Andrés Suárez y el “roma”

Hace tiempo, en una galaxia muy cercana, la palabra cantautor se asociaba a grandes nombres de la canción (sin etiquetas): Brassens, Joan Manuel Serrat, Krahe, Townes Van Zandt, Caetano Veloso… La lista es larga, y la memoria tiende a fabricar mitos y puentes para devolvernos a una época que, curiosamente, coincide con esa gran mentira que es el «Indie español», supuesta escena al margen de los 40 Principales compuesta por “grupitos independientes” cuya distribución recae en las mismas multinacionales-monstruo de siempre.

La cuestión es que entre tatuajes, camisas de estampados ASOS y una cierta vacuidad sonora, los cantautores han sido relegados a las trincheras del Libertad 8 y las casas de la cultura, lugares con olor a canela en rama donde es posible disfrutar de un músico presente en cada uno de sus versos, a veces enredado en las cuerdas de una guitarra coja. Y de entre todos ellos, érase un hombre a una cabellera pegada, una pegada superlativa: Andrés Suárez.

Porque lo de este gallego —el neno le delata— es una cosa extraña, “gamela cativa” que llega a puerto al atardecer, un gran guitarrista de pecho caliente amparado tras la cadencia plagal — con la tercera en el bajo— que de pronto, en medio de la canción, se descompone en fragmentos de silencio, casi susurros, en los que dar cobijo a media estrella, quizás a una dama que pinta en el sur, por qué no a lo malo en el aire… sin olvidar el mar, ruido de olas dulces detrás de las montañas. Y cuando quiere vivir canta Moraima, y cuando quiere soñar despierta al palíndromo de Roma, y sus conciertos son el único lugar en el que las parejas comienzan a cantar muy juntos para terminar besándose en la boca. Por fin ser cantautor no es un insulto, por fin ser Andrés es también Suárez.

Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

La calle no es nuestra

La calle es una madre de un tiempo atemporal, a veces enemiga y otras, en cambio, rayo de sol; ese lugar en el que escuchamos crecer a los críos mientras la vida suena, deprisa, a veces trágica, a la misma velocidad con la que una peonza gira sobre la arena del parque, casi siempre en el punto de mira de otros más viejos, un poco más ciegos.

Porque la calle que ahora arde nunca ha sido nuestra, y solo las botellas y el fuego le proporcionan una dimensión comprensible para todos, real, quizás gélida, trinchera en la que hombres enmascarados despliegan su malestar transformando la basura en llamas, el vidrio en charcos, la violencia de carpetas en el último aliento del fracaso.

Solo en estos momentos —retransmitidos pertinentemente por televisión— somos conscientes de que lo importante nunca sucede en los despachos, ni siquiera durante los apretones de manos y las firmas, y que una chispa, pequeña como una estrella extinta, se hace lava hasta invadir las alcantarillas, nuestro dormitorio, los neumáticos de los Uber, la playa, después la posibilidad de una isla, arteria de carne conectada a un continente desprovisto de fronteras… la chispa, el fuego; y todo lo que envuelven.

Ahora no queda más remedio que intentarlo, limpiar las aceras, reponer los contenedores, llamar al cristalero, quizás desempolvar las peonzas y observar el movimiento circular del otoño con la esperanza de volver atrás, antes del rayo, incluso antes de la oscuridad, inventar un universo que es calle sin música sometida al rigor de sordos con miedo a entenderse. Entre el helio y las aceras, por fin la calle será nuestra… y nunca lo llegaremos a ver. Nunca.

La grieta

Si hiciéramos el ejercicio —un poco sádico, por otra parte— de imaginar a todo el país caminando en línea recta hacia una grieta, es muy probable que la gran mayoría —al percatarse de su existencia— se mantuviera a distancia prudencial. Otros, en cambio, cegados por la oxitocina, se acercarían un poco más, extendiendo el cuello ante la inmensidad del agujero negro excavado en la tierra, e incluso algún despistado terminaría zambulléndose en su interior a lo Mireia Belmonte.

Supongamos que invitamos a una persona —el sexo es perfectamente intercambiable— para que nos guíe con sus “sabios” consejos emitidos desde la bancada en el Congreso o los medios de comunicación: «¡siga, siga, no pare; un poco más a la derecha, que ya queda menos! A la izquierda, a la izquierda. Tranquilo, le prometo que no le pasará nada: gracias a sus votos su destino está en nuestras manos». Creo que todos, sin excepción, torceríamos el gesto y le increparíamos.

—¿Quién es usted para jugar con mi vida? ¡Yo no me tiro en la próxima!

El problema es que esas voces, confusas y desorientadas, pertenecen a dirigentes políticos a los que se presupone una honradez a prueba de balas, principios éticos incorruptibles, por supuesto inteligencia y devoción en el desempeño de sus servicios a la ciudad(medi)anía, sentido y sensibilidad… Sin embargo, la grieta que los separa de todas estas cualidades se parece, de una manera extraña, al destino que nos tienen reservado, ese lugar lejos de la ceguera, más cerca de una miopía cultivada por millones de habitantes precipitándose sin rumbo fijo al centro de la tierra.

Precisamente, al gritar ¡eco! en plena caída, con nuestras uñas intentando asirse a los frágiles salientes, obtendremos una respuesta tan inútil como inesperada: ¡Sánchez!, ¡Torra!, ¡Rivera!, ¡Calvo!, ¡Iglesias!… seguida de un silencio aterrador.

