Juan Diego, el maestro sin apellidos

Nadie tiene muy claro quién es. Tampoco el papel que le ha tocado interpretar, ni en el proscenio ni en la placenta de los días. Por eso, Juan Diego, un sevillano de voz de yunque a punto de fundirse decía que «dentro de mí está ese hijo de puta y ese homosexual y ese nudista y ese comunista y ese tipo amable y ese violador. Dentro de nosotros está todo lo bello y lo hermoso, todo lo horrible y despreciable».

Quizás por esa razón su ausencia pesa tanto, moja, porque, a veces, los actores se olvidan de la vanidad y transmiten historias, nos cuentan en ellas siendo otros, interpretan el difícil arte de comunicarse sin intermediarios. Después hay un director cansado que grita «¡corten!» y un actor sin apellidos, con carnet y una pistola lanza un obituario al aire: en Rusia nieva y borracho se está mejor que sobrio.

Resulta que Juan Diego era su nombre, de ahí que los apellidos los aporten Landa, Fernán Gómez, Pávez, González, Rabal y el resto de una estirpe que, poco a poco, va dejándonos un poco más solos, un poco más perdidos. No puede haber gente más triste que nosotros hoy, eso seguro. Descansa en paz, Juanito, te llevas a la tumba una parte del cine que nos queda en la retina y tu memoria.

Cuidar, respetar, honrar a los viejos

Esos viejos en sus pieles flácidas, de cauce seco, instalados en recuerdos como pupitres al fondo, en sillas de ruedas. Esos viejos a los que se aparta por viejos y mayores. Esos viejos. Porque la novedad manda y ordena, recluye a los pasados a un ángulo muerto a su pesar. Ellos son vida que queda y quedó en alguna parte, que todavía mira hacia lo que nos falta de futuro. Precisamente ahora, con el escaparate del cine concentrado en una hostia, en sus machos y en aquello que nunca debe hacerse, y menos por amor, vuelve Liza Minelli. Lo hace sin haberse ido, envuelta en sus ojos de tormenta y camerino, en canciones que, precisamente por ser clásicas, suenan a recién hechas.

A ella le encomiendan la categoría más importante, claro, la de mejor película. Duda, se desorienta unos instantes porque ya vive encontrada en todo lo vivido y lo que nos hizo soñar. Entonces Lady Gaga, un mito que versiona al mito, la observa con ternura, principio de toda admiración. Liza duda. Gaga se inclina. Liza mira a cámara. Gaga mira a Liza acercando la mirada. «Te tengo», dice la rubia. «Lo sé», responde la azabache. El ganador no importa. Acabamos de presenciar uno de esos milagros cotidianos. Y de pronto, el mundo es un lugar menos hostil, precisamente porque es fósil.

En la vejez está la recompensa, por eso a los viejos se les cuida, se les respeta y se les honra. Viejos.

De cómo una hostia acabó con los Oscar

A veces las cosas se tuercen. De repente, un hermano se mete con el pelo de tu mujer y tú reaccionas dándole una hostia frente a una audiencia blanca a la que nunca le interesó la gala de los Oscar y mucho menos la categoría a mejor documental. El gesto —demostración abstrusa de confianza y poder marital— pasará a la historia un rato mientras el cine queda reducido a un iPad lleno de huellas, las mismas que ahora manchan la mandíbula del presentador. ¡Qué cosas! Una vez más la realidad empeora la ficción, porque los sueños fueron de celuloide una vez y en 2022 las estrellas se pegan en directo.

Pero no hace falta irse hasta ese extremo para cambiar el curso de un tiempo que parece abocado a la incomodidad, el machismo y la cancelación. Poca broma con casi todo y nadie tomándose en serio las historias, realidades paralelas capaces de mejorar un día a día con extrañas similitudes con la entrega de los premios más importantes del cine de acción. Menos mal que Jessica Chastain nació para reinar y hacernos pasar el mal trago, amar, recuperar la fe en un dios que tiene que ser mujer sí o sí.

