Karl Lagerfeld, una vida dedicada a acabar con el chandal

Y sucedió lo peor. Justo ahora que el chandal se extiende como la gangrena entre los jóvenes y los no tan jóvenes —pasando del patio del talego a los gimnasios y de ahí a la sala de reuniones de las empresas del IBEX-35 —, se muere Karl Lagerfeld, el exgordo que odiaba a las gordas, el único capaz de mojar un macaron en té sin quitarse los guantes de cuero, la quintaesencia de la persona hiperactiva que nadie,—ni siquiera él—, sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba, mitad provocateur, mitad topo con puños de camisa dignos de Isabel I, y con la rara capacidad de pudrirse manteniendo el aspecto de un chulazo del Holiday Gym.

Y es que esa prenda, el chandal, independientemente de su comodidad, es uno de los signos que mejor expresa la decadencia del ser humano y esta sociedad de la (des)información. Da igual que uno la sienta libre a la ¡izquierda-derecha-izquierda-derecha-izquierda!, que cuando camines te abanique los huevos por detrás, que al hacer estiramientos sientas todo tu potencial rodeado de ese tejido Made in China que sirve de chaleco anti-balas a los dealers de pastis y crack: ¡no me jodas, que tienes cuarenta años y no estás para esas mierdas…, y mucho menos para ponerte gorra!

A los menores de veinticinco años les pido que visualicen este momento: “Atravesáis la ciudad en un moto eléctrica, un patinete o con un móvil entre vuestro cerebro y la acera y de pronto, salido a de ninguna parte pero tan real como que la moda no es arte, un coche se sale de la carretera y os arrolla, dejándoos tendidos en el suelo, vivos pero gravemente heridos. ¿Acaso es esa la imagen que queréis que tengan de vosotros los del SAMUR y los testigos del accidente?¿La de un mocoso sanguinolento y vestido con un chandal-peto de Puma o el último modelito de Rosalía, esa monstruosidad fabricada con el mismo material que mi traje de submarinismo?

Karl, dijiste muchas estupideces, —en eso nos parecemos mucho—, sin embargo y para mi epitafio me adueño de tus palabras providenciales:

“El chandal es la prenda que una persona usa cuando pierde el control sobre su propia vida”.

Vecinos de Madrid: ¿de verdad os gusta la calle Ponzano?

Vivo horrorizado. Y no precisamente por vivir en Madrid, una ciudad que comparte muchos puntos en común con un pueblo —tipo Zamarramala—, con sus comercios de proximidad, sus paisanos de barra fija que te saludan con la cabeza al pedir café con torreznos en el bar de abajo, sus aceras anchas y ese aire puro e inconfundible procedente de la Mujer Muerta.

Malasaña es un desfile de modernos clónicos y crónicos, el barrio de Salamanca una marca de dentífrico con efecto blanqueador extra, Moncloa un hervidero de hormonas en cuadriga y carpetas forradas de fotos de Taburete, Vallecas el centro del universo, Arganzuela, Chamartín y Tetúan ni idea porque nunca he ido, Retiro es ideal para el cruising y sin embargo todos ellos son maravillosos en comparación con la calle Ponzano, en el desmilitarizado barrio de Chamberí.

Venid a comprobarlo. En esta calle no solamente hay bares prefabricados en serie y un supermercado, con la excepción de La máquina, El Decano y El Fide, sino un movimiento especulativo dedicado a la apertura indiscriminada y diaria de agujeros —se rumorea que el hijo de Aznar está metido en el ajo— que proporcionan mala música y entretenimiento todo a cien para gente de aspecto muy definido: no son pijos, ni de derechas, visten chalecos y buenos vaqueros, mocasines sin calcetines y perfumes de cuarenta euros, fuman en la calle, se tragan el humo y tiran las colillas al cenicero, hablan separando poco los dientes y entregan sus llaves al aparcacoches y sin embargo, ninguno de ellos parece ser consciente de formar parte de un plan malévolo para saturar el mercado, desterrar las tiendas de toda la vida e implosionar, dejando una estela de nada, un rastro de humo, un cráter.

No lo sé, quizás sea la edad, y que la palabra ponzaning me produce la misma grima que ver a Rivera, Abascal y Casado copulando juntos pero no revueltos, y sin embargo yo quiero un barrio con gente un poco menos de mentira, lo justo para no perder la esperanza en el género humano, ese que se divierte, disfruta y se levanta con resaca pero que sabe que las cosas de verdad merecen si no mantenerse al menos no ser olvidadas.

Qué pereza, ¡que me devuelvan el dinero que nunca tuve!

