Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price

Calamaro contra Queen

La verdad es que lo de Andrés Calamaro es un no parar. Ahora ha vuelto a salir al ruedo mediático por atreverse a afirmar que Queen, o los Queen, o como se diga, «son una banda “Top 10” para aquellos que no escucharon ni diez bandas» o «es grande, pero a su público no le gusta el rock… ni la música en general» y claro, los fanáticos de Freddy se encabronan ante el arrebato de un músico relevante en tierras latinas, pero inocuo en el mundo anglosajón y filomonárquico. La verdad es que el comentario tiene gracia… y no le falta razón. Me explico.

Si nos detenemos en la banda de marras, imbatibles en directo y con uno de los mejores cantantes con bigote de la historia, sus tres primeros discos despliegan ese deje de peligrosidad asociado a la música más dura, sin embargo a partir de “A night at the Opera” son una banda pop con ramalazos guitarreros y una necesitad evidente por adaptarse al signo de los tiempos. De hecho, sus discos suenan mejor ahora que en el año de su lanzamiento, un hecho insólito en la historia del vodevil.

Más allá de la valía artística de “Sin documentos” o “Bohemian Rhapsody” lo más relevante de esta enfervorizada polémica es comprobar que ciertas opiniones a la contra no tienen cabida, precisamente cuando, en lo que a cuestiones musicales se refiere, lo único que importa es la emoción: te toca, te deja frío o te da una arcada. Si pusiéramos en fila india a Bowie, The Clash, Led Zeppelin, The Beatles, Rolling Stones y un largo etcétera, quizás esta vez Calamaro no vaya tan desencaminado. Y el flaco clavó sus puñales en la espalda de la reina.

Ilustración: http://jorgealderete.com/

Bad Bunny y la edad

El premio al compositor del año 2020 de la ASCAP ha recaído en Bad Bunny y claro, la nube de bilis y ‘tweets’ entre los indignados no se ha hecho esperar. Una gran mayoría lo considera un insulto, otros lamentan que sus letras de preadolescente priápico degraden a la mujer y los demás creen que serían capaces de mejorar lo presente si les diera por escribir canciones de reguetón en el váter, un artefacto que, a día de hoy, lo parte. Sinceramente, creo que todos ellos se equivocan.

Primero porque la ASCAP es una organización americana que no premia la calidad, sino la cantidad de ‘royalties’ que generan sus premiados y a nadie en su sano juicio se le ocurriría incluir a este puertorriqueño con cara de oficinista castellano en la nómina de Hoagy Carmichael, Cole Porter o Carole King. ¿O sí? En segundo lugar, resulta que las letras de las canciones son ficción, incluso aquellas que hablan de personas reales, y tildarlas de sexistas o violentas solo revela nuestra incapacidad para entender el mundo joven.

Por último, a todos aquellos que se burlan de los versos “Pensaba que te había olvida’o; eh, pero pusieron la canción; eh-eh-eh, que cantamo’ bien borrachos, que bailamo´ bien borrachos…”, decirles que sí, que son malos, incluso muy malos, pero el chaval nunca pretendió ser poeta, revolucionar la música o incluso ganar un premio de la ASCAP, solo contar historias de polvos, M y ‘perreo’…. y lo clava. Al final, la decadencia a la que apelan sus detractores solo se encuentra en las arrugas de la piel.

Ilustración: Desconocido pero joven seguro.

Música Morricone

Hoy ha muerto Ennio Morricone y con él desaparece un músico eterno. Lo que en principio podría parecer el acto lógico de un viejo de 91 años, se convierte en tragedia, precisamente porque solo unos pocos son capaces de congregar en torno a su legado algo parecido a la sombra de la unanimidad. Y es que es posible encontrarse con críticos de la obra magnética de este hombre inclasificable, pero lo hacen para dentro, negándose a aceptar que sus bandas sonoras representan algunos de los destellos más brillantes del siglo XX.

Así es como en su oído los fotogramas se convierten en algo parecido al amor o el miedo, la fe o la cercanía de la muerte, y un páramo en Almería se erige en el centro de la huella de Clint Eastwood y América es el patio de recreo de unos gánsters con acento siciliano. Porque, ¿qué cuentan sus partituras? La historia personal e intransferible de un romano al ritmo del ventrículo de millones de personas.

No recuerdo quien fue el que dijo aquello de que, en realidad, no nos importa la música, sino que nos sentimos vinculados a determinados momentos de nuestra vida asociados a una canción en particular, intercambiable en función de cada uno. En el caso de Ennio Morricone sucede todo lo contrario. Gracias a él por fin el sonido de la música importa. Y el mundo llora su pérdida en silencio.

