Morir joven

Morir joven, a los cuarenta y dos años, tiene algo de ofensa contra el orden de las cosas. La noticia se recibe con incredulidad, «no me lo puedo creer», alguien ha roto un pacto escrito en las paredes del tiempo. Porque, acostumbrados a biografías cada vez más largas, donde la muerte protagoniza un largo adiós, la muerte precoz se convierte en una anomalía a la contra, un tajo de guadaña. Así termina el mundo, no con una explosión, sino con un gemido.

Hay algo vengativo en esas muertes, como si la vida, incapaz de soportar la luz, decidiera extinguirla cuanto antes. Se habla de azar, de enfermedad, de accidentes. Pero lo que cala en nosotros es otra cosa: la impresión de que la muerte se comporta con un ensañamiento cabrón, con prisa en señalar que el destino no respeta el talento ni las promesas de futuro y mucho menos el presente y la juventud. Ese último latido queda registrado con la palabra RENCOR en la pantalla de un encefalograma plano. Se le paró el corazón muy pronto. El nuestro necesita ayuda.

Quizás por eso morir joven duele tanto, aunque la fallecida sea una desconocida. Nos recuerda sin quererlo que hay gente que elude el deterioro, la transformación paulatina del rostro y el color del pelo, las arrugas, una mancha de orín en la ropa interior. Ella ya no está y los demás nos detenemos frente a su féretro, un espejo de lo que fue y nunca más será. Las flores, sus películas y el sol seguirán recordándonos lo frágiles que somos, lo frágiles que somos.

La bestia en nosotros

Me he construido una imagen de persona imperturbable, serena, silenciosa. Intento aplicar algo parecido a la razón, primero el tiempo, la fuerza lo último. No se trata de un disfraz o una máscara, sino de una personalidad a la que añado capas, como el pintor que trabaja mientras escucha música en la radio. Hace unos días, en un viaje, esa imagen se hizo añicos. Grité. Sentí la ira desplazarse por mis manos, el latido dentro de las sienes, las palabras, esos objetos afilados. En movimiento comprendí que no hay coraza suficientemente resistente para contener lo que arrastro, la mentira, mis miedos… La bestia en mí, amigo lobo.

Visto con algo de distancia, aquella persona furiosa y cansada (otra vez la excusa del cansancio) era mi sombra, una parte indisociable de todo lo que soy: todas las veces que me dijeron no, mis aspiraciones muertas, las ocasiones y los trajes perdidos, lo que duerme bajo el torrente linfático y un gesto o una acción despiertan. Vi en mis gritos un espejo cóncavo y convexo porque no soy lo que digo ser, sino lo que lo que me esfuerzo en ocultar. Y lo invisible tiene colmillos.

Ojalá aquello que reprimimos se muriera o se fuera secando con el paso del tiempo. La oscuridad afila las aristas de la ira y, cuando emerge, lo hace con la furia acumulada en ese tiempo. Hay en mí y en mi bestia un deseo de destrucción, una necesidad de librarse de la gente poco empática, que antepone su verdad de mierda caiga quien caiga. Ni serenidad a la vista ni furia soterrada; una lucha de fuerzas, esos somos, criaturas de carne, hueso y contradicción capaces de ternura y de violencia, nunca sólo una cosa, nunca libres de la otra. Este es mi aullido.

Ilustración: Karin Straub Wharton

El verano es el fuego

España es un fósforo. Mientras se ennegrece, vemos columnas de humo al fondo, asistimos a una estación inevitable. Si California ardió, ¿cómo no lo va a hacer el resto del mundo, el nuestro? Hace mucho calor, llueve tan poco, los montes y la broza, el viento… lo próximo será un incendio o no será. Chandrexa de Queixa, Molezuelas de la Carballeda, Las Médulas, Jarilla, Tres Cantos, ¿lo hueles?, Tarifa… La lista continúa hasta llegar al fin de los mapas, al mar, un monte y una aldea y un pinar convertidos en una promesa: por fin podremos construir casas. Pero nada se construye encima de la muerte. Al hacerlo, se levanta un cementerio.

