Fuck Vox, trátrá

Con estos dos palabros —un acrónimo anglosajón seguido de un eructo— Rosalía no solo ha conseguido irritar a las milicias del tercer partido más votado en las elecciones, sino que de manera diáfana vuelve a blandir sus uñas de grizzly en un momento en que la mayoría de músicos prefiere guardar silencio, quizás por precaución, quizás porque eso les impediría firmar contratos veraniegos en los ayuntamientos más fachas del país.

Porque ahora, y de una vez por todas, es necesario cerrar filas contra la intolerancia, tarea titánica para un colectivo con el individualismo como bandera, antítesis de un modelo a seguir —reconozcamos que los músicos, y por ende la música, importan más bien poco— pero al que se presupone una mayor sensibilidad, ciertos valores inclusivos rubricados en estrofas de tonalidades mayores, estribillos que riman con algo parecido al amor, puentes “da capo al coda”, y esa necesidad de compartir con muchos el fruto nacido en soledad, pequeño fuego, chispa brillante, la única casa del barrio con las puertas abiertas de par en par.

Repite conmigo; Fuck Vox por seguiriyas y al “traptrán”. Y de pronto uno se queda más tranquilo. Escríbelo en tu muro acompañado de una sonrisa, con la seguridad que confieren las palabras cuando sirven de muralla frente al odio; píntalo en los pasos de cebra, justo al lado de esos poemas tan chungos a lo Elvira Sastre; propaga el “whatsapp” que sofoca el incendio; disipa el humo negro soplando contra el viento. Y recuerda: las palabras curan el miedo, la música y la razón fueron, son y serán la muerte del fascismo.

La grieta

Si hiciéramos el ejercicio —un poco sádico, por otra parte— de imaginar a todo el país caminando en línea recta hacia una grieta, es muy probable que la gran mayoría —al percatarse de su existencia— se mantuviera a distancia prudencial. Otros, en cambio, cegados por la oxitocina, se acercarían un poco más, extendiendo el cuello ante la inmensidad del agujero negro excavado en la tierra, e incluso algún despistado terminaría zambulléndose en su interior a lo Mireia Belmonte.

Supongamos que invitamos a una persona —el sexo es perfectamente intercambiable— para que nos guíe con sus “sabios” consejos emitidos desde la bancada en el Congreso o los medios de comunicación: «¡siga, siga, no pare; un poco más a la derecha, que ya queda menos! A la izquierda, a la izquierda. Tranquilo, le prometo que no le pasará nada: gracias a sus votos su destino está en nuestras manos». Creo que todos, sin excepción, torceríamos el gesto y le increparíamos.

—¿Quién es usted para jugar con mi vida? ¡Yo no me tiro en la próxima!

El problema es que esas voces, confusas y desorientadas, pertenecen a dirigentes políticos a los que se presupone una honradez a prueba de balas, principios éticos incorruptibles, por supuesto inteligencia y devoción en el desempeño de sus servicios a la ciudad(medi)anía, sentido y sensibilidad… Sin embargo, la grieta que los separa de todas estas cualidades se parece, de una manera extraña, al destino que nos tienen reservado, ese lugar lejos de la ceguera, más cerca de una miopía cultivada por millones de habitantes precipitándose sin rumbo fijo al centro de la tierra.

Precisamente, al gritar ¡eco! en plena caída, con nuestras uñas intentando asirse a los frágiles salientes, obtendremos una respuesta tan inútil como inesperada: ¡Sánchez!, ¡Torra!, ¡Rivera!, ¡Calvo!, ¡Iglesias!… seguida de un silencio aterrador.

La unión de la diferencia

Ahora que sobrevolamos irreversiblemente el precipicio de nuevas elecciones y el fin del bipartidismo se antoja como una posibilidad al alcance de las urnas, quizás sea el momento de volvernos locos… y hacer todo lo posible por conseguir una cierta uniformidad basada en el extremo de las diferencias. Alguno creerá que estas palabrotas —en un contexto sociopolítico—, van en contra de la empalagosa unidad, mármol quebradizo sobre el que supuestamente se edifica la red social de España y sus hermanas, siempre condicionada por su posición estratégica, un poco ave de paso, otro poco tertulia en la que, a lo largo de los siglos, se dieron cita lo diverso y los conversos, el corral de Europa con la arena fina del Sáhara, la conexión sangrienta con Cuba y su son, México y el dios Tezcalipoca, pasando por los vals entre musulmanes, judíos y machos ibéricos por bulerías. Pero nada más lejos de la realidad.

