"El irlandés", la primera película por capítulos

El ocio es un menú a la carta desde que Netflix irrumpió en nuestras vidas. Y es que pocos saben que la compañía, en principio un videoclub en línea de DVD’s exento de multas por retraso en las devoluciones, no es más que la televisión de siempre adaptada a los nuevos tiempos, esos del género no binario, el rock encarnado por Maluma y una necesidad creciente por ver películas “a cachos” en cualquier dispositivo… menos en el cine.

Mientras el mundo acelera —algunos no pueden evitar abrir la ventanilla para no vomitar—, Martin Scorsese apuesta por la plataforma y estrena en el móvil “El irlandés”, una película que, por momentos, parece una serie, o una serie de un capítulo de tres horas y media en la que, por obra y gracia de la tecnología punta, los estragos del paso del tiempo se presentan como la única enfermedad que apoca la voz, reduce el tamaño de la cabeza y mata las ilusiones al ritmo del logaritmo de la vida, el único imposible de detener a nuestro antojo. De pronto, sin darnos cuenta, llegaron los americanos con sus planes de dominación y asistimos al declive de las salas precisamente por la misma razón por la que nacieron: para hacer la existencia más llevadera, a poder ser a oscuras y con un Toblerone en la mano. Intercambia el chocolate por la manta y ya estás en 2019.

No se trata de hacer apología de la nostalgia, ni siquiera pretendo hacer un alegato en contra del progreso; “El irlandés” cuenta una historia de varias décadas concentrada en poco tiempo que resulta insoportablemente larga para casi todos, precisamente porque Netflix es la vida de ahora, un desplegable personalizado, el espejo del cuarto de baño pintado con un logo rojo… y un agujero.

Vi la última de Tarantino sin abrir los ojos

A veces, las menos, algunos cuentos no necesitan leerse, sino que pueden ser disfrutados a oscuras y con los ojos cerrados, en compañía de Spotify, la radio de nuestro tiempo. De esta forma, un poco absurda y nostálgica, he sido capaz de recrear en mi cabeza “Once upon a time in… Hollywood“, la novena película del director Quentin Tarantino… que aún no he visto.

Y es que KHJ Radio, emisora de Los Ángeles nacida en 1965 bajo los mandos de Bill Drake, es el hilo conductor de esta historia que, como siempre, descansa en su banda sonora, colección de canciones con la capacidad de transformar en imágenes lo que en principio es ficción, o sueño, quizás realidad. Porque la obra de Quentin suena a música antes de ser filmada.

Créditos: Roy Head y elTreat her right; Cliff Booth/Brad Pitt conduce un Cadillac 1966 Cuope DeVille por Sunset Boulevard mientras sintoniza “Ramblin’ Gamblin’ Man” de Bob Seager; Rick Dalton/Dicaprio frunce el ceño, se ajusta la cazadora de cuero color mostaza y Deep Purple descargan “Hush“. Estamos en 1969 y estoy teniendo una erección. En esa década era imposible saltarte los anuncios y en la radio es momento para la publicidad: ¡cerveza Mug Root en su nueva botella! Aprovecho para llamar a mi madre, abrir unas patatas y darle un like a la pedorra de Miranda Makaroff.

¿Quiénes son los Buchanan Brothers? Al parecer el cantante era “Son of a lovin´man“, y de nuevo el cine convierte una canción desconocida en algo familiar, tuyo, mío, nuestro, en esa melodía extraviada que siempre estuvo allí. Los segundos pasan, la vida se ensaña con los personajes. Me enredo una y otra vez en “The Circle Game” y con Paul Revere & The Raiders las flores en el pelo de Sharon Tate no son más que un charco de sangre en el salón. Arrasan Los Bravos, y California Dreaming y José Feliciano me confiesan que los niños ciegos no saben que lo son hasta que los mayores se lo dicen. Así es la música, un truco de magia envuelto en una película a todo color. Disparos. FIN. Silencio.