A veces, llega un señor mayor con un micrófono y pasa algo. Una sacudida violenta e inesperada. A la contra. Antes lo llamaban rock. Ahora, tinieblas. El efecto es aún más pronunciado cuando casi todo lo que le rodea es frágil: una noria al fondo, un montón de gente guapa que observa el mundo con el móvil como faro. Han pasado dos días desde el concierto de Nine Inch Noise —el monstruo tecno de Trent Reznor— en el festival más grande y más rentable. Desde entonces, podría haber vida en Marte o una nueva cara oculta de la Luna.
Nine Inch Nails llegó a la vida de muchos de nosotros en el peor momento. Éramos adolescentes atravesando una época rara: la frente y el pelo grasientos, esa sensación de que la vida se encontraba lejos de Segovia, en alguna parte, pero lejos. Necesitábamos alegría, baile, ganas de reír o simplemente sonreír, protegernos de los porros y los cristales. Trent Reznor escribía canciones —aún lo hace— sobre la herida, esa sensación de no encajar, la destrucción inevitable que, antes o después, asolará al cuerpo y la mente. Al escucharlas sucedía algo extraño: surgía la esperanza en nuestros cuerpos casi intactos.
Parece ser que algunos humanos tienen esa capacidad, un don para encontrar belleza en todas las cosas malas, por innecesarias. Y convertirlas en ruido. En algo que se puede compartir a oscuras, entre desconocidos. Quizás por eso, cuando ese señor mayor aparece con un micrófono gritando «ayúdame a escapar de mí mismo», durante un instante todo vuelve a tener sentido. Aunque nunca sepamos muy bien por qué.

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