El mundo en el que vivimos

En el planeta tierra, un punto azul pálido entre millones de estrellas y galaxias, hay mares, ríos, elefantes, sequoias milenarias, música, amor, Avtomat Kalashnikovas modelo 1947, paciencia y ruido, y sin embargo, los hombres y las mujeres lo viven y lo mueren de maneras muy distintas.

Algunos de ellos abren los ojos, andan hasta el cuarto de baño, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosos, de espaldas anchas y con pelo sobre los hombros. Cuando quieren algo lo cogen…, «¿para qué?»

Muchas de ellas se levantan cada día, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosas y sin embargo tienen que pedir permiso…, «¿por qué?»

Algunos de ellos deciden cómo y cuándo. Son plenamente conscientes de que la fuerza lo es todo y por la fuerza se abrirán todas las puertas. Se visten, besan la cadena que llevan al cuello y salen a la calle: «Hoy hace un día precioso.»

Muchas de ellas dicen que no y sin embargo esa palabra, esas dos simples letras, parecen caer en el olvido, en un vacío públicamente aceptado. Porque muchas están solas y a pesar de ello tienen que seguir abriendo puertas. Se ponen el chandal y salen a correr: «Hoy hace un día precioso.»

Algunos de ellos las ven pasar, las increpan con piropos, las siguen con la mirada y con sus propios pasos hasta que esas manos desprovistas de alma se posan sobre unos hombros que huyen, que laten y que, ya inertes, son enterrados entre el barro y la sangre: «Los quise y me los apropié.»

Muchas de ellas siguen corriendo, mirando a la cara a ese miedo que se convierte en grito, después en dolor y por último en rabia, la de todos.

Este es el mundo en el que nosotros vivimos, en el que ellas mueren: «Hoy es un mundo horrible»

El silencio: ese momento que fuimos postergando

Siempre y por estas fechas, oscuras para unos e iluminadas con trineos tirados por ciervos para otros, nos acordamos de los que ya no están, pensamos en aquellos a los que vemos más bien poco (porque la vida es un poco eso), realizamos promesas que la mayor parte del tiempo no cumplimos pero que de alguna manera nos redimen de esa angustia vital… y así año tras año.

Porque si uno lo piensa fríamente, ¿de verdad nos importa la gente a la que vemos una vez cada lustro o a la que enviamos un mensaje para felicitarles el año?

Las respuestas son múltiples, tantas como las circunstancias que nos rodean, y sin embargo estoy seguro de que todos nosotros albergamos esa duda (¿o es esperanza?), la misma que imposibilita que no veamos con regularidad a nuestros amigos de siempre (cuatro o cinco nada más —siendo esto mucho—), que llamemos a nuestras hermanas o a madre para preguntarles si están bien aunque ya sepamos las respuesta porque el no hacerlo implicaría que la próxima vez podría haber una silla vacía, un cubierto menos, un mensaje no leído, un silencio.

Incluso el tamaño del silencio que rodea a las personas es distinto: unas representan una simple pausa, unas cervezas, un orgasmo, a lo sumo unas vacaciones, otras un punto y aparte, una relación sentimental, un receso, un plan de vida y otras, las menos, conllevan un vacío que da miedo.

Quizás es a eso a lo que tememos, a ese momento que fuimos postergando y que acabó convertido en una mano invisible que tapa nuestras bocas, la afasia de la ausencia, la vida guardada en la memoria de aquellos que más nos quieren, el espíritu de la navidad los 365 días de un año que nunca acaba…

 

Eres lo que escuchas en Spotify

Tiempo estimado de lectura: cualquier canción de Los Ramones.

El año 2018 puede resumirse en canciones, más concretamente en las 2520  que según Spotify, has escuchado a lo largo de estas cuatro difusas estaciones, periodo de tiempo que —independientemente de las malas rachas— siempre fue substancialmente mejor si en tus cascos, en el coche, en el baño del Ochoymedio, en la ofi, en el gimnasio, en el chirinquito de la playa, en el supermercado y en el tanatorio había música.

Lo has logrado, ¡has batido tu propia marca!: 17179 minutos, 286 horas, 12 días completos acompañado por los teclados de Nils Frahm, abanicado por las melodías de Joep Beving, rodeado de tus géneros favoritos, el pop, la música clásica, la electrónica, al ritmo que te pedía algo dentro de ti que nada tiene que ver con lo que dicta el mundo de ahí fuera, ese que gira a toda hostia y que se deshace de los viejos, de otros más jóvenes que se rompieron precipitadamente y acoge a Julia, una niña envuelta en una placenta con forma de pentagrama, acunada entre las cuerdas de una guitarra para diestros.

