Qué ha pasado. En 2015 parecía un activista recién salido de una manifestación, un tuitero con escaño y camiseta con eslogan. Pasó el tiempo y el tiempo del activismo. 2025. Gabriel Rufián sale de la peluquería y entra en el Congreso de los Diputados. Traje de verano, gesto duro, mejillas brillantes, boca llena de «lávense la boca». De pronto, parece el único capaz de inyectarle sentido y sensibilidad al espectáculo. Es el mismo chico de Santa Coloma de Gramanet y, sin embargo, es otro. Incluso su manera de moverse, como si la reflexión viniera de fuera a dentro y sirviera para denunciar las tropelías de la izquierda, la mala fe de la derecha. Tiene munición para todos. ¡Joder, nos gusta Rufián!
Su actitud desquicia a todo el hemiciclo. Pasa de las frases hechas, la confrontación y los señalamientos. Incluso tiende la mano a compañeros de otros grupos parlamentarios. No vemos a un diputado, sino a un ciudadano cabreado con los hooligans con corbata. Cuando habla, el resto no dice nada. E irrita. Es lúcido o al menos se lo prepara. «En este Congreso se miente más que se legisla». «España no se rompe: se jodió hace tiempo». Una más: «Al PSOE le gusta más Ciudadanos que Podemos. Y más el BOE que la calle». Y el hemiciclo arde.
Su evolución tiene que ver con la paciencia. Porque lo masacraron y él siguió. Porque se ha ido puliendo sin perder filo. Porque utiliza la rabia sin perder la causa. Porque le da igual caer bien; se dedica a ordenar el ruido en el espacio. Porque quizás la política y casi todo lo demás va de resistir. Porque resistir consiste en que los demás cambien un poco mientras uno cambia más deprisa. Porque el cambio necesita de tiempo y no hay nada más peligroso que una idea a la que le ha llegado su hora. Porque las horas implican resistencia y, con el tiempo, resistir le ha dado la razón. Gracias, Gabriel.
