Somos expertos en crearnos problemas

Su efecto duró varios meses. Cuatro o cinco. Los números importan poco o no cuentan. Con la muerte de padre se derribaba esa muralla levantada durante mi vida, obra de contención ante el dolor. El seísmo de la pérdida fue tan grande que vi caer grandes pedazos de miedo, sillares de incertidumbre del cielo a mis zapatos. Y un nuevo paisaje apareció. Pero uno de planicie y sol oblicuo, sin interrupciones, envuelto en la certidumbre de que, a pesar de los intentos, los días son mucho más sencillos de lo que nos proponemos al despertarlos. Y es que somos arquitectos de problemas, siempre empeñados en construir y diseñar un nuevo recelo, un poco más de cobardía, quizás esa enfermedad inexistente en un ahora que simplemente pasa al pensarlo. Luego nada.

Aquellos meses —bien pudieron llegar al año—, la ausencia de padre y su guitarra servían para reforzar una certidumbre sólida, líquida y de colores. Caminaba como vuela un colibrí —menos cromático—, sin la responsabilidad del que conserva y apuntala su muralla convertida en hortensia. Y el temor a ser como los demás se disipaba porque el hombre que teme al temor sólo necesita agua, alimento y lecho compartido. El cobijo lo ponen los amigos, el amor, el mar. En cuanto a los problemas… van menguando porque dependen de nuestra mirada. ¿Y si oteas el horizonte limpio? Ya no están.

Como siempre, el efecto dura menos de lo deseable. Más por culpa nuestra que de él. Así somos. Superado el trance —algo tiene el duelo de magia blanca–, comienzas a juntar guijarros, arena de playa, piedras, planes. Poco a poco el terreno baldío da paso a la huerta, después la zanja, luego las paredes, hay hueco para una piscina. Al tratarse de una propiedad mental se expande más allá de la razón. La voluntad mengua a medida que el tabique coge vuelo. Y así vivimos, atrapados fuera del mundo.

Ilustración: Guy Billout

Quedarse calvo no es perder pelo

Perder pelo poco o nada tiene que ver con quedarse calvo. La pérdida implica una acción imperceptible pero en curso, y formar parte de ese 42,6% de hombres con aire en la cabeza o alopecia androgenética, difusa, areata o cicatricial supone ingresar (a la fuerza) en un colectivo incomprendido. Y no por lo que piensen los demás, ¡ah, gente hirsuta!, sino por lo que callan los propios calvos sobre tamaña injusticia. Es más, despedirse de un miembro de la familia, que te diagnostiquen una enfermedad y se te vea el cartón son las mayores tragedias del hombre moderno. El resto —erección mediante— pura minucia. Porque todo es pelo, en la almohada y en caída libre, metáfora de la vida sin pelucas. Y los sueños pelo son.

Se alcanza la categoría de terror cuando el más joven del grupo, ese de la cabellera en un túnel de viento, luce coronilla con forma de mortadela. En lonchas, claro. Se trata de un fenómeno intrascendente en términos absolutos, ridículo para mujeres y esa minoría adaptada al paso del tiempo… y el fin de una era. Vale, existe el recurso del secador y los peinados imposibles, aunque no es lo mismo. Además Dios siempre sale muy Pantene en nuestras oraciones, los referentes calvos son más calvos que referentes y si pudiéramos elegir nadie optaría por la solución fresquita. El que diga lo contrario miente o tiene pelazo.

Cada mañana y al lado de mi casa hay cola frente al Carrefour. Todo tíos, inseguros, cachas, conscientes todos ellos de que sin pelo la vida adquiere una tonalidad gris y de descenso. Prefieren mata a comprarse una casa o asumir la visión matutina de un peine enredado en carne de su vello. Ocho mil euros después todo mejora, la confianza recorre los folículos y aguantan las fotografías desde cualquier ángulo. ¡Nada de pelillos a la mar!, ¿a qué se refieren con lo de que a la ocasión la pintan calva? Al final nos salvamos por los pelos porque la sombra del cabello es alargada. Y termina ahorcando.

Ilustración: Yang-Tsun

5 pasos para captar la atención de la gente

1. Tienes cinco segundos para captar el interés de los demás. Más tiempo ya agrede/aburre.

2. Puedes valerte del shock o la sorpresa. La catedral de Toledo también cuenta. En este caso, Ndakasi la gorila agoniza en brazos de su cuidador, madre y padre, Andre Bauma. La imagen borra los límites entre personas y animales, nos hace uno. Y por eso apuñala.

