Sirat, el puente entre el cine y el polvo

Voy a ver «Sirat» porque me encanta Óliver Laxe, su pelo, su valentía al abordar las neurosis, su cara, sus dientes, su manera de andar como si nadara, esa inteligencia suave. Llego al cine engañado por el tráiler, lleno de expectativas y de premios, con un Toblerone medio deshecho y dispuesto a buscar en el desierto a una niña desaparecida en una «rave». Lo que sucede desde que se apagan las luces de la sala y regreso a la vida en blanco y negro tiene algo de viaje iniciático. ¿Qué ha sucedido en estas dos horas? ¿Hemos sido engañados? ¿Acabo de presenciar algo que escapa a las palabras y apela al dolor? ¿Puede una película engañar a la muerte? Aquí no hay respuestas, solamente polvo.

Quizás las obras que merecen la pena —un libro, una canción triste, un cuadro— son las que nos llevan a un lugar desconocido dejando en nosotros una mezcla de impotencia y cabreo, como el que cree haber alcanzado un oasis y, en realidad, es un espejismo: el agua está en otra parte y se parece a un sueño. Nada que perdure en el tiempo puede racionalizarse con facilidad, requiere de un empeño a la contra de esta velocidad tan nuestra. Quizás, el futuro representa el presente de una forma más precisa porque sedimenta y abre el horizonte y, en ese futuro, al final de la vías, Óliver Laxe dirige el tren del cine español.

Todos hablan de su guión apocalíptico, de la deriva de una historia que encierra muchas películas, que si Mad Max, que si Herzog, que si música tecno a ritmo de pérdidas y más pérdidas. Yo veo dunas que podrían ser desiertos en la palma de un muñón, un impulso que se lleva todo por delante y te arranca las ganas de bailar y de seguir hacia delante, contradicciones, fuego, un poco de arte y artificio, bidones de gasolina y huellas. En el desierto todo es presencia, precisamente porque en él podemos escuchar el viento entre la arena, el ruido de un corazón apagándose, lo que llevas dentro: la herida.

31 comentarios en “Sirat, el puente entre el cine y el polvo

      1. Según el director, la peli va de «perdidas»…
        “La vida es una pérdida constante, estamos todo el rato perdiendo algo, perdiendo a gente, perdiendo la salud, perdiendo bienes (…) pero la aceptación de la pérdida es la manera de agradecer más lo que te encuentras”
        https://www.eldiario.es/cultura/oliver-laxe-sirat-pelicula-hecho-teniendo-cuenta-dolor-mundo_1_12676910.html
        No he visto SIRAT (dudo que la vea, yo de situaciones hostiles, de desiertos y de arena, voy servida), pero ya solo leer la entrada y los comentarios, ha merecido la pena 😀

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      2. A veces una pequeñísima cosa hace mucho, y bueno. Gracias 🙂
        Algo de arena hay por el blog, aunque vamos, que cualquier día nos echamos unas evian® y te cuento más…

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  1. Es la pelicula más absurda del año. Sin guión, sin ritmo, pretenciosa en el uso emocional descontextualizado, personajes que no tienen ningún fondo (nada construidos), un cebo para pseudointelecuales de risa. Casi creo que es un experimento social, para ver la superficialidad de la sociedad.

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      1. Sí, lo importante es que hablemos de la peli, pero hay algo más importante que eso: el pelo y los dientes de Óliver Laxe…jajaja

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    1. Llevas bastante razon: no sé si es el experimento social que apuntas, o más bien una explosión de sinsentidos venidos a ninguna parte que ni tan siquiera llegan a incomodar al espectador que acude a la sala con sus manos vacias y sale con un frasco de mirra, todavia fresca y reflonja, en el bolsillo.

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  2. saliendo del cine nos cayeron unas gotitas de agua desde un balcon donde, imagino, regaban sus flores sedientas. La metafora estaba hecha: parecia como si se nos hubieran meado encima, tanto dentro como fuera de la sala.

    Es difícil lograr que el gran y versatil Sergi López no brille, y Laxe parece empeñado en conseguirlo.

    Una pelicula vacia en el sentido mas amplio de la palabra.

