Hay artistas que no hablan: se revelan. No componen discos: edifican templos. Cada gesto se vuelve ceremonia y cada palabra suena a tratado de estética espiritual. A veces, da la impresión de que lo que menos importa es la música, porque lo esencial es sostener la idea de que están conectados a una vibración superior, a un linaje secreto de místicas, santas, filósofas y arquitectas de lux y de ladrillo. Lo curioso es que, cuanto más se insiste en ese brillo teresiano, más se nota el hilo fantasma, la necesidad desesperada de que el público crea que detrás de cada melodía hay un dogma, un púlpito, una décima y una undécima puerta.
En esa construcción, la artista deja de ser humana y se vuelve alegoría de sí misma. Habla de procesos creativos como quien relata un retiro monástico: aislamiento, escribir tumbada, sacrificio, lecturas que parecen escogidas para una nota de prensa. Todo es enorme, catedralicio, infinito: grabaciones por medio planeta, tírenle magnolias, tumbas, muerte, versos en lenguas que apenas puede pronunciar, metáforas religiosas con olor a rueda quemada. Es la vieja estrategia del aura, aquella de rodearse de símbolos tan densos que nadie se atreva a preguntar si hay algo de verdad entre tanto humus.
El problema no es la ambición —tan necesaria—, más bien la grandilocuencia para camuflar el hecho de que un disco casi siempre es un disco, no una epifanía, que la espiritualidad puede ser un motor, también un decorado muy rentable, que la solemnidad y la clausura, usadas sin pudor o con pudor de escaparate, se convierten en una forma sofisticada de marketing, y que, quizás, debajo de todas esas capas de hábito y posreligión, hay una artista muy consciente de que hoy la gloria no se alcanza sonando a clásico en Spotify, sino pareciendo diferente. Y en eso, desde luego, la Rosalía es imbatible.


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