El tiempo será lo que queramos que sea

El verano se acaba el 21 de junio, justo en el momento en que es declarado oficialmente. Ese día comienza la cuenta atrás o la huida hacia delante, la irrefrenable necesidad de viajar como los otros, de pagar un amor adolescente, de dormir porque de adultos casi todo es trabajo y hacer ruido. Lunes. 1 de septiembre. Ya comienza a refrescar por las mañanas, la gente ha vuelto a una ciudad que odia y algunos celebran el inicio de un año de cuatro meses. Quizás la verdadera normalidad era esto, empezar y acabar cuando nos de la gana, hacer como que el tiempo solo sirve para ordenar lo que ocurre o nunca llegó a suceder.

Las convenciones han matado el tiempo, reducen el verano a unas fotos con un filtro retro. Porque la vida, eso que arde y duele, prescinde de artificios. Basta una enfermedad o un despiste para que las horas se disuelvan y el verano dure para siempre y un segundo se expanda por el universo. Nuestro nacimiento, la muerte de padre, aquella tarde en la que te dijo que te quería son, en realidad, acontecimientos al margen del tiempo y su mentira. Las marcas del bañador. Las grietas en el techo. Las cuatrocientas estaciones.

Así, de despedida en despedida, vamos discurriendo, con la sensación de haber sido estafados, contentos por tener a los mejores amigos del mundo. Como occidentales, el frío y la falta de luz marcan nuestro calendario. Por esa razón, el verano pasa tan deprisa, también la adolescencia, la vejez y el olvido. Para compensarlo, nos contamos historias, mentimos, miramos hacia atrás para tomar un impulso dislocado, nos inventamos formas de evitar el vértigo. Otoño, agosto, invierno… da igual, estamos vivos.

Ilustración: Gerhard Gluck

Cuando la muerte sepulta la actualidad

El río sube, los cuerpos son arrastrados por la corriente, y los afortunados, secos y desde la ventana de sus pisos altos, miran el mundo con otros ojos. Las tragedias cambian el paisaje, al menos mientras son noticia. Durante unos días, la actualidad esquiva el acoso o el fútbol, las conversaciones con los amigos recuperan un tono más pausado, como si la destrucción de las imágenes salpicara de barro los temas importantes, ahora pura anécdota. Como siempre, lo único que empaña este momento de introspección es la clase política que, con su oportunismo, mancha el silencio de las víctimas. Si no respetamos a los viejos, ¿cómo respetar a los muertos?

Qué necesario agachar la cabeza, remangarse la camisa y hundir las manos y las rodillas en ls mierda. También en un sentido práctico, sabiendo que a veces ayudar consiste en echarse a un lado. Hasta las peores tormentas terminan en alguna parte del cielo. Hoy el sol apareció por detrás de las nubes. Tal vez para revelar con más nitidez el daño, quizás para mostrarnos un camino bajo los escombros. Aprovechemos la vida aferrada al madero, el tiempo que nos lleva por delante. Ya se encargarán algunos de invocar la peor de las tormentas, la de los humanos podridos de intereses.

El efecto de la tragedia imita a la enfermedad, moldea el espacio, define las prioridades, nos da un propósito. Luego, con el afán diario, pasamos a otra cosa, olvidamos la letras de las canciones o el nombre de una flor. Nos quedan sus nombres escritos en las tumbas, una urna, fotografías en el disco duro, aquella tarde bajo los castaños, el sonido de su voz en la habitación de al lado, un hueco en la mesa. Nada de lo que una vez fue arrasado puede levantarse igual, de la misma forma que destruir lo que separa no es unir. Por una vez, por una sola vez, estemos unidos. Y cállense.

