#nosomosmusica

Vaya por delante que #somosmusica —iniciativa lanzada para dotar de visibilidad a uno de los colectivos más afectados por la pandemia— es muy loable, incluso necesaria. Sin embargo, y dado que todos —músicos, melómanos y anhedónicos— estamos viviendo una vuelta al negro color esperanza, convendría mostrar la realidad en la que se encuentra varada la industria musical española, trinchera del «finge hasta que lo logres», del pentagrama escrito en do precario.

Y la realidad es que no hay industria. Simplemente existe un contexto difuso en el que diversos oficios (invisibles) confluyen en un espacio-tiempo con melodías de fondo. Como casi siempre son tres multinacionales las que obtienen el grueso de los beneficios —su fondo de catálogo produce monstruos y bukakes de euros— y cuatro agencias de management “imponen” a sus grupos en festivales a base de cupones descuento. El resto somos clase trabajadora sin un no por respuesta, peones de una profesión a la contra, entusiastas de lo itinerante convertido en plato de comida.

Industria (f. s): Actividad económica y técnica que consiste en transformar las materias primas hasta convertirlas en productos adecuados para satisfacer las necesidades del hombre. Pues bien; cuanto más cerca de convertirse en producto está la música, más se aleja del propósito por el que fue creada. ¿Qué somos entonces? Mientras encontramos la respuesta, recuperemos a Zappa: «La información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es verdad. La verdad no es la belleza. La belleza no es el amor. El amor no es la música. La música es lo mejor».

Del “Imagine” al “Resistiré”

En tiempos oscuros, la música —y no el músico— siempre ha cumplido una función relevante, ya sea como medio propagandístico, pastilla de moral o simplemente como arma disuasoria contra el día la marmota. Y da igual la trinchera. El “¡Ay, Carmela!” entonado contra los franceses; “A las barricadas” en boca de anarquistas, el “Eusko Gudariak” y “Els Segadors”; el “Cara al sol” con letra de Agustí de Foxa e interpretado por Marta Sánchez y “El novio de la muerte” del cabo acondroplásico Baltasar Queija de la Vega. Por ejemplo.

Más tarde, con la llegada de las buenas intenciones globales, llegarían el “Imagine”(1971) de Lennon, el “One Love” (1977) de Bob Marley, el “We are the world” (1985) de Jackson y Richie — y la cara de un hastiado Dylan—, himnos que, más allá de estar cincunscritos a un momento capilar muy determinado, poseían ese halo universal en el que lo bandos eran reemplazados por palomas, nubes de THC y laca, la humanidad convertida en una, grande y sumisa con un solo objetivo: mejorar las maltrechas existencias de sus “soldados”.

2020. Vaya por delante que existe la opción de cerrar las ventanas a cal y clavos, cancelar nuestra cuenta de Youtube o directamente tirar el móvil en el contenedor de cartón, pero en España el “Resistiré” es la banda sonora original del Apocalipsis, siempre del lado de la policía, emocionando a las madres de todo un país que, por primera vez, vive en un silencio aterrador interrumpido a las ocho de la tarde. Resulta que manejarlo es más difícil que manejar una mala versión de una adaptación. Qué cosas…

Billie Eilish, ¿del cuarto al estrellato?

De repente llega una niña de dieciocho años con nombre de chico y mala cara, las rodillas en carne viva y el pelo Pantone® verde 354 C y arrasa el mundo con canciones escritas en una leonera junto a su hermano Finneas. Y claro, el resto de músicos (jóvenes y no tanto), deslumbrados por la fibra, el éxito y los auriculares del tamaño de un guisante creen haber encontrado la manera de seguir sus pasos de gigante en chandal porque, si ella pudo hacerlo en un estudio-mesa Ikea, ¿por qué los demás no?