3. Muestra tu lado frágil, blando. Nada que ver con la celulitis y el acné.

4. Hacer el bien es compartir fotografías, textos o vídeos. Si no compartes, no existes.

5. Ya ha pasado. Dura menos de los cinco segundos empleados en captar el interés inicial.

La repetición

Son días de los de antes, de mañana al carboncillo, con su intermedio para el hambre y el regreso a casa. Hay algo en la repetición que reconforta. También fatiga por defecto. Será porque insistir deja espacio para lo vivido, permite dar aliento al aire del presente. No lo sé. Sí sé, en cambio, que entre lo reconocible cuesta intuir, intuirse, mirar de cerca lo que tantas veces vimos, palpar la carne de los pómulos y esa certidumbre de la piel nueva siendo arruga. Por eso andamos, para no dejarnos atrás. Los que corren desplazan esqueletos hasta un hueco bajo la hierba púrpura. Interesa, el verbo no es casual, el dios de las pequeñas cosas, con minúscula, de paso lento y silencio de azucena y halógeno.

Son meses de los de antes, con el ruido visible del avión y un chorro de luz sobre la frente. Los mismos de siempre, pero otros, distinta fecha que también emplea dígitos. La aritmética, ese invento de los árboles, trae el recuerdo de la muerte de padre y resta días al embarazo de Macarena. Hacen mella y, sin embargo, al suceder volvemos al tiovivo de las estaciones. Otoño, otoño, otoño y otoño. En ellas y dentro de ellas, lo nuevo está por nacer y deshacerse, lo usado se resiste a la basura.

No es un año de los de antes porque de serlo habría venido de cabeza. Llegó eterno y se irá brisa, pasando por encima de muchos, nosotros, esos cada vez más nada a medida que crecemos y nos crecen. Así pasa, luego pasan, los años, ellos, alejándonos del mundo, fabricando una galaxia que lo abarca todo porque el olvido viaja en la memoria. Fuimos los días en los meses y los años. La repetición corrobora lo contrario.

Ilustración: Guy Bilout

12 de octubre, día de pelea

Todo comenzó con un italiano chapetón que daba por esférica a la Tierra plana. En su viaje de lado, y buscando seda y euros, se topó con un terreno muy grande muy grande bautizado América en honor a Vespucio. Con estas credenciales, ¿qué pudo salir mal? Pues habría que preguntárselo a los que nadaban por allí en tiempo de carabelas y cayucos, pero también a los que padecen en martes los desfiles por tierra, mar y aire, estilo invasión pacífica y por la Castellana. Haciéndole justicia al tiempo, integremos a los que celebran este día —“Fiesta de la Raza” hasta el 58— con salves y orgullo patrio, con ventrículo y uniforme porque una vez fuimos reyes sin atardeceres al fondo. Y salió mal.

Españoles somos todos y los hay equidistantes del pretérito que se inclinan a pasar por el presente levantándose tarde, comprando pan blanco y poniendo al fuego una tortilla de patatas poco hecha. En definitiva, prefieren ser felices bajo el ruido de los aviones mientras un bando discute con el otro en la sempiterna lucha por borrar, retorcer y/o hacer biografía de la historia. ¡No les vengan con mierdas de colonialismo, que hoy es fiesta! Y nacional.

Queda por despejar la incógnita de los símbolos en un país llamado casa. La unión sólo se construye compartiendo mitos o mentiras. Da igual. Sin ese hilo invisible resulta imposible obtener un resquicio de paz social más allá de las cañas y los pinchos, probablemente la única certidumbre patria. Nunca tuvimos, ni tenemos, ni tendremos la habilidad de aunar a nuestra propia tierra. Será porque al pedir a los indígenas que cerraran los ojos para orar los despojamos de la suya. España es un descubrimiento acojonante.

Ilustración: Davide Bonnazi

Vuelve la noche

Durante meses pernoctamos bajo un rayo de la aurora por decreto, traje de luz, con sus invenciones y palimpsestos desplegados en mañanas, luego el mediodía, la tarde cabizbaja y después nada. La noche quedó relegada a un guante, salvación casera del que sabe que soñar sólo se sueña con los ojos abiertos. Muchos encontraron una manera de llenar el tiempo con su circunstancia y descubrieron cisnes. Otros, en cambio, sintieron los miembros amputados, otearon cuervos en el aire, dijeron adiós a las quemaduras, el baile y la promesa de los días cortos. Así no se aprovechan las alboradas. Y menos mal.

