El día comienza con la muerte de Robe Iniesta. Y así sucede lo peor cuando lo malo quedó atrás. Entonces, inevitablemente, a todos nos da por pensar en sus canciones, esa forma de obstinación por contar las cosas crudas, una grieta por la que mirar la luz en mitad del incendio, lejos de esa pulcritud emocional imperante y que tan poco tiene que ver con la vida. Robe, ejemplo de nada; Robe, mayoría absoluta.
De adolescentes íbamos a los conciertos de Extremoduro medio borrachos y por la puerta de atrás, con una camiseta fea y ganas de subirnos al tejado para verlo llegar. Nunca fue un héroe para mí, solamente un hombre delgado, y quizás residía ahí su verdadera heroicidad: ser él mismo, sin mierdas ni grandes aspavientos, pura fricción de versos perfectos y guitarras chirriantes. ¿De qué sirve llegar a alguna parte con la música? Quizás, lo único importante sea atravesar la vereda y que nos entierren con la picha por fuera para que se la coma un ratón.
Robe se ha muerto con la edad que tenía mi padre cuando lo incineramos. Los dos representan figuras inalcanzables por diversos motivos. Rober por sus letras, padre por sus palabras; Robe por mandar a todos a tomar por culo; padre por empujarme a escribir y tocar música un poco a la contra; Robe por enseñarme a sostenerme en mi propio temblor, padre por recordarme que que lo único que importa es levantarse por la mañana, mirarse al espejo y no apartar la mirada. Al pensar en ellos se me escapa de entre los dedos volando una flor.
