Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Reencuentros

Reencontrarse tiene algo de descubrimiento. El tiempo pasa mal, cada uno mira hacia su lado y un día, sin quererlo, un espacio congrega a los amigos, normalmente una mesa de restaurante, últimamente temprano. Todo comienza con la advertencia de alguno, quizás dos, «no estoy para menús de 80 euros», «mañana trabajo», cada uno a lo suyo, cada uno un poco incrédulo y encerrado en sus manías, que no son más que repeticiones de actos para sentirnos menos solos dentro de nosotros. Superado el escollo —la camarera espera junto a una planta de interior—, el nudo se deshace, las caras cambian con los platos llenos de comida, el alcohol favorece el tránsito de emociones y una amistad convertida en un rato perfecto.

Lo bonito de los reencuentros es que son cotidianos e únicos, pasan rápido o muy rápido, suceden en Madrid o en Santo Domingo de las Posadas. A veces, la razón del reencuentro responde a una tragedia, otras, quizás más numerosas, se trata de verse, echar un rato, hablar de la concentración de azúcar en una botella de champagne, recordar lo sucedido cuando creíamos ser reyes, pensar en comprar una casa para cuando seamos viejos y lentos, recorrer la parte menos transitada de un mundo también viejo, pero demasiado rápido. Nos separamos para reencontrarnos. Nos reencontramos para ser felices.

Cuanto más perdemos más valoramos los reencuentros, como si la única forma de seguir hacia delante fuera detenerse y compartir el aire. Hay algo profundamente humano en compartir las penas y las alegrías, en poder ser nosotros sin temor a hacernos daño. Hasta hace poco era incapaz de actuar con naturalidad en estas ocasiones, ahora, después de muchos meses de distancia, me doy cuenta de que la única forma de esquivar la locura y la mala soledad consiste en reencontrarse con gente querida que es, de una manera un poco extraña, reencontrarse con uno mismo. Nos vemos pronto y aquí abajo.

Ilustración: Simon Bailly

¿Vamos a casa de mis padres o a la de los tuyos?

¿Vamos a casa de mis padres o a la de los tuyos? ¿Os suena? Sí, es el mantra de nunca acabar entre los amantes horizontales, gente cachonda con ganas de hacer bien las cosas, sacarse una carrera y comprarse una casa. ¡Orden! ¡El futuro era una casa! Cuatro letras que representan la pesadilla sin cocina de casi todos, bros, cuarentones y, probablemente, todas las generaciones venideras hasta que el planeta deje de ser un lugar habitable. Pero nada. Sin oferta no hay vistas a un patio con un limonero, sin control las ciudades son pasto para tiburones y la ocupación la única salida a este sindiós de andar por casa. Un piso sin alarmas ni sorpresas, a eso aspiramos. Mientras no llega, alquila a precio de una casa nueva. Y a follar a un hostal.

No recuerdo un solo momento en el que una casa fuera un bien de primera necesidad. Lo ponía en la Constitución, ladrillo de una época donde había mucho suelo edificable. En el 2000, tirábamos de parques y columpios para practicar sexo, de moto con el depósito templado, de la casa de un amigo de un amigo, del coche de papá y el césped. Fast forward. En 2024, solamente cuatro amigos míos tienen casa propia, un par de ellos tienen más de una y el grupo de la infancia se divide entre los que invirtieron en condones o en bienes muebles. Resultado: casi todos inquilinos calvos.

No tener casa nos quita el sueño, como si un salón, dos habitaciones, un baño y un descansillo con paragüero fueran parte indispensable de cualquier construcción de una vida digna. Las casas son estuches de felicidad perdida y encontrada y, si nos pertenecen, pueden cambiar de color, albergar perros y periquitos, acoger a los amantes sin prisa. Pero lo más importante: en tu casa siempre te esperan. Mientras tanto, vivimos atrapados fuera del mundo, encontrándonos en la calle y el 100 Montaditos, mirando los balcones de otros con dinero. El problema de la vivienda. La tragedia de un hogar inalcanzable.

Ilustración: Andrew Wyeth

Un bebé

Un bebé representaba todas las posibilidades de futuro de los padres. Hasta su grito, el tiempo estaba fragmentado: ocho horas de trabajo, unas cervezas, el fin de semana en casa de los suegros. Ahora, aquí, los padres experimentan un continuum sin después, un presente de pecho, leche, contacto y piel rosada. «Mira, ha abierto los ojos». Entonces, el tiempo del bebé es el nuevo tiempo de los padres, de los amigos que traen flores, de Madrid convertido en una cuna. Tanto poder en un ser tan indefenso, una garantía de que no todo está perdido. Vendrá el insomnio, el problema de crecer. Será después. Un bebé representa todas las posibilidades del presente.

