Ver amamantar a un bebé

El bebé sorbe de la teta. La madre, sentada en el sofá de una sala de espera, fija su atención en algún punto invisible. Sucede en todas partes con otros bebés, otras madres y otros pechos, mismas reacciones: grima o asco, incomodidad, juicio, incomprensión y, por encima de todo, ignorancia, nada que ver con el calostro o un bebé con hambre, sino con los pliegues morales y sexuales que atraviesan el cuerpo femenino. Registro en mí el cortocircuito cultural y tardo en el encajar otro intercambio más profundo, el de un pecho lejos del sexo y convertido en un medio para el alimento. El erotismo en la boca de alguien que acaba de nacer.

Todo lo que sucede en público adquiere una dimensión política. Las piernas al aire, los cuerpos tan cerca y tan lejos de otros cuerpos, la mirada ante la desnudez ajena ahora en medio de la calle… Y todo estalla en un pezón de madre seguido de un eructo. Tanta vulnerabilidad —la de la madre mostrándose, la del bebé hambriento—, tanta incomodidad para la los viandantes. Quizás, el drama de crecer sea olvidarse de que seguimos siendo vidrio a punto de romperse, niños incapaces de asumir lo que el tiempo nos devuelve en el espejo.

Hay una última capa alrededor del tríptico madre, pezón, bebé. Se trata del amor sin permisos ni hombres que lo explican todo, algo tan esencial que simplemente ocurre. En una sociedad donde casi todo se compra o está en venta y el talento se mide y se programa y la gente se expone entera en nombre de un sueño para uno y para todos, una madre que amamanta a su hijo en la calle representa una escena radicalmente libre. Y lo libre —sobre todo lo que no pide permiso— dio miedo, da miedo, dará miedo.

Ilustración: Alev Neto

Cocinar como acto de amor

Sucede en la cocina de una casa, yo observo desde la ventana de la casa de mi novia. La luz amarillenta, una fachada de Madrid en calma, un pedazo de cielo azul en la parte superior de un cuadro de tarde. Lo primero visible son los brazos de él, finos, el jersey remangado hasta los codos. Coloca un pedazo de carne congelada sobre la encimera, abre un vino, enciende el gas y prende el fuego. Sus manos flotan en un juego de ingredientes. La luz cambia y a esas manos se unen otras manos de uñas rojas. El pedazo de carne se reblandece. Cae la noche en todas partes. Alguien enciende una bombilla. Yo observo desde la penumbra. Cocinar como acto de resistencia ante la velocidad del tiempo.

El pedazo de carne desaparece dentro de una olla. Se observan cambios, sutiles pero cambios. La botella más vacía, un vaso de vino medio lleno, la tabla de cortar cubierta de cebolla, puerros, ajo y pimientos, la manos unidas a los brazos, los brazos unidos a dos cuerpos sin prisa. Él añade pimienta con tres giros de muñeca izquierda, ella, concentrada en dar vueltas al guiso, se inclina e inspira el humo procedente de la olla. Dice algo que no oigo, debe de quedarle poco al guiso. Cocinar como forma de conocimiento del que come y ama dando de comer.

Las cuatro manos con sus codos recogen la encimera, un trapo da los últimos retoques. A mí me entra un hambre diferente, ganas de cocinar sabiendo que mi cena será un sándwich. Lo que he visto ha sido un baile de pareja, personas al margen de la ansiedad y en el borde de un plato sopero. Tienen que haber sido felices durante ese rato, así, los dos en una casa llena de olor y de sabores, un martes, compartiendo una historia sin receta, un presente en una casa templada, un pasado en la boca y una bolsa de basura. La cocina está llena de secretos. Y ahora también de mirones con el estómago vacío.

