La cama y el tiempo suspendido entre dos sueños

Una cama es un universo rectangular alrededor de un sistema perfecto que se deteriora. Y no solo eso. En ocasiones el colchón duro o amarillento —nos vale también con una vieja manta llena de pelos de gato— actúa como un barrera de coral al margen del día a día, de la noche que antecede al amanecer y por lo tanto a la vida que regresa. Y en ese punto, lugar de encuentro y conflicto entre dos cuerpos desnudos y sudorosos, se produce el milagro.

Resulta que las palabras pronunciadas dentro de los límites de una balsa de aceite y látex nunca se pronunciarían en la calle o en el trabajo. Los amantes se miran a los ojos y reconocen que sus respectivos matrimonios no funcionan, que por eso huyen en compañía de alguien más extraño, que en horizontal y en una habitación extraña parecen reencontrarse con lo que realmente son, un poco más acá, menos allá, más ellos mismos… y las conversaciones fluyen de tal manera que se acaba diciendo más de lo debido porque en realidad ¿hay algo más parecido al viento que una cama? Después recuperan el ritmo cotidiano, se visten con cierta pesadumbre y vuelven retomar exactamente donde lo dejaron, al principio de algo que se parece poco a lo que realmente quieren.

Las parejas estables, en cambio, dejan de hablar antes de cerrar los ojos porque saben que a la mañana siguiente las palabras empleadas en el cuadrilátero multiflex regresarán a ellos como un sueño recurrente, y claro, nadie quiere volver a recordar lo que nunca se llegó a decir por culpa de la convivencia convertida en un acto repetitivo; pero hijo, ¿por qué quieres dormir siempre con nosotros? ¿De qué tienes miedo?

Son las 7:27. Estoy solo. Miro el techo manteniendo mis huesos hundidos entre las plumas de un colchón carísimo y lo compruebo: el tiempo se detiene y el mundo ahí fuera no me agarra por el cuello. Después de todo, ser bueno en la cama no es más que dormir del tirón y mantener la boca cerrada…

Radiohead, radiojed

Radiohead, radiojed. Da igual las veces que lo repitas dentro de tu cabeza. Estas dos palabras —sacadas de una canción del grupo neoyorquino Talking Heads— representan (sin querer) una enorme extensión de incógnitas con un denominador común: «la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír».

Después miro las caras de esos cinco chicos de expresión triste, casi ausente, miembros del que sin duda es el grupo de música más importante de los últimos treinta años, y cuesta entender de dónde viene esa capacidad innata para que suceda todo aquello a lo que aspira cualquier músico… sin tan siquiera intentarlo.

Porque el espíritu de esta banda indescriptible, mitad sublime, cercanamente inalcanzable, mitad de un futuro mucho mejor, recorre los bastidores de las canciones del resto, “grupitos” que intentan escribir música mirándolos a ellos, sin preguntarse quiénes son en realidad, es decir, por las razones equivocadas. Y no es el éxito, ni tocar delante de miles de personas en otro festival, no. El verdadero músico no nace ni se encuentra, simplemente se construye, de la misma manera que la materia se transforma.

Resulta que todavía se atreven a seguir sorprendiéndose(nos) y en lugar de recuperar unas cintas robadas a cambio de un “rescate” de 150.000 dólares las cuelgan en Internet durante 18 días, los mismos que lleva lloviendo en la ciudad inglesa de Wellingborough, lugar de nacimiento de un niño más bien feo llamado Thom. Los demás, periodistas musicales, amantes de la belleza, ladrones de bicicletas y vendedores de carne, sentimos que ha llegado la Navidad en pleno mes de junio simplemente dando al play.

Radiohead, radiojed… y el mundo, de repente, es un lugar menos extraño.

Nadal, el amor por el proceso

Existen muchos prodigios en la historia del deporte, tantos como personas extraordinarias fuera de él. Jesse Owens, Mohammed Ali, Nadia Comaneci, Bruce Lee, Pelé, Michael Jordan, Usain Bolt… la lista es extensa y, sin embargo, excluyente porque a las condiciones físicas extraordinarias de todos ellos —sin duda eligieron la actividad para la que estaban diseñados desde el punto de vista genético— se unieron ciertos factores imposibles de recrear de manera consciente: nadie los esperaba, simplemente estaban en el lugar y el momento preciso.

