Billie Eilish, ¿del cuarto al estrellato?

De repente llega una niña de dieciocho años con nombre de chico y mala cara, las rodillas en carne viva y el pelo Pantone® verde 354 C y arrasa el mundo con canciones escritas en una leonera junto a su hermano Finneas. Y claro, el resto de músicos (jóvenes y no tanto), deslumbrados por la fibra, el éxito y los auriculares del tamaño de un guisante creen haber encontrado la manera de seguir sus pasos de gigante en chandal porque, si ella pudo hacerlo en un estudio-mesa Ikea, ¿por qué los demás no?

Hecho el sueño, hecha la trampa. Detrás de la música —fascinante, oscura y pegadiza como el coronavirus— encontramos a varios señores con barba y gorra que se han labrado sus carreras sónicas a los pies de Beyoncé, Ariana Grande, Drake o Ed Sheeran. Pero, rebobinemos. En 2015, publica una canción en Soundcloud que llama la atención de pesos pesados de la industria —discográfica y mediática— como Zane Lowe o Jason Kramer, “arrastrados” a ese “streaming” en particular por obra y gracia del manager de los hermanitos. Y llega el publicista conectado con Chanel, y de ahí a una estilista y en el 2016 firma por una filial de Interscope Records encargada de modelarla para reinar en la vanguardia de la fealdad.

Las canciones se relanzan en 2017 vía Apple Music’s Beats, se graban varios remixes para que suene y resuene en los clubes más “cool” de Las Vegas e Ibiza, la chavala firma con Next Models, su lista de Spotify lo peta con un billón de escuchas y en 2019 lanza un disco que es un prodigio, tanto estético como sonoro. Ahí está, amigos; entre el cuarto y el estrellato se interpone todo un oscuro universo para el que solo están destinados algunos planetas, Rosalía, tres satélites Tesla y una estrella llamada Eilish, Billie Eilish.

Coque Malla en el Wizink

El sábado pasado, Coque Malla vendió todas las entradas para su concierto en el Wizink. Había tanta gente que era inevitable pensar en lo que sentiría un músico que ha convertido la persistencia en una constante y vital huida hacia delante, precisamente porque sabe que detenerse en lo que una vez sucedió no puede más que significar una sola cosa: perderse el ahora, olvidarse de que aquel hombre con la cara de un niño ha crecido tanto que la muchedumbre vuelve a llenar estadios para verlo, y de paso creerlo.

Esa misma mañana le dije a Coque que para mí el éxito es algo extraño porque muchas veces no es fácil de entender. Él me preguntó por qué decía eso. Me limité a contestar que hay algo divino en congregar a tantos miles en un mismo lugar y, sin embargo, sucede cada día. En cambio, no a todos los músicos les sucede cuando toca, y mucho menos cuando así lo esperan.

Ya ha pasado. El Wizink despertó esta mañana entre la bruma y, muy probablemente, Coque haya hecho lo propio. Se habrá deshecho de los restos de purpurina, enfundado sus New Balance, llevado a los niños al colegio y, con un gran esfuerzo, habrá recuperado la senda del músico que se siente un poco más hombre sobre el escenario de una sala vacía, del teatro Arriaga o de un estadio. Quizás lo del sábado ni siquiera fue la consecución de una trayectoria sin un solo borrón y algunas sombras, sino el primer paso de una carrera que lleva recorridas varias vidas dejando el pelo intacto y un repertorio eterno. Enhorabuena, Coque; enhorabuena a ese enorme corredor de fondo.

Madrid le costará la vida a Sabina

Hace años que Joaquín Sabina solo es noticia por sus problemas de salud. Desde el 14 de septiembre de 1999, fecha de publicación de un monumento sonoro bautizado con la antítesis “19 días y 500 noches”, el vecino más célebre de las noches de Madrid hace frente a la única enfermedad sin cura de la mejor manera posible: escribiendo canciones y cancelando conciertos ante el imparable efecto de la gravedad.

Los demás, inmersos en el mismo proceso, pero con algunos años de retraso—y por lo tanto de ventaja—, asistimos al declive de su voz preguntándonos si la culpa en realidad no será de él, sino de esta ciudad en permanente huida hacia el amanecer de la Gran Vía, con sus barras en las que se alterna un sol y sombra con la leche de soja, sus jóvenes (sin calcetines) en búsqueda de un mar convertido en anhelo inmortal con la muerte en ambulancias amarillas. ¡Y qué decir de sus servilletas por el suelo!

A pesar del lento progreso, “Pongamos que hablo de Madrid” suena distinta en 2020, precisamente porque la ciudad es perfectamente intercambiable por cualquier otra (pequeña) gran capital anuncio, de la misma forma que Joaquín es la inabarcable sombra de un hombre fino que continúa haciendo eso que ama por encima de la blanca y el tequila, de los colchones y el olvido… para no darle la razón a los espejos. Madrid le costará la vida a un tal Sabina. Mejor que nuestro héroe no se entere qué ha sido de ella.

Lyle Mays, muerte de una sombra

La gente se muere. Repito. La gente se muere cada día. Algunos lo hacen solos, en una habitación blanca, casi gris. Otros, en cambio, rodeados de una presencia invisible de carne y esperanza, millones de extraños lamentando —a veces de manera incomprensible— la desaparición de un compañero, un amigo, por qué no un hermano, con la capacidad de hacer mejor sus vidas, ahora rotas con la pérdida que antecede a otra. Y así avanzamos, entre estrellas de cine mudas, jugadores de baloncesto hechos ceniza y rostros populares que simplemente ya no son, que ya nunca serán porque se han ido.