Por fin vuelve la noche. Y con ella el movimiento, los pasos de dentro a fuera y no volver, las comidas a deshoras. Consuela saber que muchos velan, y además los vemos, viven. Todo bajo las farolas de siempre, esas que alumbraban su propio destello yermo hace apenas un verano. Y el campo urbano se cubre con colas de serpiente hambrientas esperando a las puertas de los clubes, en las aceras que también son almohada. Resulta que la oscuridad revive en el Madrid de las postales del alcohol y las drogas de la vanguardia menos narcótica. Nunca fue joven, tampoco quiso serlo, pero a oscuras la carne brilla alto, libre, pierde la edad.

Nadie espera que el horizonte se rompa y llene de colores el marco del paisaje. Queremos, quiero noche, sinónimo de biografía y lienzo en blanco. En las tinieblas pintamos de otra forma, menos vertical, aunque más puro porque el destino posee la forma de una cama. Nada de yacer, ¡soñar rendidos! Mientras, el mundo de siempre vuelve a sus ocupaciones. El nuestro cabe en una gasolinera y arde en calma, a la velocidad del tiempo que perdimos y ahora duerme.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Nuestras imperfecciones

Con la tiranía de las imágenes de nuestra imagen (aquí sólo cuenta lo que se mira en un segundo y se comenta) apenas queda tiempo para (de)mostrar todo el potencial de las imperfecciones. Y no se trata de una cara libre de polvo suelto, es decir la verdadera faz que nos despierta tras el sueño sin ser luna llena. Tampoco de los defectos que señalan la cadera o restan partes a la anatomía, una pierna más corta, la imposibilidad de ver más lejos sin recurrir a las puntillas, el amarillo del esmalte o la forma convexa de la boca, grasa, cicatrices, piel de desconchón y todos los supuestos males que lastran el cuerpo-cárcel, por dentro y también por fuera.

Porque esas trampas o camisas de fuerza mustian frente a la imperfección que nadie observa, excepto uno. Son ganas de encontrarnos con lo otro, eso que falta, de pegar los trozos de nosotros cada vez menos nosotros, hacer énfasis en ocultar lo que define a las especies. Ignorando las fracturas del tuétano damos a aire a esqueletos con la consistencia del vidrio recién nacido. Ser perfectos, ¡qué aspiración tan hueca, tan terriblemente perfecta!

Logros, esguinces,¡levántate y corre, Lázaro!, sueños, dietas y coronas de flores y espinas. De esta forma tan extraña marcamos el paso propio frente al infierno de la mirada y la aceptación, aquella que se nos niega al originarse en ojos de un extraño. La perfección existe al convertirnos en inadaptados a lo defectuoso, a la tara, al vicio y la falla. En ese punto, alcanzaremos a ver «más allá de lo que nos muestran, a escuchar más allá de lo que nos lo dicen». Y la imagen, de pronto, nos descubre lo que somos por primera vez.

Ilustración: http://www.cecile-gariepy.com

El disco de Quique González

Los discos de Quique González tienen algo de oración profana. Todo va de dentro (el suyo) hacia dentro (el del escuchante). Y entre la hierba y la mugalla, o a modo de abrazo de su verso pasiego, tuyo y mío, la música filtrada por vagos que lo son porque, de tocar tanto y tan poco, lo que peor hacen es hacerlo de la hostia en un mal día. Así trota el caballo de “Sur en el Valle“, único aire que recorre los pasillos del pulmón de casa. De alguna manera trae una luz muy suya, luz velada o de cortina, cierta nostalgia del movimiento invadiendo el cuerpo y el espacio. Y que aún lo hace. De ahí la letanía de vivir al estilo mediterráneo. Debe ser que el campo se parece al mar en todo menos en la modestia.

Sucede que las buenas canciones casi nunca se desvelan en los primeros compases, prescinden de estribillos, o si los hay podrían encerrarse en un verbo, un pronombre relativo, uno personal átono y otro verbo más, palabras y emoción a la primera toma. A veces, incluso, resulta difícil seguirles la pista, caminan por senderos sinuosos en los que la noche nos toma por sorpresa. Y amanece claro. También en la ciudad y con una melodía en las comisuras de la memoria.