Sería imposible elegir a uno por encima de todos de igual manera que parece una tarea inútil establecer si Messi es mejor que Di Stéfano, o Navratilova mejor que Steffi Graf por la sencilla razón de que en el proceso incluiríamos criterios estéticos, tendencias subjetivas y algo irracional pero intransferible como son los gustos.

Llegados a ese punto de no retorno y como no podía ser de otra manera hay un chico llamado Rafael Nadal Parera, nacido Manacor hace treinta y tres años, provisto de todos los atributos de los deportistas mencionados anteriormente que se distingue por un brazo izquierdo sobredimensionado, una cabellera en continua regresión y un elemento que le convierte en un ser humano insensible al desaliento. ¿Trabajo, humildad, ambición, perseverancia?

La respuesta es sí y después no. Y es que sin duda él solo, bajo esa cinta de Nike y un sol revoloteando sobre su entrecejo a cada saque, es el mejor ejemplo a la hora de demostrar que el amor por el proceso es tan importante como la meta y el cheque cargado de ceros.

Fui su chófer en un campeonato. Le pregunté a un Nadal todavía adolescente que por qué jugaba al tenis. Él se quitó los cascos, me miró con la expresión de una cría de chimpancé y me respondió muy bajito:—Porque me encanta.

Seguí conduciendo con la seguridad del que se desplaza con una leyenda a 80 kilómetros por hora y en un Rover 75 color estrella.

“Chernobyl”, la fisión del terror invisible

Reactor 1. La central nuclear de Almaraz, en la provincia de Cáceres, produce anualmente el 6,5% de la electricidad consumida en todo el país. El método empleado, conocido como fisión nuclear, divide un núcleo pesado como el del uranio en dos o más —en estos casos la física “se limita” a imitar en condiciones controladas una reacción en cadena similar a millones de trampas para ratones saltando a la vez— liberando los neutrones contenidos en él. De esta forma, unos chocan contra otros desprendiendo calor que evapora el agua que a su vez mueve las turbinas generando energía eléctrica.

Reactor 2. La nueva serie de HBO, una película de terror “ochentero” de cinco capítulos, descompone lo ocurrido en la pequeña ciudad de Chernóbil el 26 de abril de 1986 a la 1:23 (UTC+3), momento en el que una secuencia perfecta de fallos humanos desencadenó un accidente de nivel 7, el mayor en la escala en la Escala Internacional de accidentes nucleares, con una estimación según el Informe TORCH 2006 de 60.000 muertes vinculadas al cáncer.

Reactor 3. La información se extiende por diversos cauces, en ocasiones más rápidamente que la luz, convirtiendo en imágenes y palabras un aspecto amorfo de la realidad. Es ese instante preciso que queda suspendido en el tiempo y el espacio generando una onda de choque que, al contrario del brillo azulado de los reactores nucleares, afecta a millones de personas. En ocasiones la dosis de röntgen es tan mortífera que termina atravesando el corazón de aquellos que no disponen de un traje contra la radiación. La información no se puede dominar, fluye, derroca gobiernos, mata.

Reactor 4. El horror es invisible y equivale a 400 bombas de Hiroshima. Lo único que puedes hacer es evitar parecerte al KGB: desconfía, verifica, no seas un idiota inocente; así nunca podrás ser un peligro para ellos. Y olvídate de la segunda temporada.

Cuando tus selfies pesan más que tus ilusiones

El mayor indicativo de que te estás haciendo mayor no está representado (en su justa medida) por ese entrenamiento diario del tren inferior —glúteos en particular—, ni por ser testigo de excepción de la desaparición paulatina de tus mejores amigos. Ni siquiera el hecho de olvidarte de las cosas, dejar de ovular, perder el control de una próstata caprichosa y el contacto con la gente que ha marcado tu vida durante esos supuestos “maravillosos años” en favor de unos niños que devoran tu tiempo y lo cagan dentro de un pañal carísimo es motivo suficiente para tirar la toalla.

No te queda más remedio que lidiar con el dolor de espalda y articulaciones, con esa sensación insoportable que experimentan los guapos del instituto que poco a poco, día tras día, se transforman en seres invisibles, incluso para los perros que recorren las calles sin correa. Te levantas con sueño, trabajas en algo que no te gusta nada —el 87% de los españoles realiza una actividad profesional que les genera pesadillas en la cama y la máquina de café—, regresas a casa agotado, te pasas el fin de semana viendo series de HBO y cuando ahorras un poco —el alquiler es un pozo sin sellar— te escapas unos días en agosto, precisamente el mes en el que un mundo ya de por sí saturado se desborda por los cuatro puntos cardinales.

