Pies

La palabra pies es monosílaba, nunca se acentúa, tiene la particularidad de ser única habiendo tantos pies como seres humanos pueblan la tierra y, en el mejor de los casos, son dos: egipcios, cuadrados, con el digitus secundus pedis más largo que el resto de dedos, curvos como las caderas de Beyoncé, apestosos como una abubilla, alargados, sublimes y con la forma de los labios de Jimena. De hecho, generan tanta pasión como odio entre sus propietarios, generalmente mujeres, que no pueden evitar pensar en pedofilia cuando ellos practican la podofilia, es decir, el “parcialismo” con el que reducimos el cuerpo humano a una sola parte —en este caso tándem—; aunque el izquierdo sabe mejor.

Y es que a los hombres les encanta olerlos, tocarlos al estilo del afilador soplando el chiflo, hacerles cosquillas con una pluma, morderlos, ¡Dios, cómo me gustan!, elevarlos al pódium del culo y las tetas, sagrada Trinidad del sexo cosificado y por pares.

Es raro porque casi siempre están ocultos en el interior de un zapato feo, lo que nos conduce, inexorablemente, a la lucha fratricida entre aquellos que alcanzan el éxtasis al introducírselos en la boca y la cara de grima del receptor que no llega a comprender qué coño hace ese tío con la lengua llena de uñas.

Los pies son el símbolo del alma, o al menos el espacio en el que ésta cae, el ingrediente clave en la repostería —combinan a la perfección con nata, chocolate o miel—, y ni siquiera la hipnosis se plantea como una solución eficiente ante la duda, porque comerte un culo, vale, pero chupar pies es de degenerados.

Al final resulta más fácil reconocer en una boda tu predilección por Vox o José Tomás que cantarle a la novia la canción de Crowed House, aquella que decía lo de «and whenever I fall at your feet». Guarro, asqueroso.

¿Qué discos te llevarías a una isla desierta?

Es curioso que responder a esta pregunta sea una cuestión realmente difícil en estos días, y no precisamente por la escasez de música disponible, sino más bien por la imposibilidad de encontrar una isla desierta en un mundo masificado en pleno julio.

Y es que, tras rebuscar en Internet sobre los motivos que llevaron a Roy Plomley —creador del programa “Desert Island Discs” en la radio pública inglesa allá por 1942— a plantearse semejante disyuntiva en soledad, la mayor parte de los tres mil invitados a la emisión, pertenecientes al mundo de la cultura, la política y la ciencia, eligieron mayoritariamente la Sinfonía No. 9 en Re menor de Beethoven y el concierto No. 2 en Do menor de Rajmáninov. ¿Casualidad o algo previsible?

Lo que no queda claro, a pesar de que la imagen de uno durmiendo la siesta (en pelotas) entre dos cocoteros sea una constante en verano, es por qué habríamos de cargar con una maleta de discos en lugar de llevar un crucifijo, un mechero Bic o un bote de Aftersun tamaño familiar.

La razón quizás tiene que ver con la capacidad de las canciones para amplificar en nosotros la tristeza y el miedo, revivir en la epidermis la emoción de esa primera vez, sensaciones etéreas que se concretan en una vibración cuya frecuencia fundamental es constante y que, de manera similar a las palabras pero desprovistas del componente activo que implica concentrarse en algo, nos elevan por encima del banco de arena náufraga para depositarnos justo al lado de aquellos con los que compartiríamos un baño eterno en aguas turquesas a veintidós grados centígrados.

Porque, quieras o no, escucharKid A de Radiohead en una isla desierta implica arrastrar contigo todo el universo.

El tiempo que le lleva a un perro olvidar a su dueño

Ahora que llega el verano, tiempo de sudores, festivales y algo cercano al sueño de la clase trabajadora, el abandono de perros y gatos se hace más evidente porque claro, durante la estación fría mantienen la casa y el corazón caliente, pero papá, ¿por qué en el resort de Torrevieja las mascotas se quedan fuera del “menú todo incluido”? Silencio y ladridos.

La escena es desgarradora: el perro en la cuneta, solo bajo un sol blanco, muerto de sed, esperando a que su amo regrese a buscarlo, porque seguro que vuelve, ¡guau, guau! Y el coche se aleja hasta perderse de vista sobre el asfalto líquido.

El año pasado esta escena se produjo más de 138.000 veces.

Entonces si el dueño es un desalmado hijo de mil putas con triquinosis, ¿cuánto tarda el animal en olvidarse de él? Resulta que el tiempo necesario para que suceda oscila entre cinco minutos… o cinco años. El motivo se debe a que los perros no recuerdan por la sencilla razón de que no olvidan y que, aquí surge el elemento milagroso, viven en el ahora, una línea continua en la que no piensan o echan de menos a nadie que no esté presente si no hay nada que les recuerde a ellos.

