Nunca me gustaron hasta que vi ‘Antidisturbios’

Es muy probable que la mejor serie de la temporada no le haya gustado nada al gremio policial y esa es, precisamente, la razón por la que uno la disfruta tanto. Y es que en las manos de un cineasta cuanto menos audaz, estas bestias de carga ocultas tras protecciones, cascos graduales y botas “Inmortal Warrior” cobran vida, muestran las vergüenzas de un cuerpo amoratado y justo de presupuesto. Son ellos, los que están a pie de bengala y litrona, quienes se encargan de hacer el trabajo sucio mientras los otros, mejor situados en la cadena de mando, mantienen sin mácula sus trajes de Cortefiel. Así se obran los milagros, en el cine y la vida y, en pleno 2020, puedo expresar sin complejos que me caen bien los antidisturbios… al menos los de la ficción.

La culpa la tienen unos intérpretes magistralmente dirigidos que dispersan la mala fama (también) arrastrada por el actor patrio. Así Vicky Luengo (descomunal), Raúl “Bestia” ArévaloRoberto Álamo, Raúl Prieto, Álex “que me pille en el baño” García, Hovik Keuchkerian (pluscuamperfecto) y Patrick Criado son capaces de emanar tanta violencia con una porra en la mano como con una mirada y, sin llegar transmutarse en víctimas, son retratados como lo que parecen: chicos duros con talones de vidrio, personas.

Resulta que en tiempos de penuria todavía es posible hacer buen cine en un país con forma de visera. Sobre todo cuando nos olvidamos del escudo y el humo, miramos hacia dentro y rascamos la piel del toro mecánico. Nos sorprenderá comprobar cómo caminando juntos y en línea podemos avanzar hasta rompernos, pero tampoco importa. Será porque todo va a ir bien mientras el mundo estalla a nuestro alrededor.

Ilustración: Rodrigo Sorogoyen

¿Cuánto pagarías por ser abducido?

Desde el Paleolítico, incluso antes de “La Guerra de los mundos” y Mulder & Scully, los habitantes de este planeta han sentido una curiosidad infinita por el universo y sus misterios. Cada noche, envueltos en mantas de crochet y alrededor de una lumbre, fumaban y admiraban las estrellas con la incertidumbre —nunca consumada— de ser invadidos por alienígenas empadronados más allá de la luz que demostraban tener malvadas intenciones… a juzgar por su falta de interés por conquistar la Tierra. Ahora, tras meses de broncas políticas y apocalípticas en Madrid, Galapagar y Washington D.C., el desmantelamiento del sistema sanitario mundial y otro advenimiento de la temporada de gripe, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar cientos de euros por ser abducidos. Incluso miles.

Por supuesto, no se trataría de una abducción cualquiera. Al más puro estilo Niara Terela Isley, antigua operadora de radares de las Fuerzas Aéreas de EE.UU., el secuestro tendría lugar dentro de casa. Por la fuerza, unos reptilianos con rabo —largo, por supuesto— nos tirarían del pelo, nos empujarían al interior de un desangelado platillo volante y abusarían de nosotros durante diez largos días, domingos incluidos. En los ratos libres, tareas tan inútiles como mover cajas de un sitio a otro y exprimir limones nos serían encomendadas. Así hasta devolvernos sanos y salvos…, y en contra de nuestra voluntad.

El problema de esta fantasía con tintes de ciencia ficción X es que el desenlace acontece en el último lugar en el que muchos de nosotros querríamos estar, una sociedad tocada y casi hundida, repleta de homínidos tristes bajo nubes que amenazan tormenta. Al contrario que en “E.T. El extraterrestre”, y por una vez, nuestro final soñado sería más bien despertarnos en Marte rodeados de millones de seres esponjosos. Y como mucho telefonear a casa.

Ilustración: Meme

Lluvia, arcoíris y frases sin sentido

Proliferan por todas partes. En los perfiles de ciudadanos con tres dedos de frente y algún postgrado; en los “stories” de actores, poetuchos y cantontos; en la fibra y en la carne. Cada día. Desde los cuarteles digitales alimentan al monstruo, quizás por miedo al olvido, quizás porque son incapaces de entender que no se trata de estar, sino de ser y deshilacharse en movimiento. Por eso muchos de ellos recurren al ya tópico «lo que se viene», o al empleo de SIGLAS, al «about last night» o «al termina tú la frase». Pero de todos ellos, como un puto ave fénix que echa lava a borbotones por los esfínteres, hay uno que me supera. Bis. Y ese es el «contadme, os leo». Ahí comienza lo malo cuando lo peor está al caer.

