El manual del buen comedor de coños

Mucho se habla de la dieta mediterránea, de los fantásticos restaurantes desperdigados por Madrid, San Sebastian y Barcelona, mesas ricas en colores y sabor, paraísos perdidos bajo un sol pintado en los que la cultura del “buen comer” alcanza cotas totémicas, siempre acompañados de digestiones eternas envueltas en nubes de humo y aguardiente. En cambio, a pesar de la proliferación de guías, menús-degustación para carnívoros, alérgicos, veganos e intolerantes a la lactosa, ¿por qué resulta tan difícil encontrar el manual para comer un coño como Dios manda?

Y antes de introducir mi lengua en un tema tan “es(c)abroso” hago un llamamiento a todos aquellos a los que les da asco: el ignorante, si calla, será tenido por erudito, y pasará por sabio si no abre los labios. Pues eso.

Descartado el egoísmo del arte del cunilingus, y tras una ronda de preguntas entre mujeres —de la que excluí a mi madre por razones evidentes—, he llegado a varias conclusiones que, como siempre, están sujetas a interpretaciones subjetivas, pero que arrojan algo de saliva sobre el tema. Y es que chupar una vulva correctamente implica olvidarse del ruido de ahí fuera y convertir los genitales femeninos en el centro de un universo con forma de colchón y bragas en el suelo, alternar lengua y succión, paciencia y soplidos, escribir las letras del abecedario sobre la c del clítoris y convertirlo en una fruta, una pera dulce, un plátano o un mango lúbrico, tú eliges, generando (en movimiento) humedades en todas las regiones de la cara del emisor, barbilla, pestañas y frente incluidas.

Los dedos son siempre bienvenidos —despacio, que esto no es un túnel de lavado—, y junto al ritmo del mejor taquígrafo del Congreso, supervisado por algún juguete que imite a un conejo, risas y comunicación verbal en el epicentro de unas manos firmes sobre la nuca, llega el deshielo. Siempre con tiempo, el suficiente para que la cena se enfríe y ella explote varias veces en nuestra lengua porque ¿no es acaso el orgasmo femenino el sonido más bonito del mundo?

Qué curioso; hablamos de sexo oral y aquí nadie ha abierto la boca salvo para decir ¡me corro!

El mal sueño de “todos los conciertos inolvidables”

Es curioso como la comunidad de músicos —creadores hipersensibles en los márgenes de una sociedad aquejada de sordera— replican comportamientos que los emparentan con cualquier influencer de Instagram o un funcionario de la Secretaría General de Transportes.

Y con esto no me refiero al uso indiscriminado de “robados dolosos” en cuclillas frente a una masa estrábica —en ocasiones “aumentada” con Photoshop—, ni siquiera a las tendencias en materia de equipo que los arrastran a utilizar las mismas guitarras, los mismos pedales, los mismos módulos de sampleo y percusión o esas camisas de palmeras tan poco favorecedoras adquiridas en Asos. No.

El problema al que se enfrenta el músico en España, además de la precariedad, los desplazamientos en furgoneta, el exceso de fe en canciones intrascendentes, la obsesión por el éxito (manufacturado), los pantalones pitillo, la alopecia, la ceguera y la envidia, la animadversión por Izal y el regreso de Nacho Cano —no hacía falta, de verdad—, es la percepción distorsionada de sus propios conciertos. Basta con leer el pie de foto, colección de plantillas del género: «no hay palabras para explicar el concierto de ayer», «todavía estamos flotando», «recuperándonos de los sucedido anoche», para plantearse si en realidad no estarán sufriendo una sobredosis de endorfinas con efecto distorsionador de la realidad, lo que vulgarmente se conoce como “el mal sueño de todos los conciertos inolvidables”.

Resulta que la música no está exenta de intrascendencia y, por desgracia, la tan manida magia surge con la regularidad de un cometa, en uno de cada X conciertos, instante fugaz envuelto en la memoria dañada de unos músicos que hacen de la felicidad del oyente un trabajo diario… en el mejor de los casos. Lo de bailar al terminar de tocar no cuenta y se computa como pesadilla.

Disparen al inmigrante

Sucede algo muy extraño con los inmigrantes. Y recalco esta palabra frente a la utilizada en los medios de comunicación: migrantes. Porque, a pesar de que el movimiento implica una dirección —a veces interrumpida por el oleaje, la sed o el zarpazo de la muerte—, no se percibe de la misma forma a aquel que abandona su país dejando la vida a sus talones que al que se atreve a presentarse (sin avisar) en casa ajena. La persona es la misma, alma provista de huesos y una camisa sucia, y sin embargo, el receptor en la orilla cambia, ahora testigo, más tarde juez. Mientras tanto, inmigrantes y emigrantes hacen cola en la fábrica del miedo de la vieja Europa. Y entonces la muerte se hace norma.

