«Hasta luego, a ver si os pillo», declaró Águeda Márqués, undécima clasificada en la final de los 1.500 metros. Así es el deporte y el tiempo, una maquina que tritura sueños a la velocidad con la que otros te adelantan. Dan igual el talento y las ganas, el cronómetro y la capacidad de mantenerse a flote en el tartán. Temprano o más temprano, te arrasan. Ese es el sueño. Despertarse con resaca, tomarse una aspirina y un litro de Coca Cola normal, fumarse un porro y comerse un plato con mucha salsa Schezwan. Ah, y sonreír, nunca dejar de sonreír.
El problema reside en las comparaciones. A algunos les toca un jardín francés lleno de árboles frutales, azaleas y jardineros fieles. A la mayoría, un huerto mustio, un hilo de agua y un palo de gallinero con unos brotes verdes. Lo mejor consiste en ir haciendo, a poquitos, con la vista en el horizonte de nuestros pasos, sabiendo que el privilegio también es ser testigos de los logros ajenos. De lo contrario, la vida nos rompe. Un secreto: la vida nos romperá igualmente, aunque ganemos.
Vuelvo a Águeda, esa atleta de élite y la última en la cola, un ídolo. Lo es porque las carreras de los deportistas se ven con un espejo deformado. Muchos quieren ser como ellos y ellos, en cambio, quieren ser ellos un rato. En realidad, la verdadera gloria se adquiere metiditos en la cama. El inconformismo sin control nos envenena, convierte nuestro jardín en un páramo, la finca ajena en una aspiración imposible. El mundo arde. Mejor ser un guerrero en tu jardín que un jardinero en cualquier guerra. Águeda, préstanos tu pala, tus tijeras y un poco de hilo de amarre. Nosotros te invitamos a la pizza.
