La música es el recurso de los que no saben hacer nada

Resulta que cada vez que el hijo del famoso de turno, la pobre niña rica sin oficio ni beneficio o el rebelde sin causa con el cordón umbilical conectado a una bombona de oxígeno deciden qué hacer con su vida —envidiada por casi todos, vivida por unos pocos— terminan confluyendo en el mundo de la música y sus diferentes variantes compuestas, entre otros expedientes X, de cantantes que no saben cantar, compositores enemistados con la armonía y escritores de textos tan ridículos como un libro de Loreto Sesma.

Y la cosa no es de ahora, sino que viene sucediendo desde hace años, llevándose hasta sus últimas consecuencias en 2019, espacio temporal donde es posible grabar un disco en casa y un vídeo-letra con el móvil, y en el que casi todos tenemos un colega realizador o (cum)munity manager con la capacidad de darle una pátina de bien de consumo masivo a lo que nunca debió de suceder, más que nada por la cantidad de muerte y destrucción que genera a su paso.

Porque si no sabes hacer nada, y estudiar medicina, correr maratones u obtener un doctorado en Harvard implica un grado de sacrificio y trabajo inaceptables para alguien como tú, la música es el cajón de sastre con el que tomarte un respiro y aclarar las ideas antes lanzar una colección de ropa a base de plásticos marinos, participar en la basura de Telecinco o pedirle a tu madre que te haga un ingreso. Por suerte o por desgracia, nadie recuerda las malas canciones y solo aquellos que nunca consiguieron lograr su sueño piensan en los malos músicos.

Quizás algunos no deberían intentarlo todo, y mucho menos cantar. Ya lo decía Mozart: «La música no está en las notas, sino en el silencio entre ellas».

León Benavente, la vida en directo

No se sabe a ciencia cierta quién dijo aquello de «vamos a volvernos locos» pero, por si acaso había alguna duda, la frase en cuestión pertenece desde el 13 de septiembre —fecha de lanzamiento de su nuevo trabajo— al grupo de los leones, jauría de cuatro monos siempre impecablemente vestidos, siempre implacablemente armados de rabia… y una batería de cobre. Porque durante 42 minutos nos manchamos las manos con el tercer disco —el de la confirmación o el olvido— transformado en la certeza de que aquí no hay miedo, a un ritmo más sosegado, como si de pronto —es un decir para unos músicos con más de veinte años de carretera a las espaldas— se hubieran dado cuenta de que el mensaje se escu(l)pe mejor entre dos te amo, cumbres borrascosas desde las que observar de cerca la piedra que flota, las flores en la basura, la tiranía de los jóvenes besándose con lengua en la calle.

Por eso era importante escribir “La canción del daño”, porque envejecer es una putada, por mucho que se empeñen en convencernos de lo contrario. Y además duele. ¿Os acordáis de cuando era posible gritar aquello de ¡ayer salí! sin estar postrado en la cama hasta el lunes? Pues resulta que escuchar la voz de diamante de Abraham Boba es mano de santo en esos casos, dedos de novocaína en las sienes para hacer frente a nuestros temores más profundos o emocionarnos sobre la taza del váter.

Y es que este disco muestra el reverso y el anverso de la belleza, Ática y Mozota, orillas en las que se refleja el milagro de respirar cada día, costumbre tan extraña como pasar la tarde disparando a los caballos en una verde pradera cubierta de lirios, volando alto sobre aquella cabaña en los Pirineos… y regresar a casa para cantarlo.

“Vamos a volvernos locos” no es un disco; es solamente tu vida en directo.

  

Anatomia del miedo

Ansiedad, pánico, horror, cerote, espanto, temor… tantas palabras para referirse a la dilatación de una pupila, al sistema endocrino saturándose de hormonas, a la frecuencia cardíaca convertida en un púgil zurdo. Lucha o huye, enfréntate a la bestia, y si aún te queda algo de valor mueve las piernas; ¡izquierda, derecha, izquierda, derecha!, la cadencia imperfecta para alcanzar el árbol más cercano.

Y es que en ese intervalo de tiempo dislocado, fracciones de segundo en las que sentimos miedo de manera consciente —lo que nos diferencia del resto de animales—, nos olvidamos de comer o hacer pis; todo es ruido; la piel adquiere la textura del film alveolar; y el que teme sufrir ya sufre temor.