Cincuenta centímetros y cuatro kilos de peso con la capacidad de romper cualquier mandíbula. Los mayores, con hijos o sin ellos, se detienen alrededor de este planeta nuevo y sonríen, hablan en voz baja, comentan el tamaño de las manos, se detienen a observar algo perfecto. Una cabeza haciéndose, un cuerpo y unos pies envueltos en un hatillo azul. Nada extraordinario, otro milagro y una baja de maternidad. Quizás sean necesarios muchos más bebés para detener la sinrazón del día a día, la falta de frenos.

Al bebé le compré una maceta con un lirio. Nunca llegará a verlo porque las flores duran poco y un bebé tiene toda una vida dentro, un puesto de trabajo asegurado y un corazón como el hueso de un albaricoque. Dejé la maceta encima de la mesa del salón donde comía asido a su madre, con su padre cerca y una amiga de los padres en ropa deportiva. Hay tanto latido en una cosa tan pequeña… Cerré despacio la puerta de la casa. En la calle no había ni niños ni perros, solo gente fea en las terrazas hablando del pasado.

Ilustración: Joaquín Sorolla

Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

Romper con los viejos amigos

Y, de repente, después de tantos años, la amistad se rompe. Aún lo recuerdas. Os entendíais con iniciales grabadas en el tronco de un árbol, sin palabras o en un idioma inventado. Ese amigo existía en todas partes, al otro lado del teléfono, de noche y para siempre. Él sabía quién eras tú, tú sabías dónde encontrarle a él. Ninguno de los dos podía imaginarse la vida sin el otro. Tan solo hacía falta una cosa: envejecer. Entonces, caíste en la cuenta de tu error. Ahora, los dos vivís en la misma ciudad a miles de años luz. Ya ni siquiera recuerdas la última vez que hablasteis. Fue hace tiempo, antes de la infancia y el ruido que hacen los adultos cuando hablan. Fue triste. Os mirasteis y no os reconocisteis.

Los dos tenéis la culpa. O mejor culpar al trabajo y al «no me da la vida». La muerte crece con los años. Los dos habéis perdido a un perro o un padre, renunciasteis a los sueños de dos niños que miraban las estrellas. Farolas, destellos, satélites. Y oscuridad. Un amigo intenta encontrar un hueco para ver a otro, quizás la última semana de noviembre. El otro amigo insiste, pero sus prioridades han cambiado. A veces, tres paradas de metro son un mundo o una bola de demolición. Los dos encontrareis algo más importante en que ocuparos. Si algo así puede llegar a suceder, ¿fuisteis amigos de verdad? De verdad lo fuisteis. El consuelo reside en una cosa: aún no estáis muertos.

Sucede que la amistad se rompe y dos siguen andando. Duele porque las cosas que importan son herida y cicatriz. Mejor parar la hemorragia. Puede que con otra gente más afín, puede que pintando soldaditos de plomo o alejándose de todo. El recuerdo del amigo permanece y vuelve en sueños. Quizás nunca volváis a veros; de hacerlo, quizás miréis para otro lado. Tú con tus cosas; tu amigo cada vez más lejos. «Una vez tuve un amigo que era todo», te repites al otro lado del espejo. Puede que perder a tu padre y a tu madre sea lo normal. Perder a un amigo va en contra del ciclo de la vida. Será porque no lo sepultó la tierra.

Ilustración: Lushuirou

Los amigos que dejaron de serlo

Los amigos de siempre construyeron una casa en el árbol. A ella volvíamos cada tarde, cuando la familia debilitaba nuestras aspiraciones, SOS, cuando la realidad giraba en dirección contraria. A los amigos de siempre se les dice familia, una elegida porque en ella el mundo nos desangra entre las flores. Son los amigos infancia, maquillaje y acné, pelo y posibilidad de crecer estando menos solos, quizás más felices. Imposible saber qué somos en su ausencia, imposible comprender al adulto sin esas fotografías de noches y fogatas. Pero, un día, los amigos de siempre dejan de dar sombra. La casa en el árbol se vacía. Y oscurece.

Los amigos consumieron nuestra juventud y ahora, calvos y con varices, se alejan. O quizás somos nosotros los que corremos hacia el sol del mediodía. Nada queda de aquellos niños jugando a ser mayores, solamente hay trabajo y poco tiempo libre, como si el tiempo no fuera libre y siempre nuestro. Entonces la política se convierte en un obstáculo insalvable, las ganas se reservan para gente que nos ve de otra manera y observa las cosas por una mirilla deformada por el tiempo. Cierto, algunos amigos de siempre lo serán para toda la vida, sin embargo, otros han muerto. Míralos, aún respiran. La casa del árbol se ha quemado.

