El apetito por la destrucción

Ayer. Una explosión se origina en Beirut y, en cuestión de segundos, se propaga por el mundo. De pronto, el horror puede palparse, ser admirado y trascender en dirección al cielo. Después pinta un lienzo sin marco, salpica en bucle la retina del observador lejano: tú, yo, los otros. Su estruendo atraviesa la paredes del 5G y el cerebro reclama nuevas dosis, otros ángulos. Y proliferan las imágenes de un mar dislocado o una terraza con vistas al epicentro del mal. Es hipnótico, magnético y, en ese momento de belleza salvaje, casi nadie repara en las consecuencias. La vida queda en suspenso, la fuga del monarca es una entelequia, las víctimas pertenecen a un futuro que ahora es ruido y polvo al polvo.

Hoy. Al menos cien personas han perdido la vida. Los heridos superan los 4.000. El país queda tocado de muerte en el peor momento. Pero ¿cuándo es el momento propicio para sufrir una catástrofe? La respuesta es nunca, como siempre sorprende darnos cuenta de nuestro apetito por la destrucción. Quizás sea eso lo que nos hace fieramente humanos. Porque solo los hombres son capaces de admirar la belleza del último suspiro… para seguir dándole impulso a la sangre hacia el ventrículo.

Hace meses que en este planeta solo ocurren cosas horribles. A pesar de todo, los beirutíes amanecieron con el sol, se desprendieron el polvo y las lágrimas de las mejillas y ya piensan en reconstruir lo cotidiano. Esa es la prueba fidedigna de que la gran belleza no está en los fuegos artificiales. Mi más sincero pésame para todos ellos.

Ilustración: Jason Martin

Carta de los españoles a Juan Carlos I

Campechano, inviolable Juan Carlos:

Con el mismo afán de explotación de España que inspiró su reinado y ante la escasa repercusión publica que está generando su supuesto cobro de comisiones ilegales, la alargada sombra de Franco, el blanqueo de capitales, la muerte de varios elefantes y un faisán, y demás acontecimientos de su vida privada que ahora es pública y notoria, el pueblo desea manifestar su más absoluta repulsa y contribuir a la puesta en práctica de aquel mantra dislocado, el de todos somos iguales ante la ley, siempre desde el sosiego en estos tiempos de bonanza y expectativas tan halagüeñas. Nuestro inexistente legado, y nuestra propia dignidad como vulgo, así nos lo exigen.

Hace años que venimos expresando nuestra voluntad y deseo de ser consultados en lo relativo a esta monarquía parlamentaria que solo representa a algunos arribistas cercanos a la corona y sus quehaceres. Ahora, guiados por el convencimiento de prestar el mejor servicio a esta España que nunca perteneció a los españoles, a sus instituciones corruptas y a ti como rey emérito, te comunicamos nuestra meditada decisión de trasladarnos contigo, en estos momentos, a la República Dominicana o el Flowers. Lo importante es estar juntos.

Con la incredulidad de siempre, tu pueblo violado.

Ilustración: Paula Wójcik

El DJ arrepentido que escupió Jäger al público

Para aquellos que no estén al corriente de lo que acontece en el sector de la congregación de masas en época de distanciamiento decirles que sucedió el 7 de julio. Fue en Kokun Ocean Club, un “chi(c)ringuito” torremolinense donde el enjuto de la dupla “Les Castizos” roció con enjuage bucal Jägermeister a una masa exorcizada por esa mezcla de electrónica, tatuajes de Naranjito y lo que va entre sexo y rock and roll. Ahora el DJ en cuestión —su compañero no figura en las hemerotecas— se muestra arrepentido y pide disculpas por un «acto pésimo que daña la imagen del ocio nocturno y de mis compañeros». Ahora también nos toca purgar la pena. A todos.

Como siempre, la cultura, también denominada ocio al sur de los Pirineos, no solo sufre los embistes de la política, sino que se dinamita desde dentro. Así es como, después de ser testigo presencial de las medidas de higiene desplegadas por todo el país para celebrar espectáculos seguros para músicos y público, veo en este DJ las dos caras del mismo vinilo: imbécil y arrepentido; aspirante a estrella y cometa con ojos de Candy Candy.

