Lo que tienes que hacer si no tienes objetivos vitales: ordena tu habitación.

No es raro -de hecho es bastante normal- conocer a gente que estando lejos de la adolescencia pero todavía no demasiado cerca de la madurez, entendida ésta como un enorme pozo con forma de pereza, no tiene ni idea de lo que hacer con su vida, que sufren no solo de falta de motivación sino que se levantan por la mañana y ya están deseando que se haga de noche para volver a la cama. Y no se trata de depresión en sus múltiples formas (a pesar de que la propia existencia puede ser muchos días de lo más triste), no. Es otra cosa.

Dado que una parte de lo que nos hace civilizados viene determinada por reglas o principios morales de carácter prohibitivo muy definidos (no matarás galgos, no desearás a la novia de tu mejor amigo, no escupirás a los turistas desde el puente de Segovia, no ahorcarás a tu jefe con el cable del teléfono fijo, etc, etc…) nos encontramos desde muy pequeños con barreras que nos impiden hacer lo que queramos todo el rato y que al mismo tiempo nos facultan para vivir entre seres humanos, y claro, eso sumado al hecho de que tienes que elegir carrera cuando lo único que te interesa es salir y masturbarte pues genera un enorme bloqueo que en bastantes ocasiones se prolonga durante toda una vida.

Por eso desde aquí recomiendo a todos aquellos que se reconocen en lo mencionado anteriormente que empiecen por su cuarto, que ordenen lo que tienen más cerca, armados con Cristasol, una bayeta azul y mucha voluntad, que limpien el polvo acumulado debajo de la cama, porque lo importante no es que esa leonera esté impoluta y ventilada, no, lo que de verdad importa es la distinción entre el caos y el orden, una forma de meditación que nos emparenta directamente con los dioses, y en ese punto de intersección entre los pies de la cama, la horrible lámpara del techo y las paredes de una habitación, podemos tomar conciencia de que hemos hecho un buen trabajo susceptible de ser mejorado, mañana, pasado o al otro, que podemos ir más allá de ese cubículo, ampliar el radio de acción, el ratio social, mirar desde la ventana a las chicas que van a correr al río, derribar tabiques, y ampliar nuestra capacidad para transformar las cosas y a los demás, que son en definitiva, nuestro propio reflejo.

Ahí en ese punto -el proceso es largo pero fructífero- comenzará nuestra transformación, de muebles a personas con conciencia, músculos y huesos provistas de objetivos personales e intransferibles y con una esperanza como la guitarra de Jimi Hendrix.

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¿Por qué decimos palabrotas mientras follamos?

Caricias, besos, gritos, prolegómenos bañados en aceite de rosa mosqueta, abrazos, saliva, estrujamientos de culo, teta, hombros y cuello y por supuesto, insultos.

¿Pero como es posible que entre tanto amor desplegado en forma de pasión desbordada y varias gotas de sudor sobre las sienes se cuelen esos: ¡vamos, cabronazo!,¡así, perra!¡uf, qué puta maravilla, hijo de puta!¡Así me gusta, zorra!?

Resulta que el uso de estas palabras durante el acto, y según un estudio médico, implica la activación de dos regiones del hipotálamo: el núcleo preóptico y el núcleo supraquiasmático. El primero es el culpable de la búsqueda de pareja y el segundo regula los ciclos reproductivos. En el momento de la erección, estimulación, humidificación y un largo etcétera de fenómenos físicos y mentales que se desencadenan por culpa de ese tranvía llamado deseo, la gran mayoría tiende a ir en contra de las convenciones sexuales, desplazarse un poco más allá del “yo voy a correrme” o de un triste misionero (bastante tiene el pobre con difundir el mensaje de Dios rodeado de salvajes), con lo que aumenta el nivel de excitación y con ella el torrente con origen en  nuestras bocas.

Curiosamente entre tanta conjunción de letras malsonantes se cuela Dios con dos exclamaciones, varios “madre mía”, cuatro o cinco “dime como te gusta”, un “dale más duro” y entonces, en ese momento, el sexo trasciende su forma física y se hace sujeto, verbo y predicado y por lo tanto palabra y penetra en nuestra mente mientras nuestros cuerpos expulsan fluidos que proporcionan placer inmediato, efímero y por lo tanto humano.

