Presbicia

De entre todos los males relativos a hacerse mayor hay uno que sucede rapidísimo y además no avisa. Quizás Darwin propuso ciertas pistas (que ignoramos): hacer ruido al agacharse, acostarse siempre de noche, resacas que inutilizan para todo menos para morirse estando aún vivos, echar la mañana cocinando y buscar «planes alternativos». Y de pronto, una tarde de sol te enfrentas al drama existencial: ayer veías. Punto. Es algo que va más allá de la metáfora. Quieres leer un mensaje y ahora todo se borra en tu mente y la pantalla. Fuerzas, incluso frunces el ceño al considerarlo un problema pasajero, ¡pasará seguro! Y no, está aquí para quedarse, se llama presbicia e implica que todos los universitarios de tu barrio te parecen niños.

Cumplir décadas implica un endurecimiento y una pérdida de elasticidad del cristalino que imposibilita enfocar imágenes cercanas. Las que están más alejadas (los jóvenes) se libran del hachazo porque ya se sabe que el futuro y la vejez se llevan mal, de ahí que el presente sea un borrón. ¿Cómo reaccionamos todos? En lugar de pasar por el oftalmólogo nos comportamos como adolescentes airados de experiencia demostrable, buscamos subterfugios en letras tamaño 18 y teléfonos que no caben en el bolsillo. Lo contrario implica ser un viejo, es decir, usted.

Resulta conveniente evitar la gafas de farmacia (opción patrocinada por este artículo) y andar por el mundo extendiendo el brazo a tope cada vez que suena el móvil. La ceguera viene de la mano del misterio, un nuevo mundo interior más solitario, la antesala de lo que nos espera (en el mejor de los casos) cuando seamos mayores de lo que ya somos, ancianos, momias, muebles. Cierto, nacemos ciegos y al vivir con miedo la invidencia aumenta, sin embargo hay algo peor que la presbicia: ver algo que no es. Y no lo veo.

Ilustración: Michiel Schrijver

El resumen anual de Spotify

Eres lo que escuchas, también lo que lees y piensas entre medias. Lo de comer va junto. Porque éstas son, probablemente, las tres cosas más incomprendidas junto a la palabra libertad. Grabar un disco, escribir un libro, preparar una paella… ¡cuántos misterios reducidos a un tiempo de disfrute —véase consumo— insignificante en relación al sudor del que lo hace! Minutos, en ocasiones horas, meses y hasta años. Luego se enseña, y ya. Como un pedo. Así funciona la creación, eso de pulir y fracasar exhibido gratuitamente en las plataformas digitales: 24.000 nuevas canciones al día en Spotify. Y como la cosa va de números, la empresa nos agasaja cada año con estadísticas y confeti. Así nos conocemos, asumimos que sin música todo es peor y olvidamos la miseria que pagan a los artistas: sí, 0,0033 dólares por reproducción.

Y es que nos da igual la precariedad inherente al músico, porque aquí importan los números y nuestras propias listas de reproducción. ¡Déjame tranquilo con las tuyas! Como siempre habrá de todo en función de la curiosidad del oyente, pero en el 2021 los más reproducidos fueron Olivia Rodrigo, Bad Bunny rimando gorra con cotorra, el almíbar de Taylor Swift, los ocho surcoreanos pálidos de BTS y Drake en anorak. Bueno, no está nada mal, que la música no es ni buena ni peor y sólo las malas canciones nos ponen tristes.

Eliminados los conciertos de la mesa, algunos músicos se aferran a la venta de discos para penar menos. Se trata de formatos sublimes y carísimos que la mayor parte del tiempo se venden para cubrir los costes de edición. Como siempre, el ángulo muerto no trasciende o lo hace poco y Spotify sigue a lo suyo, invirtiendo en biografías sonoras del usuario, acaparando redes con su «Wrapped 2021» y aplicando la ley del monstruo al que hay que echar de comer. Muchos olvidan que terminarán siendo escupidos en menos de lo que se termina una canción, una en la que todo se cuenta en los primeros cuatro compases.

