¿Vamos a casa de mis padres o a la de los tuyos? ¿Os suena? Sí, es el mantra de nunca acabar entre los amantes horizontales, gente cachonda con ganas de hacer bien las cosas, sacarse una carrera y comprarse una casa. ¡Orden! ¡El futuro era una casa! Cuatro letras que representan la pesadilla sin cocina de casi todos, bros, cuarentones y, probablemente, todas las generaciones venideras hasta que el planeta deje de ser un lugar habitable. Pero nada. Sin oferta no hay vistas a un patio con un limonero, sin control las ciudades son pasto para tiburones y la ocupación la única salida a este sindiós de andar por casa. Un piso sin alarmas ni sorpresas, a eso aspiramos. Mientras no llega, alquila a precio de una casa nueva. Y a follar a un hostal.
No recuerdo un solo momento en el que una casa fuera un bien de primera necesidad. Lo ponía en la Constitución, ladrillo de una época donde había mucho suelo edificable. En el 2000, tirábamos de parques y columpios para practicar sexo, de moto con el depósito templado, de la casa de un amigo de un amigo, del coche de papá y el césped. Fast forward. En 2024, solamente cuatro amigos míos tienen casa propia, un par de ellos tienen más de una y el grupo de la infancia se divide entre los que invirtieron en condones o en bienes muebles. Resultado: casi todos inquilinos calvos.
No tener casa nos quita el sueño, como si un salón, dos habitaciones, un baño y un descansillo con paragüero fueran parte indispensable de cualquier construcción de una vida digna. Las casas son estuches de felicidad perdida y encontrada y, si nos pertenecen, pueden cambiar de color, albergar perros y periquitos, acoger a los amantes sin prisa. Pero lo más importante: en tu casa siempre te esperan. Mientras tanto, vivimos atrapados fuera del mundo, encontrándonos en la calle y el 100 Montaditos, mirando los balcones de otros con dinero. El problema de la vivienda. La tragedia de un hogar inalcanzable.

Ilustración: Andrew Wyeth