Los fusilamientos de la Plaza de Colón

Estas dos imágenes están separadas por 131 años. Mismo día nubloso, mismos contrastes monocromáticos con algún elemento de color, mismos semblantes serios, valientes, resignados mirando a la muerte, al futuro, al centro derecha y al fascismo.

Jose María de Torrijos y Uriarte y Pablo Casado, Francisco Perez Golfín y Santiago Abascal, Flores Calderón y Albert Rivera. Hay otros pero podrían tener un nombre cualquiera o simplemente existir en el momento de la instantánea.

Los de abajo, perdedores y condenados a morir abajo las balas; los de arriba, ganadores, del lado del capital y gravitando en torno a esa idea rara que es la bandera, la patria.

Estas dos imágenes, tan alejadas en el tiempo y en el espacio, una en la plaza de Colón en Madrid, la otra en las playas de Málaga, comparten muchas similitudes y un detalle macabro: ambas son escenas de un fusilamiento. Por un lado el de los cuarenta y ocho personas que se rebelaron contra el absolutismo de Fernando VII y por otro el del resto de la población española, testigos involuntarios del momento, que no entiende muy bien qué está ocurriendo, por qué miles de personas se congregan en un punto y pronuncian las palabras ¡traición, democracia, unión, España! de tal manera que suenan a todo lo contrario: a crispación, a ruptura total, a totalitarismo casposo, a falta de entendimiento.

Estas dos imágenes están separadas por 131 años y representan la misma realidad: España parece condenada a no entenderse en la foto, en el cuadro y en la vida.

Carguen, apunten, fuego.

Axilas

Cuando me preguntan por la parte del cuerpo en la que primero me fijo cuando me presentan a alguien no lo dudo un segundo: las axilas.

Ese lugar oculto (y a la vez visible desde ciertos ángulos) me fascina y me aturde a partes iguales. Sin embargo en esa división del sexo —no confundir con género— tengo ciertos prejuicios: con o sin pelo, largo, corto o a cazuela, rubio o de un negro intenso petróleo, pelirrojo atravesado por un rayo de luz solar y castaño en la oscuridad de un jersey de lana de cabra, con ese ligero rastro de sudor o un embriagador toque de desodorante sin alcohol, salado, dulce y con esos pliegues porosos que lo separan radicalmente del resto de la piel, con la bandera LGBT bordada o como la selva vietnamita al atardecer después de un bombardeo con napalm…, en el caso de las mujeres. En el caso de los hombres no puedo soportar a los tíos que se depilan por razones estéticas, y menos aún debido a la supuesta práctica diaria de un deporte náutico o terrestre porque, ¿es que os dedicáis a batir récords mundiales en vuestro tiempo libre, flipaos?

Y es que no hay nada comparable a hundir la lengua en un sobaco, en una axila de cualquier tipo y saborear ese néctar que nos conecta directamente con nuestra alma porque, ¿acaso no somos un poco cómo olemos?

Reivindico esa parte del cuerpo y pido públicamente que nos olvidemos de las uñas y de los párpados, de los ojos y del cabello, de las pestañas, las ingles y los anos, y demos visibilidad a una parte del cuerpo que hasta ahora ha vivido en la clandestinidad, que ha sufrido el apartheid y la incomprensión de una sociedad demasiado centrada en aquello que puede exprimir económicamente, que exalta la estupidez intrínseca a la popularidad.

Y no solo eso; a partir de ahora propongo que al conocer a alguien le demos un beso en las axilas, le tendamos la mano bajo el sobaco y mantengamos el dedo índice unos segundos en ese lugar invisible —igual que hacemos con un termómetro— antes de llevárnoslo a la nariz: ahí, entre el borde libre y el eponiquio de la uña se concentra la victoria total.

¡Axilas del mundo, uníos!

Julen, el niño caído que resucitó la esperanza

He pensado en Julen, el niño sin cara. Quizás sea porque no me gustan esas criaturas pequeñas pero sí algunas personas, o tal vez porque algunos días lo único que nos gustaría hacer a muchos de nosotros es cavar un hoyo y enterrarnos y, en el mejor de los casos, que alguien nos encuentre. Julen ya no existe, no tiene cara y sin embargo lo reconozco en mi cansado rostro.

Es cierto que todos los días mueren miles de niños en los paritorios, bajo las garras del hambre y la guerra, en los brazos de su madre y el fondo del estrecho, y sin embargo nadie les dedica portadas, ni siquiera un tweet, un brindis a la sombra o una última voluntad… Ninguno de ellos era Julen, ninguno de ellos éramos nosotros.