En ese templo que es nuestra intimidad, uno puede ser creativo, lanzarse a pintar cuadros en blanco, construir presas, rascacielos, castillos en el aire y paisajes marítimos al atardecer como Constable, pero si vas a introducirte (el verbo aquí no es aleatorio) en el mundo del insulto se recomienda que te cortes el pelo por los lados, que te dejes una cresta mohicana, escondas la pistola en el bolsillo y que te mires al espejo: si te gusta lo que sale de tu boca no te conformes, sigue practicando sin olvidar que el sexo solo es sucio cuando se hace bien y que el punto G está en los oídos y casi nunca entre las piernas.

pope-francis-listening.jpg Palabra de dos, tres o los que se quieran unir a la fiesta.

 

 

Amaia y Alfred, ¡iros a un hotel!

Se apagan las luces y la televisión para masas es capaz de recrear el universo dentro de un pabellón, una vía láctea repleta de estrellas con la simple ayuda de miles de móviles encendidos a la vez. El cámara se mete un pico de insulina para soportar lo que se le viene encima -los ensayos ya apuntaban a que la cosa venía fuerte en azúcares saturados-y se abre el plano lo suficiente para que veamos el espacio en el que solo hay cabida para ellos dos, Amaia y Alfred que al mismo tiempo representan a Sandy y Danny, a Yoko y John, a Frida y Diego pero en bonito, sin la parte que viene después del sexo agotado, la carne mustia y la firma de divorcio ante notario.

Alfred se toca el corazón con la mano y la mira, a ella, su Amaia, que le devuelve la mirada emocionada, húmeda, repleta de hormonas, con la boca dibujando un molusco marino de valvas casi ovaladas y le dice en alto con voz nasal: “Nunca llegué a imaginar que viajar a la luna sería real”. Y se lo suelta así, de sopetón, sin vaselina ni nada. Y Amaia, con el foco en la cara, un sol cálido casi ibicenco sobre la superficie plana de sus mejillas y la cabecita ligeramente ladeada le responde que: “Lo pones todo al revés, cuando besas mi frente y descubro por qué”.

El cámara siente los mareos causados por el exceso de amor, mis capilares bombean una fragancia parecida a “La vie est belle” de Lancôme (de garrafa) y ellos dos se acercan al ritmo del piano-miel al tiempo que el plano gira como los anillos de Saturno, el público enlatado grita y ya está: se tocan, están juntos, Bella y Bella, aquí las bestias se encadenan a la salida, una nueva ciudad de chocolate y crema al limón nace ante nuestros ojos y ellos ya no pueden más, van y vienen, vienen y van, como la ola sobre la roca, como la espuma, entran y salen, Alfred se retiene, Amaia lo mantiene cerca de su pubis, pero no es el amor físico sino el otro, el de dos adolescentes mediáticos que acaban de follar mientras cantan en directo una melodía de sirope de arce.

Una vez más se obra el milagro de Eurovisión: la música despojada de música, el sexo desprovisto de fluidos, el mundo divido en países amigos que se ayudan, que se puntúan y se apoyan para convertir a un cruce israelita entre Falete y Bjork en la reina de la canción.

Me corro.

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¿Hay límites para el movimiento “Yo sí te creo”?

Es una realidad, demostrable, palpable y a todas luces (y sombras) injusta: las mujeres han sido demonizadas, confinadas a un status de hembras y no de personas desde el primer día, desde ese Dios creó al hombre a su imagen, en el que ellas comienzan a diluirse en los márgenes de un genérico, el hombre, con voz de barítono bajo, a una costilla de procedencia masculina, carne expuesta en un discreto segundo plano. Y del Génesis a épocas menos remotas en las que ellas deslumbraban a artistas y políticos, ampliando su dominio de extensión de lucha a unas simples canvas, siempre un par de pasos por detrás de los que pintan, hasta que por fin, una tarde de octubre de 2017, en la ciudad de los ángeles y los sueños, como no podía ser de otra forma, dicen que ya está bien. Y lo dicen alto y muy claro.

Es partir de ese momento en que el paradigma de nuestro mundo, que solo es tal en sociedad, representado por nuestras relaciones con los demás, da un vuelco y ellas revisitan sus historias sexuales y ellos, nosotros, jóvenes, viejos, maduritos, populares o anónimos, hacemos lo mismo pero desde el otro lado: quizás debería llamar a Marta y pedirle perdón por portarme como un cabrón con ella el día del baile de fin de curso, ¿y qué pensará de mi Cristina, esa chica a la que besé en el coche sin que ella me rechazara pero a la que quizás presioné o pillé en un momento bajo en el que lo único que probablemente quería era ser abrazada? ¿Qué hay de las heridas que dejé, de las cicatrices, del pasado, de mi vergüenza? ¿Cómo debo comportarme en el futuro?

