Sobre la caza del moro

Estoy sentado frente a un ordenador, a 442 kilómetros de Torre Pacheco (Murcia). Allí, hace 24 horas, comenzó la «caza al moro« tras una supuesta paliza propinada por dos inmigrantes a un local. La distancia (también en el lenguaje) sirve para entender por qué alguna vez llegamos a estar juntos, y hoy, en un municipio de 40.000 habitantes, todo es distancia, una excusa para convertir al extranjero —fuente de invisible de trabajo e ingresos — en blanco, para legitimar a un grupo de nazis a impartir justicia. Otra vez el odio partidista y el victimismo autóctono evitando desviarse del plan trazado: un país, una lengua, una raza… tres mentiras. El colapso cívico viene de dentro, nunca de otras latitudes.

Da igual las veces que se insista en la ausencia de correlación entre delincuencia e inmigrantes. La realidad va de creencias ligadas a una percepción, la de cada uno, infinitas, tantas como bulos se lanzan desde las redes y la tribuna. ¿Desde cuándo los nazis sirven para garantizar la ley y el orden? 14 kilómetros de agua separan Tarifa de Cires, un mundo debería separarnos de aquellos que piden la cabeza de los moros. Allí donde no llega el Estado, llegará un patriota. Y si el Estado llega tarde, entonces justicia y venganza son intercambiables. Más mentiras.

Termino de escribir. Apago la pantalla. Fondo negro. Miro mi reflejo blanco y mortecino. Voy a la cocina. Abro la nevera y saco unos cogollos de lechuga. Origen: Murcia. Pienso en la frase de Galeano: «El racismo no nació del color de la piel, sino del interés económico que justificó la esclavitud». La inteligencia sirve para muchas cosas, también para apuntar que el problema de España, y por lo tanto del mundo, es la ignorancia; nosotros no somos nosotros, somos los otros; el miedo, el muro separándonos; vecinos de Madrid y Torre Pacheco, blancos, miradas, mentiras, negros, una distancia irredimible que, en realidad, no existe.

Sobre Pedro Pascal

Pedro Pascal no es un guapo de algoritmo, pero eso, precisamente, lo convierte en ardor y sudores fríos. Hay algo en su cara —mezcla de ternura madrugadora y niño con complejos— que apela directamente a lo que muchos llevan buscando muchas generaciones: un ser humano que ha vivido, triunfado y por lo tanto perdido, que llora viendo películas de Ghibli y seguirá acogiendo gatitos en su loft de Nueva York. Pedro representa esa belleza que nunca levanta la voz, sino que susurra al insomne: «duerme en mi regazo». Por esa razón, cuida mejor que nadie a Baby Yoda y a Ellie, se conserva en un cruce distópico entre paternidad, deber y ternura de otra galaxia.

Pascal (de lejos un poco Coque Malla) ha optado por el gesto más revolucionario: esconder su belleza tras la moda. Puede ser gay, hetero, bi, pan o simplemente Pedro. Su forma de amar a los amigos, a su hermana, a sus personajes, al público queer es expansiva, sin etiquetas ni necesidad de confirmación. Y así, sin pretenderlo, se ha convertido en el yerno de todas, el amante perfecto con y sin ropa, el marido servicial o el compañero que se queda después de la fiesta para ayudarte a fregar mientras pone una lista de bossa nova en el móvil.

En tiempos donde la masculinidad se rehace a golpes de terapia, PP encarna al hombre de siempre, sensible, tierno y firme (¡oh, sorpresa!), solidario y solitario, comprometido sin aspavientos, disponible de lunes a viernes (hasta las 24;00), ese humano que prescinde de bíceps para convencerte de que todo irá bien. Le basta con una mirada caída o unas gafas, una voz que lee la lista de la compra haciéndola sonar a una declaración de amor. Así, un actor efectivo pasa del anonimato al objeto, del objeto a una forma posible, húmeda y muuuuuy deseable de ser hombre en el siglo XXI.