Una vez establecido el contexto en el que, por mucho que nos caigamos mal, no podremos eliminarnos de ningún muro común, lo más razonable sería realizar combinaciones absurdas, divertirnos con la disparidad y pensar en seres humanos —mal que nos pese— situados las antípodas de nuestra supuesta altura moral. Y me vienen a la cabeza el puto Bertín Osborne, Francisco Rivera Ordoñez, Eduardo Inda o Almeida, por citar a mis menos preferidos, como máximos candidatos para compartir cervezas IPA. Siempre con el propósito de conocernos mejor… y de paso emborracharnos.

Superada la arcada (mutua) inicial, estoy seguro de que seríamos capaces de pasar un rato estupendo, sorprendernos al comprobar que la distancia entre nosotros es insalvable, y a pesar de todo no está enterrada. En ese mausoleo de Malasaña o el Fuerte de San Carlos, entre el ruido de las bicis eléctricas y bajo la brillante luz día, brindaríamos por el único país con forma de bandera que se estrella contra una farola el 12 de octubre, último reducto en el que no ponerse de acuerdo es la variable absurda de un universo en continua expansión. Hagamos el esfuerzo; aunque sea lunes y laborable.

¿Cuál es tu excusa para no votar?

Poco a poco, los españoles vamos familiarizándonos con los procesos electorales. Algunas de esas votaciones se caracterizan por las trabas interpuestas para su celebración; otras, en cambio, por las múltiples excusas esgrimidas por los propios votantes: «es que todos los políticos son iguales», «que si el sistema es una mierda y me quedo en casa viendo “Callejeros viajeros“», «es que ya no hay políticos como los de antes»,…

No es cuestión de falso optimismo, pero quizás después de treinta y seis años de dictadura no nos vendría mal un poco de práctica participativa, despertarnos otro domingo de resurrección, lavarnos la cara, atravesar la ampolla de mediocridad imperante en el ámbito político mundial y, por quinta vez en un mismo año, aceptar el abismo entre un personaje tan casposo como Iván Espinosa de los Monteros y el tullido de Pablo Echenique, establecer varios grados de separación entre la flatulenta ambición de Pablo Casado y la mentira teñida de socialismo de Pedro Sánchez.

Sí, es verdad, el sistema posee el fétido halo de un Javier Ortega Smith de resaca, favorece a los fuertes frente a los invisibles con DNI en regla, y sin embargo, destruirlo por vía de la violencia o mediante alternativas como el federalismo y la democracia directa resultan inviables a medio plazo. Con estas premisas no votar se antoja la opción más razonable porque en ella se congregan el hastío y la rabia, la impotencia y la certeza de que, pase lo que pase, mañana será peor.

Ahora imaginaos a Albert Rivera como futuro presidente del gobierno. Lo sé, la imagen resulta insoportable, tanto como un disco de Malú, pero os ayudará a entender que un voto es una voz silenciosa desprovista de emoción, una casilla tachada sobre papel traslúcido con el poder de cambiar la realidad de las pequeñas cosas. ¿Vas a dejar pasar una oportunidad así?

¿Es Bolsonaro peor que Francisco Rivera Ordoñez?

La imagen habla por sí sola. De pronto, Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, se ha convertido en la persona más odiada del mundo, superando por una abrumadora mayoría a Trump, Boris Johnson, Hitler o Francisco Rivera Ordónez, por mentar a algunos de los tipejos que generan una náusea colectiva teñida de ruido y furia. Tan solo tuve que teclear las palabras “Bolsonaro Ilustración” en Google para encontrar este diseño (monocromático) de tatuaje que se extiende por las redes a la misma velocidad con la que arde el Amazonas.

Y es que el modelo en cuestión, dueño de una expresión típica del que se ha cagado encima, y en apenas ocho meses —tomó posesión de su cargo el 1 de enero de este año— representa la versión más novedosa de la política del siglo XXI, un amasijo de medios que justifican un fin al servicio de las grandes corporaciones con las fake news, el liberalismo de derechas, la misoginia y la incorrección total como compañeros irrenunciables de viaje, precisamente porque éstos generan odio, y el odio hace ganar elecciones.

