Inés Arrimadas y el ardor

Leo con interés la biografía de esta chica de marca blanca, portadora del virus de la crispación y propietaria de la cara de Bella, el personaje de Disney con el que comparte descripción en la Wikipedia: «(…) librepensadora a la que le gusta leer y seguir las aventuras de su propia imaginación, sin miedo a decir lo que piensa, sobre todo en situaciones difíciles, aunque puede ser un poco vacilante cuando está nerviosa». La bestia no se menciona, pero anda cerca, incluso dentro, a la manera de un volcán.

De esta forma, un compendio armonioso de carne, huesos, agua y un toque de maldad se convierte en ficción, la de los cadáveres que arroja a sus pies la vida en política y la serendipia del juego con vidas ajenas. Y es que en poco más de treinta y ocho años, la hija de Rufino e Inés ha alcanzado el estatus de objeto de culto del que desconfiar, una rival fiera en los debates por su manera de distorsionar los hechos, capaz de abrazar sin ninguna resistencia la herencia de Rosa Parks, aquella activista afroamericana que se negó a ceder el asiento a un blanco y ocupar la parte de atrás del autobús… sin cambiar de pigmentación.

Antes del invierno asistiremos a su eclosión y seremos testigos de la verdadera cara de Inés que, paradójicamente, coincide con la de otro personaje de ficción, la Diana de V, transgénero entre los lacertilios y un abogado enarbolando la bandera (roja y amarilla) de los intereses partidistas por encima de las cabezas de esos pobres terrícolas, rasgo inequívoco de un político sentimental que se acuerda del día de la madre antes de dispararte a bocajarro. Con la pistola caliente da media vuelta, enfila el camino a casa y las familias felices, más o menos distintas en su día a día, dan paso al conjunto de los españoles, familias tristes más o menos iguales. Lo dicho, Inés Arrimadas y el ardor.

Cayetana Álvarez de Tolerda

Si hay una figura en la marchita política española que me genere un estado de confusión similar al de un perro sobre una tabla de surf esa sería la señora —perdón por el vocablo, pero no la conozco— Cayetana Álvarez de Toledo.

Porque si a nuestros dirigentes, aquellos que hacen malabares con el presente de muchos y el futuro de unos niños sin esperanza, se les presupone una capacidad excepcional para navegar sobre las turbulentas aguas de la realidad, ¿cómo es posible que Caye ocupe la primera línea de un partido político a la deriva?

Será por eso precisamente, o quizás también porque estudió en Northlands School, se licenció en la Universidad de Oxford, habla tres idiomas a la perfección, se casó con un primo suyo que además era conde, ha tenido la suerte de rodearse de intelectuales y asesorar a Acebes, crear contenidos ideológicos para el Think Tank de la derecha progre, en definitiva: equivocarse cada vez que abre la boca.

En un principio pensé que se trataba de una estrategia para ganar visibilidad, generar titulares en el barro con esa voz de arpa desafinada, ¡oh dulce niña criada entre nubes de algodón de azúcar!, pero poco a poco, a medida que fue extendiendo su fétido aliento con cada intervención pública me di cuenta de que no interpretaba a nadie, que ella es así, una versión aristocrática de una mala persona que emplea la palabra senil en lugar de puta vieja, la ficción colectiva para definir la gran obra de un político calvo ya muerto, y un «¿de verdad van diciendo ustedes ‘sí, sí, sí’ hasta el final?» para denigrar a las víctimas de la violencia machista.

Cayetana, tengo un trabajo para ti. Detrás del basurero de Segovia, pasado el restaurante San Pedro Abanto, hay un sembrado que necesita un espantapájaros con urgencia. Entre cuervos y un fuerte olor a detritus encontrarás tu lugar en el mundo.