Ilustración: Alex Colville

Aquellos que no ceden ante la amargura

La gente vieja increpa a los repartidores que circulan por la acera, anda a otro ritmo, espera a que el semáforo se ponga en verde. Hay mucha gente joven que podría ser considerada vieja. Esa gente critica a otra gente, vieja o joven, se queja en sus notas de voz, arrastra una mala hostia que no corresponde a su edad. Se supone que la amargura llega cuando el mundo te rompe, cuando la nostalgia compensa la velocidad, como si el paso del tiempo fuera la ceniza de un cigarro que se fuma con muchas ganas hasta convertirse en un gargajo. Me pregunto cómo hacen algunos…

Los viejos han perdido sus cuerpos, también a las palomas que alimentaban con migas en el parque. Pertenecen a un mundo recordado, un fondo de armario. Se levantan de noche y hacen la cama en silencio, riegan las plantas, beben café de ayer. Están parados y lo primero que hacen es mirar el cielo, llueva, nieve o haga sol. A todos les sucedieron cosas terribles y, sin embargo, sonríen cuando les ves subir las escaleras. Algunos viejos también bailan, follan, leen periódicos, novelas, se emocionan con una canción en blanco y negro. Están contentos siendo lo que son, aunque no llegaran a nada de lo planeado. Estos viejos miran las cosas a la cara. Por detrás les llaman viejos. Me pregunto quiénes serán los amargados.

De entre todas las personas del mundo mis preferidas son los viejos que no ceden ante la amargura. Tiene que haber algo de mentira para afrontar con alegría la tarde y la perspectiva de un verano abrasador. Gente joven que morirá de vieja. Mientras llegamos a su edad, observo a un grupo de octogenarias sentadas en un Vip’s. Sus bocas llenas de carillas, su pelo blanco, sus manos pasándose el azucarero. Mi reflejo, detrás ellas en círculo. Todas se levantan de la mesa sabiendo que nadie les espera en casa. Quizás por esa razón sonríen. Hay una recompensa en estar vivas. Ellas lo saben. Y yo debo de estar haciéndome viejo.

Ilustración: David Hockney

Llegar a los cien años

Ayer conocí a un señor de 100 años. Había tres globos dorados en el salón, un uno y dos ceros de helio entre el techo y la alfombra de una vetusta casa. Todo en él, su mirada y su pijama, el aire alrededor de su nariz, los cuadros y los libros, todo tenía el aspecto de lo que dura demasiado. Este señor ocupaba un sillón sin saber muy bien cómo había llegado vivo a 2024… Así que me dio miedo preguntarle por sus ganas de vivir, si no se le hizo muy largo pasar de siglo en siglo mientras todo desaparecía. Me dio miedo hacerlo porque me sentí tan joven como los que dicen «bro», un recién nacido frente a un bosque de sequoias. La edad es un tema de la mente sobre la materia, sí, pero cien años conllevan una soledad intolerable.

Al mirarle a los ojos reconocí al que encuentra en el olvido un atajo para seguir tirando. Había viajado por el mundo, había visto cosas que nadie creería, había vivido más que nadie en el barrio. No pude más que compadecerme de él y de las 20.000 personas en España que alcanzaron su edad, sin olvidar a los vampiros de los after y a esos viejos que quieren morirse a los ochenta porque se quedaron viudos. Vivir cien años es un error, igual que morirse a los dieciséis o ponerse bótox cuando todavía no sabes la cara que tienes.

Recuerdo escuchar a mi padre decir que él prefería morir joven. Mejor eso que sufrir el deterioro del cuerpo, de la mente y de la moda. Se murió con 62 años dejándonos la sensación de haberse muerto mucho antes de lo debido. Quizás este señor de 100 años también se murió hace décadas, sin embargo sigue respirando por curiosidad, porque nunca se sabe qué se inventará la ciencia cuando seamos viejos. Queda claro que el secreto de la longevidad es la paciencia, queda aún más claro que el secreto de la juventud reside en creer saberlo todo.

Ilustración: David Shrigley

Feliz cumpleaños, Brad

Brad Pitt, prueba viviente de que el tiempo pasa por todos menos menos por uno. Nosotros desgastándonos, cada vez más pequeños, intentando recuperar la ilusión siendo más niños que un niño gracias a los años. Brad, en cambio, se ríe de los jóvenes, demuestra que es posible ser guapo y tener suerte, pelo de sobra y una clavícula en la que me quedaría a vivir pagando lo que fuera necesario. Porque hoy, William Bradley Pitt, actor, humedad y arquitecto de suspiros cumple sesenta, sesenta putos años que convierten la edad de los perros en la única matemática del cuerpo de los hombres. Por cada año de este americano se mueren miles de cachorros.