Julen es real porque ya no respira y cientos de hombres, vecinos, ingenieros, mineros, gente que mira hacia el cielo y otros que trabajan en las tripas de la tierra lo estuvieron buscando sin descanso durante días y noches, con la firme esperanza —pasada la primera semana— de que recuperarían su cuerpo ya inerte… y continuaron horadando la montaña, reventando el absceso, dinamitando el tiempo en contra.

No podemos perder la esperanza, porque si lo hacemos de nada habrá servido el esfuerzo —ese empeño en reconocer que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible pero había que intentarlo—, de nada valdrá seguir viviendo con la certeza de que lo único que nos espera es el cadáver de un niño que se desliza hasta la oscuridad por un pozo ilegal de setenta y dos metros.

Julen llevaba una bolsa de golosinas en la mano, nosotros llevamos una cerilla; a eso debemos aferrarnos.

El reto de 2019: echar un polvo todos los días del año

Lo reconozco; siempre he sentido especial antipatía por los retos que la era viral-digital ha traído consigo. No le veo la gracia a echarse agua helada por encima —a pesar de que se haga por una buena razón—, compartir tu deterioro físico del 2009 al 2019, o aquel desafío de “la sal y el hielo” que consistía en esa combinación letal sobre la piel que terminaba con una terrible quemadura. Y, ¿qué decir del “In my feelings challenge” que consistía en bajarse del coche en marcha y hacer una coreografía con una canción de Drake? Éste también era por una buena causa y causó varios accidentes que casi les cuesta la vida a varios idiotas bailongos.

Lo admito, soy un rollo de tío y no solo no soy capaz de pasármelo bien de esta forma sino que no soporto que otras personas se lo pasen bien, lo graben y además no sean conscientes de los intereses espurios que se esconden detrás de la “cultura” de masas.

Es por esta razón que quiero proponer el verdadero reto del 2019, algo que no tenga ningún vínculo con recaudar dinero, ni con los labios de Kylie Jenner, ni siquiera con actividades al aire libre (aunque también valga hacerlo en el baño y en el bosque). Ahora que llega el invierno propongo que echemos un polvo diario, cumplirlo a rajatabla todos los días a pesar de que hayamos trabajado muchísimo y lo único que nos apetezca sea llegar a casa, abrir una lata de mejillones y ver una serie de Netflix, rebelarnos contra la gripe, los niños y el tedio diario de compartir la cama con la misma persona con la que comenzaste a salir y que ahora está sentado en la cocina comiéndose un sandwich de pavo con las lorzas al aire y un principio de calvicie en la coronilla que brilla bajo la tenue luz. Y con sexo quiero decir a que vale cualquier cosa pero que incluya coito, lo suficiente para que tus mejillas recuperen el color y tu piel la firmeza de antaño, hasta que eso que a día de hoy es un premio (el 25% de las parejas casadas follan menos de diez veces al año) se convierta en una rutina más, como ir al baño, pagar el I.V.A. y pedir una pizza los viernes por la noche.

Adelante valientes, a ver quién se atreve.

«El Gran Frío» y VOX

Ya es invierno en Oymyakon, un pequeño pueblo al este de Siberia, y cuando lanzas al aire agua hirviendo ésta desciende convertida en granizo, agujereando como perdigones el manto de nieve que cubre todo lo que te rodea. Porque todo lo envuelve el frío, tanto que si alguien muere tienes que preparar una enorme hoguera para reblandecer la tierra y así poder enterrar a tus seres queridos, a Koshka, la husky siberiana, a Chéjov, el caballo de carga.

Pero el problema no es el frío sino «El Gran Frío», al que se le reconoce fácilmente porque llega envuelto en una niebla que se mantiene suspendida en el aire como un buitre, creando un pasillo que adopta la silueta de aquellos que reúnen el valor suficiente para salir de casa.

Si miras fijamente ese pasillo durante el día podrás distinguir figuras de todos los tamaños: las de los niños que van a clase enfundados en sus gorros, las del “4X4” de papá, las de algún borracho que apenas puede mantener el equilibrio, la de Tania, la chica más alta del equipo de baloncesto…

Ya es invierno en España y este año «El Gran Frío» procede de dentro de nuestras fronteras, de pueblos blancos rodeados de marismas y mar, de campos de olivos y horizontes verdes, azules… y no viene solo sino que sujeta la mano firme de VOX, con su silueta de anchos hombros, su mirada desafiante, su andar decidido, su extraña vuelta a los valores de siempre.

Desempaña la ventana con la manga de tu jersey de lana y mira la calle; cuando la silueta de Vox atraviesa la niebla no se forma un pasillo sino un callejón sin salida.