Y es que gracias a Amber AndersonLysette Anthony, Asia ArgentoRosanna Arquette, Jessica Barth, Kate Beckinsale, Juls Bindi, Cate Blanchett…(la lista es demasiado numerosa), más las que se sumarán porque el mundo está lleno de depredadores, hemos entonado un grito de guerra que viene a compensar esa injusticia histórica, una suerte de reparación por el daño causado (quizás irreparable) que en algunos casos es muy difícil de demostrar con hechos fidedignos: el “Yo sí te creo”.

Pero este mantra, que se extiende por las calles, las ciudades, las redes sociales, por los conciertos, ha abierto una puerta a numerosos problemas entre los que se encuentran precisamente aquellos (hombres) que son arrastrados por la marea y que agitan una bandera en mitad del océano con una leyenda escrita y bien visible junto al cráneo de una calavera: si me acusan de algo de lo que soy inocente, ¿quién me creerá?

Sí, algunos pensarán que es el precio a pagar, unos pocos justos por cientos de pecadores porque, después de ser humilladas durante tanto tiempo por el heteropatriarcado, ¿qué importa que caigan unos cuantos inocentes en nombre de la igualdad? Más inocente será esa pobre cría de la que abusaron sexualmente esos cabrones de “La Manada”, o las cuatro mujeres que son violadas cada día en España, ¿no?

Este lema, efectista y sin duda emotivo, un “Je suis Charlie” sin olor a pólvora, representa una visión del feminismo que convierte a la mujer y su lucha en un fetiche, en una figura totémica, un ser sobrenatural al que se dota de una capacidad casi mística, al que se venera como generador de verdad, una sola, sagrada, la misma que muchas veces se nos escapa entre los dedos, esquiva y  casi siempre invisible, inalcanzable.

Y es que algo huele a creencia en España y el resto del planeta, a fe ciega, a comportamiento fieramente humano que responde a una reacción visceral y natural por enderezar el rumbo de las vidas de aquellos que antes de creer a pies juntillas necesitan recuperar la confianza en los demás, verificar, recolectar pruebas para después emitir un veredicto que no sirva para mover montañas sino para acercarnos al espejo, a la superficie del lago y asumir que dentro de nuestras carcasas somos exactamente lo mismo: criaturas imperfectas en busca de aceptación y destinados a vivir juntos, nos guste o no.

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La isla de los cerdos

A los humanos nos encanta mostrar y compartir con los demás, conocidos y si puede ser también desconocidos por aquello de sentirnos aún más especiales, momentos en los que somos felices, lo parecemos, presumimos de moreno en pleno mes de enero, en lugares paradisíacos, privados, remotos y envueltos en ese aura vacacional que tanto daño hace a aquellos que padecen de sedentarismo, generalmente impuesto por la falta de ingresos. Ya de por sí jode ver como ese tío que siempre te pareció un imbécil está disfrutando de una luna de miel en la Macaronesia, desayunando daikiris con su nueva mujer que pregona su amor por las redes sociales mientras sumerge los tobillos en aguas claras con aroma a Fa, montándose ebria en la noria de Coachella o cenando en la mesa más cercana al extractor de la cocina del Diverxo.

Pero de entre todas esas actividades generadoras de inquina, envidia, grima, vergüenza ajena o una mezcla de las cuatro, la que peor llevo es la de las fotos en la Isla de los Cerdos. Se trata de un cayo deshabitado en las Bahamas que se está convirtiendo, gracias al empeño de los humanos por hacer cosas especiales a la vista de todos, en el destino favorito de los pocos afortunados que visitan esa parte del mundo, azul, verde talismán con un toque de arena de playa finísima, casi transparente.

Ahí viven 20 cerdos -no se sabe muy bien como acabaron en ese lugar pero les gustó mucho y acabaron formando una comuna- que  se han convertido en la mayor atracción de la región. Tanto, que novias de futbolistas, ingleses, empresarios con camisas desabrochadas completamente y hordas de turistas rosáceos pasan el día dándoles de comer y de beber (alcohol), lo que ha ocasionado la muerte a varios de ellos, los cerdos, por indigestión.

Incluyo una fotografía no retocada en la que se puede observar a un cerdo en un conjunto muy llamativo y dos seres punteados que no saben muy bien como posar ante la atención suscitada y que por supuesto ignoran que el mundo sigue siendo un ávido depredador de aquello que siempre debió de mantenerse en secreto, de esas cosas que precisamente por inauditas nunca debieron salir a la fría luz metalizada de la civilización.

REST IN PIG.