Gracias a esta edición los calvos están bien representados en Hollywood, de la misma forma que Jonny Greenwood no necesita premios que lo avalen como uno de esos músicos necesarios para una vida digna. Mientras tanto, todos opinamos, elaboramos teorías que nos permitan arrojar pelotas de luz sobre un mundo raro, cada vez más achatado por los polos y que, sin querer, se va preparando para el final del cine tal y como lo conocimos. El honor, en cambio, se mantiene intacto.

Ilustración: Guy Billout

De Javier, de Pe y los envidiados

Cuatro compatriotas en los Oscar de este año, ¡cuatro! Casi todos celebran la nominaciones de Alberto Iglesias y Alberto Mielgo. En cambio, una parte del corral, más o menos la mitad, descarga su malafollá contra Javier Bardem y Penélope Cruz. En ese gesto inútil se concentra nuestro mayor pecado de proximidad: la envidia cargada de complejos, o sea, la española. Si no hubieran nacido en Las Palmas y Alcobendas habría que alegrarse (a la fuerza) por el éxito de lejos, cuanto más mejor. Sin embargo, la pareja remueve algo que nada tiene que ver con su talento. De ahí que por estos lares sea envidiable eso que es bueno.

La razón se suele atribuir a la desconfianza y el resentimiento crónico, aunque ambos cuentan con gran aceptación en, por ejemplo, Francia e Inglaterra. Tanta belleza, tantos ingresos y ese deje de izquierdas… ¡imperdonable! Sí, pero aún escuece mas su triunfo sin trampas, antónimo de medrar, ascender a base de humo y pelotazos. Si «juzgamos» su trabajo en la pantalla —de ahí la nominación—, no hay más remedio que rendirse a la evidencia y darles Goyas, Globos de Oro y sobre todo las gracias por poner un país de pocos en la galaxia cinéfila.

Entre tanto revuelo ante el trabajo bien hecho, olvidamos un detalle importante. Los actores dependen de los demás para desempeñar su oficio: un teléfono que suena cada vez menos, personajes destinados a ser fotogramas y emoción, aquel casting que lo cambió todo. Quizás pensar en ello pueda ayudarnos a discernir al ciudadano y sus circunstancias del personaje que interpreta ese sueño de cine. Ahí, lejos de la furia y por una vez, estaremos todos de acuerdo. Sois maravillosos.

Adagio para Paul Newman

Auscultar a Paul Newman tiene algo de mágico y doloroso. En ese perfil, griego y por lo tanto americano, se concentra toda la belleza de la que el ser humano es capaz. Con Paul empieza y acaba el canon que une en dos iris al hombre profundamente mujer (por lo de ser indomable) y a la mujer que se apiada del Newman cuando suda. Entre medias, todos los géneros, incluido el western. Extraño, como raro es que siga siendo referente ahora que celebraría 97 años y un día, tiempo de reflexión para asimilar esa mirada de miradas, esa mandíbula que derrite glaciares e infiernos.

Cara, percha y cuerpo fueron su cruz durante décadas, también la razón de que quisiera esconderse y esconderlos, preservando al icono en un líquido amniótico lejos de las garras de la moda. En vida poco le importaban estas cuestiones de revista. De ahí su ardor por la velocidad: «las carreras las gana el más rápido», decía con un casco sobre la calavera. Él terminaba segundo, sin embargo los pornofilos cuestionábamos la trayectoria del perdedor. Eso y nuestra orientación sexual.

Si la inmortalidad existiera bebería en un vaso de caña y miraría a la Taylor lejos de un tejado de zinc, mejor frente a un acantilado. De hecho, Paul es inmortal y a las pruebas me remito. Por eso lo celebro soplando velas estando vivo y muerto. Cuando aún rodaba, mis vecinas me hacían la misma pregunta: ¿a qué huele Paul Newman? Yo respondía que a madre, a hijo con camisa vaquera abierta y a espíritu libre. Es así como recuerdo algo imposible de corroborar, es así como me enamoré de un actor, de un hombre, del hombre. Aquí mi adagio para todos ellos. Han vuelto y volverán siempre.

