La última foto

La fecha se incluye en el pie de foto: 22 de agosto de 1969. Aquella mañana, un tanto gris con algunos claros de sol entrecortados, los Beatles realizaron su última sesión fotográfica. Todavía juntos, pero ausentes y con la mirada apuntando hacia cuatro puntos cardinales discordes, se prestaron al juego desesperado de seguir intentándolo cuando es evidente que el cuerpo no respira. Se trataba —como declaró John Lennon en una entrevista años más tarde— «de algo natural, no una catástrofe. La gente habla como si fuera el fin del mundo, cuando solo éramos una banda de rock. No es nada importante. Si queréis recordar el pasado ahí tenéis todos los discos».

Al igual que sucedió con el grupo importante de la historia, los amigos atraviesan diversas etapas ligadas a una edad furtiva, con la chispa del enamoramiento inicial seguida de esa canción atronando el interior de un coche prestado en dirección al mar, cientos de noches eléctricas con sus respectivos comprimidos de Ibuprofeno, la pérdida de pelo y esperanzas, y el ruido de campanas de boda que, de alguna manera agridulce, marcan el inicio de una interrupción con mimbres de capítulo final.

A veces no es necesario pasar por el cuchillo de la tragedia, ni convivir con el feo hábito de la muerte y el daño; simplemente ocurre. Se extingue una estrella, nace un niño, la vida continúa a su ritmo imparable y al escuchar aquel disco repleto de surcos y recuerdos el silencio nos golpea la cara. Antes de cerrar los ojos lanzamos una pregunta a ese amigo ahora (in)visible: si yo supe quién eras y tú supiste quién fui, ¿quién de los dos sabrá que será de nosotros en nuestra ausencia?

Let it be, let it be.

La música es el recurso de los que no saben hacer nada

Resulta que cada vez que el hijo del famoso de turno, la pobre niña rica sin oficio ni beneficio o el rebelde sin causa con el cordón umbilical conectado a una bombona de oxígeno deciden qué hacer con su vida —envidiada por casi todos, vivida por unos pocos— terminan confluyendo en el mundo de la música y sus diferentes variantes compuestas, entre otros expedientes X, de cantantes que no saben cantar, compositores enemistados con la armonía y escritores de textos tan ridículos como un libro de Loreto Sesma.

Y la cosa no es de ahora, sino que viene sucediendo desde hace años, llevándose hasta sus últimas consecuencias en 2019, espacio temporal donde es posible grabar un disco en casa y un vídeo-letra con el móvil, y en el que casi todos tenemos un colega realizador o (cum)munity manager con la capacidad de darle una pátina de bien de consumo masivo a lo que nunca debió de suceder, más que nada por la cantidad de muerte y destrucción que genera a su paso.

Porque si no sabes hacer nada, y estudiar medicina, correr maratones u obtener un doctorado en Harvard implica un grado de sacrificio y trabajo inaceptables para alguien como tú, la música es el cajón de sastre con el que tomarte un respiro y aclarar las ideas antes lanzar una colección de ropa a base de plásticos marinos, participar en la basura de Telecinco o pedirle a tu madre que te haga un ingreso. Por suerte o por desgracia, nadie recuerda las malas canciones y solo aquellos que nunca consiguieron lograr su sueño piensan en los malos músicos.

Quizás algunos no deberían intentarlo todo, y mucho menos cantar. Ya lo decía Mozart: «La música no está en las notas, sino en el silencio entre ellas».

Tool, el triunfo de lo raro

Haz la prueba. Pídete una caña, dale un sorbo, toma aire y pronuncia —no en vano— el nombre de Tool entre las plúmbeas paredes de cualquier bar de la calle Corredera Baja. De pronto, los carlinos comenzarán a aullar en braille, el camarero levantará una ceja formando un letrero de neón y el silencio que antecede a una mala noticia desembocará en un torbellino con aspecto de agujero negro. En su interior, el tiempo y el espacio son variables que danzan a su ritmo, cerca del cinturón de Orión, ajenas al ciclo lunar y los incendios, tanto que las carreras de cientos de grupos de música se forjan y desvanecen en el plazo invertido por estos cuatro americanos en desgranar una sola canción. Ya no te digo si tardan trece años en sacar nuevo disco.

Lo que en principio es algo raro de por sí, lo es todavía más cuando compruebas que un grupo de música tan indescifrable como la Conjetura de Hodge es una de las formaciones más exitosas de todos los tiempos… y casi nadie habla de ellos, como si pertenecer a esa orden secreta exenta de popularidad “à la Justin Bieber” les concediera el privilegio de trascender estando vivos y en paradero desconocido, un día con pelucas, otro en un tuit, siempre amenizando nuestras vidas envueltas en una espesa oscuridad sonora.

