Nick Cave, Wild God

Wild God. Un oda a la alegría lejos del baile, más adentro, esa forma de conciliar el duelo y la pena con ternura, brillante, más humana. Eso ha traído desde el otro lado. Tuvo que partirse en dos —las dos mitades de dos hijos muertos hacen un disco—, pudrirse de pena y utilizar la dimensión sagrada de las canciones como reducto contra la velocidad y el autotune, hacia las ganas de vivir ya herido, siempre hacia delante a pesar de las hostias y el insomnio, de la alopecia y la bolsas debajo de los párpados. Un dios salvaje. Eso es la vida. Y la vida siempre será mejor con música. Aún mejor con la de Nick Cave & The Bad Seeds.

Perdimos a Leonard Cohen, a David Bowie y a Lou Reed. Pero tenemos al enterrador Cave recién salido de la peluquería, un caballero oscuro, mago blanco, el único coach al que no da grima escuchar. Lo hace para contar historias de caballos canela bailando bajo una luna de fresa, de vampiros que toman el sol entre las ruinas de los castillos. Porque si la vida es un sueño al despertar y la tristeza una cama vacía, entonces la alegría —no confundir con la felicidad— consiste en tener algo que hacer. Un sillón, una Estrella y un nuevo disco, el dieciocho.

La música y su misterio —también la más escuchada en Spotify— prescinde de la selección natural que gobierna a los humanos, trasciende la cultura y nos roza con el otro. Pues bien, la música de Cave conecta con algo dentro de nosotros presente en los milagros cotidianos, en el pan y el cuchillo, en el cielo sobre las tumbas, en las estrellas que encienden el universo. No se trata de trascender, sino de sentir sin ser conscientes de hacerlo. La gente oye música. A Cave hay que escucharlo y darle las gracias por todo, sí, por todo.

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