Piscinas

Las piscinas son una forma de vida rara en la Tierra, más las públicas, siempre con bañistas buscando sombra, siempre refrescando a falta de mar o ríos cerca. Porque ir a la piscina tiene algo de triste, no necesariamente malo, como si conformarnos fuera la norma de este calor piedra. En la del barrio sólo dejan meter crema, pareo (enorme) y chanclas; las bolsas, el bocadillo y los caballos están prohibidos. En cambio, hay niños y los guapos se juntan con los guapos y los viejos con otros viejos guapos. Todo gira alrededor de un agua azul cloro sin cloro, sin barcos ni monstruos en el fondo. Los naufragios se concentran en un borde ocupado por chicos monos mojándose las rodillas. Les llamo «las sirenas». Los demás, hacemos lo que podemos medio en bolas.

Hay algo extraño en las piscinas: la gente lee. Bueno, al menos sostiene un libro hecho de páginas. Yo llevé uno de Bolaño y casi me lo quitan en la entrada por ocupar lo que un caniche. Leí dos minutos y observé a otras mujeres que leían. Los hombres leían bañadores finos entre líneas. El socorrista parecía sediento bajo la sombrilla. «Tenemos buena piel los españoles», me dije mientras un señor de ochenta años hacía estiramientos en tanga a dos metros de mi toalla. También hay esquizofrenia en las piscinas. Pero preferimos ignorarla antes que pasar calor.

Me gustaría tener una piscina en casa para llenarla de libros. También para educar a algunos respecto a la desnudez. Es más, la ciudad debería ser una piscina llena de gente con historia y cicatrices, con sus colgajos y sus bíceps sobredimensionados, gente que es poca carne y mucha agua, gente vulnerable a pesar de su empeño en parecer feroz. Quizás eso sea lo bueno de las piscinas, su democracia al aire, la promesa de un mar inalcanzable, un bañador que se seque rápido, más rápido. Prefiero la ría de Arousa, por esa razón veraneo en la piscina. A veces, la humedad abre grietas en la superficie. Será que el mundo necesita vacaciones.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Mi pueblo arde

Arde sobre quemado, como en un sueño con agosto por delante. El fuego bajó por la montaña, rayo a oscuras directo al centro de los días largos. La casa con el olivar al fondo, el reloj de las horas y la infancia, las noches sobre los tejados… Todo eso ya no es, quizás ceniza. En cambio, conservamos la llave de la puerta en el bolsillo, único asidero cuando todo prende. Mientras, un país con ganas de matar observa en la distancia, culpa al cambio climático del acto humano más cobarde. A base de mechero y gasolina desaparecen mapas y lo que es peor, ese tiempo de pan, chorizo y tardes a la fresca.

Porque en lugar del pueblo hay pérdida, un rastro de muerte que parece aire. Los veranos de ahora vienen con alertas y números de escala, también agua caída del cielo a borbotones. En el monte, los voluntarios limpian los rastrojos; en el calendario, el cuerpo de bomberos ya no sale. La vida sucede en la ciudad, otro fuego, así que los pequeños quedan a la sombra. Y los vecinos se consuelan con palabras huecas y sombreros de paja. Ojos de bebida fría. «Es lo que nos ha tocado vivir», dicen. Después se dan la vuelta, pero vuelven a un no lugar, el suyo. Instinto.

Lo único que importa ahora es la dirección del viento. Si se levanta habrá que espabilar, mover al ganado hasta el abrevadero. El fuego se mueve libremente ante víctimas estáticas, quemadas o con presentes y futuros ya disueltos. Las luces de las ambulancias añaden algo de color a este paisaje. Silencio ante lo inevitable: la casa de todos es un polideportivo que cuenta con las comodidades del siglo XXI. Otro helicóptero. A última hora de la España de hoy, mi pueblo es leña. Queda pendiente una vida que arde en preguntas, que arde y sólo arde.

Ilustración: Masayasu Uchida