Bad Bunny y la edad

El premio al compositor del año 2020 de la ASCAP ha recaído en Bad Bunny y claro, la nube de bilis y ‘tweets’ entre los indignados no se ha hecho esperar. Una gran mayoría lo considera un insulto, otros lamentan que sus letras de preadolescente priápico degraden a la mujer y los demás creen que serían capaces de mejorar lo presente si les diera por escribir canciones de reguetón en el váter, un artefacto que, a día de hoy, lo parte. Sinceramente, creo que todos ellos se equivocan.

Primero porque la ASCAP es una organización americana que no premia la calidad, sino la cantidad de ‘royalties’ que generan sus premiados y a nadie en su sano juicio se le ocurriría incluir a este puertorriqueño con cara de oficinista castellano en la nómina de Hoagy Carmichael, Cole Porter o Carole King. ¿O sí? En segundo lugar, resulta que las letras de las canciones son ficción, incluso aquellas que hablan de personas reales, y tildarlas de sexistas o violentas solo rebela nuestra incapacidad para entender el mundo joven.

Por último, a todos aquellos que se burlan de los versos “Pensaba que te había olvida’o; eh, pero pusieron la canción; eh-eh-eh, que cantamo’ bien borrachos, que bailamo´ bien borrachos…”, decirles que sí, que son malos, incluso muy malos, pero el chaval nunca pretendió ser poeta, revolucionar la música o incluso ganar un premio de la ASCAP, solo contar historias de polvos, M y ‘perreo’…. y lo clava. Al final, la decadencia a la que apelan sus detractores solo se encuentra en las arrugas de la piel.

Ilustración: Desconocido pero joven seguro.

El rey emérito de la avaricia

El virus terminó con el habitual funcionamiento de un mundo dislocado. De otra manera resulta imposible entender que los trapicheos del padre del actual monarca no sean la comidilla en playas y terrazas atiborradas. Pero es así y, a medida que se descuenta el verano, las portadas de numerosos periódicos internacionales amanecen con el Borbón mientras que en su cortijo apenas se le concede alguna siesta bajo esa condición tan etérea recogida en el artículo 56.3, aquello de que «la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad». Y así dispara elefantes en plena crisis, se folla a la Justicia, pide un perdón gangoso ante las cámaras y todos iguales ante la ley.

Precisamente por su condición de elegido debería ser un ejemplo para sus súbditos —al menos a la hora de diseñar clubes de striptease— y en cambio insiste en demostrar cada día que es un hombre de apetitos mundanos, con una hija despojada de sus títulos, un yerno en prisión, un nieto complejo y un hijo que renuncia a la herencia proveniente de un basurero suizo con olor a crema de afeitar. Todo de manera subrepticia, apagada y con raperos convictos.

Así es como el lenguaje real intercambia comisiones por donaciones, relaciones públicas por prevaricación y tronos por jets privados ante el entumecimiento de un país que tiene cosas más importantes de las que preocuparse, entre ellas recuperar el tiempo perdido. La integridad no es un destino turístico y al reino de España le resulta más conveniente mirar hacia otro lado. Al menos estamos de acuerdo en que el dinero está para gastarse.

Ilustración: Vincent Mahé

La mascarilla y el aliento

Está claro que nadie quiere ponerse una mascarilla. Incluso los menos agraciados preferimos caminar por la calle y sentir el sol impenitente de julio antes que ese torrente de sudor de sauna fabricándose entre el labio superior y la punta de la nariz. ¿Y qué decir de cómo nos huele la boca? Te lavas los dientes a conciencia antes de salir de casa, eres generoso con el LISTERINE®, ajustas ese condón bucal a 0,95 con la esperanza de ser un ciudadano responsable y a los pocos minutos percibes un olor a perro mojado. Y sí, querido, eres tú.

Es en ese momento tan demoledor cuando observas el panorama y recuerdas lo que te decía aquel amigo médico que trabajaba en urgencias: «pues sí, la verdad es que recibimos a muchos motoristas accidentados que llegan con el codo intacto». Y, como siempre, la historia se repite. Ahí están los otros, con el codo inmaculado mientras haces lo imposible por no perder el conocimiento a 38 grados con la parte baja de la cara convertida en el vertedero de Valdemingómez.

En pleno siglo XXI — periodo desprovisto del año 20—, el único privilegio social consiste en prescindir o no de la mascarilla, en hacer como si todo estuviera bien o renunciar a nuestro más íntimo individualismo en favor de los que siempre pierden… o son susceptibles de seguir haciéndolo. Resulta que para la enfermedad se busca cura; para el aliento enmascarado solo hay una opción: RUN.