De lejos, Brad aparenta treinta y uno. Tumbado, menos de cuarenta y cinco. Mientras él se quita décadas a los demás nos caen como una losa. Puedo verlo en amigos, en familiares, en sus caras de fruto seco y sus ojos desgastados de tanto mirar hacia el pasado. La edad se ensaña y, a pesar de los esfuerzos, la encajamos en un hueco que no le corresponde. La prueba la tenemos en Brad: seis hijos, dos divorcios y un castillo. Resultado: una mirada triste. Por eso vuelvo a él bajando del caballo. «Es un placer conocerla. Espero que usted y este feo de aquí sean muy felices juntos», decía. Después saluda a Julia Ormond tocando con los dedos el ala del sombrero. Y, entonces, mi vida cambia para siempre.

Porque la cara y el cuerpo cambian con el paso de los segundos, nada que ver con los meses o las estaciones. De los días cortos y los años largos a los días y los años cada vez más cortos, del reflejo que devuelve algo que no te gusta a un reflejo con el que debes conformarte. Así pasamos, sin saber muy bien qué ha pasado, pero con la certeza de que hoy, en alguna mansión de Los Ángeles, Brad Pitt se levanta de la cama, mira a su novia treinta años más joven y hace pis apretando muy fuerte la vejiga. Gracias a él sé que es posible enamorarse de otro hombre, imaginarlo andando por la playa con un bañador de palmeras frente a un atardecer muy rojo. Felicidades, Brad, nos diste más felicidad de la que tienes, nos haces sentirnos viejos sin quererlo.

Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

Esas parejas

En el mundo hay mucha gente sola porque así lo quiso. Esa gente se levanta y se acuesta sola, come de menú en el restaurante y deja la mitad de la mesa sin migajas. La gente se compadece de esa gente, cree que podría mejorar su tiempo si se acompañara de otra gente. Y no es cierto. Por desgracia, casi todo se hace por pares, los jerséis y las promesas, el viento y mirarse en un espejo. Por esa razón a la gente le encanta observar a esas parejas suturadas, como si la vida no pudiera entenderse sin ellas paseando por la calle. A esas parejas se las venera por ir en contra del principio fundamental del día a día: todo acaba.

Esas parejas parecen adaptadas a una forma de vida en extinción. El otro está incluido en sus sueños, el uno en la vigilia, los dos, pan con mantequilla y el banco frente a otro atardecer marino, salmón, distinto. Son parejas que trascienden las matemáticas y crean una unidad rara por improbable. Les va la respiración en ello. La gente sola o acompañada mira esas parejas como el que mira una piedra preciosa, dos pájaros en el tendido eléctrico con luna al fondo. Tienen que ser una obra del amor esas parejas. Tan viejas, tan juntas, tan ellas sin que nadie más lo sepa. Y son de todos porque todos, en el fondo, aspiramos a ser dos siendo cada uno libre.

Con las parejas, llamémoslas parejas de siempre, sucede lo mismo que con los cachorros o los bebés guapos, nos conectan con la ternura más profunda. Nadie ve el daño en dos ancianos caminando juntos, nadie ve la humillación de renunciar a una vida en solitario. Esas parejas huelen a lo mismo, su ropa creció en el mismo armario, intercambiaron creencias por respeto y saben que, cuando uno de los dos muera, dejará en el aire un espacio visible e invisible, el mismo que siempre compartieron. Mientras haya una remota posibilidad de seguir vivos seguirán hablándose en voz baja. Y ni la muerte de la muerte logrará la muerte de ese amor, tan suyo, tan nuestro.

Ilustración: Handome Frank

Esa edad en la que solo se habla de salud

Se encuentran por casualidad. Entre las dos suman más de ciento cincuenta años. La señora de la izquierda lleva una chaqueta de punto verde pistacho. La de la derecha acaba de salir de la peluquería. El tren se detiene frente a ellas, el andén como metáfora del tiempo. Hay dos besos. La mayor le acaricia el borde de la chaqueta a la más joven por poco, como diciendo que todo irá bien, que están aquí. De ahí el tacto. Luego hablan. De salud, claro, tema de conversación estrella de los mayores de cuarenta. Hablar es, desde ahora, una forma de cuidado.