Cada vez que esas tres palabras aparecen en la pantalla me tiembla el meñique y las dudas ametrallan mis sinapsis: ¿realmente leerán lo que les cuentan? Y si es así, ¿tendrán verdadero interés en saber lo que piensa la masa sobre ellos o su trabajo? Y si lo leído es un exabrupto o una petición para que dejen de hacer el tonto, ¿les afectará hasta el punto de precipitar un bloqueo existencial?

Decía Virginia Woolf —que no sólo era muy sabia sino que además escribía mejor— que «los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas». Preguntando tan alegremente al personal existe el riesgo de terminar atrapado entre las aspiraciones, lo que uno piensa realmente de sí mismo y el silencio. Así, y en un mundo menos mustio, me inclino por el «os cuento, me leéis». Porque sin lluvia no hay arcoíris.

Ilustración: Kentaro Harano

La televisión y Madrid nos matan

Sin ánimo de frivolizar convendría ir asumiendo que, además de “La Cosa” —me niego a referirme a la enfermedad por su nombre de pila—, hay dos elementos cotidianos que van desgastando poco a poco, como un martillo en el glande, no sólo nuestra moral, sino también la existencia, entendida como la capacidad de teletransportarnos a nuestro antojo en un tiempo encontrado. La primera es la televisión, convertida desde hace meses en ese baile ideológico y mareante del que no se salva ni “La isla de las tentaciones” —recordemos que follar también es política—. La segunda es Madrid, ciudad deshilachada, huérfana de todo aquello que la caracterizaba, es decir, de la gente, la noche y sus derivas. Si eliminamos a ambas de la ecuación se respira mejor. Un poco.

Porque este crack universal ha hecho de la distancia un pensamiento, incluso una forma de vida, y las noticias, sean del signo que sean, adquieren la forma de un jeroglífico. De ahí que en 2020 resulte más sencillo negar la evidencia científica o gritar ¡Hail, Hitler! a un reportero mal pagado que aceptar la realidad tal y como es. O al menos tal y como parece ser, así, tirando a marrón oscuro.

Sin embargo, y por enésima vez en la historia de la humanidad hay un remedio previo a la vacuna, método infalible para encontrar algo tan necesario como un latido. Además está al alcance de todos, urbanitas y paletos, rojos y grises, aventureros online y oficinistas. Consiste en cerrar las ventanas de casa, apagar la televisión, abrir un libro, pasar sus páginas y hacerse el muerto en la corriente. En ese inocente gesto, ruido de navajas cortando el aire, se encuentra la única verdad aplicable a todos: ficción en este mundo a la deriva.

Ilustración: Franco Fontana.

De moscas, amor y Enrique Ponce

Es noticia en todo el mundo: una mosca se posa en la blanca mata de Mike Pence, figura de cera que cogobierna el país más poderoso del mundo, y consigue captar la atención de millones de internautas y televidentes. Será que todos necesitamos un respiro de la política y la ciencia, darle un buen tiento a la bombona de helio y librarnos un rato, sólo un rato, si tampoco pedimos tanto, de la oscuridad reinante. Porque si este insecto, lo llamaré Avioncito, es la noticia del día, entonces también es más necesario que nunca hablar de lo que le está sucediendo a Enrique Ponce. ¿Amor, el mejor sexo en años, un espejismo? Las tres juntas y un poco por separado.

Desde que conoció a una chavala de 21 años, el diestro ha dejado de ser siniestro —y a su mujer— para convertirse en el mejor imitador de un Michael Jackson pasado de Demerol, puro flow taurino, algo peor de pelo y bien de “Just for Man”, ese jovencito de 48 años capaz de posar con chupa de cuero-cuero y zapatillas con la bandera de España entre dos aguas, irse de botellón con los colegas de su novia y anunciar en las portadas del papel cuché que prepara disco. Si eso no es vivir a porta gayola que suba Van Halen del infierno y se haga un punteo con los tangas abandonados en el albero. ¡Albricias!

Por una vez un matador adquiere dimensiones de personaje necesario. Probablemente para que trabajadores de este calibre no se perpetúen en el espacio y el tiempo, pero también como ejemplo de que lo único que funciona en épocas de pandemia y destrucción es perder el sur, sentir en sien y genital la ingravidez, el seísmo, la dulce ebullición del almíbar bajo unas sábanas con restos de semen. Así, el amor se convierte en la mejor manera de no pensar en la vida. Mañana ya veremos.