Sobre Gabriel Rufián

Qué ha pasado. En 2015 parecía un activista recién salido de una manifestación, un tuitero con escaño y camiseta con eslogan. Pasó el tiempo y el tiempo del activismo. 2025. Gabriel Rufián sale de la peluquería y entra en el Congreso de los Diputados. Traje de verano, gesto duro, mejillas brillantes, boca llena de «lávense la boca». De pronto, parece el único capaz de inyectarle sentido y sensibilidad al espectáculo. Es el mismo chico de Santa Coloma de Gramanet y, sin embargo, es otro. Incluso su manera de moverse, como si la reflexión viniera de fuera a dentro y sirviera para denunciar las tropelías de la izquierda, la mala fe de la derecha. Tiene munición para todos. ¡Joder, nos gusta Rufián!

Su actitud desquicia a todo el hemiciclo. Pasa de las frases hechas, la confrontación y los señalamientos. Incluso tiende la mano a compañeros de otros grupos parlamentarios. No vemos a un diputado, sino a un ciudadano cabreado con los hooligans con corbata. Cuando habla, el resto no dice nada. E irrita. Es lúcido o al menos se lo prepara. «En este Congreso se miente más que se legisla». «España no se rompe: se jodió hace tiempo». Una más: «Al PSOE le gusta más Ciudadanos que Podemos. Y más el BOE que la calle». Y el hemiciclo arde.

Su evolución tiene que ver con la paciencia. Porque lo masacraron y él siguió. Porque se ha ido puliendo sin perder filo. Porque utiliza la rabia sin perder la causa. Porque le da igual caer bien; se dedica a ordenar el ruido en el espacio. Porque quizás la política y casi todo lo demás va de resistir. Porque resistir consiste en que los demás cambien un poco mientras uno cambia más deprisa. Porque el cambio necesita de tiempo y no hay nada más peligroso que una idea a la que le ha llegado su hora. Porque las horas implican resistencia y, con el tiempo, resistir le ha dado la razón. Gracias, Gabriel.

Sobre Ozzy Osbourne

Hay gente a la que apenas conoces que, sin embargo, es parte de la familia, pero una familia que prescinde de vínculos de sangre (aunque no de murciélagos). Ozzy. al igual que Lemmy, me enseñó a ver en la oscuridad, a tocar metal como una forma de amor hacia las cosas que dan miedo, a recurrir a la furia contra ese señor que dice «hazlo». Además, da igual si eres feo o te mueves arrastrando los pies sobre un escenario, si cantas con una voz nasal a punto de ser degollada. Actitud, cruces y mallas. Y en eso, Ozzy Osbourne, sigue y seguirá siendo el rey… de las tinieblas.

En un momento donde el rock y sus vertientes más salvajes parecen sepultados por el baile y el artificio, merece la pena recordar (en vida) a un niño nacido hace 76 años en Birmingham. Puedo imaginármelo escribiendo Can you help me, occupy my brain? en un adosado familiar del barrio de Aston, rodeado del humo del metal fundiéndose en las fábricas, embrujado por el murmullo de los martillos neumáticos. Y antes de eso en el colegio, donde sus compañeros le maltrataban cada día. Y antes incluso de nacer, en la placenta de una madre acodada en la ventana de una habitación desde la que veía un mundo en ruinas. Había dos alternativas: perderse o hacer ruido. Ozzy eligió la segunda. Gracias al demonio.

Desde que Ozzy y Black Sabbath existen todo es mejor, el tomate sabe a tomate, la música alta viene con un estribillo de «te reviento» y un «ey, hay esperanza». Él escribió «Paranoid» junto a Tomi, Will y Geezer, «No More Tears», «Crazy Train», canciones llenas de salidas de emergencia y solos de guitarra asesinos. Ahora, viejo y lento, sentado en un trono azabache junto al Parkinson, se retira de dejándonos un poco sordos, no porque se vaya a morir, sino porque nos recuerda que hay gente que vino a arder, no a vivir, para, de esta forma, dar luz. Si un día sientes que todo se va a la mierda escucha a Ozzy. De pronto, Aston será el mejor lugar de vacaciones.

