Hay algo embarazoso —y por ello profundamente humano— en la manera en que la gente llora cuando muere un músico (al que no se conoce personalmente). Y no me refiero al llanto en la intimidad, ese que tiene lugar en la cocina mientras pelamos una cebolla o al caer en el pozo del duelo o la separación. Me refiero a los comentarios en redes —ojos hinchados invisibles, voces atragantadas imperceptibles— y esas confesiones tipo «se ha ido una parte de mí» o «gracias por tanto», teatrillos del dolor que podrían pasar por impostura pero que, si uno se acerca con sentido y sensibilidad, deja a a la vista algo que es justamente lo contrario.
Porque lloramos al músico como si nos hubieran amputado la adolescencia o un recuerdo feliz, nuestra vida en su apogeo. Ese músico o esa canción —viene a ser lo mismo— en algún momento cumplió su cometido de prótesis emocional cuando no sabíamos caminar sin inclinarnos hacia lo oscuro o la violencia, vamos, la tortuosa ruta del joven hacia la edad adulta (y peor). De modo que cuando un músico fallece a los 63 años es como si nos obligaran a revisar ese archivo que llevábamos años sin abrir, cubierto de polvo y peinados imposibles, nuestro, íntimo e intransferible, lleno de versiones antiguas de nosotros que ahora nos resultan vergonzosas y, a la vez, extrañamente heroicas.
Aquí viene la parte más molesta —la que no queremos decir en voz alta o en un post—: exageramos porque es más fácil sentir mucho que sentir bien (este es otro tema). Es decir, la hipérbole funciona como un salvoconducto emocional para no tener que explicar nada. El dolor, cuando se comparte demasiado deprisa, sirve como atajo. Es un «eo, mírame, estoy aquí, sigo sintiendo», pero también un «no me pidas que entienda lo que siento». De algún modo, la muerte de un músico nos libera de tener que ser precisos con nuestras emociones, nos permite dolar sin saber exactamente qué dolamos. Por eso, las publicaciones de gente llorando la muerte de un músico no son tan ridículas como parecen. En cierto modo representan un intento desesperado de transportar lágrimas con las manos, un gesto torpe —casi siempre torpe— que indica que estuvimos allí hace tiempo y seguimos aquí, más viejos, un poco más solos, necesitados de alguien que cante lo que nosotros somos incapaces de explicar con la ayuda de palabras.


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