Hecho el sueño, hecha la trampa. Detrás de la música —fascinante, oscura y pegadiza como el coronavirus— encontramos a varios señores con barba y gorra que se han labrado sus carreras sónicas a los pies de Beyoncé, Ariana Grande, Drake o Ed Sheeran. Pero, rebobinemos. En 2015, publica una canción en Soundcloud que llama la atención de pesos pesados de la industria —discográfica y mediática— como Zane Lowe o Jason Kramer, “arrastrados” a ese “streaming” en particular por obra y gracia del manager de los hermanitos. Y llega el publicista conectado con Chanel, y de ahí a una estilista y en el 2016 firma por una filial de Interscope Records encargada de modelarla para reinar en la vanguardia de la fealdad.

Las canciones se relanzan en 2017 vía Apple Music’s Beats, se graban varios remixes para que suene y resuene en los clubes más “cool” de Las Vegas e Ibiza, la chavala firma con Next Models, su lista de Spotify lo peta con un billón de escuchas y en 2019 lanza un disco que es un prodigio, tanto estético como sonoro. Ahí está, amigos; entre el cuarto y el estrellato se interpone todo un oscuro universo para el que solo están destinados algunos planetas, Rosalía, tres satélites Tesla y una estrella llamada Eilish, Billie Eilish.

Coque Malla en el Wizink

El sábado pasado, Coque Malla vendió todas las entradas para su concierto en el Wizink. Había tanta gente que era inevitable pensar en lo que sentiría un músico que ha convertido la persistencia en una constante y vital huida hacia delante, precisamente porque sabe que detenerse en lo que una vez sucedió no puede más que significar una sola cosa: perderse el ahora, olvidarse de que aquel hombre con la cara de un niño ha crecido tanto que la muchedumbre vuelve a llenar estadios para verlo, y de paso creerlo.

Esa misma mañana le dije a Coque que para mí el éxito es algo extraño porque muchas veces no es fácil de entender. Él me preguntó por qué decía eso. Me limité a contestar que hay algo divino en congregar a tantos miles en un mismo lugar y, sin embargo, sucede cada día. En cambio, no a todos los músicos les sucede cuando toca, y mucho menos cuando así lo esperan.

Ya ha pasado. El Wizink despertó esta mañana entre la bruma y, muy probablemente, Coque haya hecho lo propio. Se habrá deshecho de los restos de purpurina, enfundado sus New Balance, llevado a los niños al colegio y, con un gran esfuerzo, habrá recuperado la senda del músico que se siente un poco más hombre sobre el escenario de una sala vacía, del teatro Arriaga o de un estadio. Quizás lo del sábado ni siquiera fue la consecución de una trayectoria sin un solo borrón y algunas sombras, sino el primer paso de una carrera que lleva recorridas varias vidas dejando el pelo intacto y un repertorio eterno. Enhorabuena, Coque; enhorabuena a ese enorme corredor de fondo.

Lyle Mays, muerte de una sombra

La gente se muere. Repito. La gente se muere cada día. Algunos lo hacen solos, en una habitación blanca, casi gris. Otros, en cambio, rodeados de una presencia invisible de carne y esperanza, millones de extraños lamentando —a veces de manera incomprensible— la desaparición de un compañero, un amigo, por qué no un hermano, con la capacidad de hacer mejor sus vidas, ahora rotas con la pérdida que antecede a otra. Y así avanzamos, entre estrellas de cine mudas, jugadores de baloncesto hechos ceniza y rostros populares que simplemente ya no son, que ya nunca serán porque se han ido.

Hoy, sin embargo, un pianista con el pelo de un mohicano pálido ha dejado de tocar. Se llamaba Lyle Mays. Repito. Lyle Mays. Solo algunos podrán admitir haberle conocido, por sus canciones, por acompañar a Pat, a Michael o a Joni, por ser capaz de invertir el compás de una historia que, a pesar de ser ignorada por muchos, no es menos importante para algunos menos.