Porque si lo piensas es fascinante que puedas tener toda la música grabada en el bolsillo, esa mezcla imperfecta de ritmo, melodía y armonía, escrita por disidentes que lo hacen justo cómo y cuándo ellos quieren, que paradójicamente, es exactamente cómo y cuándo tú quieres: las grabaciones en directo de Aznavour en el 1955, las de Rosalía en su estudio casero en el 2018, las “Variaciones Goldberg” garabateadas sobre papel (muy escaso) en 1741 y grabadas por Glenn Gould en el 56 y el 81 ahora… Y quizás tú no existías, y si ya eras no fuiste tenido en cuenta, o tal vez fueron escritas para ti sin que nadie lo supiera, y resulta que los astros hablan hoy, días antes del 2019 y te susurran al oído que la mayor parte de los artistas a los que escuchas son Sagitario, como Frank Sinatra y Sia, y que tu cara B es precisamente lo que contrario de lo que Spotify te recomienda: «A veces la música no tiene por qué ser compartida con nadie más».

Y que siga sonando entre copos de nieve y rayos de sol, entre silencios,  entre tinieblas…

Si votas a Vox eres un palurdo, pero muy bien representado

Admiren esas piernas de gladiador, esa mirada oteando el horizonte de España, «Una, grande y libre» (sobre todo la de Santi Abascal), esos brazos  en jarras por encima de las nubes, ese pecho, ese paquete.

Hay que reconocerlo: el “carnicero supremo” de VOX (no intenten buscar un significado para estas siglas porque no es más que un latinismo enraizado en la conciencia colectiva de aquellos que carecían de voz… hasta ahora), ha revolucionado el panorama político nacional apelando a los valores de siempre, esos que creíamos superados pero que renacen en una maniobra de marketing burdo y efectista que, apelando a los sentimientos, a la bandera, a amar a la patria como a tus padres y otra vez a la bandera, ha calado entre los andaluces,  hartos de los excesos de un PSOE corrupto y necesitados de hacerse oír al otro lado de Despeñaperros.

Por una vez —y eso tiene un mérito indiscutible en política— si votas a Vox sabes exactamente quienes son tus representantes porque, por suerte o por desgracia, aquí no hay caretas: católicos, conservadores, toreros, fumadores de puros, antiabortistas, antifeministas, patriotas y toda la gama de fascistas que permanecía oculta entre el liberalismo preppy de Ciudadanos y el neoconservadurismo de pulsera del PP

Como siempre en este país hemos llegado tarde y a Santi Abascal se le adelantaron Marine Le Pen, las pateras repletas de personas en búsqueda de una vida digna, Trump, la enésima crisis que desató la ira contra los bancos transformada en una profunda indolencia, Matteo Salvini, las ideas de muros entre países con los mercados bursátiles volando sobre nuestras cabezas, los presos políticos en Cataluña, (…), material suficiente para que la bola fuera demasiado grande como para ser ignorada… hasta la irrupción de VOX.

Ahora ya lo sabemos: si votas a Vox eres un palurdo, alguien que no se ha parado a pensar en las consecuencias de imponer el bienestar de unos pocos frente a algunos más, que no ha sido capaz de descifrar el misterio de una contra todas las opciones, de grande contra muchos pequeños, de libre frente a un espejismo que dura lo que Santiago Abascal tarde en sacarse su pollón en el pico de la montaña más alta y mee contra el viento. Esperemos que sea pronto…

  

50 maneras de desaparecer ante uno mismo

Ella corre por el paseo marítimo, suda, coloca un pie delante del otro, mueve los brazos, exhala, (…), hasta que se detiene frente al escenario en el que se celebra el último concierto del verano. Jadea. Su móvil —sujeto alrededor de su brazo por un elástico naranja— se convierte ahora en la cerradura por la que mirar el mundo, un cómplice que graba una música que ya no es música, ni la playa al fondo es de arena, ni el mar es azul porque nada es realmente lo que es si algo se interpone entre nuestra mirada y el mundo. Quizás vivir no sea más que esa extraña capacidad de recordar: estuvo allí, con el brazo levantado y los ojos detrás de la pantalla (…), un momento preciso y precioso en la memoria de su iPhone.

Después llega a casa, se desnuda y coloca la barbilla sobre su esternón al tiempo que el agua de la ducha cae sobre su cabeza, eliminando la electricidad estática del cuerpo, electrones, protones, (…), borrándola durante unos segundos (que prolongaría hasta el infinito), tiempo suficiente para quedar al margen porque, ¿es posible deshacerse de uno mismo sin abandonar sus huesos, sus fluidos, sus pensamientos; más allá de la mampara del cuarto de baño? Quizás.

Retira el vaho del espejo y mira su reflejo partido, quebrado. Ahí, desnuda y sin maquillaje, no puede evitar pensar en la época en la que se perforaba el cuerpo con pendientes, se tatuaba cada espacio de epidermis, se vestía de negro y se teñía el pelo del color del arco iris en un intento —siempre frustrado— de ser todo lo que no era, de desaparecer manteniendo el equilibrio inestable del paso del tiempo, ese que no explica nada mientras pasa y que nos angustia por razones que ni siquiera él llega a comprender.

Se viste y se sienta en la mesa del despacho. Enciende el ordenador y comienza a escribir*: ¡por fin!, porque es en ese preciso momento que ella es capaz de evadirse, de ponerle o quitarle palabras a su propia isla, de describir un horizonte antes borroso (¡reina de su propio imperio), en soledad, lejos de cualquier mirada… hasta desaparecer completamente: «Estoy aquí, está ocurriendo».

