El cumpleaños de mi amigo Nao

Mi amigo Nao cumple 50 años, una cifra que a los occidentales nos coloca al borde de un charco. Ya no eres viejo, tampoco joven, aún puedes jugar una pachanga, pero necesitas subirte las medias antes de mojarte los pies. De ahí para abajo. Nao no tiene ese problema, porque Nao tiene la misma cara en un espejo de 2024 que en la fotografía (en blanco y negro), el mismo pelo, la misma piel, mejor sonrisa. Debe ser por vivir a su compás y en otro idioma, por tocar la guitarra como lo haría Andrés Segovia de resaca y por ser un amante del lenguaje (que no es lo mismo que ser profesor de lengua).

A Nao le conocí de día. O fue una noche. Yo necesitaba ayuda con un idioma tramposo, oculto debajo de un kimono, un universo en el que las palabras se dibujan, cambian si hablas con tu jefe o una novia y se te olvidan cuando estornudas fuerte. Y ahí estaba él. Primero sentado en un escritorio frente a una ventana. Después dentro de la pantalla de mi ordenador. La vida pasa. Ochos años después (podrían ser más) seguimos juntos. Entre medias me convenció para que probara el umeboshi (asqueroso) y me presentó a la que que hoy es mi exmujer. Vamos, que de alguna forma me jodió la vida al dármela.

Nao es un enigma. Divertido y humilde, tiene la paciencia de un kamikaze al que se le paró la hélice y además me pregunta cosas sobre facturación, como si un título universitario fuera sinónimo de saber algo. He pensado en regalarle una bicicleta (tiene piernas de gladiador), un bono para la sauna… incluso en disfrazarme de geisha y recibirle con una mano delante de la boca. Ninguna de las tres opciones le habrían hecho justicia, así que, como él, utilizo las palabras para decirle que tengo mucha suerte de haberle conocido, aunque nunca se pueda conocer del todo a un japonés gitano y payo. Si necesitáis un amigo, un actor o un profesor con abdominales, no lo dudéis. Es el mejor en las tres cosas. お誕生日おめでとう

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