Hay azar en el baile de las llamas. Avanza con la ayuda del combustible vegetal y los presupuestos recortados para la prevención. Luego, con las cicatrices y la pérdida, vemos a centenares de bomberos con sus trajes ignífugos, a los helicópteros descargando el agua, un despliegue que viene a confirmar otro fracaso. Los incendios comienzan mucho antes, en la cabeza de algunos, en los despachos de los otros. Demasiados años mirando hacia otro lado. La Tierra vista desde el cielo es una bola azul de fuego.

Llega agosto y renovamos el espanto. Algunos pueblos lanzan fuegos artificiales al aire mientras se quema la casa de Manuel en A Caridade, la de Pilar, la de Micaela en Abejeda, el hostal de Pedro… Se han quedado sin nada, dicen con la voz hueca, como si las palabras representaran un rezo sin fe. Miran a la cámara y las lágrimas humedecen sus mejillas. Noches en el frontón del pueblo, amanece. Esqueletos de casas, recuerdos, cenizas y algo peor: el abandono. Nadie a quien pedirle cuentas. ¿El cambio climático, la inacción de los políticos, el exilio del campo a Nueva York? Los han dejado arder. A todos.

Este artículo condena el genocidio en Gaza

El horror sostenido en el tiempo pudre el aire, permea las palabras y los actos. Octubre de 2023. Hamás ataca a Israel. 1.200 muertos y 251 rehenes. Agosto de 2025. Israel reduce a escombros la franja de Gaza. 61.000 muertos, más de 153.000 heridos. El silencio que ha envuelto esta masacre se resquebraja; la neutralidad muta en complicidad. Callar ante la barbarie es ser el conductor del tren en dirección a Auschwitz. La ausencia de actos y palabras le ha allanado el camino a Netanyahu. La pregunta no es si queremos pronunciarnos, sino cuánto tiempo más podemos permitirnos no hacerlo.

Entender la complejidad de este conflicto nos paraliza. Demasiadas variables. El mal en medio. Poco sabemos de lo que sucede en un mapa dibujado con bombas y derramamiento de sangre. Las declaraciones públicas evidencian un sesgo, demuestran su incapacidad de abarcar la historia y sus vidas quemadas. Da igual. Podemos dejar clara una posición ética básica al margen de las ideologías, expresar un rechazo a esta matanza, contribuir a una condena que, poco a poco y como el horror, sea imposible de ignorar.

Cada día que pasa sin una respuesta colectiva, el horror en Gaza se asienta como un hecho inevitable. Manifestarse ahora es algo más que un gesto simbólico, significa romper la pasividad internacional, erosionar la impunidad y recordar a quienes ordenan y ejecutan esta violencia que el mundo los observa. También los juzga. Los cambios reales tienen lugar cuando la presión social se cierne sobre los poderosos, acorralándolos con luz y humanidad. La revolución consiste en impedir que el horror se vuelva una costumbre. Y Palestina será libre.

Esas parejas que hablan de la muerte

Pasa el tiempo y el amor cambia. El sexo en cualquier parte da lugar a la costumbre. Después hay una tregua y, luego, inevitablemente, la rutina. Han pasado varios años y la pareja mira hacia delante como si hojeara un libro a cuatro manos que se resiste a terminar. La muerte tiene poco de romántico, pero hay algo profundamente íntimo en pensar en ella: no se trata de morirse o del miedo a la muerte, sino de quién se queda, de existir sin el otro. Así, sin darse cuenta, a veces bajo el ventilador, otras cerca del mar, comienzan a hablar de ello con la misma naturalidad con la que antaño planearon irse a vivir juntos, tener hijos o qué comer.

Hablar de quién se irá primero es también una forma de prometer algo más duradero que el amor: la presencia futura en la ausencia. «Yo me muero antes, ¿vale?», dice uno bromeando, como si pudiera elegir o ahorrarse el drama de ver morir al otro. «No soporto la idea de estar sin ti, mejor yo primero, como mi padre», responde él, aunque ambos saben que la voluntad se queda al margen. Hay en en sus palabras una forma de ternura que no cabe en los abrazos. Es el reconocimiento de una dependencia desprovista de posesión y adolescencia, algo suave como una manta vieja. «Si tú te vas, ¿quién me va a entender sin que yo hable?».