Nadie se atrevería a negar que los flujos migratorios son, junto al cambio climático, los principales problemas de nuestra era, pero quizás los primeros sean los más urgentes por la sencilla razón de que suceden bajo la la mirada oblicua del mundo, dividida entre los festivales de música y el holocausto marítimo, perdida por encima del paisaje y el ruido de políticos criminales —Ábalos eres basura— que declaran sin tapujos que «los abanderados de la humanidad no tienen que tomar decisiones»; así que mejor barrer para casa hasta que el resto de países asuman “responsabilidades comunes”. ¿En qué momento la vida dejó de serlo?

Es cierto. Los inmigrantes no son amigos nuestros. Ni siquiera compartimos dioses o festivos, cielo y flores para los muertos. Sus hijos tampoco van al mismo colegio que las hermanas Sánchez, y su lugar de nacimiento no representa nada más que la posibilidad de una isla, destino vacacional de ida y vuelta; en cambio, tenemos una obligación hacia ellos, precisamente por nuestro empeño en conectar el mundo, por derribar muros y barreras de ceros y unos abandonando en el intento a familias de segunda categoría, las mismas en búsqueda de una vida digna, esa promesa incumplida de un sistema imperfecto.

En el horizonte nos espera la conciencia del supuesto primer mundo, un cuerpo inerte flotando en el mar de los Sargazos.

El Sonorama invisible

Cuando asistes al festival que crece entre viñedos, baldosas, cúmulos y tierras ocres, aquello que sucede —y que no vemos— antes de que el grupo suba al escenario se convierte en un conjunto vacío en medio de la espera y la catarsis colectiva. Lo que en principio parece una escena habitual, por lo recurrente en las ya veintidós ediciones del Sonorama, es en realidad la consecuencia de un trabajo que no transciende, brisa floja en boca del cantante de turno que menciona (al infinito) el trabajo del equipo técnico, hombres de negro y bota gorda con una peligrosa tendencia a echar horas… no remuneradas.

Y es que aunque no lo sepas, tanto los que figuran en el cartel como los que se funden con las papeleras al fondo del escenario —y que incluyen a universitarios con acné, guardias de seguridad, limpiadoras de mirada triste, aficionados al vino, reponedores, “luceros”, miembros de producción, “runners” y a Dolan— forman un lienzo consistente en una gran mancha oscura que rodea un punto similar a una estrella, pero que alberga en su interior la dosis justa de azar, preparación y algo parecido a la fe oculta bajo capas de coros entusiastas.

En esta edición, con nuevo recinto en forma de triángulo isósceles y varias quejas (muy de señora) relativas al uso indiscriminado de pistolas de agua, no destacaron ni Nacho Cano y su recuperación del Cristo del Corcovado entre sintetizadores pregrabados, ni los Carolina Durante de bombo a negras con puntillo, ni mucho menos el esperpento de Shinova, sino todo lo contrario. El 2019 fue de Alberto Jiménez convertido finalmente en la voz de una generación perdida y reencontrada y la chica sin nombre —la llamaremos Andrómeda— responsable de vigilar la valla del recinto durante doce horas al día. Junto a ellos una constelación de anónimos: Martín, Javi, Almu, Sofía, Marcos, (…), héroes invisibles de la Antártida a orillas del Duero.

¿Ha desaparecido la aventura?

En 1830, George Stephenson diseñó la primera vía ferroviaria entre las ciudades de Liverpool y Manchester. El trayecto, un total de 34 millas, se redujo drásticamente, y de las 11 horas, tiempo transcurrido de una ciudad a otra cimentado en la resistencia de las piernas —y bajo una persistente cortina de lluvia—, se pasó a una hora y media a todo vapor, mejorando progresivamente los promedios hasta los actuales 36 minutos, espacio compartido entre somnolientos trabajadores ávidos de café e Instagramers que filman el campo desde su asiento 34C, ajenos a lo aburridísimo que resulta viajar en un tren silencioso como un pedo blando.

Con tanto desarrollo, el mismo que intercambia tiempo por prisa, tierra por aire, mapas por Google, con sus viajes low-cost y en primera, ¿un poco más de champagne, señor Vidal?, para curritos y CEO’s, repletos de siglas, marcas y acrónimos, AVE’s, TGV’s, Shinkansens, Boeings, avionetas y Airbus, con todo eso y más: ¿dónde está el espacio para la aventura?

