El cumple de Abascal y la II República

Sí. Apuntadlo bien en el calendario de las fechas importantes. Hoy, 14 de abril de 2021, es el cumpleaños de Santiago Abascal, futuro presidente de la República de Nuestras Pesadillas. La noticia en sí es tan irrelevante como el lanzamiento de un nuevo disco, pero lo importante son las felicitaciones de sus hinchas, una especie cada vez más numerosa capaz de transformar la certidumbre de un futuro peor en un presente más facha, más intenso, gloria. Destacan: «Hoy es el cumpleaños de una persona que solo y megáfono en mano, se lanzó a la calle para luchar por y para España»;«felicidades Santi, qué bien te conservas, ¿cuál es tu secreto más allá de no dar un palo al agua?»;«cumple años un gran líder que, aunque no le conozco personalmente, hizo cambiar mi visión y la de mucha gente de la política, alguien extraordinario que me ha hecho soñar otra vez con una España grande y libre de comunismo».

Está claro que un hombre así despierta erecciones y bilis, una mezcla entre lo que algunos necesitan oír y otros prefieren ignorar para decir bien alto que hace noventa años la II República Española nacía en brazos de Niceto Alcalá- Zamora. Aquel día, un rey incapaz se marchaba siguiendo la tradición, el pueblo salía a celebrarlo y el cambio de régimen tenía lugar sin derramamiento de sangre. Educación pública, mejoras de los salarios y conquistas sociales frente al abismo que separaba a amos y trabajadores, a católicos y anticlericales, al orden y el idealismo. Duró poco, más o menos lo que duran los sueños antes de la guerra.

El conflicto continúa. Es cierto que se prescinde de balas, sin embargo es igual de ensordecedor, cruento y hostil. En eso Abascal tiene algo que ver y por eso sonríe, sopla las velas y continúa su cruzada particular contra cualquier vestigio republicano. Que cada uno elija la celebración que más le convenga sin perder de vista que el pasado es «la única cosa muerta cuyo aroma es dulce». El presente huele a rancio y Abascal es su vanguardia. Felicidades, señora; que cumplas muchos más.

Ilustación: Cristina Daura

Las dos caras de la misma mentira

Lo más fascinante de la mentira es su capacidad para llevarnos lejos. El problema es volver, aunque en los últimos años muchos se han labrado una carrera reforzando las convicciones más erróneas de otros muchos, como si de pronto esos supuestos iluminados fueran capaces de moldear la realidad para adaptarla a nuestra propia conveniencia, una forma de mentira elevada a la categoría de hoja de ruta. Y así, el tiempo cumple con su cometido y despeja las dudas, derrite lo que la franqueza esconde. Entre la sombra y el claroscuro aparece el flash sobre las dos caras de la misma mentira, estadísticas mediante.

Por primera vez el doctor Jekyll y señor Quirón, el crimen y la huída en coche, el villano y su madre, en definitiva, la sintonía entre pares complementarios y dependientes confluyen en la cara de Santiago Díaz Ayuso, a la derecha, e Isabel Abascal Conde, más a la derecha si cabe. Porque a veces hay que ver para creer, sabiendo que la mentira jamás se deshace, ni siquiera con la vela de la verdad por delante. Mismo iris, boca sin complejos, cejas en forma de gaviota y cruz gamada a media hasta. Entre medias, una mujer en el cuerpo de un fascista y un hombre en la cabeza de una disfrutona.

Nos queda la duda de saber qué piensan de verdad los dos responsables —merecen el calificativo aunque cueste— de convertir la ficción en titular diario, la política en bidones de gasolina y la insensatez en argumento político inapelable. Verlos así, en odio y compañía, nos da una idea más clara de que el antagonismo de su dualidad se resuelve con un voto que los equilibre y deje fuera. No a Vox ni al PP. Nunca.

Ilustración: Rafael Mateos

Ayuso no somos todos

Un cartel con la cara de la Presidenta de la Comunidad de Madrid y la leyenda «Ayuso somos todos. ¡Gracias por cuidarnos!» ha aparecido en la puerta de mi bar habitual. Así, de repente. Y hay más. Hasta seis conté junto al pulpo a la plancha a 18 euros y a lo largo del kilómetro torcido a la derecha de Ponzano. Porque este es un territorio levantado en torno a la Ayusomanía y la caña como epicentro de la cultura, que quede muy claro. Todos aquellos que lo cuestionen tienen dos opciones: irse a beber a casa o directamente callarse. He ahí la libertad a la madrileña.

