Los papeles de Antonio López

Hace dos días, toda una eternidad en Twitter, una pareja de policías le pidió los papeles a Antonio López en la Puerta del Sol. El artista, con su gorra desteñida y los colores de Madrid en el lienzo, no tuvo más remedio que cumplir con la normativa urbana: «si usted quiere pintar con caballete en la calle tiene que pagar la tasa municipal y esperar la concesión del permiso». Después llegaron los comentarios sobre la incultura de los agentes, quedándose en el tintero la cuestión fundamental. Y es que la capital ha sustituido a sus vecinos por consumidores, la calle ha dejado de ser aquel espacio de encuentro y cruising para abrazar el corporativismo de las marcas. Es más, si esta ciudad fue siempre su gente, ahora el valor se concentra en sus carteras.

Solo hace falta darse una vuelta y observar la ausencia de coleccionistas, afiladores y música bajita. Por supuesto, los pintores se han borrado y ante la invasión del calor conviene refugiarse en la asistencia primaria, ahora desbordada por el libertinaje entre los más jóvenes, precisamente los herederos de las aceras que desembocan en terrazas y las fachadas con anuncios de cuerpos inalcanzables. De leds, claro.

No se trata de mirar a Madrid con nostalgia, sino de advertir que los parques se han vaciado al ritmo de los pueblos, los columpios chirrían lo justo desde la llegada del iPad y el carril bici lo ocupan tíos que corren en dirección contraria. Eso sí, las musculocas de la calistenia nos suben las endorfinas y el cartón se acumula como los perretes de las cunetas. Sorprende que seamos tan libres y los pintores tengan que pasar por caja. Será porque olvidamos que los cuadros se pintan contra el enemigo; las paredes, en cambio, se decoran siempre con ideas.

Ilustración: Antonio López

Himno de España en las escuelas

Desde que a Marta Sánchez se le ocurriera masacrar uno de los tres himnos nacionales que carece de letra —los otros son Bosnia-Herzegovina y San Marino—, la polémica resuena hasta en la aulas. Tanto que ahora en Murcia, empeñados en obtener la unión del país a base de retratos del rey, banderas y por megafonía, será posible alentar a los muchachos desde primera hora con la tonadilla. Resulta paradójico que en una comunidad con el segundo mayor índice de fracaso escolar y en la que los padres protestan porque los niños estudian en barracones y sin ordenador se tome esta medida.

Entendemos que su uso diario tiene como objetivo la motivación del alumnado, tal y como un entrenador hace con el “Viva la vida” de Coldplay en los vestuarios. Entonces las pupilas se dilatan y salen a devorar el mundo a base de conocimiento, transportados por el «Franco, Franco que tiene el culo blanco…» y algo de lo que carece el tan denostado reguetón: no les representa, por mucho que se empeñen los adultos. En el caso de que sí lo hiciera, escucharían otra cosa.

En un momento en el que hasta un abrazo se politiza y el rumbo de la política depende de los jueces muchos encuentran consuelo en las canciones. Puede ser en la quinta de Mahler o el adagio de Barber, quizás Jeff Buckley en el Bataclan, Phoebe Bridgers con cascos, Robe, Glenn Gould, Charly o Nina Simone. Da igual. De pronto, la vida con todos su errores, incluso el miedo a estar solos, todo eso que no encaja, se revela como el decorado de un lugar amplio, acogedor, desprovisto de fronteras y aire intoxicado. Los himnos son una creación del hombre; la música, el eco de su mundo invisible. Eso es lo que debe resonar en cada uno, en cada clase, en cada paso de baile.

Ilustración: http://www.danielstolle.com

Primavera Sound 202X21

El anuncio del Primavera Sound, pospuesto para el próximo año por razones obvias, ha generado reacciones extremas. La primera, ansiedad. Y es que después de años sin poder asistir a un festival a drogarte y escuchar música de fondo te encuentras con que van todos tus grupos favoritos. Todos. Da igual quien seas. Ahí estarán Beck, Nick Cave, Dua Lipa, C-Tangana, Einstürzende Neubauten, ¿Lorde también? También. Y claro, llevamos demasiado tiempo en el dique seco, somos hijos de la castidad y hemos perdido las formas al aire libre, incluso un poco la cabeza. Y surgen las dudas: ¿qué se llevará en el 2022? ¿Qué sentiré al estar rodeado de miles de desconocidos que sudan y son felices? ¿Estamos preparados para acelerar de cero a doscientos en un maratón de diez días a pelo?

