Cuando la muerte sepulta la actualidad

El río sube, los cuerpos son arrastrados por la corriente, y los afortunados, secos y desde la ventana de sus pisos altos, miran el mundo con otros ojos. Las tragedias cambian el paisaje, al menos mientras son noticia. Durante unos días, la actualidad esquiva el acoso o el fútbol, las conversaciones con los amigos recuperan un tono más pausado, como si la destrucción de las imágenes salpicara de barro los temas importantes, ahora pura anécdota. Como siempre, lo único que empaña este momento de introspección es la clase política que, con su oportunismo, mancha el silencio de las víctimas. Si no respetamos a los viejos, ¿cómo respetar a los muertos?

Qué necesario agachar la cabeza, remangarse la camisa y hundir las manos y las rodillas en ls mierda. También en un sentido práctico, sabiendo que a veces ayudar consiste en echarse a un lado. Hasta las peores tormentas terminan en alguna parte del cielo. Hoy el sol apareció por detrás de las nubes. Tal vez para revelar con más nitidez el daño, quizás para mostrarnos un camino bajo los escombros. Aprovechemos la vida aferrada al madero, el tiempo que nos lleva por delante. Ya se encargarán algunos de invocar la peor de las tormentas, la de los humanos podridos de intereses.

El efecto de la tragedia imita a la enfermedad, moldea el espacio, define las prioridades, nos da un propósito. Luego, con el afán diario, pasamos a otra cosa, olvidamos la letras de las canciones o el nombre de una flor. Nos quedan sus nombres escritos en las tumbas, una urna, fotografías en el disco duro, aquella tarde bajo los castaños, el sonido de su voz en la habitación de al lado, un hueco en la mesa. Nada de lo que una vez fue arrasado puede levantarse igual, de la misma forma que destruir lo que separa no es unir. Por una vez, por una sola vez, estemos unidos. Y cállense.

Ilustración: Alex Colville

Nunca hay una buena manera de dejarlo

Dejar a alguien representa un duelo menor. También la manifestación más humana del daño al otro. Porque o se deja o uno se deja ir. De lo contrario, dos se convierten en prisioneros de algo que no existe y que se mantiene de la peor manera: alargándolo. Nunca cuadra. Es martes y hay resaca, mejor más tarde. Y pasan semanas, meses, años. De ahí el miedo al abandono. Entonces, llega el día. Respiramos bajito antes de dar el paso. Hay muchas formas de dejarlo que, en realidad, son dos. Del «no quiero estar contigo» uno se cura. De una desaparición… Luego está la mentira. Pero esa resta.

«No quiero estar contigo» implica el uso de la sinceridad como bola de demolición. Decir la verdad supone un gran disgusto, uno solo. Después lágrimas, silencio, adioses. El problema está en su uso indebido, cuando la verdad aspira a ser demasiado precisa, demasiado verdad. Aporta fechas, lugares, un pasado de cera hecho presente perfecto. Esa verdad nunca grita, arrasa como buena hija del desencanto. Representa la mejor opción si se maneja con cuidado. Y casi nadie sabe hacerlo.

Desaparecer, práctica de cobardes… entre los que me incluyo. Muy extendida, sucia, deja todo en suspenso, como el olor a flores de los mercados. Se ha normalizado tanto que, poco a poco, va perdiendo su invisibilidad para agrietar los ojos de la gente. A los cobardes también nos abandonan. Ya me lo advirtió mi padre: «de la mentira nunca se vuelve». La mentira tiene forma de piedad y tripas de abandono. También cuando es piadosa. Si tienes que dejarlo, intenta hacerlo bien, aunque nunca haya una buena manera de hacerlo.

Ilustración: Joan Cornellà

Fuck Putin

Fue un encuentro lleno de piel y jadeos, la mejor manera de acercarse cerrando ventanas al ruido de ahí fuera. Terminamos, que es lo mismo que comenzar otra vida en horizontal. Entonces la calidez de la cama se convirtió en balsa. Ella a mi lado y yo al suyo recorrimos con la mirada el claroscuro de una habitación que olía a sexo. Porque sólo desnudos y con la respiración entrecortada se habla sin las ataduras del orgasmo, una forma de confianza que en ocasiones desvela secretos, intimidades, cieno. Ella era ucraniana. Abrió los labios y giró el cuello. Entonces la luz del odio iluminó mi rostro al mencionar a Putin; «fuck Putin», para ser más exactos.

Hablaba con la calma del que se resigna. Asumir que familia, amigos y toda tu realidad cercana dependen de los imperios vecinos se digiere con dificultad. Ya incluir a Rusia en la biografía genera nauseas. Entonces afloran las hambrunas provocadas por Stalin, los intentos por repoblar el Donbás con soviéticos de ojos grises, las imposiciones del Este a la contra de una cultura propia lejos de la frontera. Entonces las fallas dan lugar a abismos. De ahí la furia.

Cuando terminó de hablar no supe qué decir. Tomé aire en busca del silencio en el silencio. Para la mayor parte de los occidentales, la guerra no dejaba de ser una palabra llena de significados huecos, como de rumor de bombas al otro lado y más allá. Hasta ahora. Me incorporé en busca de mi ropa. Sentí en la nariz aquel perfume de canela. Antes de salir de la habitación quise volver a mirarla, decir adiós para, quizás, volver a vernos. Ella lloraba. Y supe que no era por mí.

Ilustración: Extracto de Ángel caído de Cabanel