¡Adiós, Hollywood clásico!

A veces, el cine es un hoyuelo, una trinchera. Otras, aquel ídolo de barro con los ojos de un gladiador triste, del soldado falsamente acusado de traición, de un loco de pelo rojo pintando el sol con brochazos de luna llena. Porque, ¿quién fue realmente el padre de Michael Douglas? ¿A cuántas personas se puede interpretar a lo largo de ciento tres años? ¿Cuándo la estrella da paso al negocio, el negocio al olvido, el olvido a la muerte?

Entre el primer día y el último suspiro del hijo del hijo del trapero discurrieron dos vidas que equivalen a setenta y cinco películas, representaciones en celuloide de una época prehistórica —mitad en blanco y negro— envueltas en humo de cigarro con hombres (muy hombres) llorando lágrimas de bourbon. Y claro, el corazón de Jonathan Shields, Rick Martin y el coronel Dax se paró en su mejor momento, justo cuando el mito todavía era carne, flácida y trémula, pero todavía carne.

Kirk Douglas fue un niño viejo, un actor enfadado por las injusticias de un mundo, el suyo, que solo existe en la pantalla del cine. Hoy se muere con él su época dorada, la fábrica de mentiras, la misma que nos prometió que el bisabuelo nos sobreviviría a todos, que toda la vida es cine y los sueños nunca terminan a dos metros bajo tierra. Por fin una muerte merecida en esta década aciaga. Ya nadie es Espartaco. Nadie. ¡Adiós, Hollywood clásico; adiós, querido Kirk!

Más ayudas para el cine

Un año más la gala de los Goya es recibida con jugos gástricos que salpican la cara de aquella niña con los ojos azules de tanto mirar al mar proyectada tras un diaman(ot)e llamado Amaia, el talento (capilar y no) de Pedro, Julieta y Antonio, otro desfile en ropa cara de “ególatras” que esquivan el fantasma del desempleo y el secreto mejor guardado del cine: hacer películas es la demostración palpable y digital de que los milagros existen, con o sin ayudas estatales… y mucho más sin Dios mediante.

Ahora que la plus ultra derecha ruge con la llegada de rojos y “progres” al poder, es el momento de volver a sacar el tema de las subvenciones y desacreditar a vagos, oportunistas y supuestos representantes de la cultura patria empeñados en expoliar nuestros presupuestos a base de contar emociones con imágenes, ver cantar a Rosalía, repasar un pasado sangriento no escrito en los libros de historia y admirar el poder del fuego cuando el monte arde. De esta forma, nadie pensará en los cientos de millones de euros que Peugeot Citroën Automóviles España, Telefónica, Unión Fenosa, PP, PSOE o Sacyr —entre otros— han recibido con el objeto de “mejorar” nuestras vidas.

Hacer cine es necesario para muchos, pocos se enriquecen con ello —con la excepción de Mediaset o Atresmedia— y, por extraño que pueda parecer, es obra de actores, directores, guionistas, cámaras, eléctricos, ayudantes de producción, directores de casting y trabajadores anónimos que, a base de esfuerzo, impuestos y algo parecido a la fe, devuelven a la sociedad más de lo que reciben en concepto de exenciones fiscales e incentivos para rodar en Canarias. Quizás el problema sea que muchos de ellos nunca tendrán una estrella con la que iluminar las falacias de los que quieren tanto a España. Todos tenemos sueños, algunos los ruedan, otros ladran.

“El irlandés”, la primera película por capítulos

El ocio es un menú a la carta desde que Netflix irrumpió en nuestras vidas. Y es que pocos saben que la compañía, en principio un videoclub en línea de DVD’s exento de multas por retraso en las devoluciones, no es más que la televisión de siempre adaptada a los nuevos tiempos, esos del género no binario, el rock encarnado por Maluma y una necesidad creciente por ver películas “a cachos” en cualquier dispositivo… menos en el cine.

Mientras el mundo acelera —algunos no pueden evitar abrir la ventanilla para no vomitar—, Martin Scorsese apuesta por la plataforma y estrena en el móvil “El irlandés”, una película que, por momentos, parece una serie, o una serie de un capítulo de tres horas y media en la que, por obra y gracia de la tecnología punta, los estragos del paso del tiempo se presentan como la única enfermedad que apoca la voz, reduce el tamaño de la cabeza y mata las ilusiones al ritmo del logaritmo de la vida, el único imposible de detener a nuestro antojo. De pronto, sin darnos cuenta, llegaron los americanos con sus planes de dominación y asistimos al declive de las salas precisamente por la misma razón por la que nacieron: para hacer la existencia más llevadera, a poder ser a oscuras y con un Toblerone en la mano. Intercambia el chocolate por la manta y ya estás en 2019.

No se trata de hacer apología de la nostalgia, ni siquiera pretendo hacer un alegato en contra del progreso; “El irlandés” cuenta una historia de varias décadas concentrada en poco tiempo que resulta insoportablemente larga para casi todos, precisamente porque Netflix es la vida de ahora, un desplegable personalizado, el espejo del cuarto de baño pintado con un logo rojo… y un agujero.

Vi la última de Tarantino sin abrir los ojos

A veces, las menos, algunos cuentos no necesitan leerse, sino que pueden ser disfrutados a oscuras y con los ojos cerrados, en compañía de Spotify, la radio de nuestro tiempo. De esta forma, un poco absurda y nostálgica, he sido capaz de recrear en mi cabeza “Once upon a time in… Hollywood“, la novena película del director Quentin Tarantino… que aún no he visto.

Y es que KHJ Radio, emisora de Los Ángeles nacida en 1965 bajo los mandos de Bill Drake, es el hilo conductor de esta historia que, como siempre, descansa en su banda sonora, colección de canciones con la capacidad de transformar en imágenes lo que en principio es ficción, o sueño, quizás realidad. Porque la obra de Quentin suena a música antes de ser filmada.

Créditos: Roy Head y elTreat her right; Cliff Booth/Brad Pitt conduce un Cadillac 1966 Cuope DeVille por Sunset Boulevard mientras sintoniza “Ramblin’ Gamblin’ Man” de Bob Seager; Rick Dalton/Dicaprio frunce el ceño, se ajusta la cazadora de cuero color mostaza y Deep Purple descargan “Hush“. Estamos en 1969 y estoy teniendo una erección. En esa década era imposible saltarte los anuncios y en la radio es momento para la publicidad: ¡cerveza Mug Root en su nueva botella! Aprovecho para llamar a mi madre, abrir unas patatas y darle un like a la pedorra de Miranda Makaroff.

¿Quiénes son los Buchanan Brothers? Al parecer el cantante era “Son of a lovin´man“, y de nuevo el cine convierte una canción desconocida en algo familiar, tuyo, mío, nuestro, en esa melodía extraviada que siempre estuvo allí. Los segundos pasan, la vida se ensaña con los personajes. Me enredo una y otra vez en “The Circle Game” y con Paul Revere & The Raiders las flores en el pelo de Sharon Tate no son más que un charco de sangre en el salón. Arrasan Los Bravos, y California Dreaming y José Feliciano me confiesan que los niños ciegos no saben que lo son hasta que los mayores se lo dicen. Así es la música, un truco de magia envuelto en una película a todo color. Disparos. FIN. Silencio.