La cosa es que llamar al boicot parece poco razonable, más si tenemos en cuenta que los dueños de estos establecimientos no pretenden hacer daño a nadie, mas bien mantener un modo de vida en clara confrontación con la vida misma. Sin embargo, esta vez decido no entrar. Y es cierto que el ambiente, el murmullo de gente que grita y mea fuera de la taza, todo sigue igual y, sin embargo, algo ha cambiado. Serán los ánimos y una razón que se le escapa a la mayoría: los lugares de reunión son ahora los lugares que nos separan… excepto las lápidas.

Así llegamos a un punto en el que es imposible separar el ocio de las papeletas, los brindis de la conciencia de clase, la sed del hambre que pasan los más afectados por la crisis. Desterrada la razón de la política, se adopta la pasión de la barra del bar y así una calle, la mía, deja de ser transitable, al menos el tiempo que conviva la cara de un político con el lujo de beber sin discutir. Ayuso, por desgracia para algunos, no somos todos, y la ciudad está en peligro no porque ella sea mala, sino por ignorar el mal ocasionado al grito de ¡salud!

Ilustración: http://www.biancabagnarelli.com

¡Se sienten, coño!

¡Se sienten, coño! Es curioso cómo unas palabras pronunciadas hace cuarenta años siguen vibrando con igual o mayor intensidad en este 2021. Y es que a pesar de lo que la historia —al menos la oficial— nos cuenta con sigilo, ese intento de golpe de Estado del 23F no se conformó con intentarlo, sino que prosperó adquiriendo formas más democráticas que escondían un fondo enraizado en el totalitarismo. Es verdad, los militares enfundaron las pistolas, los tanques regresaron a las bases y un rey ahora tránsfuga sustituyó a un dictador hueco, sin embargo, ese espíritu, el de la violencia institucional, el fascismo y los privilegios de las minorías, se mantuvo intacto. Al igual que sucedió en el hemiciclo a las 18:23 y en las calles ayer por la noche, algunos fueron y son capaces de plantarles cara, sin embargo, sobrevuela esa sensación de que la “victoria” cayó del lado de la mediocridad. Y si la derrota es huérfana, entonces los perdedores se quedaron con todo.

A pesar de un panorama más negro de lo habitual por causas que a nadie se le escapan, seguimos sentados y en alerta, con serias dudas sobre la libertad de expresión y los llamados derechos fundamentales vulnerados cada día.¿De qué sirve conmemorar este día cuando los más jóvenes deben exiliarse? ¿De qué valen los brindis cuando en la reconciliación del país reside la victoria? ¿Qué sucede con la memoria histórica cuando sus testigos presenciales y radiofónicos ocupan su lugar entre las lápidas?

Algunos mantienen la cabeza alta, otros son consumidos por el miedo y, mientras tanto, los de siempre observan la realidad desde lo alto, con una media sonrisa y la certidumbre del que confunde convencer con abusar. La paz social se consigue con pequeños gestos, esos de los que prescinden los medios y nunca son tendencia. Es por esa razón que algunos seguiremos soñando por otro país en el que la dignidad esté despojada de honores y conmemoraciones, la dignidad entendida como el grito del cambio, coño.

Ilustración: http://www.mariamedem.bigcartel.com

Quiero quemar la bandera de España

El Tribunal Constitucional concluye que quemar la bandera de España es delito. Establecido el reñido veredicto comienzan las preguntas al aire que la mece: ¿qué tamaño debe de tener la bandera en cuestión? ¿Computan todas las banderas incluidas las que adornan un palillo pinchando una aceituna? ¿Se considera bandera un folio pintado de rojo y gualda con un Bic? ¿Y si en lugar del doble de ancho el amarillo fuera algo más fino que la piel de esos compatriotas que se jactan de la hazaña? ¿Y en el caso de grabar el hecho delictivo con un filtro verde o sirviera para encender un fuego en la noche? ¿Y si Antonio Banderas se prendiera a lo gonzo también sería arrestado por ultrajes? La justicia lo tiene claro y el pueblo, pendiente de la corrupción como credo y un futuro en el desagüe, intenta establecer a quienes representan unos colores cada vez más huecos.

Porque la gresca comienza cuando los símbolos, construcciones fieramente humanas que establecen una relación identitaria con una realidad, generalmente abstracta, a la que evocan o representan, son erigidos en el epicentro de las vidas de unos hombres que, paradójicamente, discurren al margen de colores y fronteras, más bien apegadas al terruño que les proporciona pan y al sol peinando las fachadas de sus casas. Es ahora, cuando la ley se aplica con humo de por medio, cuando a uno le entran ganas de sacarla al balcón —¿alguien sabe dónde se venden?— y acercarle el mechero con el único afán de demostrar qué ocurre. La respuesta es tan decepcionante como demoledora: nada.