Me prometí que lo escucharía una vez sin distracciones, ni kanjis, ni flexiones, como se merecen los discos que ocupan las mañanas. Mentí. Tras cuatro escuchas sigo. Hay algo en este que te hace sentir bien, mejor, por obra del sonido y lo que calla. Me gustaría culpar a Toni Brunet, productor y cada vez más ciclista que guitarrero. En realidad, muchos pasaron por ahí para atrapar el pájaro de las canciones. Ahora vuela pegado al cielo, el cable a tierra vibra, y el mundo, es decir España, es un valle menos extraño con la música de Quique.

Ilustración: Juan Pérez Fajardo

La caída de FB, IG y Whatsapp

De repente, las ondas callan. El móvil deja de vibrar por obra y gracieta de la intrascendencia, la vida recupera el tono. ¿Era posible sin Facebook, Instagram y Whataspp? Quizás sí. Twitter resiste para acaparar al mundo mudo. Observo el gesto de extrañeza de mi amiga María. Otros tiemblan porque ganan dinero con los posts, pasan días, octubres y años bisiestos bañando a los hijos en pantallas. María pide otra, un vino. Los SMS regresan de la muerte y un yorkshire terrier ladra en diagonal hacia Internet. Parece que el fin del mundo se retrasa, también se cae, otra vez. La alternativa da (t)error 404: llamar por teléfono, eso que madre hace durante el crepúsculo para saber que hay alguien al otro lado, generalmente a otra cosa.

Enseguida sabemos que el problema viene de «un cambio en la configuración de los routers troncales que coordinan el tráfico de la red entre los centros de datos». Fenomenal. Me quedo más tranquilo. 1.500 millones de usuarios —antes humanos— comprueban cada dos minutos el estado de sus cuentas. Nada. La cosa se dilata. Seis horas en su versión larga donde la revolución del tacto y el boca a boca no es televisada, precisamente porque en ella confluyen las luchas intestinas del pasado y el futuro… con el presente mirando el móvil. María se termina el vino. Vuelvo a casa y miro el móvil. Vuelve el viejo mundo, el de las lejanías. «Todo bien, madre», escribo. Me duermo antes de enviarlo. Todo bien.

Ilustración: foto de la pantalla del móvil el 4 de octubre de 2021

La vuelta a la normalidad olvidada

La fuerza de la costumbre es poderosa, tanto que incluso aquello que molesta, suda o pica se echa en falta cuando llega el momento de la despedida. Así, la mascarilla, ¡oh fiel aliada de los feos!, comienza a perder su influencia en la calle y los garitos. Se quedará entre nosotros un tiempo, lo justo para que se pase el susto que llevamos en el cuerpo, y luego tendrá una presencia testimonial en el carrete. De pronto, entrar en una sala de conciertos a cara de perro —un gesto repetido en el pasado con toda naturalidad y algo pedo— se parece a desnudarse en una piscina pública llena de madres hastiadas, padres fofos y niños a punto de ahogarse. Esta es mi impresión de un sábado noche a pelo en Madrid.

¡No me lo puedo creer! Con esta frase silenciosa van entrando, sin excepción, los asistentes. Hay miradas de extrañeza, alguno se pellizca fuerte, y a juzgar por la cara de felicidad del DJ podría tratarse de una ilusión óptica, un sueño bajo los satélites o directamente la muerte. Pero una agridulce porque resulta inevitable tocarse la barbilla y palparse una comisura, compartir el aliento con desconocidos (¿vacunados?) sin echar de menos algo. En fin, que de tanta precaución y lavado de manos ahora vamos por la noche como un conejo al que le dan las largas.

La sensación vuelve una y otra vez, ¡estoy en bolas! Venga, me pongo la mascarilla para ir al baño a hacer pis solo y me la quito para bailar el limbo rodeado de humanos con cara; tiro de ella para pedir en la barra y después la lanzo al aire porque hoy nos graduamos, superamos una prueba, nos rendimos a la evidencia de que la normalidad tampoco es que sea la repanocha. Eso sí, no huele a encía. A las cuatro, y como siempre, regreso a casa en bici con la mascarilla bien prieta, la lavo con ternura y la dejo secándose en el alféizar de la ventana. El cable está tan enredado que cuesta regresar a lo de antes. Mucho. Un lío.

Ilustración: Hopper con mascarilla