Al desaparecer la amenaza “terrorista” —presente o futura, siempre al acecho— podemos pensar con claridad, localizar aquello que nos paraliza: ¿volvernos invisibles a los demás, perder la memoria, quizás no ser capaces de aguantar el ritmo impuesto por los más jóvenes, dejar un clavel rojo sobre el ataúd de nuestro pequeño, darle la razón a aquellos que sabían desde el principio que no funcionaría? Un violador anda suelto en nuestra cabeza.

Mientras tanto la fascinación por lo desconocido espera agazapada y algunos, dotados con la capacidad de temblar frente a un mar en calma pero propensos al naufragio, observan la trayectoria del que salta desde el balcón a la piscina, ese buscador de novedades con el poder de inyectar la dosis justa de adrenalina y leyenda en un torrente sanguíneo que también es carretera, superación, reto, serotonina para el alma.

Resulta que el miedo se hereda, precisamente para garantizar la supervivencia del que rompe todos los obstáculos, del que es roto por todos los obstáculos, del sicario y el condenado a muerte, de los que sienten la angustia de Jorge Marazu por vivir bajo las luces de la oscuridad, del miedo en las tripas del miedo.

Camilo Sesto y el ruido de los vivos

En España sucede algo que se repite con la misma asiduidad con la que la muerte embiste al artista de turno —generalmente intérprete o músico— sorprendiendo a propios y extraños por los acalorados debates en torno a un cadáver todavía tibio. Porque, por una extraña razón difícil de comprender y más allá de las largas colas y las coronas de flores, la tristeza (instrumental o patológica) que aflora de entre el humo del puro y el órdago a chica poco tiene que ver con el último adiós a uno de los mejores cantantes de la historia de este país —a mis ojos el más completo por registro vocal—, sino que se recrea en los numerosos episodios depresivos que asolaron su vida, en las operaciones estéticas a las que se sometió siguiendo el ejemplo del Michael Jackson de la última etapa o en el típico «no era más que un hortera con un par de canciones empalagosas como el algodón de azúcar. Ponme otro Ruavieja, haz el favor».

Quizás sea porque en la tierra del sol pintado y la envidia no hay tiempo para el duelo y la memoria se empaña con el negro de los sermones, pasatiempos para el populacho que reparan en episodios menores de la vida de aquel hombre de ojos azules y expresión triste, autor de 340 temas y con más de 100 millones de discos vendidos en todo el mundo.

Y si las cifras tampoco son el epitafio adecuado para medir la valía de un artista —a pesar que algunos las consideren medida del éxito—, ¿qué se supone que deberíamos decir de alguien que dedicó su vida al indigno arte de cantar? Quizás lo mejor sea contener la bilis, dejar trabajar a los sepultureros y guardar silencio frente al mausoleo de Camilo Blanes Cortés, el único hijo de Eliseo y Joaquina que alcanzó la inmortalidad persiguiendo voces desconocidas atrapadas en una canción.

Gallinas, almas, gallos violadores

Después del ruido (y un montón de nueces) provocados por los vídeos-parodia de las tresalmas de cántaro veganas parece que volvemos a la rutina digestiva con la agridulce sensación del que no ha sacado nada en claro en lo relativo a la dieta; más bien, la grieta que separa a agitadores de conciencias y comedores de cadáveres aumenta cada día… por una simple cuestión de formas.

Para empezar, la imagen de estas tres jovencitas de ojos vidriosos envueltos en la sombra del THC, utilizando sin control un vocabulario ininteligible —no debemos olvidar que el supuesto lenguaje inclusivo dificulta enormemente la comunicación entre géneros y sexos— resulta poco apropiada para los consumidores de cuello blanco, “animales” anclados en la tradición omnívora que no atienden a razones (de peso) para renunciar, de una vez por todas, a ese plato de jamón ibérico, con su grasita, quizás acompañado por un vino sin sulfitos. En segundo lugar, y si uno se para a pensar un instante en las reivindicaciones de este colectivo antiespecista, transfeminista interseccional y libertario —es fascinante el orden tan aleatoriamente teatral que siguen sus performances— no hay nada gracioso en los argumentos esgrimidos, con la excepción del empleo de palabras como violador y persona precedidas de gallo y gallina, y sin embargo, los supuestos campos de concentración aviar despiertan una sonrisa incrédula cercana a la burla.