Y da igual si no hay espacio para más velas en una tarta de cumpleaños que ha pasado de ser un amasijo de galletas María con chocolate negro a una obra de arte industrial sin gluten en un “click”, ni que Turquía sea el nuevo Lourdes y el Everest la versión tibetana de La Pedriza en temporada alta…

Cumplir años supone asumir nuevos papeles, entender lo que antes rechazábamos, darnos cuenta de que el tiempo se contrae y, sin embargo, lo único que diferencia a los ancianos de los que no lo son —a pesar de compartir edad— es la horrible sensación de que los recuerdos pesan más que las ilusiones. De nosotros depende no ser viejos antes de la vejez selfie.

El holligan que se hizo una paja en la Puerta del Sol

Hace apenas una semana, el oso que abanicaba con sus garras al madroño de la madrileña Plaza del Sol decidió abandonar la ciudad por razones políticas. En vista del giro brusco a la derecha de la derecha lo mejor era poner tierra de por medio, buscar un lugar recogido en la Casa de Campo, algo más silvestre en la futura destinación de todos los eventos progresistas que se celebrarán en Madrid a partir de ahora… excepto el fútbol.

En su lugar, y de grasa, cerveza y huesos, ha nacido un símbolo casi universal (ahora lo masivo dura menos que la primera mitad del LiverpoolTottenham), un símbolo de lo que el deporte rey puede conseguir cuando se lo propone gracias al rastro de dinero y destrucción que deja a su paso: Tom Hard, el calvo seguidor inglés que celebró la victoria de su equipo haciéndose una paja en el lugar más concurrido de la nueva colonia inglesa al sur de Londres y al norte de Despeñaperros, muy cerca del piso donde antes vivía un oso amante de la botánica.

Pude localizar a su madre, una ama de casa del mítico barrio de Childwall que se enteró de la noticia gracias a una vecina que ahora le ha retirado el saludo. La pobre Emily me explicó con lágrimas en la garganta —la conversación se limitó a un frío intercambió de notas de voz— que el chaval había estado esperando este momento desde 2005, y que claro, hacía calor, la gente se quitaba la ropa, había música, alcohol, alguna droga de diseño, la calle era un fiestón, los vecinos no podían echar la siesta y que bueno, que son jóvenes y enérgicos…

Resulta que el fútbol es un juego que inventaron los ingleses, que los brasileños practican como si se tratara de un coito y en el que el domingo perdieron los madrileños que viven en el centro y en las inmediaciones del Wanda. Eso sí, si para defender los derechos y las libertades te tienes que hacer una pajilla, pues te la haces y punto. Todo en el nombre del fútbol.

El exilio interior de los votantes de Carmena

El exilio interior resume a la perfección lo que vivieron muchos ciudadanos que decidieron permanecer en su país de origen durante la represión que siguió a la victoria de diferentes regímenes totalitarios en toda Europa, y por ende en un mundo conectado por el 4G.

Algunos, no se sabe muy bien si por su escasa vinculación política (crítica) o simplemente porque tenían la hipoteca pagada y a los niños en edad de ir a la universidad, decidieron hacer el camino contrario al de intelectuales hirsutos, mencheviques, Buñuel, antifascistas de palabra y acción, Thomas Mann… sufriendo una enorme exclusión social muy similar a la que vivirían más tarde los “cobardes” que salieron corriendo con toda su vida contenida en una maleta de cuero desgastado.

En ese viaje hacia ninguna parte nos encontramos la mitad de los madrileños, votantes confesos de Carmena que, salvando las distancias, intentamos lidiar con la amarga sensación del que pierde algo ante la mayoría, mitad impotencia mitad rabia, unas irrefrenables ganas de irse a vivir a Alemania o a Malta, o directamente miedo porque el futuro se parece poco a un presente que, sin ser ni mucho menos perfecto, tenía un punto limpio en el corazón de la señora mayor con los ojos de adolescente perpetua.

Es verdad que con el nuevo alcalde Milhouse no habrá brillantes cuchillos bailando en la oscuridad de la noche, ni capuchas alrededor de nuestras cabezas, ni silencio en lugar de música o desaparecidos rebasados por la derecha —al menos en el carril bici—, pero, de pronto, como en un truco de magia desplegado dentro de una urna, esta ciudad se parece más al París del invierno infinito, a una postal sin un beso de despedida, a esa casa convertida en una jaula.

Ahora nos toca ser de ningún lugar y de Madrid al mismo tiempo.