Sobre Topuria

En un mundo de referentes, Ilia Topuria ha venido a saciar nuestra sed de sangre. Apodado “El Matador” —aquí los clichés se honran como si fueran cinturones—, reparte hostias con precisión quirúrgica, y lo hace envuelto en una mitología de tatuajes (un tigre, un lobo, Real hasta la muerte) y un ascenso sin posibilidad de baches. Tiene esa mezcla explosiva entre la confianza del que no duda (si duda te revienta) y el carisma de quien sabe que lo están mirando. Y ahí, precisamente, radica su éxito con los jóvenes: transmite la misma energía que un adolescente con acceso ilimitado a OnlyFans.

Amigo de Sergio Ramos — otro amante de las metáforas animales—, Topuria ha sabido situarse en la improbable intersección entre el gladiador y el influencer. KO’s en el primer asalto, trajes caros y muy cortos de pierna, eslóganes de gimnasio medio pijo que lo elevan a la categoría de héroe nacional, un ejemplo, el nuevo McGregor con acento georgianoalicantino, máximo representante del patriotismo de calzón. Sabe venderse, indeed, es el puto amo. Da igual si te lías entre la MMA o UFC, incluso si eso de la sumisión te suena a postura sexual: Ilia aparece en tu feed, en control del octágono y la narrativa, desafiante, con las orejitas en coliflor, recién salido de la pelu, inexplicablemente épico. Y ahí estás tú, dudando por un momento si deberías apuntarte a karate o mudarte a Tiflis.

En el fondo, lo inquietante no es Topuria, sino lo que dice su éxito. Que un hombre bajito cuya principal habilidad sea dejar inconsciente a otro en menos de treinta segundos pueda convertirse en símbolo transgeneracional debería, como mínimo, hacernos sudar. No porque la violencia no sea parte del deporte, la bolsa o la vida, sino porque la estamos confundiendo con una forma de sabiduría. En una sociedad que necesita voces lúcidas, nos arrodillamos ante el que mejor reparte. Y mientras tanto, el tigre y el lobo viven como reyes en ese cuerpo sólido, sabiendo que su dueño ha logrado convertir los puñetazos en ideología.

Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas

Los miro con veneración. Están en los festivales y las romerías, en la primera fila de cualquier concierto. La mirada un poco ida y pegada a un punto, por allá, la cabeza fija en lo que sucede frente a ellos, la boca en movimiento, un poco a medias, abierta con retales de palabras. Cantan sin saber. Vociferan con entusiasmo gestual, como si la falta de precisión se resolviera con volumen o una mueca. Atacan tanto la estrofa como el estribillo. Dicen «Aiguur sai ah tu you» y se sienten menos solos, es más, creen en la cosa colectiva mientras inventan palabras con un milisegundo de retraso. Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas…

La cosa tiene un sesgo filosófico. Estos entusiastas —solo se crea por amor al arte— encarnan una verdad profunda: nadie entiende del todo lo que dice, incluso aquello que fue escrito en su lengua materna. Así van y vamos repitiendo frases a medias, letras prestadas, versos confusos que hacemos un poco nuestros. Vivimos tarareando y por detrás del tiempo, en camisas con estampados o en trajes de noche. Decimos «te quiero» como quien grita «take me down to the paradise city», ¿ y dónde está el amor o el paraíso? Pero lo decimos igual, porque así formamos parte de algo más grande rodeados de multitudes entre las que sentirnos menos solos.

Vuelvo a sus bocas. En el fondo, creo que lanzan mensajes en braile sobre el aire, que necesitan ayuda o que no necesitan aprenderse algo de memoria, solamente intuir los versos de la canción más bonita del mundo: la suya. Nos construimos con fallos, por eso cantan las letras de las canciones sin sabérselas, aúllan sin ruido lejos de la sonrisa que me sacan. El enigma nunca será resuelto; la gracia consiste en ir dándonos cuenta de todos los errores que comentemos al intentar resolverlo. Por eso existe esa gente, para mantener viva la música, para mantenernos vivos.