Y es que el problema, más allá de la efímera popularidad de su propuesta bienintencionada, no es si fue antes el huevo o la gallina, sino el enorme desprestigio que este tipo de acciones supone para colectivos animalistas serios que ven como sus esperanzas de armar un mensaje contundente contra la explotación animal —siempre desprovisto de superioridad moral— terminan como esos óvulos sin fecundar: desparramados por el suelo y entre los picos de personas provistas de plumas. La sensatez, amigos, empieza en la cocina, y las formas son el plato estrella de cualquier menú, a poder ser compuesto de hortalizas y legumbres de temporada. En cuanto a los gallos violadores… ya lo decía Jamie Oliver: «El silencio es el mejor acompañante de una buena comida».

Sonríe, terminaron las vacaciones

Y de pronto, Madrid ya no es el sueño húmedo del verano. Su gente deja atrás el mar arrastrando consigo un ruido propio, el de los cafés a la carrera y la frecuencia circular de los trenes; las pieles, cuidadosamente bronceadas durante semanas, pierden su lustre, única coartada de un entretiempo que, año tras año, parece más corto, como si la velocidad de rotación de la tierra se incrementara con cada vuelta alrededor del sol.

Porque septiembre tiene el calor de aquello que se acaba, la forma de un examen y cientos de mails sin leer, con sus días más cortos y sus noches de luna eléctrica repletas de buques sin gente y playas en la memoria, quizás París en otoño y “New York avec toi“… y entre medias algunos ya piensan en el año que viene.

Pero no todo es nostalgia en el noveno mes, el séptimo para los romanos, el primero para los judíos. Los pantalones cortos y las chanclas se guardan en el último cajón; se marchan los ingleses y su lugar es ocupado por ramos de petunias, violetas y un par de gardenias en el ojal; las vírgenes suicidas se cruzan con los hábitos de las monjas, y los actores preparan las funciones de la próxima obra, de la siguiente gira, de una posible tormenta.

Suena la canción de Sinatra al ritmo de “September of my years”, el mismo de una muchedumbre ebria de pan y circo que celebra un gol en el Bernabéu, pero también en las barras de los bares, encrucijadas de estudiantes perpetuos y veganos, de youtubers y aficionados a los deportes de invierno.

Ahora montar en bici es más peligroso que nunca y la lluvia amenaza con llenar los pantanos, sedientos después de un verano que se apaga, precisamente porque queremos que arda con nosotros dentro. Sonríe; terminaron las vacaciones… pero estás vivo.

Tool, el triunfo de lo raro

Haz la prueba. Pídete una caña, dale un sorbo, toma aire y pronuncia —no en vano— el nombre de Tool entre las plúmbeas paredes de cualquier bar de la calle Corredera Baja. De pronto, los carlinos comenzarán a aullar en braille, el camarero levantará una ceja formando un letrero de neón y el silencio que antecede a una mala noticia desembocará en un torbellino con aspecto de agujero negro. En su interior, el tiempo y el espacio son variables que danzan a su ritmo, cerca del cinturón de Orión, ajenas al ciclo lunar y los incendios, tanto que las carreras de cientos de grupos de música se forjan y desvanecen en el plazo invertido por estos cuatro americanos en desgranar una sola canción. Ya no te digo si tardan trece años en sacar nuevo disco.

Lo que en principio es algo raro de por sí, lo es todavía más cuando compruebas que un grupo de música tan indescifrable como la Conjetura de Hodge es una de las formaciones más exitosas de todos los tiempos… y casi nadie habla de ellos, como si pertenecer a esa orden secreta exenta de popularidad “à la Justin Bieber” les concediera el privilegio de trascender estando vivos y en paradero desconocido, un día con pelucas, otro en un tuit, siempre amenizando nuestras vidas envueltas en una espesa oscuridad sonora.

Porque si hay algo que hemos perdido tú y yo en 2019 —músicos, melómanos y detractores de la música incluidos— es el misterio, no asistir por enésima vez a la retransmisión en directo de la grabación del disco de turno, con sus vídeos de adelanto y fechas debidamente publicitadas allanando el camino, facilitando la digestión de una canción-alpiste con video-letra-jaula, quizás dos, ¡ahora en todas las plataformas de streaming!, intentos fallidos en pos de un interés mediático que nunca llega. Piérdete en Forty Six & Two, mira el tercer ojo de “Lateralus“, sé abducido por “7empest“; así podrás odiarlos o amarlos, pensar, escupir, romper el cielo, admirar el milagro de la belleza de lo incomprensible.