Y sonríe (…).

*: el verbo puede substituirse por diseñar, dibujar, componer, respirar, (…). 

 

Pollas

Después de muchos años conviviendo entre seres humanos, hombres, mujeres, algún caniche asqueroso y ningún niño menor de un año y medio (tiempo suficiente para que adquiera el aspecto de una persona “normal”), puedo decir que las pollas apenas cuentan para nadie, ni siquiera para los portadores de las mismas…, me explico:

  • Los hombres cuando hablan de su rabo en realidad se refieren de manera oblicua a su hombría, ese macho alfa que muchos detestamos pero que cuenta con cierta representatividad entre ciertos grupos (sobre todo los segovianos) y que se materializa en un órgano feo, por momentos desagradable, con forma de plátano, hongo, pene-coño, pene-lápiz, en curva… Es solo pensar en un tío en pelotas empalmado y uno no puede evitar descojonarse, tener una arcada o que se te haga la boca agua (esto los menos pero muy guarros). Por otra parte retiro todo lo anterior si el pene erecto en cuestión no mide más de cinco centímetros en cuyo caso «Houston, tenemos un problema».
  • Las mujeres no se suelen fijar en esa parte del cuerpo excepto cuando la introducen en su boca, en su culo o en la vagina, un hecho insignificante en relación a a todo lo que abarca la sexualidad, ámbito en el que todo vale y el tamaño pues eso, pero nos apañamos con lo que hay. Por supuesto una cosa a evitar para los tíos: nunca enviéis una foto de vuestro rabo por la mañana o sin petición previa porque es algo que le estropea el desayuno a cualquiera. Mejor un poema guarro y con rima consonante utilizando verbos de la primera conjugación, como las letras de Sidonie. 
  • En relación con el punto anterior, probad con esto mejor: 

Un último consejo: nunca utilicéis la palabra pene, algo que estaría en boca de Pablo Casado o Teo García (¡picaruelos!), y emplead la palabra polla. Si en cambio os decantáis por la primera opción (tan blanda) veréis que los niños se ríen, las monjas se tapan la boca, los perros mueven la cola y los mayores recuerdan tiempos pretéritos, mucho más duros en los que el condón y las enfermedades de transmisión sexual eran cosa de pobres y comer se refería a patatas, alguna rata de agua y nunca un miembro viril. 

Retomando lo de la foto: si finalmente te decides a enviarla asegúrate de que ésta esté tomada desde abajo para que parezca más grande y voluminosa. Es preferible hacerlo antes de publicar por enésima vez lo maravillosa que fue tu comida de ayer…

¡RESPETAD LA POLLA, DOMAD EL COÑO,  ADORAD LA MENTE!

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Cierra los ojos, aprieta las sienes y piensa en la palabra amor, o mejor aún: siéntelo…, y ahí comienzan los problemas.

Donde hay amor del bueno nunca hay divorcios, y si los hay nunca se firman bajo la alargada sombra de un abogado o un burofax reclamando la potestad de unos hijos que nunca tendrán muy claro si fueron fruto del cariño, el hastío o un descuido… La separación implica más bien desamor, origen del sufrimiento romántico, como también lo es matar en su nombre (¡el amor era inocente!), una emoción desprovista de género, número y E.T.S. y por la que es imposible morir, excepto si eres una madre dispuesta a dar la vida por esa criatura que solo llora, caga y come a ojos de los demás (solteros) que consideran que, en el remoto caso de que el amor exista, éste no ha sido benévolo con ellos y terminará — siempre de dentro pa’ fuera— transformándose en algo raro y…,  ¿por qué demonios siempre termina triunfando en las películas?

De todas formas, el amor, ese que no nace ni aparece, debe de tener una determinada edad o ¿acaso los niños tienen la capacidad de enamorarse?¿No es más recomendable hacerlo cuando uno no es demasiado joven o demasiado viejo, en el momento en que el ángulo del pene y la lubricación de la vagina permiten disfrutarlo en toda su extensión? Y si no se puede, también vale disfrutarlo en compañía, sentados frente a la ventana desde la que se ve el mar, con vistas al ocaso del sol y de la vida.

Pero, ¿es el mismo amor el que Hitler profesaba a Blondi —su pastor alemán—, San Antón a sus jilgueros y Pelé a la pelota? Y, ¿no es también amor (sin condón) lo que siente Amarna Miller por su novio diseñador, o Teo García Egea —quizás en una forma algo más gaseosa—por España?

A veces el amor es una pena porque se convierte en el vehículo perfecto para nuestra propia realización, la misma que se hace carne cuando la otra persona representa aquello que tú eres y se mezcla con tu nombre y otros apellidos, el amor propio, incondicional, filial, paternal, abstracto, platónico, universal, el que se demuestran los músicos en InstagramÉrōs, Meraki, pasional, anal, y el de la Iglesia por toda la humanidad (gays no incluidos).

Abre los ojos, relaja las sienes. Después de esta aventura solo podrás sacar algo en claro: al final, el verdadero amor es aquel que dejamos marchar y cuya palabra bifronte es romanescu. Qué cosas tiene el corazón…