Ilustración: el tío más guapo de la historia

Scarlett Johansson

En Manhattan, Nueva York. Hace 37 años. Así que felicidades, Scarlett. Desde entonces te hemos escuchado crecer, también visto y adorado. Sobre todo esto último. Porque algunas veces —normalmente cada siglo— aparece una actriz que encarna a todas las mujeres en una, como si de alguna forma extraña los personajes confluyeran en una boca, y por ende en las fantasías nunca resueltas de hombres y mujeres. Y es que los primeros quieren ser como ella para saber cómo se sienten siendo diosas y las segundas aborrecen los cuentos de hadas, aunque ella exista.

Esto en lo que se refiere a lo que brilla. En el recuerdo y los fotogramas queda la mocosa con ojeras, la de la perla y otras piedras de olor, el punto de partido y su revolcón entre trigales, las luces de Tokio en aquella pupila con vistas a la soledad, su voz de autómata rota sacando a Joaquin Phoenix de la tristeza en línea… en definitiva, toda una vida vivida a través de sus ojos y los de los espectadores clavados en ella.

Resulta que hay actrices así, concebidas por una mente superior que, con el empujón de la genética, resultan convincentes interpretando a la Rebecca de «Ghost World» y a una superheroína de gatillo fácil. Da igual, siempre interesante, un poco de periferia, inalcanzable. En ese sueño que es el cine imagino que le rozo un hombro en un descuido, que ella ignora el gesto culpable y se aleja caminando por una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, dejando tras de sí una bandada de pétalos. Quizás algún día… y por eso hoy cumple años. Lo sé, no es el regalo que querrías, tú eres el mío, el nuestro. Happy birthday, Escarlata.

«Dune» salvará el cine

Volver a un cine después de casi dos años tiene su épica, como si de pronto una especie en peligro de extinción desplegara su plumaje 4K en una pantalla-luna. Es en ese espacio, un poco sombrío, un poco palomitero —olvídate de la manta, el gato y el portátil— donde tiene lugar la epifanía. Y no porque el argumento te eleve por encima de la arena, ni siquiera porque se trate de una producción milimetrada y por tanto tibia, sino porque la película resuena en la dermis durante dos horas y media, al regresar a casa, intentar conciliar el sueño y caer en la cuenta de que la realidad, eso volcánico de todos los días, contiene gente malvada y calva, su propio planeta seco y cientos de gusanos que lo engullen todo, selvas, vidas propias y seres de lejanías. Si sólo te conformas con eso cuando compras una entrada entonces tienes que verla. Bueno, y porque sale Khal Drogo.

Y es que de alguna forma, necesitábamos comprobar que algunas experiencias viejunas (lo son porque implica hacerlo en grupo y pagar con tarjeta) todavía encuentran acomodo en la fase de la distancia. Érase una vez el cine así, emociones y gestos al ritmo de un compás sobre el pecho del espectador, ahora un sueño dentro de otro sueño hecho imágenes. Creímos que la vida era una película, hasta que nos topamos con una certidumbre: nunca quisimos que lo fuera y ahora que llevamos tanto tiempo alejados de nosotros mismos rendimos cuentas al presente.

Cuesta imaginar un mundo desprovisto de Kinépolis, los Verdi o los Renoir, mucho más que una calle sin quiosqueros o una peluquería sin el ¡Hola! Lo llaman presente o futuro, ¡yo qué sé! y, sin embargo, esta nueva versión del libro de Frank Herbert sirve para recordarnos que el cine es un invento del demonio, cuatrocientas butacas llenas, luz al principio del túnel, la única mentira irrenunciable, una de las pocas maneras de afrontar el miedo a oscuras. No os la perdáis, os cambiará. Palabra de «Dune«.

Ilustración: Wolf and Rocket

¿Todos los humanos nacen siendo buenos?

