Sobre Topuria

En un mundo de referentes, Ilia Topuria ha venido a saciar nuestra sed de sangre. Apodado “El Matador” —aquí los clichés se honran como si fueran cinturones—, reparte hostias con precisión quirúrgica, y lo hace envuelto en una mitología de tatuajes (un tigre, un lobo, Real hasta la muerte) y un ascenso sin posibilidad de baches. Tiene esa mezcla explosiva entre la confianza del que no duda (si duda te revienta) y el carisma de quien sabe que lo están mirando. Y ahí, precisamente, radica su éxito con los jóvenes: transmite la misma energía que un adolescente con acceso ilimitado a OnlyFans.

Amigo de Sergio Ramos — otro amante de las metáforas animales—, Topuria ha sabido situarse en la improbable intersección entre el gladiador y el influencer. KO’s en el primer asalto, trajes caros y muy cortos de pierna, eslóganes de gimnasio medio pijo que lo elevan a la categoría de héroe nacional, un ejemplo, el nuevo McGregor con acento georgianoalicantino, máximo representante del patriotismo de calzón. Sabe venderse, indeed, es el puto amo. Da igual si te lías entre la MMA o UFC, incluso si eso de la sumisión te suena a postura sexual: Ilia aparece en tu feed, en control del octágono y la narrativa, desafiante, con las orejitas en coliflor, recién salido de la pelu, inexplicablemente épico. Y ahí estás tú, dudando por un momento si deberías apuntarte a karate o mudarte a Tiflis.

En el fondo, lo inquietante no es Topuria, sino lo que dice su éxito. Que un hombre bajito cuya principal habilidad sea dejar inconsciente a otro en menos de treinta segundos pueda convertirse en símbolo transgeneracional debería, como mínimo, hacernos sudar. No porque la violencia no sea parte del deporte, la bolsa o la vida, sino porque la estamos confundiendo con una forma de sabiduría. En una sociedad que necesita voces lúcidas, nos arrodillamos ante el que mejor reparte. Y mientras tanto, el tigre y el lobo viven como reyes en ese cuerpo sólido, sabiendo que su dueño ha logrado convertir los puñetazos en ideología.

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