Ilustración: Simon Bailly

La sombra del trabajo

Hay algo brutalmente sigiloso en la forma en que el trabajo nos borra. Uno no se da cuenta. Empieza con pequeñas concesiones: comer frente al ordenador, contestar correos un sábado, decir “a ver si nos vemos” como el que dice nunca. Y, de pronto, han pasado meses. Años. Dejamos de llamarnos por teléfono, de celebrar los cumpleaños entre semana, de echar una caña para mirarnos a los ojos. El trabajo se instala como una niebla que empaña los contornos de lo que éramos, de lo que aún queríamos ser. Como diría Deleuze, la rutina ya no es una línea recta sino una línea de sometimiento: vivimos en una jaula sin barrotes visibles, atrapados en lo que él llamaba «sociedades de control”, donde el jefe está en todas partes y eres tú (y no está pagado).

Más que una ocupación, el trabajo se convierte en una forma de ficción que nos contamos para evitar mirar la grieta. “Estoy haciendo esto porque hay que pagar el alquiler”, “ya cambiaré de curro cuando entregue este proyecto”, “es temporal”. Pero ese “no es para siempre” se va pareciendo cada vez más a lo definitivo. Si encima no te gusta lo que haces, si no te realiza ni un poco, todo se transforma en una performance cínica. Una repetición sin fin en la que cada lunes es idéntico al anterior, y cada domingo por la tarde representa una amenaza. El trabajo nunca dignifica; solamente te aleja de quien eres.

La sombra del trabajo se proyecta sobre el cuerpo y las líneas debajo de los ojos, anestesia las costumbres, entumece el deseo. Alimenta, sí, nos ocupa pero apenas nutre, pasa con un tiempo que pasa sin nosotros. Y mientras tanto, ahí afuera, a muy pocos kilómetros, los amigos hacen su vida, los padres envejecen o mueren, los hijos crecen, y uno, encerrado en ese bucle raro, se pregunta —sentado en un banco del parque— si no habrá otra línea posible en el horizonte, una fuga, un devenir, una salida a esta ocupación tan rara, cada vez menos humana.

Ilustración: Giselle Dekel

Sobre Oliver Laxe

Oliver Laxe rueda por el cine como un monje por un valle, con la seriedad de quien ha visto algo que los demás no, con la calma de quien no tiene prisa en petarlo. Sus películas — O que arde, o la última, Sirat— son parábolas cargadas de una espiritualidad casi precristiana, donde los silencios y las imágenes pesan más que los diálogos y la tierra habla con acento o un niño se muere. No rueda para explicar, sino para invocar a los espíritus y cabrear a la gente de derechas. «Va de místico», dicen los que protestan en Ferraz, y es cierto porque filma con el alma de un modelo en una rave. Y uno lo ve y piensa que si Bresson y Tarkovski hubieran tenido un nieto gallego seguramente se llamaría Oliver.

Su forma de hablar —llena de giros poéticos, arcaísmos y conceptos filosóficos, de aire que saca de una boca grande— no se entiende, molesta, pero se agradece. Tiene esa clase de elocuencia que pasa de comunicar, que descoloca: «lo invisible es más real que lo visible» o «el cine es un gesto de ofrenda», y uno no sabe si reír o callar o meditarlo. En un país donde la palabra trascendencia da urticaria, él la pronuncia como el que pide otra, como si fuera una hoz o un martillo. En sus entrevistas, parece estar siempre a medio camino entre la epifanía y el que se acaba de levantar de la siesta. Todo sin esfuerzo o muy pensado. Y luego está su pelo.

El pelo de Laxe merece un ensayo de Deleuze, melenaza indomable bajo un bombín o ao aire da ria, recién salido de un sueño húmedo de la Nouvelle Vague. Esa belleza asilvestrada, jipi con causa, como si el mismísimo bosque gallego le hubiera parido entre dos helechos verdes y un eucalipto seco. Su fotogenia es incómoda porque no está domesticada, molesta como molesta lo que es demasiado bello o de todas partes. Pedro Almodóvar lo elogia —se lo follaría—, también lo envidia por ser joven, como todos los viejos. En un mundo de rostros afilados por la cirugía y el algoritmo, Oliver Laxe impone con su aura telúrica, su hermosura de dios del noroeste, con esa costumbre de moda de no intentar gustar. Y por eso, a España le jode y va al cine a ver lo que ha parido.