El gran problema, además de las consecuencias de lo “salvaje” sobre el medio ambiente, la figura integradora de la mujer en la sociedad y los derechos humanos, es que de pronto, como si se tratara de una broma, Brasil, bastión de la alegría y la playa, los cuerpos de mármol, la samba y Antônio Carlos Jobim, se cubre de un espeso humo que anuncia no solo lluvia negra, sino amenaza, precisamente porque el hombre más poderoso del país intercambia racionalidad por radicalismo, negociación por negación, dogmas por dólares.

La verdad es que el tatuaje es muy chungo, pero el personaje lo es todavía más. De hecho, si pronuncias su nombre tres veces delante de un espejo sentirás miedo y unas ganas irrefrenables de gritar aquello de «el error de la dictadura fue torturar y no matar». ¡Ah, porque tudo é tão triste!

Inés Arrimadas y el ardor

Leo con interés la biografía de esta chica de marca blanca, portadora del virus de la crispación y propietaria de la cara de Bella, el personaje de Disney con el que comparte descripción en la Wikipedia: «(…) librepensadora a la que le gusta leer y seguir las aventuras de su propia imaginación, sin miedo a decir lo que piensa, sobre todo en situaciones difíciles, aunque puede ser un poco vacilante cuando está nerviosa». La bestia no se menciona, pero anda cerca, incluso dentro, a la manera de un volcán.

De esta forma, un compendio armonioso de carne, huesos, agua y un toque de maldad se convierte en ficción, la de los cadáveres que arroja a sus pies la vida en política y la serendipia del juego con vidas ajenas. Y es que en poco más de treinta y ocho años, la hija de Rufino e Inés ha alcanzado el estatus de objeto de culto del que desconfiar, una rival fiera en los debates por su manera de distorsionar los hechos, capaz de abrazar sin ninguna resistencia la herencia de Rosa Parks, aquella activista afroamericana que se negó a ceder el asiento a un blanco y ocupar la parte de atrás del autobús… sin cambiar de pigmentación.

Antes del invierno asistiremos a su eclosión y seremos testigos de la verdadera cara de Inés que, paradójicamente, coincide con la de otro personaje de ficción, la Diana de V, transgénero entre los lacertilios y un abogado enarbolando la bandera (roja y amarilla) de los intereses partidistas por encima de las cabezas de esos pobres terrícolas, rasgo inequívoco de un político sentimental que se acuerda del día de la madre antes de dispararte a bocajarro. Con la pistola caliente da media vuelta, enfila el camino a casa y las familias felices, más o menos distintas en su día a día, dan paso al conjunto de los españoles, familias tristes más o menos iguales. Lo dicho, Inés Arrimadas y el ardor.

Cayetana Álvarez de Tolerda

Si hay una figura en la marchita política española que me genere un estado de confusión similar al de un perro sobre una tabla de surf esa sería la señora —perdón por el vocablo, pero no la conozco— Cayetana Álvarez de Toledo.

Porque si a nuestros dirigentes, aquellos que hacen malabares con el presente de muchos y el futuro de unos niños sin esperanza, se les presupone una capacidad excepcional para navegar sobre las turbulentas aguas de la realidad, ¿cómo es posible que Caye ocupe la primera línea de un partido político a la deriva?

Será por eso precisamente, o quizás también porque estudió en Northlands School, se licenció en la Universidad de Oxford, habla tres idiomas a la perfección, se casó con un primo suyo que además era conde, ha tenido la suerte de rodearse de intelectuales y asesorar a Acebes, crear contenidos ideológicos para el Think Tank de la derecha progre, en definitiva: equivocarse cada vez que abre la boca.

En un principio pensé que se trataba de una estrategia para ganar visibilidad, generar titulares en el barro con esa voz de arpa desafinada, ¡oh dulce niña criada entre nubes de algodón de azúcar!, pero poco a poco, a medida que fue extendiendo su fétido aliento con cada intervención pública me di cuenta de que no interpretaba a nadie, que ella es así, una versión aristocrática de una mala persona que emplea la palabra senil en lugar de puta vieja, la ficción colectiva para definir la gran obra de un político calvo ya muerto, y un «¿de verdad van diciendo ustedes ‘sí, sí, sí’ hasta el final?» para denigrar a las víctimas de la violencia machista.

Cayetana, tengo un trabajo para ti. Detrás del basurero de Segovia, pasado el restaurante San Pedro Abanto, hay un sembrado que necesita un espantapájaros con urgencia. Entre cuervos y un fuerte olor a detritus encontrarás tu lugar en el mundo.