Escribir una carta como una lista de la compra. Ordenar lo deseado en función de lo importante, de izquierda a derecha aún siendo zurdos, desde los escaparates de la calle o otro escaparate que es el blanco de la hoja. Redactar con buena letra, a lápiz, evitando los guiones al final de línea, el único momento del año donde hay espacio para un coche de pedales y la mala ortografía, un ordenador y un mundo sin guerras, una muñeca y un trabajo para padre. Reparar en la importancia de hacerlo en línea recta, ignorando que, como en la vida, todo se tuerce en algún punto. Escribir una carta sabiendo que los deseos escritos pueden venir envueltos en papel kraft, pero duran poco en la memoria.
Terminar con las existencias de las jugueterías, doblar el papel con cuidado. Introducir la hoja en un sobre y entregárselo a los padres, principio de una cadena que comienza y termina con los reyes y su estrella. Y esperar a que llegue la noche y su mañana. Para paliar la espera dejar mandarinas a los pies del árbol, agua, licores, un plato con galletas. Los magos recorren distancias impensables hace siglos. No olvidar un zapato que sirva de acomodo para un misterio envuelto, para una esperanza convertida en tradición pagana.
Dormir mal, con los ojos llenos de regalos. Despertarse a beber agua con la intención de descubrir el truco. ¿Cómo se llaman sus camellos? ¿Cómo pueden entrar en todas las casas del mundo? Soñar que pasa el tiempo más deprisa, regresar a la cama e imaginar que, al otro lado de la puerta, hay un salón lleno de juegos y de niños sin hambre que no saben que son niños. Nadie necesita explicarles quiénes son los reyes. Que cada uno crea lo que quiera. Crecer, la peor forma de olvidar que nunca seremos reyes. Pero estuvimos muy cerca.

Ilustración: Evonne