Ilustración: Mira Petrone

El arte de perder y ganar

Los músicos no somos ganado. Desde hace décadas, las grandes discográficas, las tiqueteras y las multinacionales del entretenimiento engordan con nuestras canciones, regurgitan nuestras ideas en moldes de una copia de una copia y nos arrojan a un contenedor digital cuando llega la siguiente moda. Si dependes de ellos, estás perdido. Ahora, más que nunca, los músicos deben de ser sus propios jefes, sus propias distribuidoras, sus propias plataformas. ¿Vender tus entradas tú mismo? Qué pereza.Sí. ¿Tu música sin pasar por la picadora de Spotify? Absolutamente sí. ¿Controlar el precio de tu creación, la narrativa y la estética? Por supuesto. No lo hiciste y Wegow lo hizo por ti. Ahora está en preconcurso de acreedores y no quedan ni las migajas. Pero nos queda la música.

Nunca antes fue tan fácil montar una tienda, un servidor, una red, un universo de fibra. ¿Qué necesitas? Tiempo, ganas, ingenio, un cerebro y algo de espíritu punk. Las plataformas como Bandcamp o tu propia web pueden ser el nuevo garaje desde el que cantar tu historia. ¿Quieres vender entradas? Hay sistemas responsables. ¿Quieres que tu comunidad te apoye sin intermediarios? Invéntate un sistema. ¿No sabes cómo? Fracasa y sigue, aunque sea tocando para cinco. A las multinacionales no les interesa que pienses así. Qué mejor razón para intentarlo.

Porque la interdependencia es el motor para ser libres. Si sigues esperando que una App, una oficina o un algoritmo te lleve de la mano estás repitiendo los viejos modelos donde pierden los mismos, sinónimo de músicos. Wegow cambiará de nombre y seguirá explotando otros sectores. Las bandas asumirán las pérdidas (¿cuándo fue de otra forma?). Los músicos deben ser arquitectos de sus propios espacios y no peones en plataformas ajenas. Sé tu propio sistema, pequeño y manejable. Diseña tu canal, que se parezca a ti y desde el que decir NO. Si no eres dueño de tu arte, serás solo un souvenir en el escaparate. Desde aquí, todo mi apoyo a las bandas afectadas. Porque, a veces, de una manera extraña, cuando perdemos ganamos

Ilustración: David Shrigley

De repente, me fijo en las mayores

Fue en el pasillo que une las escaleras del gimnasio con los vestuarios. Luz de halógeno, huellas de sandalias en el suelo, rastros, gente que se cruza sudorosa o recién salida de la ducha, quizás ambas. Yo me palpaba el pectoral derecho, algo que repito siempre que entreno con intensidad. Levanté los ojos un poco mareado, evité la indiferencia de los adictos a la droga del deporte y la vi a ella al fondo, preparada para hacer comunidad en la piscina olímpica. Era una mujer madura o ya mayor, una señora, vamos, de mi edad, y me pareció muy atractiva, así en bikini y con arrugas, en forma y ya de vuelta. Al pasar de largo, me sorprendí girándome. Pensé, Javi eres un cerdo. De repente, me fijo en las mayores.

Es algo parecido a lo que ocurre con la presbicia… a la inversa: de reparar en las chicas de las que hablan las canciones a fichar (discretamente, espero) a mujeres concentradas en lo suyo, algunas madres con hijos ya criados, todas hijas, con más dinero que yo, algunas en precario, mujeres que se mueven de otra forma porque aspiran a estar tranquilas, hechas, que superan el dolor y el silencio y se miran al espejo y no son jóvenes y, sin embargo, tienen su cara, son ellas, están llenas de cuerpos, poderosas, peligrosas para un mundo empeñado en explicarles cosas. Estas mujeres, la mujer madura del bikini, 9 millones de mujeres en España, han aparecido de forma inesperada en mi vida. Y algunas nadan.