Día de la música sin conciertos

Así es. Este 21 de junio de 2020 es un día atípico por lo de ser domingo de música y sol… sin conciertos. Porque así son las cosas ahora y, mientras seguimos buscando una solución presencial para los actos que se nutren de la congregación de masas, la música florece en interiores, bajo la atenta mirada de oídos pintando melodías, de un nuevo disco de Bob Dylan, del silencio hecho canción de tres acordes y un recuerdo.

Hablé con Santa Cecilia para preguntarle cómo está. Me respondió que bien, progresa adecuadamente en su refugio, entre liras y lirios, y ve con buenos ojos los conciertos enterrados en el coche. Aunque sea un poco fúnebre. Será porque la música para ser música solo necesita de una persona al otro lado, una caracola, un motor y un técnico capaz de hacerle justicia.

Hoy es el día del arte de combinar los sonidos en una secuencia temporal atendiendo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, «de la arquitectura del sonido», de «la gimnasia del alma», de esa «máquina de matar fascistas», de «aquello que empieza cuando acaba el lenguaje», de lo que tú quieras que sea. ¡Que vuelva pronto al escenario triste de este mundo raro!

Ilustración: https://martinawald.com/

Canciones alegres para suicidas

No hay nada más probable que la imposibilidad. Y es que, cuando sucede, los resultados pueden ser una epidemia… o un disco. Entre medias, una pequeña y firme voluntad. Porque estas cuatro canciones son el ejemplo perfecto de que se puede hacer aquello para lo que no se está realmente preparado. De otra forma, ¿cómo entender que Elena Lombao, campeona europea de  kayak polo en el cuerpo de una actriz, quisiera escribir y grabar canciones sin haberlo intentado nunca, confiando la producción y el  Pronto® a un escritor con cuerpo de músico?

Está claro que los mimbres no estaban ahí y, sin embargo, en menos de una estación corta la autoestima rimó en AABA, el miedo se transformó en cecina y fruta, el corrido fue ranchera espídica  y los dos — erectos ante la presencia de Martin Bruhn, Javier Geras y Juanjo Reig— nos dimos un sonoro abrazo frente al camello de la Plaza de los Mostenses. Lo habíamos conseguido. Sin prisas ni plazos, con poco dinero y más ganas, como se hacen las cosas que merecen la pena.

En realidad, este “Canciones alegres para suicidas” no es un EP, sino más bien un disco corto en el que las canciones son de la gente, aunque no haya nadie escuchando al otro lado; alegres porque las buenas cantinelas, aunque sean tristes, nos dan razones para encender la luz; para porque es la preposición que se hace cuerpo en Sufrida y suicidas porque la Lombao también es Calo, aunque tampoco pinte sueños y se dedique a cantar pétalos. Ahora son vuestras… pero también un poco mías. Hoy a la venta, mañana en Spotify, pasado ya veremos.

Ilustración: http://www.rikiblanco.net

El futuro de congregar masas

En en la industria musical, América siempre fue por delante. Asimiló rápidamente el modelo capitalista anglosajón, lo aplicó en un vasto terreno con más de cuatro puntos cardinales e hizo del ‘fordismo’ su estilo de vida Marlboro, a medio camino entre las chicas de California y los inviernos perpetuos de la costa este. A día de hoy, con el mundo convertido en un respirador y una globalización muerta de éxito, los músicos americanos han sido los primeros en despedirse de su modo de vida… y plantearse otros.

Y es que el futuro de aquellos que congregan a las masas es una incógnita que se va despejando a blancas con puntillo. Los deportistas pueden jugar a puerta cerrada, los políticos expulsarán bilis desde tribunas de plasma y los músicos americanos, sabedores de que sin público no hay pan, anuncian sus servicios como profesores particulares ‘online’, se desprenden de algunas guitarras caras para la manutención de sus hijos y programan sus vidas errantes a partir de 2021.

La decisión de convertirse en músico implica una voluntad férrea de ir a contracorriente, resistirse a asumir el éxito como malentendido y, a pesar de todo, sigue atrayendo a sus costas a millones de jóvenes que hacen de la precariedad y la diversión un digno binomio. Estoy expectante por ver cuál será la solución en España, asistir al milagro del silencio convertido en una nota, en vida y canciones. Recordad que sin música enloqueceremos todos. Todos.

#nosomosmusica

Vaya por delante que #somosmusica —iniciativa lanzada para dotar de visibilidad a uno de los colectivos más afectados por la pandemia— es muy loable, incluso necesaria. Sin embargo, y dado que todos —músicos, melómanos y anhedónicos— estamos viviendo una vuelta al negro color esperanza, convendría mostrar la realidad en la que se encuentra varada la industria musical española, trinchera del «finge hasta que lo logres», del pentagrama escrito en do precario.