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      1. A mi me parece que igual no era metafórico los de las gotas de agua, hay muchos perros en balconadas hoy en día que son desatendidos por sus dueños. De hecho si Laxe hubiera hecho una pelicula de denuncia de la soledad canina, hubiera contado con mi voto favorable y mi ferviente apoyo. En cambio, ha querido retratar a los occidentales que se van a drogar a Marruecos y que se piensan que hay sensualidad y comunión cuando quién habla es el MDMA.

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  3. Buen articulo Javier, gracias.

    la pelicula en sí es un esperpento. Ayer fui con mi esposa y se sentó detras de un señor alto. Yo no tuve tanta suerte y me la tragué enterita.

    lo mejor fue la climatizacion de la sala (a veces se pasan con el aire) y las letras que anunciaban el deseado final.

    antes, un sinfin de actores (que sean amateurs no es excusa) deambulando sin sentido detras de la pantalla, y gente abandonando el cine antes de tiempo y de malos modos.

    Laxe incluso consigue quemar al niño, que habia hecho un papel mas que aceptable en la Mesias.

    no sé hasta cuando le vamos a reir las gracias al pretencioso y galardonado director, porque algunas de las criticas que he leido, o no han visto el film, o lo han hecho bajo circunstancias que no merecen ser reseñadas

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  4. Leí que seria la película que «iba a cambiar el cine» o «la película del año».

    Siendo honestos, va camino de lo primero pero por motivos opuestos a los que anunciaba este curiosos vaticinio: efectivamente, la gran bola creada por Sirat desciende a toda velocidad por ladera de la cordillera más somera y pseudointelectual de gafapastas, kombucheros y totebags de Chiapas, transmitiéndose por el Telegram y el Bluesky de los desheredados y por el boca oreja de los altivos, que vomitan sin pudor sinónimos de palabras ignotas como «connatural», «extemporáneo» o «costuras antropológicas» como si no hubiera un mañana.

    El largometraje aparce como la mezcla redonda de absurdidad, excremento argumental, insulto actoral y trascendencia abortada, mezclada con el márketing virtual inflacionado que iba a sublimar a Laxe como el nuevo Kant del séptimo arte, la criatura nacida de una orgía maratoniana de Kurosawa, Fincher, Bergman y Malick después de un fin de semana largo en la Sierra de Segovia invitados y bajo el foco de Almodóvar y sus secuaces, en el influjo más poroso de la profundidad erudita más analfabeta y superficial.

    Sin duda, iba a cambiar el cine.

    Y así a sido. A peor.

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  5. Sirat no es una película, ni tan siquiera un ejercicio de estilo o alegoría audiovisual, es una experiencia sensorial. Si entras en ella te fascinará. En caso contrario lo lamento pues no habrás sido capaz de ver el hijo muerto de Tod Browning y David Lynch.

    Sirat constituye una experiencia sensorial formidable, hipnótica, única y extraña. Un viaje a las profundidades de lo sagrado y lo profano. Un periplo vital que deambula entre el final de los tiempos y el precipicio que nos conduce a ellos. Ante tal tesitura, uno comprende a los seres que habitan en el circo rodante que nos muestra, con sus tullidos, drogados, perforados y tatuados seres. Son los únicos sabios del planeta que han comprendido que estamos ante el fin y éste solo se afronta abandonándose a lo ancestral. Inmersión en la paranoia, el delirio y la alucinación de la mente sumergía en la música y el baile catártico.

    Y siempre la muerte como habitante común en parajes desolados en los que su presencia nada tiene de extraña, bien porque son lugares casi incompatibles con la vida o porque el hombre ha procurado que otros hombres desaparezcan sin saber por qué mediante minas ocultas bajo el seco polvo del desierto.   

    Mientras tanto, solo asoma levemente la solidaridad y amistad de los  lisiados, la búsqueda de fantasmas, el último viaje en tren entre cadáveres vivos de un tercer mundo que ya lleva siglos habitando en una patria llamada Muerte.  Sirat es la película que nos muestra el final de los tiempos. Nada más y nada menos.  

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    1. Joder, es más interesante tu comentario que la peli en sí. No sé, después de meditarlo mucho llegué a la conclusión de que es un trampantojo, que sí, que visualmente está muy lograda, pero que como el polvo del desierto se limpia con una mano de agua y jabón. Eso sí, está bien que exista.

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