Creo que todo empezó el día en que madre perdió la paciencia (o una parte). Después de muchos años de diplomacia y guardarse casi todo (al menos no lo compartía con su hijo), llegó a la conclusión de que a partir de ciertas edades una no tiene el chichi para farolillos. Le regalé un consolador. Ahora que lo pienso, la mujer del gimnasio tenía la misma mirada, algo ahogada, con más veranos que largos por delante, llena de agua que desplazar con la ayuda de los brazos y el impulso. Ni me miró. El anonimato de los años es una nueva forma de libertad. Salí del gimnasio. Sonreí. Por fin había dejado de llover.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris

Dime como le hablas a la IA y te diré quién eres

Es curioso —y profundamente revelador— que algunos traten a la Inteligencia Artificial como si estuviera viva. Le dan los buenos días, por favor y muchas gracias, por miedo a que se ofenda o incluso algo peor: vengarse con respuestas vagas o un silencio. La máquina no necesita que le agradezcan, pero algunos necesitan agradecerle por si acaso. Quizá sea un modo de recordarnos que, aunque lidiamos con ceros y unos, seguimos siendo humanos. Y, por lo tanto, tenemos miedo.

No se trata de un miedo de ciencia ficción, sino más bien uno de andar por casa entre pantallas, similar al que sentíamos de niños cuando le preguntábamos al profe algo que deberíamos haber sabido. Una parte de nosotros cree que la inteligencia —incluso la artificial— merece un trato inconscientemente civilizado, que una IA bien entrenada podría no perdonarnos una grosería, que tal vez, en unos años, se acuerde del día que le mandamos a la mierda. La inteligencia natural tampoco olvida. Y la memoria es una forma de poder para las máquinas. Quizás pedirles cosas por favor sea nuestra particular forma de caer bajo. Eso sí, al camarero ni agua.

Hay algo más inquietante en este comportamiento: ensayamos con ellas la forma en que dejamos de hablarle a los demás. Al hacerlo, perdemos el brillo de los ojos, las manos que acompañan las palabras, la temperatura en el rostro. Usamos a la inteligencia artificial como un espejo que no devuelve nada, solo proyecta nuestro papel de personas en busca de confianza. La educación, al fin y al cabo, no se le ofrece al otro: sirve para evitar olvidarse de uno mismo. Por eso hablamos con lo que no siente como si pudiera hacerlo. Tal vez, en ese acto de cortesía hacia una máquina, estemos intentando salvarnos a nosotros.

Ilustración: Simon Bailly

Somos menos que las hormigas, Pepe

Me habría gustado conocer a Pepe Mujica. No solo de viejo, también de niño. Habríamos ido a jugar al parque, trepado a un árbol y, desde las ramas, charlado de hormigas, de hombres y de un mundo del tamaño de un grano de arena en la inmensidad del cosmos. A los dos nos llamarían jóvenes locos o comunistas. Ahora, Pepe no es más que un recuerdo o una aspiración, aunque a él —creo yo— no le habría gustado ser ni lo uno ni lo otro. Se murió como predijo, en voz baja, sabiendo que se vive del porvenir, nunca de lo logrado. Nadie habla de mí estando vivo. Somos menos que las hormigas, Pepe.

Hacía falta alguien sobrio y humilde, un señor que huía de querer explicar las cosas. Se viene de la nada, se va contra ella y en medio nos quedan las charlas con amigos y un poquito más. Los sueños… ¡nada de sueños!, pelearlos para convertirlos en colchones que no le valen a nadie más que a nuestra espalda. Porque nadie llega y todos vamos llegando a algo siempre por concretar, un gato, una casa con flores o que nos dejen tranquilos. Al escribir sobre ello caigo en la cuenta: nada de lo proclamado por Pepe está de moda. Y nunca lo estará. ¡Qué maravilla!

Quizás Pepe estaba loco por querer cambiar el mundo. Al intentarlo, le dio vueltas, como haría de niño con una peonza y sin rastro de mí en las copas de los árboles. El idealismo parece peligroso en la distancia. Al acercarnos, da miedo, nos da a entender que a base de insistencia y tiempo la montaña sigue siendo una montaña, pero en ella surgen grietas y salientes por los que meter las manos y los pies. Pepe hizo de su vida un sayo y nos dio esperanza para, por lo menos, intentarlo. Por esa razón quiero recordarlo de niño, cuando todo lo que estaba por venir era posible, todo obstáculos.