Vacúnate; serás más libre

En Madrid, el centro del Universo, lo creíamos superado. De pronto, llega una variante de Sudáfrica con nombre de villano de Marvel y Occidente tiembla… y no de frío precisamente. Ya se sabe que todo lo importado del sur es mortífero, excepto el oro y el coltán. Aprovechando el suspense, los negacionistas tiran de teorías baratas y apelan al adiestramiento de humanos, la frustración y el pensamiento libre. ¿No es demasiada casualidad que se inicie el debate sobre el pasaporte COVID, aumenten significativamente los contagios y aparezca Ómicron? Justamente ahora!, dicen los únicos capaces de simplificar la realidad para adaptarla a sus propósitos (en menos de 24 horas). Los científicos, en cambio, piden tiempo. Sólo así será posible comprender el virus y, por lo tanto, temer menos. Unos representan la cruz mediática; los otros la cara oculta que nos cura.

Flota en la espuma la cuestión que enturbia nuestras cañas, esa de la libertad confundida con el individualismo. Así, 4,2 millones de españoles no se han vacunado por distintas razones: temor, les pilla mal, porque no, Hitler ya reclamaba a los judíos los papeles para entrar en lugares públicos… Les avala la libertad a la que estamos condenados, la misma que algunos manipulan y despojan de la parte responsable. No se trata de elegir entre el rojo y el negro, sino de vincular esos colores a una ruleta rusa. En juego está nuestro bien más preciado.

Más allá de tendencias criminales y cuestiones soporíferas, debemos escuchar a los que saben. Copio a Miguel Pita, doctor en genética y biología molecular: «Seguir vacunando, a ser posible universalmente, siempre va a suponer una ventaja individual y colectiva». Con esto queda resuelto el debate. Y de pronto uno se siente más libre ante el individualismo más letal.

Ilustración: Guy Billout

El arbolito

Todo lo crea la mirada. Así, el mundo adopta formas dependiendo del ojo del arquitecto, es decir, todos los que opinan. Después nos asaltan los prejuicios, la experiencia o el roce de haberlo vivido y sufrido muchas veces mucho. La polémica está servida, implacable ella, también ajena a estas cosas de los humanos. La última en Madrid se manifiesta en la Plaza de España, una nueva que recuerda vagamente a la de antes sin la simetría de André Le Nôtre. Mismo sitio, distinto engaño en lo que a la mayoría se refiere. El tiempo hará lo suyo mientras el frío convierte la hierba en pasto para pájaros, los bancos en puñal, los árboles en esqueletos esperando abriles.

Entre todos los 10.000 plantados hay uno subterráneo. En el proyecto lucía imponente. Ramas de brócoli a la lupa, copa en el hueco del hormigón y un trozo de cielo ahora enterrado. De pronto, naturaleza y hombre podían convivir, colaborar, en definitiva, ser amigos. Esa es la teoría. En la práctica hay un arbolito. Todavía mantiene algunas hojas pardas, más bien pocas. A través del hueco se cuela el aire de los días sin Almudena, invierno del invierno.

Pues bien. No hay nada más bonito en la capital. Ese punto concentra la realidad que nos incluye y a la que aspiran los que nada esperan, una sin expectativas ni corazas. Porque lo que nace suele ser pequeño, frágil intemperie desprovista de trampa y corteza. En cambio, seguimos empeñados en dejarnos deslumbrar por el rayo, esa aurora artificiosa que supera la ficción sin hacerle sombra. ¿Acaso hay algo más extraordinario que una semilla que brota y, tras varias estaciones, evita la erosión del mundo? El centro de mi ciudad lo ocupa un órgano que late, y dentro tiene un arbolito. Sí, los tristes son los otros, sin duda.

Ilustración: Ryo Takemasa

Aprendiendo a recordar a Almudena

Nunca vi a Almudena Grandes. Ni siquiera le pedí que firmara la primera página. Tampoco asistiré a su funeral, punto y aparte, probablemente uno de los más tristes para tantos buenos amigos tan bien alimentados. No, no supe donde nació hasta que ojeé su biografía, ahora una esquela de domingo helado. Simplemente disfrutaba de sus artículos, un diario íntimo en un periódico. Supongo que, de alguna manera un poco extraña, logré conocerla sin darme cuenta, como si leer a una gran escritora implicara descubrir por primera vez aspectos de uno mismo, esa arena que descubre el mar en su descenso. A veces, lo más cercano es invisible, y la literatura achica el agua.

