Unidos por la pérdida

Últimamente resulta imposible esquivar el tema de marras, como si todos los caminos condujeran al virus, y el día a día, con sus consecuencias y a destiempo, orbitara alrededor de una enfermedad que, poco a poco, adopta múltiples formas. Y es que por un lado, proliferan aquellos que expresan su incapacidad para acatar del toque de queda, manifestando que muchos sufrimos un ataque de ceguera, ansiando declarar la insurgencia y salir a quemar la noche en nombre de la libertad individual. En frente y con mascarilla, otros más pacientes o quizás entumecidos por la manera con la que algunos reclaman ese derecho a vivir, un verbo que roza la supervivencia, pero que implica al conjunto de la sociedad. En definitiva; polos opuestos unidos por la pérdida.

Porque mientras nos enzarzamos en discusiones sin final cierran los cines y los bares, la tienda de instrumentos y el único restaurante con menú a precio de ciudad habitable, espacios y tiempos en los que solíamos jugar. Desprenderse de ellos y su recuerdo significaría borrar un pasado que perfila este presente gris, de igual manera que siempre guardamos el número de padres y amigos fallecidos por miedo a no poder llamarlos cuando nos hagan más falta, quizás en un futuro de espuma y playa.

Así estamos, entre el duelo y la memoria, un poco deshilachados, aunque con el dedal y la aguja preparados para tejer puentes y algún que otro acuerdo que nos aproxime un poco, al menos lo suficiente para evitar perderse de vista desde la otra orilla. Es en ese punto geográfico, con el viento despeinándonos y las orejas frías cuando seremos conscientes de que lo que se pierde nunca se va y, si se va, nunca termina de perderse.

Ilustración: https://robbailey.studio/

Cuando te enteras de que tu ex va a tener un hijo

De entre todas las sensaciones que implica el hecho de ser fieramente humanos, y por lo tanto complejos hasta decir basta, hay una que es, sin lugar a dudas, la más difícil de precisar porque en ella se dan cita los pasados vividos, niveles residuales de hormonas con cierto extravío atávico y la incertidumbre de saber qué sería de nosotros si hubiéramos tomado la decisión de aguantar. Por supuesto, cada uno la experimenta a su manera, pero tras encuestar a mi entorno más íntimo — Tinder y Tik Tok— debo reconocer que enterarse de que nuestro o nuestra ex ha tenido (o va a tener) un hijo con una pareja que casi siempre nos recuerda a nosotros es raro, precisamente porque escapa a cualquier definición. Y digo raro… ¡Qué coño, rarísimo!

Para añadir más incógnitas a esta ecuación da igual si hace años que no pensábamos en el ex en cuestión (ni siquiera para tocarnos); si estando juntos lo único que hacía era contarnos sus mierdas, proponer visitas sorpresa al pueblo familiar o empeñarse en exprimir el finde cuando a uno lo que le apetecía era quedarse en casa (que para eso la pagamos)… Da igual, alguna vez le quisimos y es verle con el niño en brazos y sufrir un retortijón de entrañas, sentirnos malas personas porque sí, compartimos su felicidad y, sin embargo, no salimos en la foto: ¡hemos sido expulsados de una vida que aborrecíamos!

Así somos, volátiles, satélites alrededor de una órbita fiel y Lowenstein, presos fuera de un mundo perfecto en su concepción y terriblemente imperfecto en su devenir diario. También es cierto que el trauma dura poco, y aquel residuo umbilical que nos unía termina volatilizándose como una aspirina efervescente, sobre todo al advertir lo que ahorramos en pañales y dolores de cabeza. Ese niño, además de representar una oportunidad extranjera, viene con un adiós desprovisto de amargura. Por mi parte espero que les vaya bien, siempre. A todas.

Ilustración: Flore Gardner

De moscas, amor y Enrique Ponce

Es noticia en todo el mundo: una mosca se posa en la blanca mata de Mike Pence, figura de cera que cogobierna el país más poderoso del mundo, y consigue captar la atención de millones de internautas y televidentes. Será que todos necesitamos un respiro de la política y la ciencia, darle un buen tiento a la bombona de helio y librarnos un rato, sólo un rato, si tampoco pedimos tanto, de la oscuridad reinante. Porque si este insecto, lo llamaré Avioncito, es la noticia del día, entonces también es más necesario que nunca hablar de lo que le está sucediendo a Enrique Ponce. ¿Amor, el mejor sexo en años, un espejismo? Las tres juntas y un poco por separado.

Desde que conoció a una chavala de 21 años, el diestro ha dejado de ser siniestro —y a su mujer— para convertirse en el mejor imitador de un Michael Jackson pasado de Demerol, puro flow taurino, algo peor de pelo y bien de “Just for Man”, ese jovencito de 48 años capaz de posar con chupa de cuero-cuero y zapatillas con la bandera de España entre dos aguas, irse de botellón con los colegas de su novia y anunciar en las portadas del papel cuché que prepara disco. Si eso no es vivir a porta gayola que suba Van Halen del infierno y se haga un punteo con los tangas abandonados en el albero. ¡Albricias!