Pasado ese momento naranja-pera-naranja, uno lo ve más claro. Otra cosa es pagar la entrada: 425 euros (con número) la más barata. Sucede lo mismo que con el cartel. Parece una broma, un precio asumible por gente de apellido compuesto que gasta el sueldo de medio mes en un bien de consumo gratuito en su versión casera. De nuevo, hiperventilo en una bolsa del Día y llego a la conclusión de que pagar esa cantidad por ver a más de 350 grupos (los conté pero me cansé muchísimo) tampoco es tanto. Sale a 1,2142 euros el grupo.

Queda por despejar la incógnita más importante e ignorada. Si nos faltan tablas, no nos cabe la ropa de este año y el futuro es una ilusión cuando el rock and roll conquistó nuestro bolsillo, ¿habrá previsto el festival más importante de España cintas desplazadoras de un escenario a otro? Resuelto el problema del rayo en primera fila, anticipo dos o tres ataques al corazón. Eso sí, el de la música nunca dejó de latir, ni siquiera cuando el país era un silencio.

Ilustración: http://www.studiomuti.co.za

El cumpleaños de Bob Dylan

Tenía que caer en lunes. Hoy es el cumpleaños de Robert Allen Zimmerman, el otro Bob Dylan. El primero cumple 80 años; el segundo pasa de esas mierdas. Y es que si algo define la vida como concierto infinito es el misterio. Porque el chico de Duluth siempre estuvo en contra del titular y su propia biografía, de lo que sus fieles esperaban del infiel al mundo. Cosas del aspirante a que le dejen en paz. «Nunca vas a ser más increíble que tú mismo», dijo mientras encendía un cigarrillo. Palabra de Bob.

Así ha pasado ocho décadas, siendo consciente de que ser libre implica responsabilidades que ni uno mismo es capaz de entender, pero que se parecen bastante a abrir los ojos con el canto del gallo y acostarse sin sueño. Entre medias fue ídolo de toda una generación con flores en el pelo, después enemigo eléctrico, más tarde cantante de voz de clara de huevo en “Nashville Skyline“, cristiano y vaquero, voz de alquitrán otra vez, hasta terminar vendiendo toda su obra por 300 millones de dólares. Rechazó otra oferta por 400 y casi el Nobel. Todo my Dylan.

Lo mejor de todo es que después de cientos de canciones sigue siendo un gran desconocido, incluso para los que creemos conocerle. Es más, ¿quién se atrevería a decirle qué tal va todo, Bob? Uno se imagina en una barra con Paul McCartney o Paul Simon, compartiendo un vaso de leche y unos altramuces. Frente a Dylan sentiríamos la extrañeza del video “We are the world“. Por una vez la respuesta no se encuentra flotando en el viento. Y está bien así. Felicidades, querido; seas quien seas.

Ilustración: http://www.pivenworld.com

Arrivederci, Battiato

Franco Battiato ya no late. Y es extraño, tanto como los recovecos de sus canciones, la electrónica de carne y hueso y esa mezcla de funcionario y dandi de “La gran belleza”. Porque sólo un músico enarbola la bandera blanca, define un centro de gravedad permanente y encuentra el alba dentro de las sombras. Pero las cosas son así, la gente viene y va sin acuse de recibo, y en medio de toda esta sinrazón casi todos recurrimos a la música para llorar la pena como los bailarines búlgaros pisan braseros ardientes, como cantaba él.

Siempre me fascinó su facilidad para convertir artefactos complejos en cajas de música para todos los públicos, algo que sucede muy de vez en cuando… y esas camisas. Al final todo se reduce al misterio, arca perdida de un tiempo en el que para trascender es necesario retransmitir la vida en directo, alimentar a la bestia de las plataformas. ¡Pero nada de nostalgia! Franco iba por delante del tiempo y Battiato deja unas pocas canciones —30 discos— y esa necesidad suya de vernos danzar con candelabros en la cabeza. Hoy la vela se ha apagado, pero volverá mañana, un poco cada día. Arrivederci, maestro.

Guadalupe Álvarez Luchia

Recuerdo aquella vez que escuché cantar a Guadalupe Álvarez Luchia. Y digo cantar porque a veces algunos lo hacen tal y como el resto aspira y, sin querer con todo, convierten lo imposible en un gesto repetitivo, dan forma al barro. Ella abría los ojos, enredaba el pelo en un nido de alonsito y, con los veintiún gramos que corresponden, su voz agarraba los ventrículos de todos los presentes. Eso sucedió hace tiempo. Ayer, también. Presentaba las canciones de «Terraza» para veinte. Así, dejó caer su chaqueta sobre el respaldo de la silla, posó en el regazo una guitarra afinada con desgana y de allí no se movió ni Dios porque, ¿de qué sirven los relojes cuando el tiempo se mide en repertorios?