Y yo acuso y pregunto, ¿por qué ningún responsable de la sala detuvo la actuación? ¿Son los asistentes cómplices de un comportamiento psicópata? ¿Es que 30.000 muertos solo representan una ficción perteneciente al pasado? Así pasamos este verano virus. Unos cerrando los ojos, otros remando para llegar a septiembre, todos soñando con la invención de una vacuna. Y la estupidez seguirá campando a sus anchas hasta el fin de los tiempos.

Ilustración: Mrzyk & Moriceau

España, país de ladrillo y playa

A España vienen muchos turistas cada año. Muchísimos. Son tantos que llegan colapsar el centro de las ciudades y, en ocasiones, la espuma de sus mareas trae consigo botes de crema y colonia barata. Mientras tanto, los de aquí, si no se dedican al servicio o a “emperder”, escapan hacia postales exóticas, movidos por el afán de imitar a los demás, olvidándose de que transitar nuevos caminos es una necesidad interna, una brújula rumbo al ventrículo perdido. Es curioso porque, al final, el españolito regresa a casa siguiendo el rastro de las migajas dejadas por el turismo internacional, el mismo que nos ha enseñado a no ser exploradores en nuestra propia tierra.

Y es que, por mucho que España viva de sus ladrillos frente al mar y sus playas repletas de acentos y pezones, nadie parece estar contento nunca. Los vecinos porque el verano es invivible y sus noches huelen a orín, los hosteleros porque la ocupación no supera lo esperado —sobre todo la de este año— y los despistados de siempre siguen sin saber qué hacer si el destino de su billete se pronuncia a la primera. Y así seguimos, a vueltas desde el 48.

La inercia de todo este entramado es tan demoledora que a nadie le interesa reorientarla hacia un punto intermedio, ni pa’ nosotros ni pa’ ellos, menos gente, más personas. Es mejor continuar siendo ese país de alquiler en el que unas pocas estirpes hoteleras se reparten un pastel de nata agria que justifica cualquier medida inmovilista. Qué extraño; siempre creí que la única manera de viajar era hacerlo cada cierto tiempo, ignorar hacia dónde se está yendo… y volver para contarlo. Resulta que es una imposición social, incluso en 2020.

Ilustración: Il lee

La esperanza antes del desastre

Recorrer Benidorm en estos días es una experiencia más enmarañada de lo que ya era en 2020. Los rascacielos, vestigios mudos de la avaricia, siguen dislocando el horizonte, pero no hay viejos cachas por la calle, ni adolescentes con bulldogs tatuados sobre miembros rosáceos, ni restos de helado derretido en las aceras. De pronto, el monstruo de hormigón es un pueblo inhóspito que recuerda a aquellos frecuentados por las espuelas de Clint Eastwood en los spaghetti western. Sin música. Porque aquí nadie grita. Con suerte alguno se baña rápido. Y todo por culpa de él, el invisible, el causante de este desvelo mundial que nos tiene reservada la segunda tanda.

Mientras todavía se intenta despejar la incógnita del número de fallecidos, los negocios echan el cierre. Y es que aguantar tres meses parecía posible, en cambio, prolongar la actividad a medio gas termina por ahogarnos, incluso en la estación seca. Y así sucede en Zaragoza, en el barrio de Gràcia o en la Calle Real de Segovia. España se alquila a precios desorbitados y sus habitantes hacen todo lo posible por encontrar un trozo de azul entre un verano gris.

Mi madre me contó que al abuelo Antonio (Santiago de Compostela, 1913) le propusieron invertir en Benidorm, por entonces un pueblito blanco rodeado de agua salada. El abuelo rechazó la oferta y, sin embargo, sobrevivió a la gripe española, al crack del 29, a la Primera Guerra Mundial, a la Guerra Civil, a la Segunda Guerra Mundial, a la crisis del petróleo, a once hijos, a la mentira de Europa y a un mundo en continuo retroceso. Al final va a resultar que «la esperanza sí es el sueño del hombre despierto». O eso me repito cada día al acostarme.