Ilustración: Gabriele Mast

Música Morricone

Hoy ha muerto Ennio Morricone y con él desaparece un músico eterno. Lo que en principio podría parecer el acto lógico de un viejo de 91 años, se convierte en tragedia, precisamente porque solo unos pocos son capaces de congregar en torno a su legado algo parecido a la sombra de la unanimidad. Y es que es posible encontrarse con críticos de la obra magnética de este hombre inclasificable, pero lo hacen para dentro, negándose a aceptar que sus bandas sonoras representan algunos de los destellos más brillantes del siglo XX.

Así es como en su oído los fotogramas se convierten en algo parecido al amor o el miedo, la fe o la cercanía de la muerte, y un páramo en Almería se erige en el centro de la huella de Clint Eastwood y América es el patio de recreo de unos gánsters con acento siciliano. Porque, ¿qué cuentan sus partituras? La historia personal e intransferible de un romano al ritmo del ventrículo de millones de personas.

No recuerdo quien fue el que dijo aquello de que, en realidad, no nos importa la música, sino que nos sentimos vinculados a determinados momentos de nuestra vida asociados a una canción en particular, intercambiable en función de cada uno. En el caso de Ennio Morricone sucede todo lo contrario. Gracias a él por fin el sonido de la música importa. Y el mundo llora su pérdida en silencio.

Un verano sin canción del verano

El calor dejó de ser un recuerdo crónico, la ropa es un estorbo, cuesta dormir por las noches… Con estos síntomas nos preparamos para una temporada estival cargada de desagradables sorpresas, precisamente porque agosto se inventó para parar y casi todos estamos parados desde marzo. A pesar de esta postal desoladora, no todo son malas noticias y por fin, como si se tratara de una alucinación, hacemos frente al primer verano desde los años sesenta despojado de su canción de marras. Y eso es maravilloso.

Eliminada la masa, la radio fórmula desaparece y sin ella “Maria Isabel y “Eva María” comprueban que la playa está desierta y los niños escriben sobre la arena con el iPad; el “rock and roll en la plaza del pueblo” se pospone hasta el 2021 y la “barbacoa” del “chiringuito” ondea a media asta, un poco como el fútbol de los vítores enlatados, el “aserejé” sin baile ad hoc y escuchar el “Ai se eu te pego” en el interior de un coche con tu suegra y las ventanillas subidas.

Cuesta creerlo, pero quizás la verdadera canción del verano es la que resuena al apagar la luz. Así es como al echar la vista atrás —siempre es más fácil que pulsar avance rápido en tiempos de pandemia— la música se convierte en el acompañamiento de lo que más valoramos: la vida tal y como la conocimos, esa dimensión en la que era posible compartir una Mahou cuando caía el sol. Ahora Georgie Dann ha enmudecido. ¿Dónde está la toalla para secarse las lágrimas? De nosotros depende que sean de alegría o tristeza.

Ilustración: http://www.fubiz.net/

La calle de Fernando Simón

Porque las cosas cambian. Así es como, después de meses tan raros, comienza a instalarse sobre Madrid un halo de vuelta a lo de siempre, con sus tiendas repletas de artículos inútiles, sus peleas entre ‘ubers’ y taxis y esa nube tóxica atravesada por un rayo de sol en dirección a un dry martini. La transformación no solo se aprecia en las calles, sino que le acompaña la nueva percepción de todos aquellos que estuvieron en primera línea. De esta forma, el efecto de Fernando Simón transfigurado en mosaico, obra del artista Basket of Nean, se replica en la política.

Ahora Almeida es una figura monumental tamaño madroño, Isabel Díaz Ayuso un mal sueño que genera pesadillas y el ministro Illa, con ese aspecto de funcionario de Administraciones Públicas, un hombre de acuerdos alejado del mal inherente al poder. ¿Y dónde está Gabilondo, aquel discípulo de Platón perdido en el foro? Será que Yolanda Díaz habla con la contundencia de un filósofo moderno y Javier Ortega Smith, madrileño de pro, solo sale para darnos pena. Y muchos añoramos a Carmena.

Ese parece ser el único premio del paso del tiempo: convertir a las buenas personas en obras de arte. A veces situadas en esquinas invisibles, otras junto a San Simón, el zelote dispuesto a entregar la vida por sus creencias, un poco como algunos de los nombrados sin la sombra de la religión. Por fin el doctor tiene su calle, por fin nuestra ciudad está a la altura de dos mayúsculos en este barrio de lágrimas: Simón y Nean. Amen. Sin tilde.

Ilustración: Basket of Nean

Jorge Javier y la paradoja de la tolerancia

Jorge Javier Vázquez es, además del rey de la televisión chusca, un hombre lúcido, y no precisamente por esas chaquetas sacadas de la Marbella de Jesús Gil. Más allá de los focos y gracias su afilada lengua, la paradoja de Popper se convierte en ‘trending topic’… con el consiguiente cabreo de Vox. Así es como este “aprendiz” de Kim Jong-un (según Abascal) reparte a izquierdo y siniestro llevando al horario de máxima audiencia el mantra de «si una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes». Y la esperanza vuelve a Telecinco.

