El límite

La crueldad del hombre es un enigma. No tanto por el daño que es capaz de infligir en la carne y la memoria, sino porque empequeñece los logros del presente… y los que están por llegar. Es por esta razón que cuando un partido político — su sola mención equivaldría a abrir los ataúdes de la discordia— entierra la razón utilizando la supuesta unidad de un pueblo en la UCI como atajo para la gloria en las urnas, quizás nos esté brindando —de manera macabra— una posibilidad de progreso social.

Y entiendo el descontento de sus votantes, y el discurso de esos machos apelando al miedo, a las lanzas en el pecho y a la furia. Incluso su intensa labor por mantener costumbres del terruño, la sangre del toro, el destierro de la cultura y su aversión al cambio, la vuelta al NODO, las bocas llenas de patria, el corazón teñido de azul, el odio al rojo. Pero lo que no logro concebir es dónde está el límite. Porque no lo tienen.

Si la Gran Vía sorda y muda es ahora la norma, si su simple contemplación nos arrastra indefectiblemente a aquellas mañanas en las que la cocaína se mezclaba con los churros y el carajillo, al amarillo de las tardes en el que la gente desvalijaba el Primarck, a los hermanos ‘jevis’, universos urbanos en los que se encontraba cualquier cosa excepto un féretro, entonces el futuro pasa por borrar al fascismo de la fotografía. Los muertos ya los pone la realidad.

Epidemia de bloqueos en FB

Ahora que los gobiernos —de cualquier signo político— han demostrado su incompetencia para controlar una realidad desbordada, la población, principio y final en la toma de decisiones y sus consecuencias, imita determinados patrones de conducta, como si de alguna manera la aplicación de medidas geopolíticas a gran escala se impregnara en cada poro de nuestra casa. Es cierto; ellos mandan ahí fuera, pero en las redes sociales somos juez y parte, una democracia en la que nosotros tomamos las decisiones. Siempre. ¿Qué estás pensando?

Es por esta razón que en Facebook y Tinder se viene produciendo una ola de bloqueos sin precedentes, tsunami de totalitarismo casero camuflado en protección contra la pandemia de odio, fascismo recalcitrante, sobredosis de conspiraciones, bulos, listillos y alarmistas, censores de la diversidad de opiniones y un nuevo ejército de fervorosos creyentes que consideran este encierro como una oportunidad. Ocultar publicación y dejar de seguir.

Al hacerlo sentimos una calma desconocida, un chorro de After Sun emocional. Y de pronto, llevados por la infantilización de una sociedad amordazada nos creemos positivos asintomáticos, portadores del espíritu de la concordia hecha pacto de Estado. Quizás el verdadero desafío, además de ganarle el pulso a la muerte, sea volver entendernos, decir que no nos gustamos y, a pesar de ello, seguir caminando juntos, a un metro pero juntos. Has aceptado su solicitud de amistad.

Qué terriblemente absurdo

Dicen que los que más te quieren son los primeros que van a visitarte al caer enfermo. En el caso de Luis Eduardo Aute desconozco si estuvo solo o acompañado en los momentos previos al último aliento, a la noche más larga. Tampoco sé si sus restos, cenizas, historia y flores, han tenido que hacer cola en alguno de los tanatorios de la capital, como también se me escapa si el poeta de la voz suave y el alquitrán pudo mirar por la ventana una última vez antes de cerrar los ojos.

Tampoco importa si digo que yo no escuchaba sus canciones, sino que las leía, y al mismo tiempo trataba de entender por qué el gineceo al completo —mi madre la primera— suspiraba al verle fumar, al pintar palabras con forma de caricia, como el que vierte una llama en el interior de un cuerpo tibio y escucha el nacimiento de un muerto. Y claro, el sueño se teñía de cine y la vida, de pronto, se parecía más a James Dean tirando piedras a una casa blanca y menos a lo absurdo de seguir respirando en los tiempos del virus.

Nunca le vi tocar. No creo que nadie pudiera conocerle del todo. Tampoco me consuela saber que nos quedan sus canciones, sus cuadros, el recuerdo de un pecho superlativo cubierto de vello, precisamente ahora que escuchar música es un acto suicida, la mejor manera de derramar lágrimas por una pérdida que es más de todos, menos carne. Se llamaba Aute; y ayer pasó.

Del “Imagine” al “Resistiré”

En tiempos oscuros, la música —y no el músico— siempre ha cumplido una función relevante, ya sea como medio propagandístico, pastilla de moral o simplemente como arma disuasoria contra el día la marmota. Y da igual la trinchera. El “¡Ay, Carmela!” entonado contra los franceses; “A las barricadas” en boca de anarquistas, el “Eusko Gudariak” y “Els Segadors”; el “Cara al sol” con letra de Agustí de Foxa e interpretado por Marta Sánchez y “El novio de la muerte” del cabo acondroplásico Baltasar Queija de la Vega. Por ejemplo.

Más tarde, con la llegada de las buenas intenciones globales, llegarían el “Imagine”(1971) de Lennon, el “One Love” (1977) de Bob Marley, el “We are the world” (1985) de Jackson y Richie — y la cara de un hastiado Dylan—, himnos que, más allá de estar cincunscritos a un momento capilar muy determinado, poseían ese halo universal en el que lo bandos eran reemplazados por palomas, nubes de THC y laca, la humanidad convertida en una, grande y sumisa con un solo objetivo: mejorar las maltrechas existencias de sus “soldados”.

