Y el encierro fue sexo

Transcurre el tiempo y, poco a poco, comenzamos a asumir una situación que, muy probablemente, se prolongará hasta el verano. En un espacio finito —nuestra isla particular de andar por casa— hemos observado el cambio abrupto en la sociedad y todos, de manera directa o indirecta, pasamos del susto inicial a la resignación, de la solidaridad 3D al “yo acuso” desde el balcón, del «vamos a salir de esta» al sálvese quien pueda autónomo. Ahora que 7.000 millones de personas son una y las fronteras parecen un invento ochentero, sentimos como el sexo comienza a aflorar, incluso entre aquellos que habían perdido la libido, ¿la qué?; sí, la libido.

Todo comenzó hace dos días. Nevaba. Saqué la cabeza por la ventana, abrí la boca y miré al cielo. Los copos se precipitaban sobre mis pestañas, golpeaban mi barbilla. Gracias al parón económico el agujero de ozono parecía recuperado, y hoy me entero de que se ha abierto uno mayor en el Ártico. Nieve, agujeros negros, osos polares, lascivia. Fui a la cocina y bebí agua en un vaso de tubo. Encendí la televisión y lo sentí en la pelvis: ¿cómo explicar que la intérprete de signos en el canal 24 horas, tan calladita ella, pareciera una diosa?

La cosa no quedó ahí. La ministra Calviño había recuperado el ‘charme’ y me la imaginé en su despacho, desnuda bajo la foto del rey. Y la cajera del Carrefour, la mayor, Abascal con su bote de pimentón Titán —un elemento que conviene tener en la mesilla de noche—, tres mapas de España, fresas de postre, miel en lugar de azúcar refinado… Anocheció. Cerré los ojos y pensé en Fernando Simón. Ojazos, con algo menos de ceja… Sexo, «esa trampa de la naturaleza para no extinguirse».

Las conspiraciones del virus

A pesar de lo que podría parecer, esta situación que estamos “padeciendo” —el verbo vivir sobrelleva peor el encierro— es única, pero no excepcional. Sucedió con la plaga de Justiniano (541-542), la peste negra llegada por agua salada (1346-1353), el cocoliztli en México (1519-1600), la gripe española bis (1918-1920), sin olvidar la viruela en Japón (735-737) o el VIH, todavía latente en nuestra sociedad desde 1981. Sin embargo, por primera vez en la historia y por culpa de las redes, asistimos no a una, sino a docenas de teorías “conspiranoicas” relativas al virus de los cojones.

¡Pónganse las mascarillas y los guantes! La culpa fue de un murciélago y una china con hambre; se trata de un invento comunista para dominar el capital, acabar con los viejos y despedirnos de la Unión Europea; es el nuevo hobby de Bill Gates y su mujer en su empeño por seguir abriendo ventanas al mundo; el profesor Chandra Wickramasinghe del Centro de Astrobiología de Buckingham afirma que el virus cayó a la tierra envuelto en una gran bola de fuego extraterrestre, más o menos del tamaño de la cabellera de Jerry Lee Lewis; ¿y qué decir de la construcción de las torres 5G? Pues eso.

Hay muchas más, y por una vez Yoko Ono no está involucrada en el asunto. De lo único de lo que podemos estar seguros es de que, en momentos así, con la realidad convertida en una medusa a la parrilla, es fácil dejarnos caer en las tentáculos de lo inverosímil y confiar en el credo de la ignorancia, más que nada porque buscar la verdad nos convertiría automáticamente en víctimas del desencanto. Y eso duele.

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El mal de las videollamadas

Nadie dijo que fuera fácil. Pero de pronto, llegadas directamente de Silicon Valley y los vagones de metro: las videollamadas. Porque ellas solas se han convertido en el nuevo botellón, la mejor manera de no sentirnos solos, ese recurso al que agarrarse para beber más con menos cargo de conciencia. Primero fueron los mensajes desde las 8:15 A.M. hasta la medianoche, después el chat, y más tarde y en progresión exponencial, la reunión de colegas en pijama mirando a una pantalla. ¿Cómo coño ha podido suceder algo así en apenas dos semanas?

Vaya por delante que los amigos son lo más importante, los únicos que van a decirte que la estás cagando cuando el resto del mundo te pone una corona de flores —es época de camelias—, y ahora verles ahí, en ese tetris mal iluminado, con las sudaderas llenas de manchas de tomate —la viva imagen de Ortega Lara en el 2020—, medio calvos —salvo los que pasaron por Turquía antes de la debacle—, no sé, me parte el alma. Si esto se supone que nos acercaba un poco, ¿por qué los siento más lejos que nunca?

