Aquellos que prefieren la tortilla cruda por dentro y dicen «me putoencanta»

Desde hace varios meses, el mundo, esa esfera dentro de la sartén del universo, templada en la superficie y ardiente en su núcleo, da muestras de agotamiento. Y lo hace por la sencilla razón de que las personas que lo ocupan —deberían cobrarnos a todos una cuota equivalente al volumen que desalojamos— adquieren comportamientos raros, gustos extravagantes, se expresan de maneras distintas, quizás arrastradas por el aburrimiento, quizás por intereses espurios.

Me estoy refiriendo a aquellos a los que les encanta la tortilla de patatas cruda, una balsa viscosa a base de albúmina en la que flotan rodajas de tubérculo y que se esparce por el plato como una sopa sin barquitos de pan. Horroroso. El problema no está en este plato de origen diabólico, sino en su combinación con la expresión «me putoencanta».

Este menú de barra, achatado por los polos con cerveza, me produce una indigestión difícil de explicar. Porque la tortilla… vale; cada uno con lo suyo, pero el prefijo intensificador “puto” pegado a un verbo para referirse a la expresión más depurada de nuestra gastronomía… ¡eso no!

Resulta que, la RAE lo acepta de buena gana, y yo, un madurito con aspecto de universitario perpetuo, me niego a utilizar esa antífrasis que me suena a reciclaje anglosajón, obligándome a establecer una línea anaranjada — semejante a la del líquido procedente del interior (acuoso) derramado sobre mis vaqueros— entre los que prefieren decir «esto está de puta madre» y esos jovencitos con los brazos llenos de tinta y el pelo como una bandera LGBT.

Así es, la diferencia entre ser joven o viejo se reduce al empleo de una sola palabra. ¡Qué puto asco de tortilla, Dios santo! ¡Qué mundo tan putoatortillado!

Notre Dame, el cigarro y el fin de todos los símbolos

Todos los símbolos (de una civilización en ruinas) se derrumban, arden o terminan por pudrirse. Y lo hacen ante la mirada de curiosos y turistas, testigos involuntarios que quieren tomarse una foto de recuerdo frente a los restos de algo que fue bello porque fue construido por el hombre. Así ha sido siempre. ¿Hasta cuando podremos disfrutar de unos tótems que, como en el caso de Notre Dâme de un París herido de nuevo, desfilan ante nosotros como las fichas tambaleantes de un dominó?

Y no se trata de hacer comparaciones con la población civil arrasada bajo las bombas en Siria o Yemen —también patrimonio y responsabilidad de la humanidad—, ni con la pérdida de docenas de especies animales y vegetales que se producen a diario en nuestras selvas o con los miles de muertos entre los hierros de coches deformes y bajo las balas de humeantes pistolas. No.

Lo terriblemente desesperanzador de todo esto es que la antigua catedral, inspiración estética para Victor Hugo y lírica para Jacques Brel, también para cientos de patinadores y carteristas, ha desaparecido a causa de un cigarro mal apagado, de una chispa del tamaño de una luciérnaga recién nacida, de un gesto que equilibra los cientos de años invertidos en su construcción con la “nada” que persigue a Atreyu.

Substituyamos ese punto incandescente por el botón nuclear del despacho de un presidente, por un asiento contable de una multinacional y por un momento de ira, y obtendremos el siguiente resultado: algunas personas solo quieren ver arder el mundo.

Y París terminará acabándose también.

“Juego de Tronos” me parece una mierda

Siempre desconfío de los fenómenos masivos, aquellos que fagocitan el interés de un mundo rodeado por el mar de la mediocridad. Y no es porque la popularidad no me parezca un fenómeno interesante en sí mismo, ahí tenemos a VOX aprovechándose de la ignorancia del populacho, sino porque todo ese despliegue de mercadotecnia, tíos follando, princesas peroxidadas, dragones y héroes que mueren a las primeras de cambio me produce una sensación parecida a la que tengo cuando escucho hablar al mequetrefe de Pablo Casado.