Queda claro que la edad viene con cargas que poco tienen que ver con las de la juventud. El grifo cierra mal, los órganos se secan, la vista necesita un telescopio. Cumplir años significa hacer punto con los días, mirar el cielo sin esperar amaneceres grises y convertir el deterioro en la mejor forma de pasar la vida. «Que si la cadera, que si le operarán en breve, que si se ha muerto Paz, la hermana de Gloria». Todo queda reducido a una catástrofe. Pero pueden contarla. Son bellísimas, las dos, tan mayores, tan niñas en el fondo y ese ruido de los años.

Ojalá llegar a eso, ojalá convertir las charlas en una sucesión de achaques y prótesis. Significaría que vivimos. La tragedia tiene poco que ver con la falta de salud y el exceso de nieve sobre los hombros, más bien con el hecho de sentirse joven a pesar de que casi todos tus amigos murieran sepultados. El tren reanuda la marcha con las dos señoras dentro. Cada vez más juntas, cada vez más risueñas gracias a este encuentro, quizás el último. Sí, ellas son casi ceniza y sonríen a pesar del aire acondicionado de este Cercanías. El tren gime, continúa por las vías dejando de sufrir por el pasado, por la salud entre paradas con un solo destino. Y es el nuestro.

Ilustración: Guy Billout

De los viejos que se creen sabios

Es cierto que nadie quiere saber nada de los viejos. Es más, los viejos odian ser viejos. Porque envejecer implica hacer ruido, observar de lejos un punto azul que es el mundo, con los amigos muertos y cada noche pudiendo ser la última. Pero no todo es malo de viejo. Se cumplen años, algunos sueños, la calma iza el sol por las mañanas y por fin es posible asimilar cosas aprendidas hace tiempo. El problema de los viejos no es la falta de vida por delante o la poca variedad a la hora de vestirse. No. El problema de algunos viejos es creer saberlo todo por ser viejos.

Hay resentimiento en la vejez. Y lo sé porque envejezco sin ser viejo del todo. Los viejos van a la contra del futuro y recuerdan a los niños, sin dientes, sin pelo, sin colágeno. Gracias a la pérdida, ganan en certezas, reafirman sus convicciones y se llenan la boca de glorias pasadas y de lo bonito que fue el Madrid antiguo. Cierto, corrigen defectos de juventud, pero algunos sientan cátedra. No saben que, en realidad, son como los trofeos de caza que adornan las paredes.

A mí me gustan los viejos que juegan a la petanca sabiendo que la vida es esa bola en el aire que cae siempre en el lugar inesperado, que dudan porque somos curiosidad y dudas, que preguntan porque eso es lo que hacen los que saben. Esos viejos asumen su ignorancia, releen en lugar de leer y no tienen reparos en aceptar que su ciclo fue, aunque todavía sirvan para mucho. A esos viejos se les reconoce enseguida. Llevan en los ojos todo lo por vivir, una estela, la pasión del que muere como vino al mundo: sin saber nada.

Ilustración: Guy Billout

Cuidar, respetar, honrar a los viejos

Esos viejos en sus pieles flácidas, de cauce seco, instalados en recuerdos como pupitres al fondo, en sillas de ruedas. Esos viejos a los que se aparta por viejos y mayores. Esos viejos. Porque la novedad manda y ordena, recluye a los pasados a un ángulo muerto a su pesar. Ellos son vida que queda y quedó en alguna parte, que todavía mira hacia lo que nos falta de futuro. Precisamente ahora, con el escaparate del cine concentrado en una hostia, en sus machos y en aquello que nunca debe hacerse, y menos por amor, vuelve Liza Minelli. Lo hace sin haberse ido, envuelta en sus ojos de tormenta y camerino, en canciones que, precisamente por ser clásicas, suenan a recién hechas.

A ella le encomiendan la categoría más importante, claro, la de mejor película. Duda, se desorienta unos instantes porque ya vive encontrada en todo lo vivido y lo que nos hizo soñar. Entonces Lady Gaga, un mito que versiona al mito, la observa con ternura, principio de toda admiración. Liza duda. Gaga se inclina. Liza mira a cámara. Gaga mira a Liza acercando la mirada. «Te tengo», dice la rubia. «Lo sé», responde la azabache. El ganador no importa. Acabamos de presenciar uno de esos milagros cotidianos. Y de pronto, el mundo es un lugar menos hostil, precisamente porque es fósil.

En la vejez está la recompensa, por eso a los viejos se les cuida, se les respeta y se les honra. Viejos.