Porque si hay algo que hemos perdido tú y yo en 2019 —músicos, melómanos y detractores de la música incluidos— es el misterio, no asistir por enésima vez a la retransmisión en directo de la grabación del disco de turno, con sus vídeos de adelanto y fechas debidamente publicitadas allanando el camino, facilitando la digestión de una canción-alpiste con video-letra-jaula, quizás dos, ¡ahora en todas las plataformas de streaming!, intentos fallidos en pos de un interés mediático que nunca llega. Piérdete en Forty Six & Two, mira el tercer ojo de “Lateralus“, sé abducido por “7empest“; así podrás odiarlos o amarlos, pensar, escupir, romper el cielo, admirar el milagro de la belleza de lo incomprensible.

Vi la última de Tarantino sin abrir los ojos

A veces, las menos, algunos cuentos no necesitan leerse, sino que pueden ser disfrutados a oscuras y con los ojos cerrados, en compañía de Spotify, la radio de nuestro tiempo. De esta forma, un poco absurda y nostálgica, he sido capaz de recrear en mi cabeza “Once upon a time in… Hollywood“, la novena película del director Quentin Tarantino… que aún no he visto.

Y es que KHJ Radio, emisora de Los Ángeles nacida en 1965 bajo los mandos de Bill Drake, es el hilo conductor de esta historia que, como siempre, descansa en su banda sonora, colección de canciones con la capacidad de transformar en imágenes lo que en principio es ficción, o sueño, quizás realidad. Porque la obra de Quentin suena a música antes de ser filmada.

Créditos: Roy Head y elTreat her right; Cliff Booth/Brad Pitt conduce un Cadillac 1966 Cuope DeVille por Sunset Boulevard mientras sintoniza “Ramblin’ Gamblin’ Man” de Bob Seager; Rick Dalton/Dicaprio frunce el ceño, se ajusta la cazadora de cuero color mostaza y Deep Purple descargan “Hush“. Estamos en 1969 y estoy teniendo una erección. En esa década era imposible saltarte los anuncios y en la radio es momento para la publicidad: ¡cerveza Mug Root en su nueva botella! Aprovecho para llamar a mi madre, abrir unas patatas y darle un like a la pedorra de Miranda Makaroff.

¿Quiénes son los Buchanan Brothers? Al parecer el cantante era “Son of a lovin´man“, y de nuevo el cine convierte una canción desconocida en algo familiar, tuyo, mío, nuestro, en esa melodía extraviada que siempre estuvo allí. Los segundos pasan, la vida se ensaña con los personajes. Me enredo una y otra vez en “The Circle Game” y con Paul Revere & The Raiders las flores en el pelo de Sharon Tate no son más que un charco de sangre en el salón. Arrasan Los Bravos, y California Dreaming y José Feliciano me confiesan que los niños ciegos no saben que lo son hasta que los mayores se lo dicen. Así es la música, un truco de magia envuelto en una película a todo color. Disparos. FIN. Silencio.

El mal sueño de “todos los conciertos inolvidables”

Es curioso como la comunidad de músicos —creadores hipersensibles en los márgenes de una sociedad aquejada de sordera— replican comportamientos que los emparentan con cualquier influencer de Instagram o un funcionario de la Secretaría General de Transportes.

Y con esto no me refiero al uso indiscriminado de “robados dolosos” en cuclillas frente a una masa estrábica —en ocasiones “aumentada” con Photoshop—, ni siquiera a las tendencias en materia de equipo que los arrastran a utilizar las mismas guitarras, los mismos pedales, los mismos módulos de sampleo y percusión o esas camisas de palmeras tan poco favorecedoras adquiridas en Asos. No.

El problema al que se enfrenta el músico en España, además de la precariedad, los desplazamientos en furgoneta, el exceso de fe en canciones intrascendentes, la obsesión por el éxito (manufacturado), los pantalones pitillo, la alopecia, la ceguera y la envidia, la animadversión por Izal y el regreso de Nacho Cano —no hacía falta, de verdad—, es la percepción distorsionada de sus propios conciertos. Basta con leer el pie de foto, colección de plantillas del género: «no hay palabras para explicar el concierto de ayer», «todavía estamos flotando», «recuperándonos de los sucedido anoche», para plantearse si en realidad no estarán sufriendo una sobredosis de endorfinas con efecto distorsionador de la realidad, lo que vulgarmente se conoce como “el mal sueño de todos los conciertos inolvidables”.