Ilustración: Javier Vidal

La gira imposible de Coque Malla (1)

Girar siempre ha sido la aspiración de cualquier músico. Cierras la puerta de casa y el tiempo adquiere una forma viscosa, de carretera encontrada, y te levantas en otra ciudad que nunca visitas y el público te concede su atención durante una hora que en realidad es mucho más porque termina convirtiéndose en recuerdo, a veces crónico, otras pasajero. Digamos que todas estas sensaciones permanecen intactas, pero la experiencia en 2020 es un compendio de eso sin llegar serlo… de ahí que la gira de este verano lleve el inevitable adjetivo de imposible. Porque lo es.

Y es que la imposibilidad también es inherente al músico, aunque Coque Malla no parece ser uno cualquiera. Así es como se lanza a presentar un repertorio en formato guitarra-David Lads-camisas de sastre y lo hace sabiendo que su banda y el significado de las canciones ha cambiado, al menos lo que dure este intervalo de máscaras azul piscina y gel hidroalcohólico, precisamente porque el mundo de ahora, que ni es nuevo ni es normal, necesita mucha música, pétalos, sonrisas, menos desastres y nada de humo durante la función.

No sabemos durante cuánto tiempo será posible seguir haciéndolo, si dentro de unas semanas volveremos a enfrentarnos a la realidad de una casa como búnker o si, en cambio, podremos disfrutar a medias de un verano que se parece cada día más a un simulacro de incendio. Así se nos escurre el presente, conduciendo a casa con la sensación de querer regresar al pasado, allí donde las canciones significaban lo que tú querías que significaran. Y Coque se pone contento pensando en el Naútico en septiembre. Y yo también.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

La belleza tras las máscaras

Más allá de la obviedad de un mundo que imita el uso indiscriminado de mascarillas y la distancia existencial de los tokiotas, cabe destacar que, a medida que las integramos en la misma categoría que móvil y llaves, nos revelan detalles antes ocultos por la falta de práctica. Y es que si reparamos en el continente alrededor del contenido y a pesar del sombrero de Panamá, un par de gafas caras y ese trozo de tela con olor a encía cubriéndonos la cara seremos capaces de establecer sin temor a equivocarnos que la persona con la que nos cruzamos es bella o no. Solo hace falta saber mirar, de la misma forma que observamos un paisaje a la luz de una vela.

Así es como la cadencia de los pasos justos, el color de piel de sienes, brazos y piernas, el vaivén del pelo torneado por el sol, el rastro de perfume en el aire antes de desaparecer para siempre y las maneras típicas de los guapos —siempre acompañadas de material bucal de primera, nada de a 0,99— nos ayudan a componer los mimbres de la belleza estética cuando ésta no es una obligación, precisamente porque ahora arreglarse sirve de bien poco.

Con la llegada de la mascarilla creímos que la democracia real se instalaría en nuestras vidas de calle, que los feos, siempre sometidos por el látigo de la indiferencia, podrían competir en igualdad de condiciones frente aquellos que acaparan pupilas y suspiros, humedades y anhelos, pero toda esta nueva escena solo sirve para tener aún más presente que lo bello se completa a sí mismo y es tan grande que se esconde en los pequeños detalles.

Ilustración: Ito Shinsui

Ese peligroso verano de 2020

Querido Javi:

Te escribo desde la estación más cálida de 2023, a ti, mi yo de hace tres años, y lo hago con la necesidad de contarte que, a pesar de lo que pueda parecerte ahora, ese verano en tus ojos de mar imaginado no es tan malo. Ya sabes que la distancia y su memoria ayudan a entender el paso del tiempo, colocan en su justa medida lo que el presente se encarga de borrar, pero debes saber que vives el momento más relevante de tu vida. No te rías, solo piénsalo: por primera vez no es imprescindible fingir que estás pasando las mejores vacaciones en la mejor compañía, y eso, solamente eso, es la hostia.

