La grieta

Si hiciéramos el ejercicio —un poco sádico, por otra parte— de imaginar a todo el país caminando en línea recta hacia una grieta, es muy probable que la gran mayoría —al percatarse de su existencia— se mantuviera a distancia prudencial. Otros, en cambio, cegados por la oxitocina, se acercarían un poco más, extendiendo el cuello ante la inmensidad del agujero negro excavado en la tierra, e incluso algún despistado terminaría zambulléndose en su interior a lo Mireia Belmonte.

Supongamos que invitamos a una persona —el sexo es perfectamente intercambiable— para que nos guíe con sus “sabios” consejos emitidos desde la bancada en el Congreso o los medios de comunicación: «¡siga, siga, no pare; un poco más a la derecha, que ya queda menos! A la izquierda, a la izquierda. Tranquilo, le prometo que no le pasará nada: gracias a sus votos su destino está en nuestras manos». Creo que todos, sin excepción, torceríamos el gesto y le increparíamos.

—¿Quién es usted para jugar con mi vida? ¡Yo no me tiro en la próxima!

El problema es que esas voces, confusas y desorientadas, pertenecen a dirigentes políticos a los que se presupone una honradez a prueba de balas, principios éticos incorruptibles, por supuesto inteligencia y devoción en el desempeño de sus servicios a la ciudad(medi)anía, sentido y sensibilidad… Sin embargo, la grieta que los separa de todas estas cualidades se parece, de una manera extraña, al destino que nos tienen reservado, ese lugar lejos de la ceguera, más cerca de una miopía cultivada por millones de habitantes precipitándose sin rumbo fijo al centro de la tierra.

Precisamente, al gritar ¡eco! en plena caída, con nuestras uñas intentando asirse a los frágiles salientes, obtendremos una respuesta tan inútil como inesperada: ¡Almeida!, ¡Diaz Ayuso!, ¡Rivera!, ¡Calvo!, ¡Iglesias!… seguida de un silencio aterrador.

La unión de la diferencia

Ahora que sobrevolamos irreversiblemente el precipicio de nuevas elecciones y el fin del bipartidismo se antoja como una posibilidad al alcance de las urnas, quizás sea el momento de volvernos locos… y hacer todo lo posible por conseguir una cierta uniformidad basada en el extremo de las diferencias. Alguno creerá que estas palabrotas —en un contexto sociopolítico—, van en contra de la empalagosa unidad, mármol quebradizo sobre el que supuestamente se edifica la red social de España y sus hermanas, siempre condicionada por su posición estratégica, un poco ave de paso, otro poco tertulia en la que, a lo largo de los siglos, se dieron cita lo diverso y los conversos, el corral de Europa con la arena fina del Sáhara, la conexión sangrienta con Cuba y su son, México y el dios Tezcalipoca, pasando por los vals entre musulmanes, judíos y machos ibéricos por bulerías. Pero nada más lejos de la realidad.

Una vez establecido el contexto en el que, por mucho que nos caigamos mal, no podremos eliminarnos de ningún muro común, lo más razonable sería realizar combinaciones absurdas, divertirnos con la disparidad y pensar en seres humanos —mal que nos pese— situados las antípodas de nuestra supuesta altura moral. Y me vienen a la cabeza el puto Bertín Osborne, Francisco Rivera Ordoñez, Eduardo Inda o Almeida, por citar a mis menos preferidos, como máximos candidatos para compartir cervezas IPA. Siempre con el propósito de conocernos mejor… y de paso emborracharnos.

Superada la arcada (mutua) inicial, estoy seguro de que seríamos capaces de pasar un rato estupendo, sorprendernos al comprobar que la distancia entre nosotros es insalvable, y a pesar de todo no está enterrada. En ese mausoleo de Malasaña o el Fuerte de San Carlos, entre el ruido de las bicis eléctricas y bajo la brillante luz día, brindaríamos por el único país con forma de bandera que se estrella contra una farola el 12 de octubre, último reducto en el que no ponerse de acuerdo es la variable absurda de un universo en continua expansión. Hagamos el esfuerzo; aunque sea lunes y laborable.

Es otra cosa

No deja de ser curioso que ciertas películas generen reacciones y opiniones tan antagónicas que uno no sepa muy bien qué opinión labrarse, o incluso si merece la pena pagar una entrada antes de zambullirse en una experiencia quizás extática, quizás decepcionante… comentada hasta en la cola exprés del Carrefour.