Sirat, el puente entre el cine y el polvo

Voy a ver «Sirat» porque me encanta Óliver Laxe, su pelo, su valentía al abordar las neurosis, su cara, sus dientes, su manera de andar como si nadara, esa inteligencia suave. Llego al cine engañado por el tráiler, lleno de expectativas y de premios, con un Toblerone medio deshecho y dispuesto a buscar en el desierto a una niña desaparecida en una «rave». Lo que sucede desde que se apagan las luces de la sala y regreso a la vida en blanco y negro tiene algo de viaje iniciático. ¿Qué ha sucedido en estas dos horas? ¿Hemos sido engañados? ¿Acabo de presenciar algo que escapa a las palabras y apela al dolor? ¿Puede una película engañar a la muerte? Aquí no hay respuestas, solamente polvo.

Quizás las obras que merecen la pena —un libro, una canción triste, un cuadro— son las que nos llevan a un lugar desconocido dejando en nosotros una mezcla de impotencia y cabreo, como el que cree haber alcanzado un oasis y, en realidad, es un espejismo: el agua está en otra parte y se parece a un sueño. Nada que perdure en el tiempo puede racionalizarse con facilidad, requiere de un empeño a la contra de esta velocidad tan nuestra. Quizás, el futuro representa el presente de una forma más precisa porque sedimenta y abre el horizonte y, en ese futuro, al final de la vías, Óliver Laxe dirige el tren del cine español.

Todos hablan de su guión apocalíptico, de la deriva de una historia que encierra muchas películas, que si Mad Max, que si Herzog, que si música tecno a ritmo de pérdidas y más pérdidas. Yo veo dunas que podrían ser desiertos en la palma de un muñón, un impulso que se lleva todo por delante y te arranca las ganas de bailar y de seguir hacia delante, contradicciones, fuego, un poco de arte y artificio, bidones de gasolina y huellas. En el desierto todo es presencia, precisamente porque en él podemos escuchar el viento entre la arena, el ruido de un corazón apagándose, lo que llevas dentro: la herida.

Cosas que me indignan

A veces hay que decirlo en alto o escribirlo (que es lo mismo), compartir la bilis y el veneno, verbalizar lo que nos sobra. Hay muchas cosas, quizás demasiadas, pero también hay muchas cosas que nos gustan, quizás escasean más. Así que, montado sobre un burro y envuelto en una nube de ceniza, ¡cenizo!, enumero las cosas que me indignan. En primer lugar: las maletas, en particular las MALETAS grandes tiradas por personas agotadas y sobrepasadas por el peso, incapaces de pensar en que es mejor viajar ligero y, si te lías, comprar por Internet y que te lo lleven a casa. Gente con maletas, ¡os deseo una vida sin obstáculos mientras bloqueáis el acceso al metro de Madrid y Tokio! Sigo.

En segundo lugar: los tápers que se utilizan en los parques (los otros no). Es abrirlos y el aire se llena de olores, el suelo congrega a las palomas, se produce una fiesta de jugos gástricos y mala hostia. En tercer lugar: la ropa de montaña, marca Quechua, de tonos marrones o silvestres, impermeable, muy fea, ideal para ser enterrado bajo el musgo. He visto a gente en Santillana del Mar vestida de esa guisa. Debería estar prohibida, también la ropa de ciclista, la ropa de maratoniano por ser la moda, la ropa que expresa claramente el extravío del que la lleva con orgullo y suda y está cómodo.

En cuarto lugar: los conductores que pitan en un atasco. Lo hacen pensado en promover la fluidez del tráfico, como el que espera nada e insiste jodiéndole la vida al aire. En la misma categoría y sin distar mucho, la gente que pide sandwiches de ricotta, ri, co, tta. Dios, voy a por el quinto: bebedores de café en movimiento, están por todas partes y nunca se manchan o se queman los labios. En sexto lugar: el camarero que te pide lo que tú no quieres o lo que jamás habrías pedido y consumes por evitar líos. En séptimo: la música desprovista de ingenio, predecible, que te recuerda una y otra vez lo que ya eres. Ya estaría. ¿Me encuentro mejor? No. Pero está escrito y pesa un poco menos.

Ilustración: giselledekel.com