Así le van poniendo cerco a la vida, comenzando por lo abstracto e intangible —bien podría ser azul y verde o sólo roja— para después penar la desafección. Y es que así nos sentimos la mitad de los que merodean por este país, partidarios de que cada uno enarbole su bandera, la suya propia, pero una de música y teatro, de vino, versos o ropa tendida agitándose en el vacío de las horas que perdemos peleando. Por eso Mariana Pineda lo decía tan alto por boca de Federico: «En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida». Pues eso.

Ilustración: Tishk Barzanji

El milagro de la moción de censura

Llevábamos meses sufriendo la bilis, exabruptos y desvaríos de una clase política convertida en virus. Ahí estaban ellas, Isabel Díaz Ayuso en dirección contraria por la A-6, o Andrea Levy confirmando la teoría del carrito del supermercado —siempre con una rueda a la virulé—. Pero no son las únicas. A la cabeza Ignacio Garriga lanzando piedras contra sus hermanos MENAS, o Jorge Buxadé empeñado en hacer a España grande otra vez… sin pelo. En este Mordor patrio, un lugar en el que no se pone el sol porque directamente no sale, hay días que es tan complicado respirar que los discursos de la moción de censura son percibidos como un rayito de esperanza en la frente con la forma de una esvástica.

De hecho, nuestro Pablo Casado estuvo estelar, moderadamente moderado y haciendo gala de dotes retóricas quizás desplegadas en el aula magna de Harvard, aunque desconocidas hasta la fecha en esta tribuna pública que es la ficción. Porque los milagros existen, pero sólo en el Congreso, y emocionarse con el líder del PP a estas alturas le convierte a uno en un mequetrefe, una persona timorata o en alguien que, por encima de ideologías y anhelos, quiere que las cosas vayan un poco mejor que fatal. Me inclino por la tercera.

De Sánchez e Iglesias mejor no decir nada porque lo tenían bastante fácil dado el grado de una farsa que respondía más al intento de un grupo de nazis por marcarse unos ollies en horario de máxima audiencia que de gobernar un país dislocado. En cuanto a Abascal, pues bueno, el traje le queda como un guante a este niño de teta repleto de costuras. El nivel es muy bajo y, sin embargo, ayer la nieve ardió.

Ilustración: Caza de marcianitos

¿Cuánto pagarías por ser abducido?

Desde el Paleolítico, incluso antes de “La Guerra de los mundos” y Mulder & Scully, los habitantes de este planeta han sentido una curiosidad infinita por el universo y sus misterios. Cada noche, envueltos en mantas de crochet y alrededor de una lumbre, fumaban y admiraban las estrellas con la incertidumbre —nunca consumada— de ser invadidos por alienígenas empadronados más allá de la luz que demostraban tener malvadas intenciones… a juzgar por su falta de interés por conquistar la Tierra. Ahora, tras meses de broncas políticas y apocalípticas en Madrid, Galapagar y Washington D.C., el desmantelamiento del sistema sanitario mundial y otro advenimiento de la temporada de gripe, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar cientos de euros por ser abducidos. Incluso miles.

Por supuesto, no se trataría de una abducción cualquiera. Al más puro estilo Niara Terela Isley, antigua operadora de radares de las Fuerzas Aéreas de EE.UU., el secuestro tendría lugar dentro de casa. Por la fuerza, unos reptilianos con rabo —largo, por supuesto— nos tirarían del pelo, nos empujarían al interior de un desangelado platillo volante y abusarían de nosotros durante diez largos días, domingos incluidos. En los ratos libres, tareas tan inútiles como mover cajas de un sitio a otro y exprimir limones nos serían encomendadas. Así hasta devolvernos sanos y salvos…, y en contra de nuestra voluntad.

El problema de esta fantasía con tintes de ciencia ficción X es que el desenlace acontece en el último lugar en el que muchos de nosotros querríamos estar, una sociedad tocada y casi hundida, repleta de homínidos tristes bajo nubes que amenazan tormenta. Al contrario que en “E.T. El extraterrestre”, y por una vez, nuestro final soñado sería más bien despertarnos en Marte rodeados de millones de seres esponjosos. Y como mucho telefonear a casa.

Ilustración: Meme

De moscas, amor y Enrique Ponce

Es noticia en todo el mundo: una mosca se posa en la blanca mata de Mike Pence, figura de cera que cogobierna el país más poderoso del mundo, y consigue captar la atención de millones de internautas y televidentes. Será que todos necesitamos un respiro de la política y la ciencia, darle un buen tiento a la bombona de helio y librarnos un rato, sólo un rato, si tampoco pedimos tanto, de la oscuridad reinante. Porque si este insecto, lo llamaré Avioncito, es la noticia del día, entonces también es más necesario que nunca hablar de lo que le está sucediendo a Enrique Ponce. ¿Amor, el mejor sexo en años, un espejismo? Las tres juntas y un poco por separado.