Por una vez un matador adquiere dimensiones de personaje necesario. Probablemente para que trabajadores de este calibre no se perpetúen en el espacio y el tiempo, pero también como ejemplo de que lo único que funciona en épocas de pandemia y destrucción es perder el sur, sentir en sien y genital la ingravidez, el seísmo, la dulce ebullición del almíbar bajo unas sábanas con restos de semen. Así, el amor se convierte en la mejor manera de no pensar en la vida. Mañana ya veremos.

Ilustración: Davide Bonazzi

Fuck Vox, trátrá

Con estos dos palabros —un acrónimo anglosajón seguido de un eructo— Rosalía no solo ha conseguido irritar a las milicias del tercer partido más votado en las elecciones, sino que de manera diáfana vuelve a blandir sus uñas de grizzly en un momento en que la mayoría de músicos prefiere guardar silencio, quizás por precaución, quizás porque eso les impediría firmar contratos veraniegos en los ayuntamientos más fachas del país.

Porque ahora, y de una vez por todas, es necesario cerrar filas contra la intolerancia, tarea titánica para un colectivo con el individualismo como bandera, antítesis de un modelo a seguir —reconozcamos que los músicos, y por ende la música, importan más bien poco— pero al que se presupone una mayor sensibilidad, ciertos valores inclusivos rubricados en estrofas de tonalidades mayores, estribillos que riman con algo parecido al amor, puentes “da capo al coda”, y esa necesidad de compartir con muchos el fruto nacido en soledad, pequeño fuego, chispa brillante, la única casa del barrio con las puertas abiertas de par en par.

Repite conmigo; Fuck Vox por seguiriyas y al “traptrán”. Y de pronto uno se queda más tranquilo. Escríbelo en tu muro acompañado de una sonrisa, con la seguridad que confieren las palabras cuando sirven de muralla frente al odio; píntalo en los pasos de cebra, justo al lado de esos poemas tan chungos a lo Elvira Sastre; propaga el “whatsapp” que sofoca el incendio; disipa el humo negro soplando contra el viento. Y recuerda: las palabras curan el miedo, la música y la razón fueron, son y serán la muerte del fascismo.

El primer pedo, punto de inflexión en la pareja

Hay un hito en la relación de pareja, tormenta envuelta en nubes de algodón fétido que va más allá del intercambio de contraseñas móviles, del miedo y la emoción que preceden a la firma conjunta de una hipoteca, e incluso todavía más lejos de adoptar —tras infinitas charlas bajo la tenue luz de la cocina— ese chucho asqueroso convertido en trending topic porque son una monada, tía.

Y supongo que los más sensibles a los olores lo habrán adivinado y saben —el aroma de la muerte anticipa la presencia humana— que me refiero al primer pedo delante de él o ella. Pero no un cuesco “chiquirrín”, casi un suspiro de nitrógeno que se lleva el viento, sino un puto géiser parido por el trueno con la capacidad de atravesar las sábanas o las costuras de unos Levi’s 501 lavados a la piedra, el ejemplo perfecto de bomba que estalla cuando ni siquiera el granadero lo esperaba… Y además nos acompaña un rato largo, larguísimo.

Porque tras ese lapso llega el silencio, a veces repugnante, otras divertido, y aireamos la habitación sabiendo que a partir de ahora las cosas nunca volverán a ser como antes, lo que no significa que todo vaya a peor. Simplemente las puertas se abren, apuntalamos la confianza, y el pis rápido de él cuando ella se ducha se hace costumbre, y el «cariño, entro a por los pendientes que olvidé sobre el lavabo» cuando él caga es recurrente, y a partir de ahora no hay barreras, lo que ojalá se tradujera en mejor sexo. Así cumplen años las relaciones, sabiendo que en estos casos más vale confiar en el amor y no poner una vela a menos de un palmo. Hasta que el cuesco nos separe…

La ira como motor del cambio

Es cierto que el amor, no confundirlo con el enamoramiento y su flor de pasión, nos empuja a tomar, sino las más trascendentes, al menos las decisiones mas fieramente humanas de nuestras vidas: envejecer frente al mar junto a la misma persona, levantarnos todos los días con el sol para garantizar el presente y el futuro de los más pequeños, escribir canciones que perduren más allá de la próxima glaciación planetaria…

Por el contrario, el miedo nos lleva al pánico, un callejón sin salida que nos convierte en un eslabón más de la cadena, la herramienta ideal de ese poder fáctico que consigue modelar a un ciudadano poco crítico —simple amasijo de carne y tendones desprovisto de masa gris— y establecer la inacción como norma. Y el pánico nos lleva al dolor.