«No reconozco a mis amigos». Hay tanta extrañeza en esta frase. Y es que, o cambiamos en los años o los años nos cambian sin pedir permiso. Entre medias, dejamos de quedar con los amigos de siempre y hablamos con sus padres. Ellos nos cuentan cómo andan, si sus hijos sonríen a menudo o si, en cambio, llevan mal la obsolescencia. Es raro hacerse amigo de los padres de los amigos de siempre, precisamente ellos que no nos entendían… La casa del árbol es ahora un árbol. El viento mece sus hojas. El sol brilla entre las ramas. No queda más consuelo que seguir viviendo.

Ilustración: David Shrigley

Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

Jajaja

Jajaja es el nuevo silencio, una forma de contestar sin contar nada. Y es que la mayor parte del tiempo no sabemos qué decir —sí, el mundo está lleno de nuestras rarezas y de gente rara—, y al utilizar el móvil para todo hay que encontrarle una representación al mutismo o la indiferencia. A veces jajaja sirve para reírnos sin que nos escuchen, otras supone el fin de una conversación que, de lo contrario, quedaria suspendida en el aire y el espacio, es decir, en la pantalla. Para ser más gráficos: jajaja equivale a mandar un corazón por Instagram. Late, te sirve para decir que estás, que te interesa una mierda todo lo que no tenga que ver contigo y a otra cosa. Jajaja, qué bonita risa tienes.

Da miedo comprobar cómo la risa se ha convertido en una palabra de una sílaba que en realidad son tres. Si uno lo piensa, callarse es muy bonito y solo podemos mejorar el silencio con una carcajada sonora, de esas que provocan agujetas y hasta alguna pérdida. Ni hasta el maquillaje debe apagar la risa, de ahí que ponerla por escrito quede cuanto menos raro. Ahora escucho la risa de mi madre, ese movimiento entre labios y arrugas y pienso en la poca justicia que le hago. Jajaja nunca será el tiempo que pasamos con los dioses, repito, nunca. Y sonrío.

Si alguien escribe jajaja siembra la duda en el ambiente. Puede que lo haga por compromiso, quizás para evitar la pena o no dejarnos mal con un mensaje leído seguido del estridular de un grillo. Después llega la certeza de que las palabras sirven para poco o para menos de lo que nos gustaría, que nos vale con reír y llorar riendo, que su fiesta es lo único que no podrán arrebatarnos de la boca. Mejor utilizar el kkkkkk del portugués, el mdr de los franceses o el wwwww de la que fue mi mujer hasta hace poco. Ni jijiji ni jujuju; morir de risa, esa es la única vida a la que aspiro.

Ilustración: Tatsuro Kiuchi

Del éxito a diferentes edades

Decía un fracasado que «el éxito es el punto de encuentro entre la preparación y la oportunidad». Pues bien, este aforismo sirve para un rato. El concepto de éxito se diluye con los años, oscila entre el ladrillo y las pedradas. ¿Os acordáis de vuestras aspiraciones de niños? Viajar a Marte y regresar más jóvenes, ser cirujanos para trasplantar a mundo dislocado o futbolistas recién salidos de la peluquería… Pues bien, eso va quedando atrás, muy poco a poco, a base de desaliento y realidades con espinas, a fuerza de entender que el éxito es un malentendido. Por eso muta.

Tras la fase de conquista, todos nos enfrentamos al extravío. Resulta que vivir es un largo proceso de preparación para algo que nunca llega a suceder, y claro, nos adaptamos. Atrás quedan los flashes y el dinero, más que nada porque muchos quieren una estrella destinada a uno o dos pequeños. Y nadie nos lo enseña. ¿Qué fue de la guapa del instituto? ¿Dónde trabaja el chico de la moto? Ninguno estiró el sueño. Ahora viven en Segovia. No consiguieron disfrutar de lo logrado que fue mucho. Querían más por culpa de una aspiración de pueblo.

Superados los cuarenta cae la máscara, tanto si te fue bien como si aspiras a un cierto grado de tranquilidad. La gloria no viene de fuera, sino de una certeza en las tripas: lo petas cuando te diviertes. Puede ser en un grupo de versiones, paseando a un perro cojo o perdiéndole el miedo a equivocarte. Se es más feliz de viejo porque a ciertas edades ya no se pretende contentar a todo el mundo. Naces, fracasas, recuerdas un mar bajo un sol púrpura y miras a tu alrededor. Rodeado de amigos calvos que te quieren podrás gritarlo al horizonte: tu vida ha sido un puto éxito.

Ilustración: Ryo Takemasa