Ilustración: Davide Bonazzi

Oda a Van Halen

Érase un hombre a una guitarra pegado. O tal vez al contrario y viceversa. Porque en Eddie Van Halen, o directamente Van Halen, no era posible establecer los límites entre las yemas de los dedos y su Frankenstrat, guitarra abortada por él mismo y que combinaba el terciopelo de la Stratocaster y la furia de la Gibson. Todo con un propósito claro: invocar a Satanás cada vez que la enchufaba a la red eléctrica. Así se pasó toda la vida, entre tappings a dos manos, armónicos artificiales, el abuso de puente flotante y un montón de técnicas impronunciables… al servicio de las canciones. Lo de los solos era algo inefable, como mirar al cielo desde el fondo del mar mientras arañamos una mesa de cristal de bohemia.

Y es que mientras el chico de la sonrisa perpetua y el peto hacía pasar a Jimi Hendrix por un carroza manco, los demás no sabíamos qué hacer para emularlo. Más que nada porque éramos incapaces de racionalizar lo que tocaba, como si un mismo instrumento se transmutara en una voz marciana que el paso del tiempo no ha hecho más que amplificar en la memoria.

Este 2020 continúa en racha y se lleva por delante al que ha sido, sin lugar a dudas, el instrumentista de rock más influyente de la historia. Por supuesto, esta es una apreciación absolutamente objetiva, para nada una apreciación personal. A los escépticos, terraplanistas y conspiranoicos les recomiendo empezar el día con la intro de “Mean Street”. En esa intersección de café y groove sobran las palabras. Y hasta el silencio. Gracias por el viaje, VH.

Ilustración: Troy Mueller

Cómo desaparecer completamente

Hace 20 años se publicaba “Kid A”. Y, como siempre que una obra maestra es alumbrada, nada cambió. De hecho, desde aquel día, el mundo no ha hecho más que deshacerse por los polos, biodegradarse por obra y omisión de sus más ínclitos habitantes, lo que viene a poner de manifiesto, una vez más, el poder personal e intransferible de la música. La noticia a día de hoy, además de que Trump se ha librado de una muerte añorada por muchos, es que sus 50 minutos de duración se adaptan perfectamente al signo del presente, un tiempo para cerrar las cortinas de la habitación, encender un cigarrillo imaginario y desaparecer completamente.

Porque las canciones del cuarto trabajo de Radiohead hablan de una mente ansiosa, de la melancolía infinita, con su bilis Super Glue-3 y sus cajas negras repletas de ortigas, del humor como recurso ante el vacío y de la necesidad de escuchar música cuando las cosas dejan de tener sentido. Será porque fue escrito en un momento en el que Thom Yorke luchaba contra el espectro de la popularidad. Ante semejante demostración de sentido común, Michael Stipe le recomendó por teléfono que repitiera el siguiente mantra: «No estoy aquí. Esto no está ocurriendo». Y escribió un disco.

Lo más extraño de todo es que, dos décadas después de su parto, escucharlo de nuevo produce en nosotros una sensación parecida al júbilo, como si de pronto fuera posible mover los huesos rodeados de desconocidos y compartir vaso, besos, sudor y algo parecido al amor lúbrico. Así es como uno llega a la conclusión de que las canciones tristes siempre nos ponen de buen humor. Las malas, tristes. Oda a la vida, oda al chico A.

El efecto boina de España

Vaya por delante que la boina es un invento magnífico. Calienta en invierno y en agosto nos libra del Aftersun®, e incluso mantiene a raya a las hordas de moscas cojoneras. Sin embargo, por una de esas razones que nunca llegaremos a comprender, está asociada indefectiblemente a las pedanías y el olor a purín, como si los habitantes de la gran ciudad no se comportaran cada día al más puro estilo Atapuerca; eso sí, vestidos del Bershka y esgrimiendo cierta superioridad moral. Señalado el problema, quería poner de manifiesto que ayer por la noche, a pocas horas de decretarse el cierre a regañadientes de Madrid, miles de urbanitas aprovecharon para ir a los bares, hacer una escapadita de fin de semana, la última del verano, exprimir los minutos antes de las 22:00 sin caer en la cuenta de la muerte, firmemente instalada en la capital por esa mezcla de incompetencia y el «efecto boina».