Hoy, sin embargo, un pianista con el pelo de un mohicano pálido ha dejado de tocar. Se llamaba Lyle Mays. Repito. Lyle Mays. Solo algunos podrán admitir haberle conocido, por sus canciones, por acompañar a Pat, a Michael o a Joni, por ser capaz de invertir el compás de una historia que, a pesar de ser ignorada por muchos, no es menos importante para algunos menos.

De alguna manera y entre teclas negras y blancas, también hoy nos queda claro que el misterio es valioso porque no se oxida, que la madera es el material de tu piano, del recuerdo, que el destello puede ser luz en descomposición y, de vez en cuando, la sombra el lugar más hermoso del mundo, precisamente porque somos polvo y flores si suena música de Lyle ahí dentro.

Parásitos

Los Oscars 2020 han puesto de manifiesto no solo que Brad Pitt se merecía un premio por bordar al maduro solitario con polvazo sobre el tejado, sino que ahora, al igual que el Coronavirus pasa de pulmón en pulmón sin distinciones de raza o estatus social, la incorporación de nuevos miembros de la Academia —842 con un 50% de mujeres— anuncia por fibra óptica que el inglés ha dejado de ser la lengua más hablada en el cine. ¡Por fin hay un lugar para los parásitos!… al menos durante una noche.

Para aquellos que no hayan visto la película decirles que un parásito es un tipejo asqueroso que se alimenta de las sustancias que elabora otro ser vivo de distinta especie, viviendo en su interior o sobre su superficie, con lo que suele causarle algún daño o enfermedad. Resulta que a veces, y ahí radica la habilidad del director Bong Joon Ho, las cosas son menos limpias de que lo que indica su envoltura y el rico, con sus jerséis de cuello alto, su mujer aburrida encerrada en casa de diseño en la parta alta de la ciudad y sus hijos molestos, termina siendo el peor de los virus.

El cine surcoreano nos ha sorprendido a todos los medianos, ha devorado a Martin, Pedro, Sam y Quentin y, cómo no podía ser de otra manera, en su discurso se olvida de los implantes vacunos, la justicia social, el Apocalipsis climático provocado por una aleación de cobre, estaño y regulo de antominio bañada en oro de 24 kilates y suelta: «Ahora toca emborracharse». Privilegio de ser pequeño, honor de ser parásito.

¡Adiós, Hollywood clásico!

A veces, el cine es un hoyuelo, una trinchera. Otras, aquel ídolo de barro con los ojos de un gladiador triste, del soldado falsamente acusado de traición, de un loco de pelo rojo pintando el sol con brochazos de luna llena. Porque, ¿quién fue realmente el padre de Michael Douglas? ¿A cuántas personas se puede interpretar a lo largo de ciento tres años? ¿Cuándo la estrella da paso al negocio, el negocio al olvido, el olvido a la muerte?

Entre el primer día y el último suspiro del hijo del hijo del trapero discurrieron dos vidas que equivalen a setenta y cinco películas, representaciones en celuloide de una época prehistórica —mitad en blanco y negro— envueltas en humo de cigarro con hombres (muy hombres) llorando lágrimas de bourbon. Y claro, el corazón de Jonathan Shields, Rick Martin y el coronel Dax se paró en su mejor momento, justo cuando el mito todavía era carne, flácida y trémula, pero todavía carne.

Kirk Douglas fue un niño viejo, un actor enfadado por las injusticias de un mundo, el suyo, que solo existe en la pantalla del cine. Hoy se muere con él su época dorada, la fábrica de mentiras, la misma que nos prometió que el bisabuelo nos sobreviviría a todos, que toda la vida es cine y los sueños nunca terminan a dos metros bajo tierra. Por fin una muerte merecida en esta década aciaga. Ya nadie es Espartaco. Nadie. ¡Adiós, Hollywood clásico; adiós, querido Kirk!

La indiferencia

De todos los males que acechan nuestra civilización, con sus escenas diarias protagonizadas por la que es —supuestamente— la generación más preparada de la historia, hay una que brilla por encima de todas las demás con una luz trémula propia, grisácea, casi mate, tanto que ni siquiera somos conscientes de que ilumine nuestras propias sombras, precisamente porque no nos importa. Señores y señoras, con todos ustedes: la indiferencia.

Y da igual si los niños de San Pedro del Pinatar dibujan con sus menudos cuerpos un SOS para salvar el Mar Menor, o si con cada segundo de más nos acercamos a un Apocalipsis planetario sin obsolescencia programada aquí, un poco más allá y en la Australia ardiente, o si una inmensa minoría de miembros de la SGAE y las televisiones locales se llenan los bolsillos mientras el resto de músicos apenas saca sesenta euros por concierto —en el mejor de los casos—. Y si ayer murió Jose Luis Cuerda y solo se lamentan los que se cagan en el misterio, ¿quién guardará en la memoria el 24 de Kobe si a nadie parece molestarle que la peña lleve camisetas de grupos que no escucha?

La indiferencia, una forma fieramente humana de crimen psicológico, representa el naufragio invisible, precisamente porque en ese juego de contrarios en el que nos debatimos, con tan ilustres aspirantes como el amor y el odio, la belleza y las uñas de Rosalía, Madrid y Barcelona, la fe y el porno, la vida y la muerte, es la reina indiscutible en contra de toda acción. Bajo su mandato algunos resultarán heridos, otros celebrarán la victoria con champagne, caerán más torres, saldrá el sol y con un poco de suerte el virus será frenado… todo ante nuestra más absoluta indiferencia.