De alguna manera y entre teclas negras y blancas, también hoy nos queda claro que el misterio es valioso porque no se oxida, que la madera es el material de tu piano, del recuerdo, que el destello puede ser luz en descomposición y, de vez en cuando, la sombra el lugar más hermoso del mundo, precisamente porque somos polvo y flores si suena música de Lyle ahí dentro.

Super Bowl: 2020 motivos de alegria

Un año más se ha vuelto a jugar un partido de fútbol americano… que no hemos visto. Al igual que hacemos con las canciones, pasamos de los minutos en los que el balón juega y somos testigos —desde el otro lado de un Atlántico plastificado— del mini-concierto universal del 2020, en esta ocasión protagonizado por dos rutilantes estelas femeninas: Shakira y Jennifer López. Una loba, otra pantera, las dos caras (con zarpas) de una galaxia, el de la música, dominada por lo latino y Rosalía, con sus ritmos monótonos, sus letras escritas sobre arena de playa y la vuelta del fosforito en uñas, permanentes y complementos.

Y sí, aunque parezca mentira (todos bailan, casi nadie toca y el «Kashmir» de Led Zeppelin dura menos que un plano fijo) y pese a la sensación de artificialidad de una propuesta tan «Born in the USA», deberíamos alegrarnos porque la música todavía cuenta, aunque se emplee para amenizar nuestros paseos al baño o al puesto de perritos calientes. Además, ¡quién se acuerda de J Bunny y Bad Balvin cuando el mejor producto colombiano sale a comerse un escenario en 3D!

Quizás, cuando el juicio del presente se convierta en una simple anécdota del pasado será más fácil apreciar ciertas cosas a golpe de caderas, encontrar motivos de alegría en lo artificial, no porque debamos prescindir de la verdad, sino porque el plástico es el último escollo hasta alcanzar la piel, porque la electricidad es la antesala de lo que arde. Si millones se han emocionado con la Super Bowl y sus pausas publicitarias, ¿qué llegarán a sentir con la música conectada a las ideas, la sangre y los esfínteres?

No se le roba a un músico

En el mundo del arte todos somos libres de robar (y no copiar). Es más, sin esas supuestas libertades, ‘préstamos’ y licencias que músicos y compositores se toman no sería posible sorprender a oyentes y ‘haters’ por la misma razón que decorar el mundo no se concibe sin una mirada previa al pasado, en su forma más acuosa y aventurera. Sin embargo, acostumbrados a tanto foco y gloria efímera, y ahora que las Navidades nos desvalijan un año más con sus estrellas fugaces, peones disfrazados de reyes y algún regalo con olor a mandarina, es el momento de dejar bien clara una cosa: no se le roba a un músico. Repito; no se le roba a un músico.

Y con esto hago referencia a los desfalcos que cada dos por tres sufren las bandas cuando cargan o descargan durante el concierto de marras. Ahí, en esa intersección entre la calle y la rampa —de acceso al local de ensayo o la inmortalidad—, este colectivo dislocado representa el ideal democrático al que la audiencia aspira. Y da igual si ésta la conforman papá y mamá o agotan las entradas en el Wizink porque todos ellos — Taburete incluidos— han invertido ahorros, tiempo y esperanzas en un equipo que, de pronto, se desvanece para desplegarse a los pocos meses en el escaparate del Cash Converters, justo al lado de la leyenda «¿Eres ganador o perdedor?».

Es gracioso porque los músicos siempre pierden, incluso cuando el paso del tiempo les homenajea. Infancias solitarias, incomprensión familiar por dedicarle más horas de lo recomendado a la “dichosa guitarrita”, buitres con traje de representantes, descargas ilegales, promotores aprovechándose del entusiasmo a coste cero, liquidaciones de las ‘multis’ de un dígito y medio y mucha diversión… así es su vida. Por favor, ladrones de instrumentos, ténganlo en cuenta antes de adueñarse de lo ajeno y salgan del país lo antes posible. Jorge Ilegales les busca, les encontrará, les triturará y les incluirá en su colección de casetes piratas.