Todo el mundo cree que folla bien

Apoyan el vaso medio vacío sobre la mesa, toman aire y lo reconocen sin despeinarse, casi con pesadumbre, fácil, simple. Así, en general, todo el mundo piensa que folla bien. Todo el mundo menos mi amiga Elena, que lo dice para llevarme la contraria y porque es muy buena actriz. Pero no hace falta criticar a nadie por semejante perogrullada. En mi diálogo interno, ese que nunca debe exteriorizarse y ahora comparto por escrito, yo también lo creo o al menos lo creía cuando follaba estando pedo. En realidad, lo que importa no es la cantidad ni la calidad, ni las posturas ni la falta de práctica, sino saber de qué hablamos cuando hablamos de follar bien. Y sobre todo, ¿durante cuánto tiempo?

Se trata de una pregunta sin respuesta. Algunos van a correrse, otros, en cambio, buscan una chispa, un látigo, olvidarse de lo que hacen de ocho y a tres y descubrir un tiovivo en el cuerpo de un novio, una desconocida o un equipo de baloncesto. Quizás la palabra bien signifique otra cosa en este contexto horizontal (en vertical es más cansado) y sea la forma más placentera de pasar el rato moviéndose al ritmo de la noche, sin caer en el pozo de «¿lo habré hecho como Rocco?» o «¿se lo habrá gozado?». Si uno lo piensa después de ducharse, la historia del sexo está llena de historias asimétricas, con uno de los partenaires en una nube y el otro de lo más decepcionado. La vida.

En medio de todo este lío están aquellos que tapan la ansiedad a base de orgasmos, la peor manera de intercambiar placer por dopamina. Otros fingen para ir tirando, porque mejor seguir que verbalizar algo que otro podría tomarse como un ataque a su yo sin profilácticos. Una gran parte de los que afirman que follan bien pasan por la superficie de las cosas y las pieles, utilizan la carne como un algodón para la mente. Cuando el placer deja de ser algo compartido para ser cosa de uno y sus circunstancias aparece la tristeza y el sexo se convierte en la peor forma de engaño y engañarnos. Joder. Follar. Amar. Y volver a empezar.

Ilustración: Vin Zzep

La gente que lee

La gente que lee sueña mejor. Incluso son mejores personas, precisamente porque callan. Quizás porque entre las manos sostienen un libro ingrávido de vidas ajenas que a la vez son las suyas, durante un trayecto, con cada latido, con cada gesto entre páginas que silban. La gente que lee son mayoritariamente ellas, con el cuello curvo ante el precipicio, las manos sueltas y firmes, las pupilas ladeándose y la certeza de que, suceda lo que suceda, será mejor que levantar la vista. Porque la gente en una encrucijada de palabras se permite el lujo de bajar la guardia, recibir golpes que dejan una huella con olor a mar, sin marcas y un marcador, en ocasiones un lápiz que sirve para recordarles que lo leído ya existía en ellos sin saberlo; y por eso sonríen.

Leer es maravilloso. En ocasiones mejor que escuchar música. Sin embargo, observar a un lector es una experiencia similar a comenzar un libro. Su anatomía se afloja, vuela bajo, renace. También al hacerlo en diagonal, o pensando en cosas más mundanas. Es con la lectura que un hombre es árbol sin raíces y conectado a la mujer de enfrente, que una mujer es luz en el reflejo de una ventana húmeda, que un niño es hombre, mujer, tal vez el viejo que da de comer a las palomas.

La gente que lee me gusta mucho. Incluso más que terminar un libro. Será porque en todos ellos existe la promesa de lo próximo, de lo que llegará y se resiste a llegar y al mismo tiempo no es lucha. Porque en los libros se encuentra todo menos el sexo en los baños públicos. Bueno, eso también, pero limitado por la imprenta. La gente que lee es un misterio idéntico al orgullo de los libros leídos, a ese hacha de tinta «que rompe el mar helado dentro de nosotros».

Iustración: Bruce Weber