Lo sé, la vida a medias se parece a una película sin sonido, a una especie de simulacro repetido cada sesenta segundos y, sin embargo, piensa en las posibilidades de tu ciudad invisible, del misterio despojado de ropa, de esa playa con olor a cementera y sin Tupper®. Ni siquiera el anuncio de Estrella Damm y su mantra estival que convierte el atardecer costero en demostraciones del etalonaje más forzado te dan ganas de ir a comprarte un bañador de oferta.

De alguna manera un poco extraña piensas en la salud de los demás y transformas la conversación sobre toallas con la reponedora de ojos de piscina del Carrefour en un acontecimiento, el intercambio de miradas tibias en un viernes noche de luna llena, la belleza de una frente, dos cejas y algo de pómulo en tu próximo artículo. Aquel verano no pudiste aparcar el barco en la playa y, en cambio, sobreviviste al gris de una tierra bañada en sol. Espero poder seguir siéndole útil en el futuro. Atentamente, Javi.

Ilustración: https://www.mariasvarbova.com/

La cultura contagia cultura

Desde Atapuerca el papel de la cultura ha sido ambivalente. Por un lado resulta necesaria para sobrellevar la existencia de muchos —generalmente implicados en su mágico entramado— y, sin embargo, siempre se aparca en los programas políticos por considerarse un divertimento ligado a vidas disolutas. Ahora, además de ser la última de la fila, es señalada como foco de contagio, precisamente cuando conciertos y obras de teatro optan por echarse al aire libre, con aforos limitados y protocolos que convierten la escena en áreas de acceso restringido y una promesa de vida potable.

A pesar de todos los esfuerzos del sector por hacerlo no solo bien sino mejor, otros se niegan a aceptar la evidencia de que es en los campos intensivos en mano de obra y las discotecas extensivas en alcohol donde los focos proliferan. En los primeros porque miran de reojo a la ciudad a la que abastecen; en los segundos porque con el pedo la máscara es un estorbo, como el condón y la responsabilidad.

Aceptemos que la cultura cuenta poco, nada o apenas renta, que jamás estará a la altura de aerolíneas y azafatas, que los toreros justifican la barbarie usurpando su nombre, que acota la memoria de un pueblo amnésico perdido, que es humilde y una suerte de belleza efímera, y su única forma de contagio a día de hoy es el miedo a desaparecer. Pueden quitarnos la vida y el arte, ¡pero jamás nos quitarán la playa y sus terrazas!

Ilustración: https://loladein.tumblr.com/

Celebrar que no celebramos

Creíamos haberlo visto todo: fuegos artificiales sobre las cabezas de la Policía, abrazos a modo de símbolo terrenal, lágrimas de un equipo convertido en algo más que la suma de sus partes, la posibilidad de ser una isla blanca reunida en la baldosa de la plaza de Cibeles con su mar de cuerpos a la una. Después llegaba la noche mezclada con el ruido de los cafés sobre la barra… hasta que la posibilidad se impuso con el gesto de la certidumbre enmascarada. Desde entonces, el misterio nos acompaña a todos porque a todos nos ha tocado vivir el tiempo de celebrar que no celebramos.

Y es que ahora la consecución de un título se festeja en casa, con la familia y algún amigo en paro, aunque también con la comunidad ausente y presente, a solas con nuestra consciencia y la certeza de que el orgullo prescinde de grandes manifestaciones y banderas. Simplemente ofrece una nueva oportunidad a la conciencia, algo de cuerda, quizás un brindis. Y las bocinas forman parte del recuerdo, como la chica de ayer y aquel Ramos de nariz aguileña.

Lo mejor de esta nueva estación es que no hace falta que nos guste el fútbol porque de lo que se trata es de sentirse bien por obra de la felicidad ajena, aquella que es importante porque no nos toca y al mismo tiempo es propia. Resulta que a veces el arcoíris es blanco, otras azulgrana y casi nunca rojiblanco, pero todos ellos conducen a una resaca, a un momento compartido, a una derrota prorrogada. Y durante unas horas este Madrid olvida la desgracia del fútbol sin público, de la vida a medio gas.

Ilustración: https://www.felixdiazart.com/