Porque aunque ella no lo sepa —ya nunca lo sabrá ni le importa—, «Las edades de Lulú» supuso mi primera aproximación al sexo y su carne, al deseo en un coche con las ventanillas empañadas y al intercambio de saliva, es decir, a la vida fieramente humana hecha ficción. Tenía once años. Así esperaba a quedarme solo en casa, cogía el libro de la estantería y lo abría por las páginas marcadas, las mismas que hoy releo sabiendo que su autora ya no late. El efecto sigue siendo el mismo, quizás porque yo ya soy otro. Extraña forma de tenerla más presente hablando en primera persona.

Así comienza la difícil tarea de aprender a recordar a las que ya no están, a Inés, a Malena, a Viernes, a Manolita y a Lulú. Hay tantas y sólo una Almudena. Descansen todas en paz, vivan en esos párrafos que ni el tiempo borra.

Siempre Stephen Sondheim

There’s a place for us, Somewhere a place for us. Peace and quiet and open air wait for us somewhere. There’s a time for us, some day a time for us, time together with time spare, time to learn, time to care, some day, somewhere

Stephen Sondheim llevó las letras de las canciones allí donde música y esa extraña forma de literatura al compás comparten espacio, emoción y por lo tanto vida. Siempre a la sombra del tintero, encarnaba al artista que se desvela por el verso, en los puzzles a los que era aficionado y en el hombre que decide solo consciente de no estar solo en el mundo. Cierto, fue incapaz de volar, pero nosotros lo hicimos con sus canciones. Nos veremos algún día, en algún lugar, sí, en algún lugar, maestro.

Ilustración: Uchida Masayasu

Escapa del Black Friday

No compres nada. ¿Por qué? Porque hoy es Viernes Negro (Black Friday). Si lo haces —esto va de libertades— piensa en la superstición del crecimiento económico, siempre ligada a la cohesión social (falso), a la generación de empleo (falso), al expolio de los países más pobres (verdadero), a la aceptación de un modo de vida esclavo sostenido por gangas que no nos gustan y créditos que no necesitamos. En definitiva, si parte de tu ocio lo acapara el consumo, entonces la infelicidad marca la pauta del mundo moderno, el tuyo.

Gastar, vivir, tal vez soñar. De eso se trata, así hasta que arda un planeta con millones de consumidores agolpados en la sección de telefonía. El subidón se pasa rápido. El vacío lo ocupa el verbo decrecer que palia el nivel de desarrollo humano a costa de la destrucción de la vida desde dentro, follar en lugar de tirar de tarjeta, cuidar las amistades (son gratis y además te quieren bien), repartir el trabajo para contagiar las risas lejos del centro comercial. También vale perder, dejar las compras de Navidad para nunca, aspirar a menos siendo más nosotros. ¡Ah¡, y el tiempo a cambio de nuestras posesiones.

Menguar, disminuir algo en cantidad, intensidad o importancia. De pronto, podemos prescindir de lo global (solamente beneficia a los grandes) y recuperar el barrio, aplicar los dogmas del ecologismo radical para que otros disfruten del fin de la industria del automóvil y del mar tal y como lo vimos por primera vez. El crecimiento personal, en cambio, carece de límites, pero todo lo que nos rodea es finito. Los viernes sirven para escapar del código de barras, para recuperar el latido. Y sienta bien.

Buscando una misa por Franco desesperadamente

Web de la FNFF, Fundación Francisco Franco. Tras toparme con su cara de abubillo tamaño folio he visitado la sección actividades situada a la derecha del qué dijeron los obispos cuando murió. Seguro que cosas buenas; ya se encargaron de bendecir la cruzada contra la República (democrática) allá en el 36. En fin, historia, escoria. Ahora lo importante es el listado de misas en sufragio por el alma del Caudillo y todos los caídos por Dios y por España, pronunciado con énfasis: una el 18 de noviembre en Alicante, otra el 19 en Sevilla, siete el día 20, una ayer en Madrid y hoy ofrenda floral frente a la Cruz de los Caídos y oración patrocinada en la parroquia de Stella Maris en Málaga. A las 21:00, Pablo. Agéndalo.

Resulta que P. Casado acudió por error a un error pío, a pesar de que la Iglesia siempre aduzca que todas las almas merecen su oración y un billete en el cepillo. La fundación, por su parte contratante, agradece la asistencia al político de la luz solar, y el padrenuestro se transforma en palabra de Franco por obra y gracia de un descuido. ¿Quién se atreve a dudar de los milagros? Este muerto está muy vivo y el presidente del PP niega que estuviera al tanto. Será por que tiende a parecer o ser muy tonto.