Porque este efecto, derivado del doblaje de películas extranjeras, los cubatas aderezados con el típico «tú me dices hasta dónde, majo», la alta consideración de la picaresca en la sociedad patria y la necesidad — siempre vinculada al arte de la envidia— de censurar lo distinto y dinamitar la creación de comunidades dentro de regiones dentro de países, nos lleva a imitar el comportamiento de nuestros gobernantes, esos a los que se tilda de mediocres, o malos malísimos.

Y claro que estamos hasta el coño, aturdidos, desbordados por un tiempo a la deriva, pero «más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga» que dijo Homero, oriundo de Grecia y conocedor de una manera de ser que hoy es portada en los periódicos de todo el mundo. Quizás el experimento no fuera este virus, sino esta España con una bestia en su interior.

Ilustración: https://www.dutchuncle.co.uk/noma-bar

Mafalda se queda muda

La viñeta, adherida a la nevera con la ayuda de un imán, fue testigo de excepción de un crecimiento que, aunque más escaso de lo deseable, establecía centímetro a centímetro mi paso, y el de mis hermanas, de querubines blondos a adolescentes con acné. Años después, el color del papel terminaría adquiriendo tonalidades amarillentas, más propias de una edad adulta que no convence a nadie, hasta desaparecer entre restos de basura orgánica. En ella, Mafalda, esa cría con preocupaciones de mayores y cuerpo de maceta, consolaba a su hermano pequeño, abroncado por su madre tras disfrazarse de fantasma con una sábana recién lavada. «Los fantasmas, no se sabe, pero las madres existen… ¡existen, Guille, existen!» le decía con ese tono entre condescendiente y lastimoso.

Y es que de alguna manera, Mafalda somos todos, porque a todos nos gustan los Beatles, los crepes dulces o salados y nos cuesta cada día más trabajo comprender a la humanidad. Si no es así, por lo menos tendremos algún amigo que se llama Manolo, soñamos en invierno con Brigitte Bardot en la playa y nos preguntamos por cómo hará el tiempo para doblar las esquinas en los relojes cuadrados. Lo que está más claro que el agua es que Quino solo hubo uno, y además hizo tanto por nosotros que al morirse los bocadillos de sus viñetas cobran una nueva vida.

Es muy probable que en el futuro no se prohíba la sopa, ni que llegue la bondad a la política. Tampoco mandarán los jóvenes a pesar de superar en número a los viejos. Sin embargo, podremos decir que el 30 de septiembre de ese 2020 cabrón descubrimos cuál era el verdadero apellido de un dibujo animado convertido en mito. Sólo hace falta mirar nuestro carné de identidad. Gracias, maestro. Por todo.

Ilustración: Quino

Un millón de muertes

1.000.000. Así se anuncia, sobreimpresionado y a todo color en las pantallas de los telediarios. Podría confundirse con el primer premio de la lotería de Navidad o el bote de Pasapalabra. Pero no. Esta sucesión de un lánguido uno y seis ceros, equivalente a la población de ciudades tan dispares como Valparaiso, Ámsterdam o la suma de todos los vecinos de Puente de Vallecas, Chamberí, Tetuán, Fuencarral-El Pardo y Moratalaz, corresponde al número de muertes por coronavirus. En el mundo, claro. Porque si Europa es ahora un país en ruinas y América un sueño dislocado con Asia en medio, la salud y la enfermedad se han encargado de conectarlos. Y de la peor manera.

Resulta terrorífico comprobar que este mar de cuerpos se contabiliza desde finales del 2019. Y acabamos de despedir este veran20. Así, se supera por un amplio margen los 650.000 fallecidos anuales por gripe, sida o suicidio, y entramos en liza con la tuberculosis, los accidentes de tráfico y la diabetes. Resulta que sí, que es real y está sucediendo, a pesar de los esfuerzos de algunos por negar la evidencia. En Auschwitz se enfriaron un millón de cuerpos. Y la historia se congela 60 años después.

La ley de los grandes números nos cuenta que si repetimos muchas veces un experimento —un millón de veces se acerca sigilosamente a un infinito—, la frecuencia de que suceda un determinado evento tiende a una constante. De momento, no hemos sido capaces de interpretar correctamente esta pandemia ni cuando era un fuerte resfriado. Sin embargo, la ola de vida continúa su curso, impasible, fieramente humana, frágil pero no vencida.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com/