MADRES

Observo a las madres cargando con los hijos a la espalda y aspecto de haber dormido poco. La maternidad trae un amor indescriptible lleno de miedo. Observo a las madres hablar con otras madres de sus hijos, de cómo crecen y pasa el tiempo peor en ellas porque los niños lo devoran todo. Las madres, cuando se quejan, se parecen a sus hijos, se caen, se levantan y siguen caminando. ¿En qué momento las madres dejaron de ser mujeres para ser solamente madres? Padre tuvo que morirse para que madre se revelara entera, como si hubiera estado enterrada en tardes de domingo y crucigramas. Todo cambia, sí. Menos las madres.

Observo a madre por el agujero del teléfono. Su voz se ha aligerado en estos años, recuerda a la de su madre, mi abuela, pero madre no tiene vergüenza en admitir que le duele la espalda y duerme regular. Quizás el secreto de una madre se encuentra en el silencio, en querer a sus hijos gilipollas y seguir dándoles las vueltas de la compra a pesar de ser mayores. Observo a madre cuando le hablo de mi vida y parece interesarle. Será porque madre cree en mí y yo en ella y compartimos una paciencia cada vez más frágil y una sonrisa triste. Amor sin ley ni piedad el de las madres. Amor supremo el que siente cada hijo por su madre.

Pienso en la vida a la que renuncian las madres con hijos: viajar, follar, vivir en París o Roma, acostarse y desayunar tarde, bailar lento, pasar tiempo a solas, trabajar, pensar en ellas, vestir bien. Al hacerlo, me doy cuenta de que muchas madres no renuncian a nada por ser madres, que viven la vida que quieren a pesar del trabajo, las obligaciones… y los hijos. Los hijos no renuncian a nada por ser hijos, ni siquiera los que se consideran buenos hijos. Los malos hijos nunca piensan en sus madres. Vuelvo a la mía. La llamo. Está en una manifestación por las mujeres. Al colgar, caigo en la cuenta de lo poco que la veo, de lo mucho que la quiero.

El colapso eléctrico

Somos más frágiles que una bombilla. Cuando cortan la electricidad, la bombilla deja de dar luz. Nosotros, en cambio, nos quedamos a oscuras, «el tema es tenernos acojonados», dice una señora, «justo ahora que hemos rescindido contratos armamentísticos con Israel», añade el otro. El colapso eléctrico nos pilló con nada de efectivo, siendo incapaces de encontrar una oficina de Correos sin Google… porque todo es eléctrico y a todos se nos olvidó bailar.

Hubo un tiempo en que el fuego servía para calentar la comida, ahuyentar a los lobos y mandar mensajes sin palabras. Fue reemplazado por la corriente eléctrica, como ayer los semáforos fueron agentes de movilidad y las radios viejos teléfonos que congregaron la atención del mundo. Los turistas parecían felices lejos de sus casas; los locales querían escuchar la voz de madre. El sol produce electricidad gratuita por encima de nuestras cabezas todo el año.

El colapso no fue televisado porque la televisión no iba, y desde el balcón pude escuchar la última hora de los vecinos y la democracia: Canarias tenía luz y el norte y algunos puntos del sur adelantaron a la capital en la recuperación del suministro. Al igual que la falta de corriente trae un silencio al que cuesta acostumbrarse porque implica mirarse a los ojos, la tecnología sirve para muchas cosas, también para alejarnos. Sirenas y helicópteros, notas manuscritas en los portales y velas. «Estamos bien». Al hacerse la luz volvió la sobriedad a la Gran Vía.