Y la realidad es que no hay industria. Simplemente existe un contexto difuso en el que diversos oficios (invisibles) confluyen en un espacio-tiempo con melodías de fondo. Como casi siempre son tres multinacionales las que obtienen el grueso de los beneficios —su fondo de catálogo produce monstruos y bukakes de euros— y cuatro agencias de management “imponen” a sus grupos en festivales a base de cupones descuento. El resto somos clase trabajadora sin un no por respuesta, peones de una profesión a la contra, entusiastas de lo itinerante convertido en plato de comida.

Industria (f. s): Actividad económica y técnica que consiste en transformar las materias primas hasta convertirlas en productos adecuados para satisfacer las necesidades del hombre. Pues bien; cuanto más cerca de convertirse en producto está la música, más se aleja del propósito por el que fue creada. ¿Qué somos entonces? Mientras encontramos la respuesta, recuperemos a Zappa: «La información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es verdad. La verdad no es la belleza. La belleza no es el amor. El amor no es la música. La música es lo mejor».

Del “Imagine” al “Resistiré”

En tiempos oscuros, la música —y no el músico— siempre ha cumplido una función relevante, ya sea como medio propagandístico, pastilla de moral o simplemente como arma disuasoria contra el día la marmota. Y da igual la trinchera. El “¡Ay, Carmela!” entonado contra los franceses; “A las barricadas” en boca de anarquistas, el “Eusko Gudariak” y “Els Segadors”; el “Cara al sol” con letra de Agustí de Foxa e interpretado por Marta Sánchez y “El novio de la muerte” del cabo acondroplásico Baltasar Queija de la Vega. Por ejemplo.

Más tarde, con la llegada de las buenas intenciones globales, llegarían el “Imagine”(1971) de Lennon, el “One Love” (1977) de Bob Marley, el “We are the world” (1985) de Jackson y Richie — y la cara de un hastiado Dylan—, himnos que, más allá de estar cincunscritos a un momento capilar muy determinado, poseían ese halo universal en el que lo bandos eran reemplazados por palomas, nubes de THC y laca, la humanidad convertida en una, grande y sumisa con un solo objetivo: mejorar las maltrechas existencias de sus “soldados”.

2020. Vaya por delante que existe la opción de cerrar las ventanas a cal y clavos, cancelar nuestra cuenta de Youtube o directamente tirar el móvil en el contenedor de cartón, pero en España el “Resistiré” es la banda sonora original del Apocalipsis, siempre del lado de la policía, emocionando a las madres de todo un país que, por primera vez, vive en un silencio aterrador interrumpido a las ocho de la tarde. Resulta que manejarlo es más difícil que manejar una mala versión de una adaptación. Qué cosas…

Billie Eilish, ¿del cuarto al estrellato?

De repente llega una niña de dieciocho años con nombre de chico y mala cara, las rodillas en carne viva y el pelo Pantone® verde 354 C y arrasa el mundo con canciones escritas en una leonera junto a su hermano Finneas. Y claro, el resto de músicos (jóvenes y no tanto), deslumbrados por la fibra, el éxito y los auriculares del tamaño de un guisante creen haber encontrado la manera de seguir sus pasos de gigante en chandal porque, si ella pudo hacerlo en un estudio-mesa Ikea, ¿por qué los demás no?

Hecho el sueño, hecha la trampa. Detrás de la música —fascinante, oscura y pegadiza como el coronavirus— encontramos a varios señores con barba y gorra que se han labrado sus carreras sónicas a los pies de Beyoncé, Ariana Grande, Drake o Ed Sheeran. Pero, rebobinemos. En 2015, publica una canción en Soundcloud que llama la atención de pesos pesados de la industria —discográfica y mediática— como Zane Lowe o Jason Kramer, “arrastrados” a ese “streaming” en particular por obra y gracia del manager de los hermanitos. Y llega el publicista conectado con Chanel, y de ahí a una estilista y en el 2016 firma por una filial de Interscope Records encargada de modelarla para reinar en la vanguardia de la fealdad.

Las canciones se relanzan en 2017 vía Apple Music’s Beats, se graban varios remixes para que suene y resuene en los clubes más “cool” de Las Vegas e Ibiza, la chavala firma con Next Models, su lista de Spotify lo peta con un billón de escuchas y en 2019 lanza un disco que es un prodigio, tanto estético como sonoro. Ahí está, amigos; entre el cuarto y el estrellato se interpone todo un oscuro universo para el que solo están destinados algunos planetas, Rosalía, tres satélites Tesla y una estrella llamada Eilish, Billie Eilish.