Sorprendentemente, los perros tampoco tienen conciencia del pasado. De esta forma si les dejamos solos a la salida del súper, durante cinco minutos o cinco años, permanecerán impasibles hasta que regresemos o se reproduzca una escena familiar para él, un olor, un lugar, el elemento que desencadene una emoción idéntica e inmune al desgaste del tiempo. De hecho, la reacción ante la vuelta es análoga, sea cual sea el intervalo de la ausencia. Cosas de la vida en manada y el hábito como impulso vital.

Ahora que lo sabes, piensa cinco minutos o cinco años antes de dejarlo en un pinar o un contenedor. Hacerlo implicaría abandonar el mundo, soltar la correa que te hace fieramente humano, desprenderte del poco corazón que ya tenías.

La encrucijada de Peter Pan

Ha sido ahora, después de varios años en el país de “Vuelva Usted Mañana” y a raíz del contagio de la malévola aplicación FaceApp que, ante el paso inexorable de un tiempo menguante, he visto la historia de Peter Pan de otra manera. Sí, el niño volador de ojos brillantes y apellido de fauno aficionado a sobrevolar un paisaje en el que engullir pasteles y helados a voluntad, jugar, tal vez dormir, en definitiva: encapricharse con lo que solo sucede una vez y se almacena en la memoria como un sueño, real y al mismo tiempo hueco.

Porque en efecto, ese mundo, el de Nunca Jamás, tampoco es tan bonito como lo pintan. En él hay un tirano cabrón al que le falta una mano reemplazada con un garfio, un cocodrilo hambriento y obsesionado con un reloj —dentro de sus tripas, por supuesto—, el pirata Smee y su afición por el amor etílico —no desprovisto de deseo por el capitán—, Campanilla, un hada con la cara de Julia Roberts, monísima, pero con la que es imposible copular por razones obvias, una región en la que escasean los víveres gobernada por el rey de los Niños Perdidos… un puto desastre.

La cuestión es que permanecer en la realidad, sea lo que sea lo que entendamos por ese vocablo escurridizo, tampoco resulta fácil. Wendy quiere niños, una casa en Pozuelo con jardín y quizás un labrador, llevar leotardos verdes en verano es imposible, los alquileres en Lavapiés están por las nubes y los humanos se vuelven locos por ver su yo futuro, aún a sabiendas de que se trate de un invento “co(ns)munista”.

Con este panorama no sé cual sería la versión de Peter Pan en el 2019. Tampoco si estaría dispuesto a renunciar a ser adulto por las mismas razones. En todo caso el sacrificio sería el mismo y, una vez asumido que es imposible volver atrás, miraría en el iPhone su rostro envejecido con los ojos de un niño, arrastrado por el ímpetu de la juventud, el único defecto del que nos curamos demasiado pronto.

FaceApp: la única aplicación que nos muestra la realidad

Justo cuando estábamos hartos, milésimas antes de que comenzaran las competiciones veraniegas para demostrar quién está en la playa más espectacular, con su novio más ciclado sometiéndose a una cura a base de zumo detox y desayunos ricos en fibra y leche de cabra, justo en ese instante ya futuro llega la mejor aplicación de la historia (vetusta). Viejos y viejas, con todos ustedes FaceApp, la máquina de la verdad.

Para aquellos que siempre llegan más tarde decirles que el programa en cuestión —construido sobre un sistema de Inteligencia Artificial conocido como Red Neuronal— es el más descargado del mundo en estos momentos, y tiene, entre otras opciones, la capacidad de transformar a los negros en versiones lechadas de ellos mismos y a los más jóvenes en lo que realmente son, es decir, futuros fósiles escondidos dentro un amasijo de músculos, huesos y tendones con la capacidad de deteriorarse cada día. Así, por la cara.

Y es que si alguien está dispuesto a mirar de frente al horror terminará siendo testigo, gracias a la imaginación maquiavélica de sus creadores rusos —arderéis en el infierno, ublyudoks—, su propio rostro, pero envejecido de tal manera que uno no puede evitar pensar qué cojones hace su padre y su tío Ignacio ocupando lo que en principio es una cara sobrada de colágeno. Y no puedes parar, y cuando se te pasan las ganas de vomitar haces lo mismo con el amigo Luis en pelotas —no funciona con las gónadas—, con su hija pequeña o tu mayor enemigo, y te ríes al comprobar que estás igual de viejo veinte años después y no puedes evitar derramar una lágrima sobre tu vientre fofo, y si utilizas la mejor foto de tu mujer ella directamente te escupe a la cara y gritas en desde tu terraza: «¿Carmena, por qué nos has abandonado?».