Viajar se ha convertido, gracias a la democratización del transporte, en el común denominador del ciudadano, sinónimo de persona con inquietudes —es obligatorio incluirlo en el Top 3 de las aficiones si no quieres pasar por un bicho raro— y resulta prácticamente imposible encontrar lugares a salvo de las garras del destino vacacional de oferta. De hecho, aquellos escondites de difícil acceso, tesoros huérfanos de turistas armados con palos selfie, tuppers de paella y olor a crema, son los más deseados porque, por fin, el mapa del mundo cabe en el bolsillo.

La aventura se ha terminado. Ahora es tiempo de otras cosas. Llámalo magia, un truco con el que la imaginación ya no se ajusta a la realidad de las cosas, sino que la supera… y en ocasiones produce monstruos.

Ardió Guadarrama, lloramos todos

Ver arder la montaña que siempre estuvo allí, en cada estación, año tras año, imponente figura de roca y cielo esculpida a golpe de tiempo sobre La Granja de San Ildefonso es una experiencia extraña, semejante a perder un amigo de la infancia en la carretera, a olvidar, de repente y sin razón, los largos paseos por el Cerro Morete, más lejos de las luces de la ciudad, más cerca de las estrellas y el sol.

Porque de alguna forma cuando tu montaña arde —no todas ellas representan lo mismo a pesar de pertenecernos por igual— se pierden los recuerdos más diáfanos, aquellos inmortalizados en viejas fotos, negativos que ya no se corresponden con la realidad, ahora difusa, envuelta en una frustración cercana al horror.

Y el color verde da paso al negro, aviva las llamas que se elevan a vista de águila formando una nube similar a la de Hiroshima y, a pesar de no haber víctimas mortales, la naturaleza grita con furia, la furia se transforma en odio y, en su previsible desesperación, los humanos, causantes de la mayoría de los males que los aquejan, lloran la pérdida al ser conscientes del poder destructor que atesora esa mezcla implacable de mechero, lata de gasolina, manos cobardes y algo parecido a la venganza. ¡Cobarde!

Me cuentan que miles de personas se prestaron voluntarias para ayudar a los bomberos en las tareas de extinción, padres, madres e hijos sin experiencia en la lucha contra el fuego, incapaces de quedarse de brazos cruzados ante la idea de dejar que una mujer pétrea y herida desapareciera ante sus ojos, los mismos que se humedecen bajo un cielo plomizo.

Somos así, como la montaña que muestra una cara visible y otra oculta, frágiles, suicidas, noche, fuego… Ardió Guadarrama, lloramos todos.

Ab

Helados y gente rara en Internet

Hace unos días una amiga me dijo que había recibido un mensaje un poco raro. Al parecer, un chico con un reloj, probablemente soltero, apasionado del punto de cruz y siguiendo las indicaciones de Facebook le propuso, sin molestar y lascivia de por medio —igual que un padre le tiende un Colajet en la boca a su hija pequeña— ser su asistente, criado o siervo, nada de sado, por favor, sino todo lo contrario: obedecerla y serle útil, plancharle la ropa, rasparle el gotelé… vamos, convertirse en su ilota; porque nunca se sabe lo que podemos necesitar en los tiempos de Amazon Exprés.

A mi amiga el mensaje le pilló desprevenida, sin aire acondicionado y con unas ganas locas de irse de vacaciones. Por supuesto, yo no pude más que insistirle por activa y por pasiva que aceptara el ofrecimiento, que hoy en día tener un esclavo viene fenomenal, y más si no está dado de alta en la Seguridad Social, ¡piensa en el aumento de tu calidad de vida!

—Pero, ¿cómo puedes decir eso? Es un psicópata seguro— replicó—. Además esas cosas me dan miedo. Le voy a bloquear.

La cuestión es que, tras rechazar la invitación de su seguidor/perro, me preguntó si habría algo en su perfil de Facebook que pudiera llevar a reconocer en ella una posible tendencia por las cosas “raras”. Mi respuesta se pareció mucho a la verdad absoluta, y más estando sobrio.

—No. Eres una chica normal, inteligente, guapa, con buen gusto a la hora de vestir, educada, nivel C1 Advanced de inglés (muy importante), en fin; normal.

—Creo que voy a cerrar mi cuenta— contestó de manera implacable.

Finalmente no lo hizo, pero su reacción me llevó a pensar en lo extrañas que pueden llegar a ser las cosas y las personas consideradas “normales”, en lo poco que hace falta para replantearnos lo que somos en un ámbito que solo existe “virtualmente”, pero que se introduce en nuestros recovecos más íntimos, accesos prohibidos a la ADSL, lugares tenebrosos y alejados de las costumbres más arraigadas. Facebook, Instagram, el corazón, el Frigopie, lamértelo…