La comparación con estos partidos políticos no es aleatoria y responde al hecho de que la serie, creada por el barbudo ralo George R.R. Martin, trata de manera diáfana las luchas por el poder, coloca en el centro de la acción a un enano con el que comparto cabeza, tiene lugar en un invierno que amenaza con llegar pero que se pierde por el camino a lo largo de treinta y dos estaciones —sin contar las películas que vendrán después— para terminar pareciéndose a series como Dinastía y Santa Barbara, pero con menos laca y más efectos 3D.

Puedo imaginarme al pobre George desesperado, escribiendo bajo la presión de los ejecutivos de HBO, ávidos por seguir explotando el filón y la paciencia de unos televidentes que ya no saben si John Snow es el amante de Tyrion, si al final resulta que los Lannister no pagan todo lo que deben cuando se van de compras y por qué Khal Drogo, el vigilante de la playa tatuado más cachondo de la historia de la televisión, tuvo que morir tan pronto si con su sola presencia moríamos de tórrido amor.

Lo dicho; Juego de tronos me parece una mierda y no sólo eso. Por culpa del fenómeno tronista, Croacia se ha convertido en lugar de peregrinación de garrulos como Abascal y Ortega Smith que ahora se dedican a recorrerla a caballo para reconquistar los Siete Reinos.

Como decía Tywin Lannister: «Cualquier hombre que tenga que decir ‘yo soy el rey’ no es un rey de verdad»… y tampoco una serie o un partido político.

¿Qué tipo de personas envuelven su equipaje con film transparente?

No conozco a nadie cercano que, cuando viaje, envuelva su maleta en el aeropuerto. A nadie. Cuando observo a los pasajeros que lo hacen, perfectos desconocidos procedentes de una realidad aislada, no puedo evitar pensar en el tipo de persona que se “esconde” detrás de una práctica absolutamente incomprensible. Y no me vengan con el cuento de que el plástico garantiza que nadie introduzca drogas, armas o lubricante en nuestro equipaje, o que tu Louis Vuitton llegará sin un solo rasguño porque, si has pagado dos mil euros por algo que contiene calzoncillos y bragas sucias, entonces el dinero no debería preocuparte. Y mucho menos los arañazos ocasionados por la gravedad, ¡imbécil!

Si los hombres de negocios son, junto a las azafatas y pilotos, los que más se desplazan por el aire, ¿entonces por qué ellos nunca practican el deporte de embalsamar un armario portátil? Más si tenemos en cuenta que luego, cuando llegas agotado al hotel, tienes que pasarte una hora cortando un plástico con más capas que el cuarto oscuro del colegio Hogwarts.

Desconfío de la gente que lo hace. Me asustan. Creen estar a salvo de la realidad mediante un gesto giratorio realizado por personas muy capaces que cobran el salario mínimo. Será porque disponen de tiempo y poseen objetos de un valor incalculable, no solo en su interior, sino también en sus tersos cuerpos cubiertos por chándales de Asos y maquillaje a prueba de detectores de metal.

Supongo que dentro de esas maletas no hay lluvia, ni hambre en el mundo. Ni siquiera un rabo de nube o un buen vibrador, y que en realidad, se aseguran de que sus amores viajen a temperatura constante, sin humedades, lo más cerca posible el uno del otro, frescos y secos, tal y como se muestra en la foto de Haruhiko Kawaguchi. Mal viaje.

El día que mueran los Rolling Stones

El día que mueran los Rolling Stones —da igual si son Keith, Mick, Ronnie o Charlie por separado o todos a la vez — sucederá algo impensable. El seísmo emocional será de unas proporciones tan inimaginables que todas las ciudades se quedarán a oscuras durante un día, los océanos perderán su reflejo rojo sangre bajo el crepúsculo y en su lugar, una enorme ola con la forma de los labios del cantante barrerá en silencio la superficie helada de un planeta a la deriva.

Da igual si desde Bridges to Babylon no han vuelto a editar ninguna canción memorable…, después de más de cincuenta años de carrera, ¿qué más se les puede pedir? Porque esos cuatro viejos (solos) representan mejor que nadie ni nada que algunas cosas son para siempre, y que incluso las cosas eternas terminan por desaparecer.