La polémica está servida y cada cierto tiempo, siempre fiel a su cita del viernes, afilamos nuestros cuchillos, visamos al Movierecord, dilatamos las pupilas y presenciamos un hecho tan irrebatible como unánime: algunas interpretaciones perdurarán siempre en la memoria, incluso cuando la idea de cine nos traslade a un portátil sobre la cama y un murciélago a nuestros pies hecho un ovillo. Porque puedes considerar que “Joker“, “Pozos de ambición“, “Capote“, o “Antes que anochezca” son un puto coñazo o incluso que están sobrevaloradas y, sin embargo, no existe la más mínima duda en lo relativo a Joaquin Phoenix, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman o Javier Bardem, verdaderos superdotados de un juego en el que el hombre desaparece para regresar a la superficie transmutado en personaje de celuloide, con rasgos humanos ahora convertidos en máscaras de realidad ficticia, ahora tristes, después más tristes todavía.

Y es en este punto, bajo una lluvia de golpes entre el alma y la columna vertebral, cuando planteamos una cuestión igual de irrelevante que esta polémica: si la palabra con la que nos referimos a todos ellos —podríamos incluir a Meryl Streep, Bette Davis y Nuria Espert— es actor, ¿cuál es la que deberíamos emplear para el resto de mortales que forman parte de tan mágico oficio?

Tampoco es payaso; es otra cosa. Y por fin estamos todos de acuerdo en algo.

Somos los putos Peaky Blinders

Parecía imposible. En plena era del chandal desprovisto de metal, con el movimiento de rotación de la tierra superando con creces los 1.700 kilómetros por hora y el compromiso político a la altura del felpudo de la caseta de Toby,Peaky Blindersse impone como un fenómeno global… reivindicando un estilo pretérito. ¡Joder!

Porque la segunda década del siglo XXI es un menú audiovisual a la carta donde la cocaína y el whisky han sido substituidos por el MDMA y los zumos detox, el tabaco por un puto vaporizador sabor regaliz, la elegancia de los trajes-tres piezas por unas chanclas con calcetines, y sin embargo, una serie ambientada en 1929 al compás de Nick Cave representa un elogio de la paciencia y el claroscuro, sin olvidar las aventuras de siempre en las que la familia gitana, el sexo a pelo y la redención, la amistad, la venganza y unas cuchillas escondidas en una gorra de lana merina ocupan un lugar destacado, sin prisa, entre el opio y la niebla, a escasos metros de un corcel negro aparcado en una calle sin asfaltar.

Resulta que en la nueva temporada, un torturado Thomas Shelby se enfrenta a Oswald Mosley, seductor con envoltorio “Made in Savile Row”, representante del fascismo de tribuna y raíz engominada del mal con intereses en China… ¿os suena de algo? Será simple casualidad o que el problema ha alcanzado la envergadura planetaria de Netflix, arancel de tardes a 11’99 € en las que la ficción —inspirada siempre en hechos reales— imita por enésima vez a la realidad hasta convertirla en el pasatiempo favorito del mismísimo diablo.

Además enseña un poco de historia, deja bien claro que en tiempos de cracks bursátiles los guantes de cuero negro no eran patrimonio exclusivo de las sesiones sado y que una vez, no hace demasiado tiempo, unos paletos de Sheffield atemorizaban a los Latin Kings escupiéndoles a la cara aquello de: «¡Somos los putos Peaky Blinders así que apaga esa mierda de reguetón!».

Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras “manifestaciones” que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto “mal” que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.

Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.

Semen

La palabra semen es un hálito viscoso entre perla y pedrá, sustantivo amargo con tendencia a deslizarse desde la mano al calzoncillo formando un charco con la forma de un copo de nieve visto a través del microscopio. Su consistencia varía dependiendo de la vida del portador y la santísima estalactita de la castidad se transmuta en mosto light a partir del tercer orgasmo, algo al alcance de Antonio y unos pocos más. En cuanto al olor… ¿huele a nubes, a lujuria, a sudor y victoria? Porque no somos lo que comemos, sino más bien aquello a lo que huele este petróleo blanco, chorrazo compuesto por un 10% de espermatozoides, un 30% de secreciones de la próstata y un 60% de… mejor obviarlo.

Mientras sale a jugar, de día y de noche, nadie lo menciona en las comidas, y alguno protesta al no saber que sabe a gelatina marina, que raspa ligeramente la campanilla, tolón, tolón, como si de pronto, el torrente de la vida se resistiera a desaparecer así como así, en las profundidades de un ser humano que procura un placer altruista, esa gota de más sobre un batido.

Que quede bien clarito: tragárselo no depende de que te guste el chico, ni siquiera de si la polla en la que viaja es perfecta, ligeramente curvada o permanece semihundida estando erecta. Simplemente sucede, en el momento y el espacio, dando lugar a una acción bella, única, perezosa después.

Lo reconozco; solo he catado mi esperma por lo que no soy un experto en la materia, pero insto a todos aquellos a los que les de asco o grima que se animen, incluso que prueben a tener un Red Bull en la mesilla, y así pasar el mal trago. Solo en ese momento, frente al crucifijo y entre las sábanas con olor a sexo comprenderán que somos la materialización del espermatozoide que llegó primero… y que el “cream pie” no es una cosa de comer. ¡Abre la boca y di ahhhh, carapolla!