Aunque lo obvien, también está el deseo secreto de ser el que se queda, porque morir antes es no saber qué será del otro. Esas conversaciones, en apariencia sombrías para cualquier persona ajena a la pareja, representan una de las formas más puras de complicidad. Porque cuando nos cansamos de mostrar nuestra mejor cara todo el tiempo, cuando la pasión cede ante los gestos más invisibles, la risa y los silencios, lo único que queda por compartir es el miedo a dejar de seguir compartiendo una casa o una vida. Y ahí, justo ahí, el amor se convierte en la única razón para salvar el mundo.

Ilustración: Alex Colville

Las fotografías del verano

Llega agosto y el mundo se llena de hombros, de mar y piscinas municipales, espejismos que duran lo que dura la marca del moreno. De alguna forma, mostrando nuestro veraneo podemos afirmar (con ciertas dudas) que no nos hemos quedado atrás, que estamos como queremos y donde nos merecemos, una forma de reivindicar la vida entre socorristas y bocadillos envueltos en papel Albal. Porque las vacaciones se construyen a base de fotografías con filtros cálidos y vuelos caros, sirven para constatar nuestro lugar en un mundo abarrotado en verano, a rebosar en el resto de estaciones. Pero siempre silencioso en la memoria.

Veranear esconde un privilegio y una costumbre arraigada desde niños, cuando vivir era fácil: despertarse, elegir el bañador, atrapar cangrejos con un cubo y dormir sobre la arena, las mismas acciones repetidas que cambiaban el color de nuestro pelo y nuestra piel, también el sabor de la comida. Más tarde, un 4 de agosto de 2025, adultos o camino de serlo, somos incapaces de no anticipar su final, como si la semilla del verano fuera el invierno. La luz de este agosto y todos los agostos trae un billete de vuelta al trabajo en la maleta. Para evitar su final, grabamos una cerveza o una ola. Estamos vivos y por eso publicamos.

El verano, el propio y el ajeno, pasará de largo, y nosotros, en Ibiza o en la calle Ibiza, tendremos la sensación de haberlo desperdiciado una vez más, los que lo hicieron en secreto bajo la toalla y los que lo secaron a la vista de todos, seres incapaces de habitar lo que carece de mañana. Las fotografías del verano son pruebas, una manera de decir «está ocurriendo», vine, vi, perdí. Fui feliz solo o acompañado. Duró poco, casi un parpadeo o una ola. Me vieron, me quemé. Aquí están la orilla y la marea para demostrarlo.

Ilustración: Carlos Martín

¿Todo bien?

Te preguntan «¿todo bien?» (escrito en las paredes del gimnasio) y algo te dice que debes ser sincero, pero nadie ni en la forma ni en el fondo busca una reacción honesta. Así, una fórmula de aproximarse al otro se ha ido convirtiendo en un saludo más que en una inquietud real. «Todo bien». El que lanza el acertijo no parece interesado en desvelarlo; el que debe responder (qué menos) prefiere evitar entrar en detalles por miedo a parecer un plasta. «Todo bien», mentimos ante una pregunta prefabricada con su propia respuesta, envuelta en un misterio irresoluble. El flujo se mantiene; la vida sigue su curso a toda hostia.

Cuando se pronuncian estas dos palabras entre dos signos de interrogación se abre una rendija hacia lo íntimo. »¿Todo bien?»… algo podría no estarlo. Hay una carga emocional de todo lo que se calla, y ahí, en ese cruce, las dos partes fingen; una dando entender que existe una probabilidad de que algo vaya mal, la otra se defiende al advertir que es posible entablar una conversación, una posibilidad de mostrarse vulnerable, un rato para decirse las cosas que, inevitablemente, van como el culo. A llorar a la peluquería.