También da igual que lo único que se mantenga con brillo en el cuerpo atrofiado y senil de Keith sean esos dos ojos de niño entre surcos y arrugas, las mismas del que lo ha visto, lo ha probado y hasta duda de todo. Y el corazón de Mick, ¿hasta cuando podrá aguantar latiendo a la velocidad de un adolescente con acné?

El día que mueran los Rolling Stones ya nada será lo mismo y al mismo tiempo todo será igual. Su obra será reeditada y sus rubios descendientes disfrutarán de la fortuna familiar sin darse cuenta de que la vida tiene una manera muy particular de imitar la inmortalidad: será con el estribillo de Dead Flowers convertido ahora en una canción de alegría y redención.

Que su música y su memoria sean la mayor celebración del tiempo que pasa y olvida.

Los gatos de las mujeres con gatos

Desde tiempos inmemoriales, los gatos y las mujeres han formado parte de la mitología secreta del ser humano. Representaciones del misterio, reinas sumergidas en leche de burra, criaturas de mirada huidiza, guardianes de un espacio vital que no siempre obtuvo la visibilidad que merecía; resurgen ahora en todo su esplendor, bajo la luz de un prisma nuevo, más humano, menos raro.

Y es que allá por donde mire veo mujeres y mujeres con gatos. Están por todas partes: en las stories de Instagram, en las fotos de poetisas y directivas de empresa, sin pelo y con morros chatos, entre mantas de vivos colores y bebederos de acero inoxidable.

A pesar de ello, los hombres siguen insistiendo en que no hay manera de entenderlas. Ni a ellas ni a su relación con esos felinos imprevisibles que se alegran de verte a su manera, sin mover la cola pero contando una historia enredada entre maullidos. Dicen que están locas, que por eso están solas y encuentran en los gatos la compañía que la vida les niega.

Quizás sea una cuestión de mirar despacio, de leer los pie de página de unas señales que, a pesar de clavarse como uñas afiladas sobre la piel, terminan relegadas a los confines de reinos bajo la cama. No sé, no me gustan los gatos —tampoco los perros ni las palomas— pero observándolas a ellas los entiendo mejor. Joseph Mery tenía razón: «Dios creó al gato para darle a los hombres el placer de acariciar a un tigre.»

Y la luz de los gatos ilumina mi vida de hombre triste.

Almodovar, el fondo y el rabo

Vaya por delante que no he visto Dolor y gloria, la última película de Almodóvar. Desde Mujeres al borde de un ataque de nervios su cine colorea el paso del tiempo —que al mismo tiempo es el mío—, transformando el gris en rojo corazón, en naranja madura, en azul topacio fresh.

Es verdad que a medida que el blanco cubre su cabellera de armiño manchego, sus personajes se vuelven más y más afectados, como si la movida madrileña de la que procede no fuera más que un mal recuerdo en el que la naturalidad y la provocación dejan paso al sosiego de un paisaje cubierto por molinos.

Y como él, que utiliza la memoria a modo de flotador al que asirse cuando le toca escribir, yo también regreso a mi juventud. En el país vecino nadie duda de su talento, rayando el genio. Incluso la Cinemateca Francesa llegó a dedicarle una exposición, iluminando un París que esa mañana amaneció cubierto.

Algunas cosas nunca cambian. Francia y el mundo se nublan mientras España deslumbra, dividida entre fanáticos y detractores de su cine. La animadversión que desatan cada unos de sus estrenos solo es comparable a la que genera Rosalía, que ahora también tiene que soportar críticas por el dinero que cobra… además de cantar a la orilla del río en Dolor y gloria.

Porque estas dos palabras, complementarias y al mismo tiempo antagónicas, definen a la perfección el cine de Almodovar. En cada azulejo, en cada mirada, en cada palabra del guión se percibe la tristeza de un hombre único, capaz de sufrir con tal de conmover sin olvidarse de la belleza. Cuando todos lo entiendan Pedro tendrá el reconocimiento unánime que se merece. Sus películas tienen buen fondo y buen rabo, y eso… eso enamora.