La ira como motor del cambio

Es cierto que el amor, no confundirlo con el enamoramiento y su flor de pasión, nos empuja a tomar, sino las más trascendentes, al menos las decisiones mas fieramente humanas de nuestras vidas: envejecer frente al mar junto a la misma persona, levantarnos todos los días con el sol para garantizar el presente y el futuro de los más pequeños, escribir canciones que perduren más allá de la próxima glaciación planetaria…

Por el contrario, el miedo nos lleva al pánico, un callejón sin salida que nos convierte en un eslabón más de la cadena, la herramienta ideal de ese poder fáctico que consigue modelar a un ciudadano poco crítico —simple amasijo de carne y tendones desprovisto de masa gris— y establecer la inacción como norma. Y el pánico nos lleva al dolor.

Entre medias del amor y el miedo surge la preocupación, un estado de inquietud rayano en la angustia que, de persistir en el tiempo, desemboca en la depresión y, en el peor de los casos, en el suicidio por la ingesta de pastillas. Porque a veces la batalla se pierde y otros continúan en las trincheras del día a día y la paroxetina…

De entre todos estos estados del alma surge uno que cuenta con la incomprensión de la mayoría, quizás por la enorme cantidad de cadáveres que dejó a su paso, pero poseedor de una capacidad inaudita para cambiar tu realidad, y por lo tanto la realidad de todos los que te rodean. En lugar de reprimirla y empujarla al pozo de tu psique puedes mirarla a los ojos, mantenerla cerca de tu ventrículo y lejos del odio, sacarla a la calle y que grite, que diga que no, que no le gusta lo que veis y que juntos apuntalareis vuestra casa, el barrio, vuestra ciudad, el mundo. Porque si la naturaleza, la expresión más elevada de la belleza desprovista de magia, demuestra en ocasiones su poder de destrucción, tú puedes emplear la tuya para todo lo contrario. Y la ira se transformó en amor, por ti, por mí, por todos los demás.

Nadal, el amor por el proceso

Existen muchos prodigios en la historia del deporte, tantos como personas extraordinarias fuera de él. Jesse Owens, Mohammed Ali, Nadia Comaneci, Bruce Lee, Pelé, Michael Jordan, Usain Bolt… la lista es extensa y, sin embargo, excluyente porque a las condiciones físicas extraordinarias de todos ellos —sin duda eligieron la actividad para la que estaban diseñados desde el punto de vista genético— se unieron ciertos factores imposibles de recrear de manera consciente: nadie los esperaba, simplemente estaban en el lugar y el momento preciso.

Sería imposible elegir a uno por encima de todos de igual manera que parece una tarea inútil establecer si Messi es mejor que Di Stéfano, o Navratilova mejor que Steffi Graf por la sencilla razón de que en el proceso incluiríamos criterios estéticos, tendencias subjetivas y algo irracional pero intransferible como son los gustos.

Llegados a ese punto de no retorno y como no podía ser de otra manera hay un chico llamado Rafael Nadal Parera, nacido Manacor hace treinta y tres años, provisto de todos los atributos de los deportistas mencionados anteriormente que se distingue por un brazo izquierdo sobredimensionado, una cabellera en continua regresión y un elemento que le convierte en un ser humano insensible al desaliento. ¿Trabajo, humildad, ambición, perseverancia?

La respuesta es sí y después no. Y es que sin duda él solo, bajo esa cinta de Nike y un sol revoloteando sobre su entrecejo a cada saque, es el mejor ejemplo a la hora de demostrar que el amor por el proceso es tan importante como la meta y el cheque cargado de ceros.

Fui su chófer en un campeonato. Le pregunté a un Nadal todavía adolescente que por qué jugaba al tenis. Él se quitó los cascos, me miró con la expresión de una cría de chimpancé y me respondió muy bajito:—Porque me encanta.

Seguí conduciendo con la seguridad del que se desplaza con una leyenda a 80 kilómetros por hora y en un Rover 75 color estrella.

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Cierra los ojos, aprieta las sienes y piensa en la palabra amor, o mejor aún: siéntelo…, y ahí comienzan los problemas.

Donde hay amor del bueno nunca hay divorcios, y si los hay nunca se firman bajo la alargada sombra de un abogado o un burofax reclamando la potestad de unos hijos que nunca tendrán muy claro si fueron fruto del cariño, el hastío o un descuido… La separación implica más bien desamor, origen del sufrimiento romántico, como también lo es matar en su nombre (¡el amor era inocente!), una emoción desprovista de género, número y E.T.S. y por la que es imposible morir, excepto si eres una madre dispuesta a dar la vida por esa criatura que solo llora, caga y come a ojos de los demás (solteros) que consideran que, en el remoto caso de que el amor exista, éste no ha sido benévolo con ellos y terminará — siempre de dentro pa’ fuera— transformándose en algo raro y…,  ¿por qué demonios siempre termina triunfando en las películas?

De todas formas, el amor, ese que no nace ni aparece, debe de tener una determinada edad o ¿acaso los niños tienen la capacidad de enamorarse?¿No es más recomendable hacerlo cuando uno no es demasiado joven o demasiado viejo, en el momento en que el ángulo del pene y la lubricación de la vagina permiten disfrutarlo en toda su extensión? Y si no se puede, también vale disfrutarlo en compañía, sentados frente a la ventana desde la que se ve el mar, con vistas al ocaso del sol y de la vida.

Pero, ¿es el mismo amor el que Hitler profesaba a Blondi —su pastor alemán—, San Antón a sus jilgueros y Pelé a la pelota? Y, ¿no es también amor (sin condón) lo que siente Amarna Miller por su novio diseñador, o Teo García Egea —quizás en una forma algo más gaseosa—por España?

A veces el amor es una pena porque se convierte en el vehículo perfecto para nuestra propia realización, la misma que se hace carne cuando la otra persona representa aquello que tú eres y se mezcla con tu nombre y otros apellidos, el amor propio, incondicional, filial, paternal, abstracto, platónico, universal, el que se demuestran los músicos en InstagramÉrōs, Meraki, pasional, anal, y el de la Iglesia por toda la humanidad (gays no incluidos).

Abre los ojos, relaja las sienes. Después de esta aventura solo podrás sacar algo en claro: al final, el verdadero amor es aquel que dejamos marchar y cuya palabra bifronte es romanescu. Qué cosas tiene el corazón…