Admitámoslo de una vez; lo que de verdad nos preocupa a partir de los treinta no es el amor, ni el trabajo y mucho menos el futuro de nuestros hijos, sino la edad, en particular ser invisible a los ojos de la carne fresca y conocer a un arqueólogo, la única persona que sabe a ciencia cierta que envejecer es triste y que la juventud está sobrevalorada. Sobre todo para los meros espectadores, tú, yo, nosotros, ellos.

Porque en algún momento de nuestra vida nos sentimos como Michael Jackson. Y sin parque de atracciones ni filtros, joder…

El día que mi despertador fueron los pájaros

La ciudad nos ha devorado. Tanto es así que ni siquiera somos conscientes de su estructura interna, boca deforme compuesta por infinitos nervios ramificados que, mucho antes de la llegada de Zara, confluían en el centro urbano, amurallado o no, del que partían los rebaños de ovejas, ahora turistas ávidos por hacerse una foto junto al muñeco de Winnie de Pooh. La bestia anda suelta y está en nosotros.

Porque aunque no lo sepamos, los núcleos urbanos inventaron el concepto de naturaleza, una quimera con aspecto de vergel —sin plaza de garaje— delimitada por un cielo entre montañas, a salvo del yugo de las prisas, el humo y el hormigón que, progresivamente, desaparece ante nuestros ojos, sometida por el peso de la presión demográfica con aspiraciones “normales”; ya se sabe, una casita en la playa, viajar en agosto, quizás un huerto…

Ahora hay más bicicletas, los patinetes adelantan a los viejos malhumorados de las aceras, el calor expulsa el veneno que recorre sus arterias, y expediciones de coches esperan pacientemente su turno para el merecido descanso, mejor cerca del mar, plástico salado en el que meditar naufragios de buques con todo vendido.

Aquella mañana fui consciente. Había dejado atrás la ciudad para adentrarme en la pausa publicitaria del pueblo. Me desperté sobresaltado por las campanas de la iglesia y el trino de los vencejos, las chovas de pico rojo y los pardales. Cerré la ventana de mi habitación y regresé a la cama. Ahí tumbado, con el sudor resbalando por mis sienes me di cuenta de que, sin querer y en apenas veinte años, los charcos en los que ver mi reflejo estaban secos, había intercambiado estrellas por CO2, paisajes por patios interiores, soles por relojes. Y la libertad se transformó en añoranza.

Ser zurdo es una maldición… y un modo de vida

En una época, la nuestra, donde cada vez se da mayor visibilidad a las minorías en todos los ámbitos, nadie ha tenido en cuenta a los zurdos o zocatos. Porque joder, si somos más de 1000 millones en el mundo, ¿por qué no se habla en las redes de nuestros derechos exentos de obligaciones, de la imposibilidad para abrir una simple lata de atún o de la cara que ponemos al sujetar el cuchillo de pescado, siempre situado a la diestra del plato, el mismo que permanece impoluto en todas las comidas familiares?

¡Basta ya de mantenernos en la sombra de una sociedad que nos ve como la personificación del demonio, en clase de ortografía y a la hora de jugar al tenis, abocados a la tarea forzosa de caddie —con esa horrible visera de plástico— porque ya se sabe que el golf es un deporte para gente rica y de derechas!

¿Y qué decir si eres músico y además imitas a Jimi Hendrix, el único músico zurdo que no parecía salir invertido en la foto? Si este es tu caso entonces conoces lo que significa la palabra exclusión inherente a las fiestas en la playa, esas en las que siempre hay un Paco, guitarrista diestro y flamenquito que toca mucho peor que tú… pero claro, nadie está al corriente, con la excepción de tu madre, responsable directa de que en el acogedor útero su futuro hijo se decantara por chuparse el pulgar. Izquierdo y de la mano izquierda, por supuesto.

Además existe la creencia generalizada de que somos más creativos, quizás porque estamos obligados a practicar contorsionismo a la hora de tomar apuntes en las mesas de la facultad, o porque hacemos lo imposible por leer los mensajes de las tazas —bebiendo con la cabeza apoyada en la silla, a la manera de una cabrita montesa— y finalizar el crucigrama libres de intoxicación por tinta, un poco a la manera de Berengario de Arundel, aprendiz del bibliotecario en “El nombre de la rosa”, con pelo. En el mejor de los casos.

En definitiva; utilizar la izquierda no es solo una putada, sino también un modo de vida. Y recordad una cosa: 2.500 zurdos mueren cada año utilizando objetos diseñados para diestros… Ayav adreim, siempre a contracorriente.