Todo en un pequeño sótano decorado con lo mejor de un piso con ventanas, entre canciones de La Pampa, coplas, otras compuestas en Lavapiés y la sensación de que la música crece lejos de estadios y fuegos de artificio. Incluso sobran los micrófonos y chivar las canciones a Toni Brunet, productor del disco y un no guitarrista que toca como el que lanza pintura al aire, dribla y cae en el tiempo fuerte del compás. También bebe cerveza.

El concierto termina y uno intenta recopilar lo sucedido, más que nada porque las canciones te dejan desbordado, pillan a contraoído, pero sobre todo emocionan y borran lo que sucede más afuera. Me fui el penúltimo y me dio tiempo a verla dejar a medias su Fernet y salir a la noche. Lo hizo tal y como vive, con la inconsciencia del que cambia el mundo mientras los demás lo intentan. Su voz titila y por eso Guada —ya hay confianza— forma parte de la mecánica celeste de un país a oscuras. Con ella no se perderán.

Kurt Cobain

Hoy. 27 años desde que Kurt Cobain lo dejara… con 27 años. Porque a veces los números importan por aquello de contar las balas. Se pegó un tiro después de odiarse a sí mismo toda una vida. También odiaba lo absurdo de una industria voraz; la responsabilidad (nunca asumida) de ser un ejemplo para millones de adolescentes; lavarse el pelo… Yo engullía una tortilla de patatas cuando escuché la noticia por la radio y días más tarde vi la foto: una pierna y un brazo extendidos sobre el suelo y un oficial de policía de rodillas tomando notas. Diagnóstico muy turbio; el “grunge” entraba en coma.

Es extraño lo que nos pasa por la cabeza cuando desaparece un íntimo al que nunca hemos visto en persona, quizás de lejos en algún concierto. De pronto, percibimos esa última nota, sus canciones se solidifican en el tiempo y el recuerdo y, sin querer, algo en nosotros se apaga. Es una pérdida abstracta, él en Seattle, nosotros en Madrid, dolorosa sin llegar al llanto de la pena pena. Sabíamos que nada dura para siempre, nos negamos a creer que todo termine tan rápido.

A diferencia de las historias de terror en las que “algo” que no debería estar vivo respira, en la de Kurt sucede lo contrario. Con el aniversario de su muerte la leyenda florece, refresca el ambiente, anticipa el verano. A estas alturas poco importa el misterio que siempre rodeó sus últimas horas, precisamente porque otro misterio reside en sus canciones, ruidosas, rápidas, con olor a rollo adolescente en chaquetillas de lana. Es verdad que con las luces apagadas es menos peligroso, pero aquí estamos nosotros, sobreviviendo, y él sigue a lo suyo, entreteniéndonos 27 años estando vivo.

Ilustración: http://www.cocodavez.com

Love of Music, Love of Lesbian

El concierto de Love of Lesbian del pasado sábado, experiencia pop entre mimbres científicos para 5.000 personas sin distancia y con baile, ha servido para muchas cosas: sacudir la nostalgia, plantear alternativas viables y, por encima de cualquier otra cosa, polarizar aún más el debate. Como siempre la música —intercambiable con el cine por su dependencia de la variable tiempo y el esfuerzo en grupo— recibe las embestidas desde todos los frentes. Unas veces por la falta de transparencia en sus acciones, otras por su consideración de ocio frente al arte “serio” y, en este caso en particular, por contar con un enemigo irreductible entre sus filas: el propio colectivo.

Poco importa que sea el único sector que ha demostrado una firme voluntad por adaptarse. Incluso ha renunciado a su razón de ser, la congregación de masas, para que la música siga sonando, aunque sea bajito y falta de sal. Será que la apatía ha ganado la partida y la corrección política propone paciencia hasta que desaparezca el último contagio. Por desgracia para los más críticos y a lo largo de los siglos, la música ha pretendido imitar el pasado como parte de su evolución. Ahora que que realiza una propuesta de presente y futuro, vuelve a ser demonizada. Nada nuevo; mundo viejo.

