Hay cosas que son difíciles de digerir (la bollería, esos señores que lo explican todo…), pero pocas como ver a gente indignada porque a otra gente le indigne un genocidio. Hay que tener la brújula moral dislocada para cabrearse no con la masacre, sino con el que la señala. Será porque el ruido de la calle reduce el soniquete de las bombas, porque manifestarse abre más heridas que la muerte de miles de civiles. Esta inversión de la empatía dice más de un país que cualquier dato económico. Intercambio de incomodidad por compasión: está ocurriendo.
«Es para tapar la corrupción del PSOE», «nadie corta la Vuelta por el precio de los alquileres», «¿qué pasa con las listas de espera en la Sanidad Pública?»… ¡Qué pesados! ¿Desde cuándo la conciencia tiene que pedir permiso a la agenda política? Como si Gaza fuera incompatible con exigir justicia en casa. Es una versión del dolor por turnos, una cosa primero, después la otra. Dos indignaciones a la vez…
Quizás, el problema viene de confundir la apatía con la lucidez que permite analizar la realidad desde la distancia, ser ecuánimes sin entrar en el derecho fundamental a la vida, más libres lejos de la moda de llevar un palestino alrededor del cuello. Para desgracia de muchos, no hay neutralidad posible ante un crimen de este calibre. Aquí el silencio implica una forma de aceptación, una complicidad insoportable. Y todavía hay gente que prefiere parecer sensato en lugar de humano. Qué holocausto.


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