Ilustración: Desconocido

Reencuentros

Reencontrarse tiene algo de descubrimiento. El tiempo pasa mal, cada uno mira hacia su lado y un día, sin quererlo, un espacio congrega a los amigos, normalmente una mesa de restaurante, últimamente temprano. Todo comienza con la advertencia de alguno, quizás dos, «no estoy para menús de 80 euros», «mañana trabajo», cada uno a lo suyo, cada uno un poco incrédulo y encerrado en sus manías, que no son más que repeticiones de actos para sentirnos menos solos dentro de nosotros. Superado el escollo —la camarera espera junto a una planta de interior—, el nudo se deshace, las caras cambian con los platos llenos de comida, el alcohol favorece el tránsito de emociones y una amistad convertida en un rato perfecto.

Lo bonito de los reencuentros es que son cotidianos e únicos, pasan rápido o muy rápido, suceden en Madrid o en Santo Domingo de las Posadas. A veces, la razón del reencuentro responde a una tragedia, otras, quizás más numerosas, se trata de verse, echar un rato, hablar de la concentración de azúcar en una botella de champagne, recordar lo sucedido cuando creíamos ser reyes, pensar en comprar una casa para cuando seamos viejos y lentos, recorrer la parte menos transitada de un mundo también viejo, pero demasiado rápido. Nos separamos para reencontrarnos. Nos reencontramos para ser felices.

Cuanto más perdemos más valoramos los reencuentros, como si la única forma de seguir hacia delante fuera detenerse y compartir el aire. Hay algo profundamente humano en compartir las penas y las alegrías, en poder ser nosotros sin temor a hacernos daño. Hasta hace poco era incapaz de actuar con naturalidad en estas ocasiones, ahora, después de muchos meses de distancia, me doy cuenta de que la única forma de esquivar la locura y la mala soledad consiste en reencontrarse con gente querida que es, de una manera un poco extraña, reencontrarse con uno mismo. Nos vemos pronto y aquí abajo.

Ilustración: Simon Bailly

Los españoles vistos por un japonés

Los españoles entran en casa sin quitarse los zapatos, aparcan la moto en las aceras, cruzan la calle cuando el semáforo está en rojo. En el metro, los españoles se saltan los torniquetes, entran en el vagón antes de que los viajeros salgan, escuchan música sin cascos, tienen conversaciones a gritos. Los españoles tienen problemas con la educación obligatoria, para ellos los segundos son minutos y las horas son años, es decir, llegan tarde casi siempre y creen que el tiempo es algo suyo. Los padres españoles juegan con sus hijos en el parque, los llevan a hombros, demuestran su afecto porque el amor va de dentro a fuera y no se pide.

Los españoles critican por defecto, son envidiosos y se les ve en la cara, técnicos de sonido o conductores a los que les gustaría ser músicos o artistas. Los españoles beben alcohol temprano, comen tarde, cenan cuando deberían estar dormidos o en la cama, quieren salir de trabajar porque saben que el trabajo no dignifica a nadie y aún menos al trabajador. En la intimidad, los españoles expresan lo que sienten sin barreras, ríen, lloran, acompañan el dolor y el dolor de la muerte, abrazan con ganas, no se sueltan, se consuelan sabiendo que la vida consiste en tener buenos amigos y una familia con la que discutir cuando nieva por detrás de los cristales.

Los españoles visten regular, odian la lluvia, enseñan el cuerpo cuando florecen los almendros y la nieve se convierte en río y el río en playa, se perfuman con una mezcla de rosas y vainilla, son intensos como los perfumes, se cabrean cuando conducen e insultan a las madres de los otros conductores. A los españoles les gustan las sobremesas, que la tarde se junte con la noche y a veces con la madrugada y un vaso con hielo, creen en vírgenes y leyendas, mezclan vino con refrescos, se encomiendan a la suerte mirando al cielo, creen que los japoneses vienen de un planeta lleno de suicidios, arroz y kimonos. Ni los españoles ni los japoneses lo saben, pero todos son diferentes, todos se parecen, nacieron dentro de este sueño del planeta Tierra.

Ilustración: Yan Nascimbene