligereza de lo que no existe y nos desvela, un sábado en un sillón con una manta y dos cuerpos, un domingo moderadamente triste, hablar con madre de lo mismo siempre distinto porque es ella, echar de menos la promesa del verano, el ruido de los radiadores sin purgar, ese balcón lleno de flores de una casa en el centro de Madrid, las palabras que existen antes de mover los labios, la vejez de seguir mirándose, las grietas, un solo de Wayne Shorter, atisbar un comienzo en todos los finales.

Para apreciar la vida debajo de la vida necesitamos perder casi todo lo que deseamos, una forma de aceptación por causas ajenas. E insistir. La alternativa solamente trae disgustos. Si no somos ni nunca seremos lo que aspirábamos a ser de niños, si los días no se corresponden con las noches, si estamos en un lugar distinto al esperado y las canciones de moda hablan de otros o de gente fea o muy joven, si se nos olvidan los nombres de los libros, entonces es que, por fin, podemos levantar el peso de este edredón de estaciones y corazones enterrados. Y por fin dormir, jugar, respirar calientes.

Ilustración: Jun Kumaori

Los hombres no lo entienden

La mayoría de los hombres no lo entienden. Algunos lo intentan. Solo ven denuncias de mujeres desilusionadas jodiéndole la vida a un hombre. Por un lado, hombres que sólo piensan en meterla. En otro vértice, mujeres hasta el coño. Todo está contaminado de roles y opiniones por ese empeño necesario de equilibrar las relación mujer y hombre, hombre y mujer. Los hombres comienzan a dejar de hacer pie, son hombres niño. Las mujeres reclaman su espacio en este cuarto oscuro, un mundo de hombres. Entre medias, busco el eslabón perdido, ¿qué ha hecho con mis ojos el patriarcado? Cegarme. O quizás los hombres seamos la peor versión de nosotros mismos cerca de una mujer, y no queremos verlo.

Insisto en seguir intentándolo. Algo se me escapa. Son muchos años de errores, lo que no me convierte necesariamente en una mala persona (eso espero). Necesito tiempo y ganas. Quizás me muera sin ser capaz de enmendar comportamientos atávicos que vi replicarse en el barrio, en el colegio y en el cine. Las mujeres al fondo, también en las paredes de mi cuarto, preparando meriendas, devoradas por la ausencia de los hijos. Los hombres, tipos duros, trabajaban mucho, lloraban poco y a escondidas. Padre siempre más cómodo entre mujeres. Madre pegamento y objeto de los hombres. Hay que cambiarlo todo, lógico, nada funciona si hay una sola chica por la calle, una sola, con miedo. Lo peor es el silencio. Eso es lo que delata a un grupo de hombres. El asco es patrimonio de mujeres.

Me pierdo en la presunción de inocencia, los juicios antes del juicio y la línea que separa al guarro del acosador. A juzgar por las noticias, la línea es clara. Y no la reconozco. Por esa razón discuto con los amigos de siempre, más alejados del mundo de lo que creía, llenos de un machismo que señalo en ellos y no en mí. Si seguimos siendo amigos no pueden separarnos tantas cosas, me digo. Después sigo mirando ahí fuera, me miro por dentro, leo chapas sobre feminismo, borro fotos de mi polla, me sorprendo con la reacción de muchas mujeres demasiado buenas con los hombres. Qué necesidad de entender, qué necesidad de resistir. Vuelvo a la música hecha por hombres y mujeres llenos de ternura, por hombres tóxicos o mujeres crueles. En ese lugar nada malo puede suceder, ni siquiera el ser humano.

Ilustración: Line Hachem