Por lo demás, queda por resolver una cuestión que parece quedarse fuera de la bronca en torno a un grupo tan popular como Love of Lesbian. ¿Qué va a suceder con la clase media, media baja y las bandas noveles? La respuesta es tan desgarradora como evidente: lo tendrán aún más difícil, más que nada porque la música también es lo que sucede en los locales de ensayo, en las salas vacías y los clubes. Y sí, hay una diferencia evidente entre un tren o un bar abarrotado y un estadio con aspecto de hospital en sus accesos: el propósito. Otra cosa es el silencio.

Ilustración: http://www.thomashedger.co.uk

Putos Grammy; bendita música

Resulta que esta madrugada se entregaron los Grammy a los mejores discos de un año aciago. Así es, a pesar de lo que sucede en los hospitales, la música continúa respirando. Y con ella una industria que, más que nunca, tiene a bien premiar a las mujeres, Harry Styles incluido, que acapararon la mayoría de premios en casi todas las categorías. De hecho, si uno presta atención a algunos de sus trabajos no puede más que rendirse a la evidencia de que saben lo que hacen y además lo hacen muy bien. Pero más allá de lo inútil que resulta equiparar la música (desde 1959) con un concurso de belleza, lo más importante es que todavía es importante para muchos, y eso sí que hay que premiarlo.

Con importante me refiero a que ocupa el aire de las mañanas, las tardes y las (antiguas) noches, el mecanismo de coches y ascensores, la piel del que vive en un bajo sin luz natural y se muda un rato a otro lugar más tibio y menos raro, lejos de lo que se desangra. Nada como escuchar o tocar música para diferenciar a los que oyen de los que escuchan, nada comparable con sentir que con los oídos abiertos se construyen ciudades, países, sistemas solares. Conviene evitar el uso de la palabra magia en estos casos porque ésta pretende; la música comienza cuando el truco acaba.

Más allá de lo que sienta cada uno hay una certeza inapelable: todos aquellos que la consideran una prioridad o una pasión han mantenido algo de cordura entre tanto sinsentido, se les nota tristes pero todavía vibran o sonríen cuando suena el “Concierto para piano n.º 2” de Rachmaninov, “Waiting room” de Fugazzi o “Kyoto” de Phoebe Bridgers. Ninguno de los tres se llevó el galardón en 1901, 1988 y 2021 y, sin embargo, se han ganado el honor más importante: convertir la soledad de millones de corredores de fondo en una reunión de viejos amigos. Putos Grammy, bendita música.

Ilustración: Job Parilux

C. Tangana, la Lola Flores de hoy

El simple hecho de hablar de un disco patrio es, ya de por sí, todo un éxito. Y más si se trata de uno que se consume a la velocidad con la que se despachan sus canciones, en línea, cortas, intrascendentes y por tanto perfectas. Al fin y al cabo, la música siempre importó poco, y menos ahora. Porque nunca, en toda la historia de este arte menor, había pesado tanto el continente, algo que C. Tangana entiende mejor que Alaska. El contenido es un disco en el que su autor pasa de puntillas para entrar en el mercado por la puerta grande. Eso sí, convertido en un artista total… en chándal. Todo suena a refrito y en la pomada, desde la rumba ratonera puesta de Auto-Tune® a la bossa con sabor a cocido madrileño, y los invitados aplican el pasapuré con tanta clase que incluso mi madre habla de un chico que ni canta, ni baila, pero no se lo pierdan.

Y es que hay algo que aterroriza en “El Madrileño” y es la certidumbre de que para hacer un disco popular se necesita convertir el impulso, el rayo o como queramos llamarlo, en cadena de montaje, vender el corazón —el alma es cosa de antiguos— a cambio de una posteridad que ahora es tendencia en Twitter, luego memoria pasajera. Así se diseñan los mitos en el 2021, con disciplina audiovisual, trabajo de cirujano plástico e instinto para las ventas. Vamos, igual que siempre, aunque con una diferencia: Antón renuncia a lo bueno para ir a lo grandioso.

Da igual si el disco te gusta o no. Lo importante es que en la fórmula agotada del éxito se abren grietas y por ellas se cuelan jóvenes audaces con la capacidad de convertir sus limitaciones en bitcoins. Sobre todo cuando el mundo se desmorona, momento en el que algunos caen en la cuenta de que todavía es posible. Me convertí al Tanganismo hace tiempo, una noche que le vi en un concierto junto a Nina, la cantante de Morgan. Los dos nos miramos sin entender nada y hoy debemos rendirnos a la evidencia de que el rey no tiene ventrículo, aunque sí un hueco en lo que nos queda de pecho. Eso y un medallón brillante como un satélite.

Ilustración: Iván Floro