Desde que conoció a una chavala de 21 años, el diestro ha dejado de ser siniestro —y a su mujer— para convertirse en el mejor imitador de un Michael Jackson pasado de Demerol, puro flow taurino, algo peor de pelo y bien de “Just for Man”, ese jovencito de 48 años capaz de posar con chupa de cuero-cuero y zapatillas con la bandera de España entre dos aguas, irse de botellón con los colegas de su novia y anunciar en las portadas del papel cuché que prepara disco. Si eso no es vivir a porta gayola que suba Van Halen del infierno y se haga un punteo con los tangas abandonados en el albero. ¡Albricias!

Por una vez un matador adquiere dimensiones de personaje necesario. Probablemente para que trabajadores de este calibre no se perpetúen en el espacio y el tiempo, pero también como ejemplo de que lo único que funciona en épocas de pandemia y destrucción es perder el sur, sentir en sien y genital la ingravidez, el seísmo, la dulce ebullición del almíbar bajo unas sábanas con restos de semen. Así, el amor se convierte en la mejor manera de no pensar en la vida. Mañana ya veremos.

Ilustración: Davide Bonazzi

El efecto boina de España

Vaya por delante que la boina es un invento magnífico. Calienta en invierno y en agosto nos libra del Aftersun®, e incluso mantiene a raya a las hordas de moscas cojoneras. Sin embargo, por una de esas razones que nunca llegaremos a comprender, está asociada indefectiblemente a las pedanías y el olor a purín, como si los habitantes de la gran ciudad no se comportaran cada día al más puro estilo Atapuerca; eso sí, vestidos del Bershka y esgrimiendo cierta superioridad moral. Señalado el problema, quería poner de manifiesto que ayer por la noche, a pocas horas de decretarse el cierre a regañadientes de Madrid, miles de urbanitas aprovecharon para ir a los bares, hacer una escapadita de fin de semana, la última del verano, exprimir los minutos antes de las 22:00 sin caer en la cuenta de la muerte, firmemente instalada en la capital por esa mezcla de incompetencia y el «efecto boina».

Porque este efecto, derivado del doblaje de películas extranjeras, los cubatas aderezados con el típico «tú me dices hasta dónde, majo», la alta consideración de la picaresca en la sociedad patria y la necesidad — siempre vinculada al arte de la envidia— de censurar lo distinto y dinamitar la creación de comunidades dentro de regiones dentro de países, nos lleva a imitar el comportamiento de nuestros gobernantes, esos a los que se tilda de mediocres, o malos malísimos.

Y claro que estamos hasta el coño, aturdidos, desbordados por un tiempo a la deriva, pero «más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga» que dijo Homero, oriundo de Grecia y conocedor de una manera de ser que hoy es portada en los periódicos de todo el mundo. Quizás el experimento no fuera este virus, sino esta España con una bestia en su interior.

Ilustración: https://www.dutchuncle.co.uk/noma-bar

La calle de Fernando Simón

Porque las cosas cambian. Así es como, después de meses tan raros, comienza a instalarse sobre Madrid un halo de vuelta a lo de siempre, con sus tiendas repletas de artículos inútiles, sus peleas entre ‘ubers’ y taxis y esa nube tóxica atravesada por un rayo de sol en dirección a un dry martini. La transformación no solo se aprecia en las calles, sino que le acompaña la nueva percepción de todos aquellos que estuvieron en primera línea. De esta forma, el efecto de Fernando Simón transfigurado en mosaico, obra del artista Basket of Nean, se replica en la política.

Ahora Almeida es una figura monumental tamaño madroño, Isabel Díaz Ayuso un mal sueño que genera pesadillas y el ministro Illa, con ese aspecto de funcionario de Administraciones Públicas, un hombre de acuerdos alejado del mal inherente al poder. ¿Y dónde está Gabilondo, aquel discípulo de Platón perdido en el foro? Será que Yolanda Díaz habla con la contundencia de un filósofo moderno y Javier Ortega Smith, madrileño de pro, solo sale para darnos pena. Y muchos añoramos a Carmena.

Ese parece ser el único premio del paso del tiempo: convertir a las buenas personas en obras de arte. A veces situadas en esquinas invisibles, otras junto a San Simón, el zelote dispuesto a entregar la vida por sus creencias, un poco como algunos de los nombrados sin la sombra de la religión. Por fin el doctor tiene su calle, por fin nuestra ciudad está a la altura de dos mayúsculos en este barrio de lágrimas: Simón y Nean. Amen. Sin tilde.

Ilustración: Basket of Nean