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De la guitarra al Ableton Live: porque todo cambia, nos guste o no

Gibson anuncia su bancarrota. Ya no se venden discos. El papel impreso es un artículo cada vez más raro, menguante, que adquiere tonalidades amarillentas con el paso de los días. Los carnívoros desaparecen. El porno es amateur. El mundo entero deja de bailar cuando Avicii apaga la mesa de mezclas…

Los ejemplos se agolpan unos detrás de otros, pequeñas fichas de un dominó vital infinito e imparable que no es es más que continuación de algo que viene ocurriendo desde hace miles de años, cuando aquellos hombres, para nosotros primitivos, decidieron dejar las piedras en el fondo de los ríos y comenzar a utilizar los metales para matar, peinarse y mejorar sus vidas. Muchos años más tarde, cuando el homo sapiens ya había aprendido a dominar a las bestias, a perfumar su cuerpo cambiante y a comer sin la ayuda de las manos, llegó a la conclusión de que todo ese conocimiento no debía de ser soportado por una memoria imprecisa, por una tradición oral sujeta a las circunstancias personales del orador y que debía plasmarse, imprimirse, perdurar. Y el tiempo continuó impasible, sobreviviendo a las guerras y a las disputas por llegar primero a la luna, ignorando el paso de un mundo en blanco y negro a otro en tecnicolor y reducido al tamaño de una televisión y el blues ya era jazz y después fue rock y Robert Johnson fue Hendrix, y nuestro querido Andrés Segovia un blanquito desprovisto de electricidad. Y después llegó la silicona a nuestras vidas y el pelo púbico fue un disparate, Chaplin enterrado por Marvel y el Real Madrid siguió sumando títulos con el vinilo convertido en un vulgar traje de sado y nosotros miramos al cielo, conectamos nuestros cascos inalámbricos a Spotify, suspiramos y nos dimos cuenta de que echábamos de menos todo lo anterior, nuestra infancia, la adolescencia y el pelo, negándonos a seguir siendo testigos de como el mundo, nuestra creación individual e intransferible, se transformaba al ritmo de nuestra agonía, olvidándonos de que quizás lo importante no es lo que era si no lo que está por venir porque, si el principio fue bueno…el final debería de ser la hostia, ¿no?

Porque las cosas cambian y tú y yo debemos intentar aceptarlo. Adiós guitarra, bienvenido Ableton Live.

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Hasta los huevos de Iniesta

El mejor solista, el emperador tímido, el mejor a secas pero al mismo tiempo el más humilde, pequeñito, muy pálido muy pálido, como la leche de almendras, de pelo finito y sonrisa fugitiva, al que todos lo rivales rodean en manada por miedo a que haga algo extraño con un balón que parece una zapatilla que rueda, al que España nombró su hijo predilecto por meter un gol, dedicarle otros a compañeros fallecidos en trágicas circunstancias y bordar una estrella en el pecho de la camiseta roja, el que vende vino púrpura a espuertas y coloca Fuentealbilla en la Quinta Avenida…(tomo aire). Y además felicita al Madrid y rescinde su contrato con el Barcelona porque ve que no está al nivel que él espera de sí mismo y que ante todo uno debe de ser honesto y sobre todo con los que han depositado la confianza en ti, el Anti-Cristiano, el último héroe español, la bandurria eléctrica, el conductor de la locomotora dorada, el único futbolista que no lleva tatuajes ni luce relojes del diámetro del sol y que no desaparece de la vista de los flashes apretando el acelerador de coches cuyos P.V.P. equivalen a la mensualidad de 120 empleados del Eroski de Vallecas (guardias de seguridad no incluidos).

Porque si los ídolos son casi siempre soberbios, sobredosis humanas de egos ciclados, globos aerostáticos, huesos finos en suspensión con el aspecto de un modelo de calzoncillos, pelos Pantene, cuerpos como las cordilleras del Himalaya, decoradores del salón de la Torre Trump, raperas y regetoneras, tuvo que venir Andrés (que parecía recién salido del despacho 509  del Ministerio de Fomento una mañana de otoño ventoso) moviéndose sobre las escaleras mecánicas del Corte Inglés como si fueran césped al ritmo de la Novena de Beethoven para acabar él solo con todas nuestras esperanzas de enviar la normalidad a la mierda.

Inadmisible, perverso, un flaco favor a la civilización del 5G, a las películas del hijo del dios del trueno y a aquellos que esperan la venida de un salvador que entre por la ventana de la cocina, levante el brazo derecho, extienda el dedo índice en dirección al cielo y deje a todas las mujeres embarazadas. Hasta los huevos de Robe Iniesta.

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