«Todos los seres humanos nacen siendo buenos». Con estas palabras, Choé Zhao recogió anoche su Oscar a la mejor dirección por «Nomadland». En un momento en el que la intolerancia, la maldad y el asco —manifestación más primitiva del odio— dominan debates, paredes y aceras, sus palabras resuenan de una manera especial. Quizás el hecho de ser mujer y la primera asiática que recoge la estatuilla en esa categoría también influya. No miente. Su película muestra a un grupo de nómadas incapaces de encajar en cualquier sitio por fotogénico que sea, incluso dentro de ellos mismos. Ni siquiera la libertad de moverse en furgoneta basta para dejar atrás una evidencia atroz: son gente buena, y además están solos en una cadena de montaje.

Resulta que la bondad innata es limitada. Somos capaces de reconocer el bien y el mal y, sin embargo, debido a la lógica de un mundo apuntalado en el «nosotros» contra el «vosotros», terminamos haciendo(nos) daño. Los personajes de esta historia representan ese «nosotros junto a vosotros», una comunidad aparte que, al igual que su directora, se empeña en perfeccionar la ayuda al prójimo, el intercambio de historias como ungüento, el disfrute colectivo de una puesta de sol en torno a un bidón de gasolina.

Más allá del debate sobre lo buenos que un día nacimos y lo malos que acabamos siendo antes de que la muerte nos separe (de nuevo), aferrémonos a la mirada de Frances McDormand, acuosa, firme, ceñida a la siguiente curva. De pronto, Fern, un personaje que encuentra en la huida la excusa para levantarse cada mañana, es capaz de explicar sin palabras que el mayor acto de generosidad es la bondad, en el buen sentido de la palabra y el cine.

Siempre se van los mejores

Resulta macabro comprobar cómo la muerte de los mejores nos saca de este atocinamiento en bucle de cuyo nombre no queremos acordarnos. Así van cayendo, en fila india, y hoy, como no podía ser de otra manera, le ha tocado el turno a un tal Son o Sin o Sean Connery, probablemente el único calvo hirsuto con la consideración de estrella intergaláctica y transgeneracional. Da igual si no te gustan las películas de espías, las de aventuras o con rusos torpedeando el mundo, las de gánsters en franela y caballeros que comen con las manos, las de héroes tristes y curanderos en tratamiento, las de dragones sin hambre…, ahí estaba él a una voz pegado protagonizándolas todas, aunque solamente apareciera 007 segundos, tiempo más que suficiente para perdurar en el espacio-tiempo de una memoria que ansía regresar al futuro. Es extraño que los que forman parte del mundo de la cultura sean siempre los más llorados. Será porque sin Sean y todos los que cierran los ojos para siempre este mundo no estaría ni mezclado ni agitado, simplemente dejaría de hacer pie. ¡Slán leat, querido Sean! 

Ilustración: Robert McGinnis

¡Adiós, Hollywood clásico!

A veces, el cine es un hoyuelo, una trinchera. Otras, aquel ídolo de barro con los ojos de un gladiador triste, del soldado falsamente acusado de traición, de un loco de pelo rojo pintando el sol con brochazos de luna llena. Porque, ¿quién fue realmente el padre de Michael Douglas? ¿A cuántas personas se puede interpretar a lo largo de ciento tres años? ¿Cuándo la estrella da paso al negocio, el negocio al olvido, el olvido a la muerte?

Entre el primer día y el último suspiro del hijo del hijo del trapero discurrieron dos vidas que equivalen a setenta y cinco películas, representaciones en celuloide de una época prehistórica —mitad en blanco y negro— envueltas en humo de cigarro con hombres (muy hombres) llorando lágrimas de bourbon. Y claro, el corazón de Jonathan Shields, Rick Martin y el coronel Dax se paró en su mejor momento, justo cuando el mito todavía era carne, flácida y trémula, pero todavía carne.

Kirk Douglas fue un niño viejo, un actor enfadado por las injusticias de un mundo, el suyo, que solo existe en la pantalla del cine. Hoy se muere con él su época dorada, la fábrica de mentiras, la misma que nos prometió que el bisabuelo nos sobreviviría a todos, que toda la vida es cine y los sueños nunca terminan a dos metros bajo tierra. Por fin una muerte merecida en esta década aciaga. Ya nadie es Espartaco. Nadie. ¡Adiós, Hollywood clásico; adiós, querido Kirk!