La unión de la diferencia

Ahora que sobrevolamos irreversiblemente el precipicio de nuevas elecciones y el fin del bipartidismo se antoja como una posibilidad al alcance de las urnas, quizás sea el momento de volvernos locos… y hacer todo lo posible por conseguir una cierta uniformidad basada en el extremo de las diferencias. Alguno creerá que estas palabrotas —en un contexto sociopolítico—, van en contra de la empalagosa unidad, mármol quebradizo sobre el que supuestamente se edifica la red social de España y sus hermanas, siempre condicionada por su posición estratégica, un poco ave de paso, otro poco tertulia en la que, a lo largo de los siglos, se dieron cita lo diverso y los conversos, el corral de Europa con la arena fina del Sáhara, la conexión sangrienta con Cuba y su son, México y el dios Tezcalipoca, pasando por los vals entre musulmanes, judíos y machos ibéricos por bulerías. Pero nada más lejos de la realidad.

Una vez establecido el contexto en el que, por mucho que nos caigamos mal, no podremos eliminarnos de ningún muro común, lo más razonable sería realizar combinaciones absurdas, divertirnos con la disparidad y pensar en seres humanos —mal que nos pese— situados las antípodas de nuestra supuesta altura moral. Y me vienen a la cabeza el puto Bertín Osborne, Francisco Rivera Ordoñez, Eduardo Inda o Almeida, por citar a mis menos preferidos, como máximos candidatos para compartir cervezas IPA. Siempre con el propósito de conocernos mejor… y de paso emborracharnos.

Superada la arcada (mutua) inicial, estoy seguro de que seríamos capaces de pasar un rato estupendo, sorprendernos al comprobar que la distancia entre nosotros es insalvable, y a pesar de todo no está enterrada. En ese mausoleo de Malasaña o el Fuerte de San Carlos, entre el ruido de las bicis eléctricas y bajo la brillante luz día, brindaríamos por el único país con forma de bandera que se estrella contra una farola el 12 de octubre, último reducto en el que no ponerse de acuerdo es la variable absurda de un universo en continua expansión. Hagamos el esfuerzo; aunque sea lunes y laborable.

Es otra cosa

No deja de ser curioso que ciertas películas generen reacciones y opiniones tan antagónicas que uno no sepa muy bien qué opinión labrarse, o incluso si merece la pena pagar una entrada antes de zambullirse en una experiencia quizás extática, quizás decepcionante… comentada hasta en la cola exprés del Carrefour.

La polémica está servida y cada cierto tiempo, siempre fiel a su cita del viernes, afilamos nuestros cuchillos, visamos al Movierecord, dilatamos las pupilas y presenciamos un hecho tan irrebatible como unánime: algunas interpretaciones perdurarán siempre en la memoria, incluso cuando la idea de cine nos traslade a un portátil sobre la cama y un murciélago a nuestros pies hecho un ovillo. Porque puedes considerar que “Joker“, “Pozos de ambición“, “Capote“, o “Antes que anochezca” son un puto coñazo o incluso que están sobrevaloradas y, sin embargo, no existe la más mínima duda en lo relativo a Joaquin Phoenix, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman o Javier Bardem, verdaderos superdotados de un juego en el que el hombre desaparece para regresar a la superficie transmutado en personaje de celuloide, con rasgos humanos ahora convertidos en máscaras de realidad ficticia, ahora tristes, después más tristes todavía.

Y es en este punto, bajo una lluvia de golpes entre el alma y la columna vertebral, cuando planteamos una cuestión igual de irrelevante que esta polémica: si la palabra con la que nos referimos a todos ellos —podríamos incluir a Meryl Streep, Bette Davis y Nuria Espert— es actor, ¿cuál es la que deberíamos emplear para el resto de mortales que forman parte de tan mágico oficio?

Tampoco es payaso; es otra cosa. Y por fin estamos todos de acuerdo en algo.

Somos los putos Peaky Blinders

Parecía imposible. En plena era del chandal desprovisto de metal, con el movimiento de rotación de la tierra superando con creces los 1.700 kilómetros por hora y el compromiso político a la altura del felpudo de la caseta de Toby,Peaky Blindersse impone como un fenómeno global… reivindicando un estilo pretérito. ¡Joder!

Porque la segunda década del siglo XXI es un menú audiovisual a la carta donde la cocaína y el whisky han sido substituidos por el MDMA y los zumos detox, el tabaco por un puto vaporizador sabor regaliz, la elegancia de los trajes-tres piezas por unas chanclas con calcetines, y sin embargo, una serie ambientada en 1929 al compás de Nick Cave representa un elogio de la paciencia y el claroscuro, sin olvidar las aventuras de siempre en las que la familia gitana, el sexo a pelo y la redención, la amistad, la venganza y unas cuchillas escondidas en una gorra de lana merina ocupan un lugar destacado, sin prisa, entre el opio y la niebla, a escasos metros de un corcel negro aparcado en una calle sin asfaltar.

Resulta que en la nueva temporada, un torturado Thomas Shelby se enfrenta a Oswald Mosley, seductor con envoltorio “Made in Savile Row”, representante del fascismo de tribuna y raíz engominada del mal con intereses en China… ¿os suena de algo? Será simple casualidad o que el problema ha alcanzado la envergadura planetaria de Netflix, arancel de tardes a 11’99 € en las que la ficción —inspirada siempre en hechos reales— imita por enésima vez a la realidad hasta convertirla en el pasatiempo favorito del mismísimo diablo.

Además enseña un poco de historia, deja bien claro que en tiempos de cracks bursátiles los guantes de cuero negro no eran patrimonio exclusivo de las sesiones sado y que una vez, no hace demasiado tiempo, unos paletos de Sheffield atemorizaban a los Latin Kings escupiéndoles a la cara aquello de: «¡Somos los putos Peaky Blinders así que apaga esa mierda de reguetón!».