Será por el turno de palabra —aquí nadie habla como en Telecinco—, porque la cerveza sabe a arena entre cuatro paredes, porque se han acabado los pistachos y algunos dejan conectada la cámara 24/7 mientras friegan los platos, cagan o ven la tele, así, como para monitorizar las constantes vitales en confinamiento. Por supuesto, intentar explicar a mi madre cómo funciona Facetime es una temeridad así que me resigno. Hoy videollamada “Friends” a las 20:00 o si os apetece antes también me dejaré caer por mis ‘stories’. Fijo que me pilláis en casa.

¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.

La historia nunca contada

A pesar de todo y de todos, amanece. Exactamente a las 07:05. Otra mañana. Algo fresca esta vez. En su trayectoria, el sol —y para los que no se cansan de mirar las estrellas— ha interrumpido a necios y soñadores, a ruines y valientes, a agnósticos y burócratas. También ha rozado nuestras manos al aire, las semillas de los geranios de mamá, la rabia y la hierba, el muro frente a la ventana. Y es curioso. Asombra asistir al milagro de la vida al pasar, a los hospitales de campaña entre estaciones, al tiempo convertido en leyenda.

Intenté encontrar una manera justa de describirlo y, ante mi imposibilidad, consideré más oportuno recurrir a las palabras de George Eliot, pseudónimo e impermeable de Ann Evans que, en circunstancias similares, escribió:«[…] que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita».

La historia oculta es la que permanece, precisamente porque es la de casi todos. Llevamos quince días no escribiéndola.

¿A follar que el mundo…?

Ir al supermercado evitando tocar los picaportes, superar el paso de los días sin rastro de la iglesia o la presencia de un dios menor, resistirse a la influencia del pijama, convertido ahora en prenda de día, tarde y noche… Nuestra realidad ha cambiado tanto en tan poco tiempo que algunas actividades cotidianas se han convertido en verdaderos actos de fe. Sin embargo, entre todas ellas hay una que antes era reina y ahora leyenda urbana. Y es que si el mundo se va a acabar, ¿por qué aquí no folla nadie?

No se trata de culpar al distanciamiento social, pero en momentos así las parejas confinadas en casa se ven envueltas en un reparto de tareas tan abrumador que al final lo terminan dejando para después de la cuarentena. Es más, la posibilidad de contagiarse —alguno de los dos tiene que bajar a por víveres— convierte el mero intercambio de saliva en una actividad de riesgo y claro, hacerlo a cuatro patas nos lleva a pensar, indefectiblemente, en el pangolín, el misionero es la postura preferida del murciélago y el sexo oral es eso, simplemente oral: «Cariño, ahora no que voy a aplaudir un rato».

Por otro lado, es comprensible la pereza que les da a muchos solteros el ‘sexting’ cuando por fin tienen tiempo de aprender a tocar el ukelele como Carlos Sadness —joder, qué tristeza—. ¿Y qué decir de enviar fotos en pelotas si, precisamente ahora, estamos más gordos que nunca? Las notas (guarras) de voz quedan descartadas porque, si hay cientos de personas muriendo en los hospitales, la plegarias y citas apocalípticas ganan la partida al flujo y al ardor. En definitiva, toda una vida deseando tener tiempo para follar más y mira, todo lo contrario…

Silencio: habla la ciencia

Poco a poco, el silencio se ha ido haciendo un hueco en nuestra habitación, en los portales, en la calle. Incluso los propios músicos —que comenzaron a retransmitir indiscriminadamente cientos de conciertos desde casa— han caído en la cuenta de que si el sonido no acompaña quizás lo mejor sea esperar al momento de la “liberación” para devolverle al aire las melodías perdidas, ahora ocultas por una realidad inapelable, oscura, densa como el odio. Spotify lo confirma en sus estadísticas de marzo: se escuchan menos canciones. En Wuham, aquí y en Lombardía.

Precisamente ahora, los voceros de lo cotidiano, políticos, periodistas y carroñeros con un desinterés absoluto por la verdad, han dado paso a una nueva categoría de contadores de historias generalmente abonados a la soledad del laboratorio de fondo: los científicos. Y ocurre en Estados Unidos con Anthony Fauci, en España con Fernando Simón y Miguel Pita, o en China con el fallecido Li Wenliang, expertos epidemiólogos y genetistas acostumbrados a trabajar entre el anonimato, algo parecido a la fe y la precariedad, siendo precisamente esta última una de las razones de la pandemia.

De pronto, la ciencia tiene un hueco en la agenda y se convierte en el único interlocutor fiable, como si la barbarie de la realidad encontrara en una bata blanca su área de descanso, palabras inspiradas por el ensayo y el error con la capacidad de describir lo invisible tal y como es, lejos de ideologías, intereses espurios y ratios de audiencia. Por fin la verdad nos reconforta; será porque «el arte representa el yo y, la ciencia, el nosotros». Todo sin levantar la voz. Todo sin pedir nada a cambio.