Resulta que la música no está exenta de intrascendencia y, por desgracia, la tan manida magia surge con la regularidad de un cometa, en uno de cada X conciertos, instante fugaz envuelto en la memoria dañada de unos músicos que hacen de la felicidad del oyente un trabajo diario… en el mejor de los casos. Lo de bailar al terminar de tocar no cuenta y se computa como pesadilla.

El Sonorama invisible

Cuando asistes al festival que crece entre viñedos, baldosas, cúmulos y tierras ocres, aquello que sucede —y que no vemos— antes de que el grupo suba al escenario se convierte en un conjunto vacío en medio de la espera y la catarsis colectiva. Lo que en principio parece una escena habitual, por lo recurrente en las ya veintidós ediciones del Sonorama, es en realidad la consecuencia de un trabajo que no transciende, brisa floja en boca del cantante de turno que menciona (al infinito) el trabajo del equipo técnico, hombres de negro y bota gorda con una peligrosa tendencia a echar horas… no remuneradas.

Y es que aunque no lo sepas, tanto los que figuran en el cartel como los que se funden con las papeleras al fondo del escenario —y que incluyen a universitarios con acné, guardias de seguridad, limpiadoras de mirada triste, aficionados al vino, reponedores, “luceros”, miembros de producción, “runners” y a Dolan— forman un lienzo consistente en una gran mancha oscura que rodea un punto similar a una estrella, pero que alberga en su interior la dosis justa de azar, preparación y algo parecido a la fe oculta bajo capas de coros entusiastas.

En esta edición, con nuevo recinto en forma de triángulo isósceles y varias quejas (muy de señora) relativas al uso indiscriminado de pistolas de agua, no destacaron ni Nacho Cano y su recuperación del Cristo del Corcovado entre sintetizadores pregrabados, ni los Carolina Durante de bombo a negras con puntillo, ni mucho menos el esperpento de Shinova, sino todo lo contrario. El 2019 fue de Alberto Jiménez convertido finalmente en la voz de una generación perdida y reencontrada y la chica sin nombre —la llamaremos Andrómeda— responsable de vigilar la valla del recinto durante doce horas al día. Junto a ellos una constelación de anónimos: Martín, Javi, Almu, Sofía, Marcos, (…), héroes invisibles de la Antártida a orillas del Duero.

Circodelia: lo trágico es magnético y además vuela

Y el cometa Circodelia pasó por Madrid. Para todos aquellos que no sepan de lo que hablo les diré que se trata de un grupo de rock que publicó su primer disco en 2002 abandonando la escena en el 2008, año en que la industria musical se desangraba por varios flancos por culpa de las descargas ilegales, su incapacidad para apostar por grupos que no fueran la copia de una copia y el fin del dinero de los ayuntamientos como motor de las giras.

Y es que estos chicos, ahora cuarentones pero de aspecto juvenil y pelo hirsuto, han vuelto a la carga llevados por ese impulso vital que ni siquiera los niños y las hipotecas son capaces de enterrar, el espíritu del fuego nocturno que quema y convierte la distancia en una simple cuestión de kilómetros; porque la vida no puede separar lo que una vez unió y menos aún a los hombres que se acercan, con el paso del tiempo, un poco más a sí mismos.

Lo que sucedió en la sala Honky Tonk de Madrid fue raro, una demostración palpable de que no hay peor nostalgia que aquella que viene unida a la imposibilidad, al hecho irrefutable de que Circodelia nació para reinar y terminó relegado, quizás demasiado pronto, a un recuerdo borroso. Los demás, público huérfano que no tuvo más remedió que crecer sin sus conciertos, necesita revivir aquello una noche más, como si se tratara de una aventura con nuestro amor platónico del instituto… a pelo y sin limitación horaria.

Con el aire acondicionado estropeado, una enorme columna plantada frente al escenario y las cervezas a cinco euros los asistentes se desplazaron por el espacio-tiempo al ritmo de los dedos húmedos de Pablo Parser y el pecho de Víctor Pérez, tomaron cientos de fotos en HD, se hicieron selfies, grabaron videos que subieron en Instagram, conectando el 2008 con el 2019 en un segundo, admirando un cometa ahora transformado en la cometa que vuela de nuevo por encima de nuestras cabezas, más alto que nuestra memoria, más fuerte que los gritos entusiastas del presente.