Queda por tanto clara la distinción entre fe y política. O quizás tampoco resulte tan sencillo. Es más, Franco fue responsable de la muerte de 300.000 soldados de ambos bandos, 200.000 ejecutados y 50.000 ajusticiados en los “paseos”, esos que terminaban con un tiro antes del silencio, y cada 20N recibe coronas de claveles y lágrimas, misas en su memoria dislocada y el afecto de aquellos que confunden la nostalgia con la falta de justicia. Amen (sin tilde). En cuanto a Pablo… vuelve a irse en paz.

Ilustración: Alessandro Gottardo.

Scarlett Johansson

En Manhattan, Nueva York. Hace 37 años. Así que felicidades, Scarlett. Desde entonces te hemos escuchado crecer, también visto y adorado. Sobre todo esto último. Porque algunas veces —normalmente cada siglo— aparece una actriz que encarna a todas las mujeres en una, como si de alguna forma extraña los personajes confluyeran en una boca, y por ende en las fantasías nunca resueltas de hombres y mujeres. Y es que los primeros quieren ser como ella para saber cómo se sienten siendo diosas y las segundas aborrecen los cuentos de hadas, aunque ella exista.

Esto en lo que se refiere a lo que brilla. En el recuerdo y los fotogramas queda la mocosa con ojeras, la de la perla y otras piedras de olor, el punto de partido y su revolcón entre trigales, las luces de Tokio en aquella pupila con vistas a la soledad, su voz de autómata rota sacando a Joaquin Phoenix de la tristeza en línea… en definitiva, toda una vida vivida a través de sus ojos y los de los espectadores clavados en ella.

Resulta que hay actrices así, concebidas por una mente superior que, con el empujón de la genética, resultan convincentes interpretando a la Rebecca de «Ghost World» y a una superheroína de gatillo fácil. Da igual, siempre interesante, un poco de periferia, inalcanzable. En ese sueño que es el cine imagino que le rozo un hombro en un descuido, que ella ignora el gesto culpable y se aleja caminando por una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, dejando tras de sí una bandada de pétalos. Quizás algún día… y por eso hoy cumple años. Lo sé, no es el regalo que querrías, tú eres el mío, el nuestro. Happy birthday, Escarlata.

A Antonio Escohotado

Pensar nunca estuvo ni estará de moda. Implica riegos para la salud, dudas, posicionarse en el latido y, por tanto luchar, muchas veces en solitario, contra el numeroso ejército de la ignorancia. En esas coordenadas aspiraba el humo Antonio Escohotado, curioso irrefrenable de este y el más acá, capaz de escribir una obra cumbre en la cárcel y seguir revisándola cada cierto tiempo, consciente de que el conocimiento va a la fuga, de ahí que exija un retoque semanal cuando uno vive con libertad de palabra y obra. Y he aquí el problema: la libertad de pensar pesa, pero empequeñece el miedo.

Por eso tuteaba a Thomas Jefferson, traducía a Newton o tiraba de Hobbes cuando departía, en su caso una forma rara de reflexión. También se drogó, mucho y de calidad, particular manera de demostrar en sus carnes que no hay mayor ficción generalmente admitida que la erigida en torno a las sustancias prescritas por camellos. Eso sí, el alcohol, el diacepam y el tabaco siempre de curso legal, al alcance de cualquiera y anestesiando en nombre de una civilización miope.

Ahora que está muerto parece más cercano, incluso algo más viejo de lo que nunca fue. Vivió deprisa y se va tarde y en Ibiza, aunque mucho antes de que se le acabara la razón. Me quedo este párrafo de su «Historia general de las drogas» y aplicable al día a día: «La pretensión de esta historia ha sido ofrecer un conjunto de materiales para que el escuchante forme su propio juicio. No me siento imparcial, aunque he tratado de ser objetivo. En su fuero interno, cada cual llegará a conclusiones tanto más ecuánimes cuanto más tomen en cuenta el contraste entre el esfuerzo por lograr influencia y el esfuerzo por comprender». Pues eso, habrá que pensar, osar y de paso recordarle. Gracias, maestro.