Este país está lleno de viejos. Aquí los viejos hacen trabajos sencillos, ordenan el acceso a los aparcamientos, recogen la basura, limpian los baños siempre impecables. El mundo en otras partes también está lleno de viejos, pero se les ve menos, montan poco o nada en bicicleta, muebles al fondo en una residencia, vasijas de vidrio llenas de memoria y árboles. Nadie quiere envejecer, nadie escapa a la máquina de triturar del tiempo. Más vale ser viejo e imbécil que joven e imbécil, sinónimos, me digo mientras me hago viejo. Lo noto en la lejanía de las cosas.
Hay algo terrible en el espejo. Soy yo. Un poco menos de pelo en la cabeza y los gemelos, invisible poco a poco. Aún compito contra mí mismo, como si fuera un niño. La diferencia es que ahora no puedo ganar. Tampoco es que quisiera ganar antes. Mejor cagarla muchas veces y saber que el premio es acertar cada tanto e ignorar la experiencia de los años. Mejor ser viejo que morirse. Mejor ser viejo que ser joven, me miento. Luego recuerdo lo que era ser un adolescente en Segovia y quiero ser más viejo todavía. Envejecer es que te dejen tranquilo.
Al contrario de lo que piensan muchos viejos, la vida pasa a su ritmo justo, ni despacio ni deprisa. Debe de ser porque vivo dándome menos latigazos, familiarizado con este caparazón interno, sabiendo que los resultados llegan tarde o nunca, que se trata de insistir en algo que nos haga bien, una tarde con María, una cerveza o dos, varias canciones, cosas sencillas e inútiles. Deberían levantarle una estatua a la vejez en cada plaza, en Tokio y Parla. Sería la misma, algo con arrugas, pequeña, eterna, mate, un eclipse.

Ilustración: desconocido

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