2020. Vaya por delante que existe la opción de cerrar las ventanas a cal y clavos, cancelar nuestra cuenta de Youtube o directamente tirar el móvil en el contenedor de cartón, pero en España el “Resistiré” es la banda sonora original del Apocalipsis, siempre del lado de la policía, emocionando a las madres de todo un país que, por primera vez, vive en un silencio aterrador interrumpido a las ocho de la tarde. Resulta que manejarlo es más difícil que manejar una mala versión de una adaptación. Qué cosas…

Esto no se acabará pronto

Así empieza lo malo cuando lo peor queda atrás. No. No estoy de bajón. Al contrario. A medida que el drama supera las peores previsiones y el mercado ya no es aquella mano invisible sino todo un cuerpo inerte con la muerte convertida en trending topic, comenzamos a intuir lo que podría suceder en los próximos meses, esos en lo que el sol es un punto de fuga tras el vidrio traslúcido de una Mahou al borde del mar. Y es que nos aferramos a la espuma. Siempre. Y así debe de ser.

Para empezar, el encierro podría prolongarse unas semanas. Pero ¿qué sucederá después? Según los científicos —el único ruido que merece nuestra atención—, la pandemia se superará o contagiándonos todos —46 millones de españoles sobre un total de 7.700 terráqueos—, o con el advenimiento del Mesías en forma de vacuna. Mientras llega —se calcula que para 2021—, las medidas de confinamiento se flexibilizarán progresivamente hasta que se supere el umbral de contagios, momento en que se impondría de nuevo el confinamiento social. Total, con el callo que tenemos ya…

Luego vendrán las medidas de seguimiento similares a las empleadas con el ébola, los datos de ubicación móvil para detectar raves y macroconciertos, y todo ese futuro tan manido à la Orwell + Huxley + Satisfyer. Pero eso ya es otra canción distinta al puto “Resistiré”. La buena noticia es que en España nos contagiamos más rápido que en el resto del mundo, and the colored girls go: Doo doo doo doo doo doo doo doo doo.

¡Gracias, Bananillo!

Érase una vez un chaval que, aburrido de estar en su casa, decidió saltarse la cuarentena. Se metió en su BMV rojo pasión gitana, enfiló a toda hostia las rotondas del Kinépolis, junto al cruce de ‘La Colorá’, y se topó con un control de la Benemérita. ‘El Bananillo’ —así se llama el prenda— hijo de ‘La Chumina’, viniendo calentito de Alfacar y en búsqueda y captura por su buen corazón, se salta las cadenas, pica rueda por encima de la pierna de un guardia civil y se cobija de estranjis en el primer portal que pilla. Resulta ser la calle Molino Viejo, bastión del clan de ‘Los Mindolos’.

A los pocos minutos se despliega en el barrio granaíno un dispositivo de hombres de verde muy cabreados con mascarillas, chalecos antibalas y “matraquetas”. Ante la duda —y dado que el delincuente es escurridizo como un virus—, los agentes tiran abajo todas las puertas del bloque. Resultado: encuentran 2.500 plantas de marihuana a punto de ser recolectada. Por supuesto, sacan de cabeza al fugitivo y con él todas las macetas, arruinando el negocio familiar de ‘Los Mindolos’ que, por supuesto, ahora reclaman venganza y sangre mezclada con THC.

‘Los Bananos’ y ‘Los Chuminos’ piden ayuda a ‘Los Tripones’, lo que desemboca en la improbable unión de ‘Los Mindolos’ con ‘Los Mocos’. Las balas zumban, llegando a oídos del tío Casiano, patriarca que estrechó la suave mano de la Reina Sofía en el año 93 y claro, es la guerra. No sabemos cómo prosigue el cuento, pero sí que solo un país como España es capaz de producir realismo cañí lejos de Macondo y Rosalía, trance entre Lorca, Guy Ritchie y Bob Marley, hacernos olvidar el daño de un mundo que se derrumba ante nuestros ojos.

Y el encierro fue sexo

Transcurre el tiempo y, poco a poco, comenzamos a asumir una situación que, muy probablemente, se prolongará hasta el verano. En un espacio finito —nuestra isla particular de andar por casa— hemos observado el cambio abrupto en la sociedad y todos, de manera directa o indirecta, pasamos del susto inicial a la resignación, de la solidaridad 3D al “yo acuso” desde el balcón, del «vamos a salir de esta» al sálvese quien pueda autónomo. Ahora que 7.000 millones de personas son una y las fronteras parecen un invento ochentero, sentimos como el sexo comienza a aflorar, incluso entre aquellos que habían perdido la libido, ¿la qué?; sí, la libido.

Todo comenzó hace dos días. Nevaba. Saqué la cabeza por la ventana, abrí la boca y miré al cielo. Los copos se precipitaban sobre mis pestañas, golpeaban mi barbilla. Gracias al parón económico el agujero de ozono parecía recuperado, y hoy me entero de que se ha abierto uno mayor en el Ártico. Nieve, agujeros negros, osos polares, lascivia. Fui a la cocina y bebí agua en un vaso de tubo. Encendí la televisión y lo sentí en la pelvis: ¿cómo explicar que la intérprete de signos en el canal 24 horas, tan calladita ella, pareciera una diosa?

La cosa no quedó ahí. La ministra Calviño había recuperado el ‘charme’ y me la imaginé en su despacho, desnuda bajo la foto del rey. Y la cajera del Carrefour, la mayor, Abascal con su bote de pimentón Titán —un elemento que conviene tener en la mesilla de noche—, tres mapas de España, fresas de postre, miel en lugar de azúcar refinado… Anocheció. Cerré los ojos y pensé en Fernando Simón. Ojazos, con algo menos de ceja… Sexo, «esa trampa de la naturaleza para no extinguirse».