Entre medias del amor y el miedo surge la preocupación, un estado de inquietud rayano en la angustia que, de persistir en el tiempo, desemboca en la depresión y, en el peor de los casos, en el suicidio por la ingesta de pastillas. Porque a veces la batalla se pierde y otros continúan en las trincheras del día a día y la paroxetina…

De entre todos estos estados del alma surge uno que cuenta con la incomprensión de la mayoría, quizás por la enorme cantidad de cadáveres que dejó a su paso, pero poseedor de una capacidad inaudita para cambiar tu realidad, y por lo tanto la realidad de todos los que te rodean. En lugar de reprimirla y empujarla al pozo de tu psique puedes mirarla a los ojos, mantenerla cerca de tu ventrículo y lejos del odio, sacarla a la calle y que grite, que diga que no, que no le gusta lo que veis y que juntos apuntalareis vuestra casa, el barrio, vuestra ciudad, el mundo. Porque si la naturaleza, la expresión más elevada de la belleza desprovista de magia, demuestra en ocasiones su poder de destrucción, tú puedes emplear la tuya para todo lo contrario. Y la ira se transformó en amor, por ti, por mí, por todos los demás.

Nadal, el amor por el proceso

Existen muchos prodigios en la historia del deporte, tantos como personas extraordinarias fuera de él. Jesse Owens, Mohammed Ali, Nadia Comaneci, Bruce Lee, Pelé, Michael Jordan, Usain Bolt… la lista es extensa y, sin embargo, excluyente porque a las condiciones físicas extraordinarias de todos ellos —sin duda eligieron la actividad para la que estaban diseñados desde el punto de vista genético— se unieron ciertos factores imposibles de recrear de manera consciente: nadie los esperaba, simplemente estaban en el lugar y el momento preciso.

Sería imposible elegir a uno por encima de todos de igual manera que parece una tarea inútil establecer si Messi es mejor que Di Stéfano, o Navratilova mejor que Steffi Graf por la sencilla razón de que en el proceso incluiríamos criterios estéticos, tendencias subjetivas y algo irracional pero intransferible como son los gustos.

Llegados a ese punto de no retorno y como no podía ser de otra manera hay un chico llamado Rafael Nadal Parera, nacido Manacor hace treinta y tres años, provisto de todos los atributos de los deportistas mencionados anteriormente que se distingue por un brazo izquierdo sobredimensionado, una cabellera en continua regresión y un elemento que le convierte en un ser humano insensible al desaliento. ¿Trabajo, humildad, ambición, perseverancia?

La respuesta es sí y después no. Y es que sin duda él solo, bajo esa cinta de Nike y un sol revoloteando sobre su entrecejo a cada saque, es el mejor ejemplo a la hora de demostrar que el amor por el proceso es tan importante como la meta y el cheque cargado de ceros.

Fui su chófer en un campeonato. Le pregunté a un Nadal todavía adolescente que por qué jugaba al tenis. Él se quitó los cascos, me miró con la expresión de una cría de chimpancé y me respondió muy bajito:—Porque me encanta.

Seguí conduciendo con la seguridad del que se desplaza con una leyenda a 80 kilómetros por hora y en un Rover 75 color estrella.

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Si pronuncias la palabra amor varias veces…

Cierra los ojos, aprieta las sienes y piensa en la palabra amor, o mejor aún: siéntelo…, y ahí comienzan los problemas.

Donde hay amor del bueno nunca hay divorcios, y si los hay nunca se firman bajo la alargada sombra de un abogado o un burofax reclamando la potestad de unos hijos que nunca tendrán muy claro si fueron fruto del cariño, el hastío o un descuido… La separación implica más bien desamor, origen del sufrimiento romántico, como también lo es matar en su nombre (¡el amor era inocente!), una emoción desprovista de género, número y E.T.S. y por la que es imposible morir, excepto si eres una madre dispuesta a dar la vida por esa criatura que solo llora, caga y come a ojos de los demás (solteros) que consideran que, en el remoto caso de que el amor exista, éste no ha sido benévolo con ellos y terminará — siempre de dentro pa’ fuera— transformándose en algo raro y…,  ¿por qué demonios siempre termina triunfando en las películas?

De todas formas, el amor, ese que no nace ni aparece, debe de tener una determinada edad o ¿acaso los niños tienen la capacidad de enamorarse?¿No es más recomendable hacerlo cuando uno no es demasiado joven o demasiado viejo, en el momento en que el ángulo del pene y la lubricación de la vagina permiten disfrutarlo en toda su extensión? Y si no se puede, también vale disfrutarlo en compañía, sentados frente a la ventana desde la que se ve el mar, con vistas al ocaso del sol y de la vida.

Pero, ¿es el mismo amor el que Hitler profesaba a Blondi —su pastor alemán—, San Antón a sus jilgueros y Pelé a la pelota? Y, ¿no es también amor (sin condón) lo que siente Amarna Miller por su novio diseñador, o Teo García Egea —quizás en una forma algo más gaseosa—por España?

A veces el amor es una pena porque se convierte en el vehículo perfecto para nuestra propia realización, la misma que se hace carne cuando la otra persona representa aquello que tú eres y se mezcla con tu nombre y otros apellidos, el amor propio, incondicional, filial, paternal, abstracto, platónico, universal, el que se demuestran los músicos en InstagramÉrōs, Meraki, pasional, anal, y el de la Iglesia por toda la humanidad (gays no incluidos).

Abre los ojos, relaja las sienes. Después de esta aventura solo podrás sacar algo en claro: al final, el verdadero amor es aquel que dejamos marchar y cuya palabra bifronte es romanescu. Qué cosas tiene el corazón…