De esta forma, lo funcional reemplaza a lo emocional. Tiene que estar bien, ¿cómo lidiar con la verdad? Imposible. Cuánta violencia, cuánto desinterés en lidiar con los problemas ajenos. La pregunta, en principio abierta, clausura, una forma de empatía impone una particular forma de bienestar, la preocupación manifiesta por la felicidad ajena da lugar a una contradicción y un drama: preguntar sin querer saber. La paz de la ignorancia, la tormenta de la verdad. «Sí, todo bien, vete a la mierda».

Ilustración: Giselle Dekel

El hundimiento de los festivales

Nadie vio venir la burbuja inmobiliaria. Todos estaban ocupados con sus cosas, llevando a los niños al colegio. Pues bien, con los festivales sucede justamente lo contrario. Desde hace varios años, los arrivistas explotan esta forma de ocio en masa, intentan trascender lejos de la venta de bienes y mercaderías. La música arrinconada al fondo o en una gran pantalla y, mientras, las multinacionales practicando la pesca de arrastre (lo llaman efervescencia). Nada que el aficionado detecte más allá del precio de la entrada y la sensación de ver una, dos o diez veces a los mismos grupos en entornos decrépitos. Lo peor va por dentro.

Sucede cada vez más. Se cobran las invitaciones fuera del contrato, una consecuencia de los excesos cometidos por los grupos que confundían las entradas con la barra libre. En muchas ocasiones el catering consiste en pizza Casa Tarradellas, un tortilla de bote y unas gominolas. Si quieres algo más lo pagas. Hay espacios dotados de un camerino para quince personas y, en ocasiones, el escenario es un camión con el que abaratar los costes. Se percibe la prisa y la falta de cariño (hay excepciones) y los técnicos, ay, los pobres técnicos, trabajan muchas horas en espacios reducidos e incómodos. Lo preocupante es que este modelo aplica para otros sectores.

Un festival en 2025 es una marca, el algoritmo a cargo de los carteles, la experiencia de la experiencia repetida con un hastag, colas para beber, follar y hasta hacer pis, a las tres de la mañana toca Delaporte, el agua a precio de tercio de cerveza, tribalismo con mucho grave y purpurina, la libertad era esto, las mejores bandas se descubren yendo al baño, un simulacro de evacuación constante entre los asistentes, ¿polvo o barro?, mejor lo primero, la heterogeneidad como propuesta a cargo de dos agencias de contratación. Pero Javi, ¿nada bueno que decir de los festivales? La música, respondo a gritos, ¡la música!

Ilustración: Stacey Thomas

Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Mi querido verano

Cada año la gente huye de Madrid, en sandalias o en caravanas cargadas de maletas, en sueños si tienen que quedarse por trabajo. Llega julio, el madrileño se deshace en las paradas de los autobuses para nadie. La capital vaciada entre un aire sólido, de menta, casi triste. Es en estos momentos cuando Madrid se rebela, por fin, quema su máscara de gran ciudad y se erige en una ciudad pequeña como un mundo. Se ven menos policías por sus calles, sus niños levantan castillos de arena a cientos de kilómetros, sus ancianos resisten dentro de casa. Lo peor del verano es que dura demasiado poco. Y es tan largo el invierno.

Ojalá hubiera veranos de seis meses, con neveras para tomar helados al caer la tarde, encerrar en buhardillas los abrigos con forro y observar los hombros de la gente, sus dibujos de tinta sobre piel, su forma de agitar los abanicos, las ganas de encontrar paz en los ventiladores. Si uno lo piensa, el calor saca a relucir lo que permanece camuflado, defectos convertidos en pies negros, barrigas, cicatrices, verrugas y sudor precipitándose. La vida vino del calor y hacia el calor vamos. También la Tierra y el sexo.

Muchos detestan el verano. Nostálgicos del hielo, ansían con todas sus fuerzas que los árboles pierdan sus hojas y la montaña, de lejos, se cubra de una nieve azul y las calles de alientos condensados. A esos los desprecio. Primero porque ganan siempre. Segundo porque el frío se parece a la distancia. Hay más razones. Prefiero concentrarme en este julio casi agosto, en los girasoles desde la ventanilla de la furgoneta, en el mar imitando al trigo, en la posibilidad de una siesta con María. Regresará la lluvia. Todos perderemos la partida contra el tiempo.

Ilustración: David Hockney