Llegados a este punto y teniendo en cuenta que hay pocos filósofos en los platós de televisión y muchos en paro, poco a poco comienza a instalarse en España la idea de no tolerar el fascismo, algo que por parte de los fascistas es interpretado como un fiero ataque contra la libertad de expresión, pilar fundamental en una sociedad democrática.

Así respeto y justicia se entremezclan con proclamas homófobas y racistas y cada vez es más difícil determinar qué ideas son intolerantes y dónde debería establecerse el listón de lo moralmente aceptable. Ante semejante disyuntiva, lo mejor es aplicar la regla del «si toleras esto, tus hijos serán los siguientes». Jorge Javier y los Manic Street Preachers lo tienen muy claro. Y ahora tú también. Belén Estaban no tanto.

Ilustración: https://geoffmcfetridge.tumblr.com/

Para no olvidar Stonewall

Para no olvidar Stonewall; para construir una sociedad de todos y entre todas; para llevar la contraria a Vox; para pelear por los derechos de aquellos que viven a la sombra de una bandera arcoíris; para despenalizar lo que nace entre el alma y la carne y no se puede explicar con palabras; para legitimar la vida vivida a nuestro gusto; para celebrar de pie; para ser como eres y cuando te apetezca; para avivar el fuego que calienta sin quemar; para que la historia no solo no se repita, sino que enseñe que además es posible; para pasar un domingo cualquiera con aspiraciones de fiesta; para beber otra cerveza; para amar lejos del armario; para ser persona… Tú eliges el motivo. Feliz día del Orgullo LGTBI.

El escupitajo

Cuatro días a la semana salgo a montar en bici por Madrid. Antes me ajusto los vaqueros que convierten mi trasero en un melocotón, reviso el estado de mi camisa recién planchada y el casco regalo de Pablo Sotelo, y observo a la gente desde mi atalaya, una que se desplaza a la velocidad de esas motos eléctricas con dos ocupantes. En movimiento soy capaz de percibir otro ritmo en la ciudad, con sus peatones daltónicos, la ira de los conductores que vuelven a casa y el invento de una anormalidad más incómoda que la mascarilla que nos cubre la mitad del rostro.

El recorrido alterna el bullicio sordo del centro y termina siempre en la Castellana. Así es como el otro día, un Mercedes CLA azul me pasó a escasos centímetros del pedal para después salir disparado… hasta detenerse en un semáforo. Cambié de plato, me acerqué para increparle y el conductor que lo hacía rugir mientras jugaba con el móvil se bajó del coche.

Casi dos metros, ciento diez kilos de eslora, calvo con nuca poblada, camisa azul a rayas abierta hasta el ombligo, bandera de España en la muñeca y mezcla de sudor y Álvarez Gómez. Me enseñó una placa de la Policía, le dije que era falsa, lo era, me insultó, le llamé fascista, se quitó la mascarilla, di dos pasos hacia atrás por precaución, me escupió, no pude esquivarlo y desapareció de mi vida. El ciclismo es así. Como el amor y la distancia.

Ilustración: planetlanzarote.bigcartel.com

La segunda ola no será televisada

Hace tres meses teníamos excusa. El virus era una posibilidad remota, al este del sol naciente, y a nadie en su sano juicio se le ocurrió cerrar fronteras por culpa de unos cuantos chinos con fiebre. Volvemos al presente. Todos, en mayor o menor media, somos conscientes del daño. Los cementerios ganan espacio a los parques, el personal sanitario campa en la urgencia y, a pesar de la cercanía del drama, muchos se han lanzado a una carrera por recuperar el tiempo perdido, como si el presente fuera el único momento de las cosas.

Así, a modo de muerte anunciada, vamos dándole forma a una segunda ola de rebrotes, regresando al futuro en un DeLorean cargado de irresponsabilidad, envueltos en esa pereza que nos produce una realidad huérfana. Y el horror será televisado de nuevo, y todos nos resistimos a creer que este no es otro verano más, y a veces es verdad aquello de que tenemos lo que nos mereceremos… mientras haya vida.

A diferencia de una película no podemos apagarlo, ni detener la imagen para ir al baño, ni volver a verlo a cámara lenta. Ni siquiera cerrando los ojos es posible librarse del enemigo escondido detrás de la máscara de una máscara desechable. Decía Gil Scott-Heron que la revolución no será televisada porque será en directo. Nada más que añadir, doc.

Ilustración: https://bentheillustrator.com/