Ese detalle que lo cambia todo

Es algo que se intuye, aire entre el vacío y la ausencia. En ese gesto se concentra la galaxia, con su sol a la sombra y un amanecer en otra parte. Para verlo es necesario mirar más, mirar donde nadie quiere mirar por estar cerca. Mejor vivir con los ojos cerrados, que el mundo sea un borrón del que salir ilesos al final del día. Son los detalles los que crean momentos felices o nos sentencian. Llevé su mano hacia mi ingle mientras nos besábamos. Mi mano quedó suspendida dentro de la suya, dijo no con un gesto leve. Y ya no hay nada.

Pequeños detalles en circunstancias que hacían poca falta. Pues bien, esos detalles dejan huecos. Detalles relevantes, precisamente porque pesan poco o nada. Pueden ser ideas, la forma que tiene la luz de impactar en los cristales, imágenes en un contexto como soñado. El conductor miraba al fondo de la noche. Los faros del autobús convertían la carretera en una salida a aquel viaje tan largo. Un ciervo se cruzó entre las luces y un destino.

Los detalles de nuestros problemas convierten el problema en un juego de niños, también en tragedia. Los detalles de un abrazo convierten los detalles en una lista que se prolonga más allá del tiempo y el espacio. Los detalles son tan pequeños que no pueden ser imaginados. Somos detalles en un cuerpo incapaz de albergar más detalles. Limpiaste el espejo empañado con el lateral de tu mano buena. Acercaste el pecho en un gesto raro, levantando el brazo por encima de la cabeza. Un bulto del tamaño de una uva. Recuerdas el color de la toalla enrollada bajo tu pecho. Detalles buenos, malditos.

Ilustración: http://www.emilianoponzi.com

De un mundo sin tiempo

Hay un mundo sin tiempo. En ese mundo, los viejos nunca mueren, los niños lanzan manzanas al aire que no tocan el suelo. Todo está en suspenso: las nubes, los latidos del corazón de un pájaro. En ese mundo, el pasado no pesa, es solamente una posibilidad entre todas las posibilidades que la vida ofrece. La libélula toca la superficie del lago. Nieva frente a un sol que nunca sale porque nunca anochece en este mundo. La noche es noche sin sus días, sin los dedos de la mano. Las estrellas brillan en un cielo a salvo de pestañas.

A ese mundo sin tiempo regreso cuando quiero. Es un mundo desprovisto de la prisa y el desorden, sin recuerdos o sin tumbas. Los paisajes permanecen en el marco de las ventanas, los amantes olvidaron el horror contenido en cada despedida. Nada cumple años, nade tiene un fin, nada envejece. Un campo de girasoles frente a un universo quieto. Huele a leña y a piel de mango, la lluvia moja y la humedad… la humedad fue un sueño de verano. El mar siempre espera tras la curva. Siempre.

No hay pasado en un mundo sin tiempo, como tampoco hay pasado en el pasado ni hacemos planes de futuro. En este mundo estamos solos, pero no importa. El tiempo y su paso: obstáculos de la felicidad. Sin tiempo, la alegría y la tristeza son solo palabras. Y a las palabras se las lleva el tiempo. Colores en lugar de tiempo, amor a una distancia prudente de las horas. Sin tiempo por fin vivimos dentro de este mundo, la música palpita en una sístole. Nunca hubo tiempo en el tiempo. Por eso regreso a ese mundo cuando quiero.

Ilustración: Darek Grabus

Afecto

En la palma de la mano de un bebé alrededor de un dedo. Ahí se concentra el afecto. Afecto de otros que sujetan nuestras penas o detienen una ráfaga de viento. Afecto, jirones de ternura y espacio que permite soportar esta vida que se clava y va matándonos. Afecto, cura como forma de estar sin decir nada. Lo veo en los amigos, en la gente sola, al caer la noche. Con afecto cambiamos la opinión del que está mal hasta cuando sueña. Afecto en el corazón del tiempo. Y amanece.

Durante años pensé que no me hacía falta. Tenía mi arte y mis ventanas a otras partes. Estaba tan equivocado… Entre pena y fantasmas sentí el calor del afecto. Me revelaba. Me tenía a mí. Pero, ¿qué somos sin la paciencia de un abrazo? Un cuerpo a la deriva. El afecto llega cuando uno se resiste a los afectos, cuando la pena toca hueso. Porque el afecto nunca se calcula. Alguien lo entrega, alguien tendrá que recibirlo. Aunque no quiera.

Nos quedan ellos, los afectos. Hacia ellos vamos sin saberlo. Estaba escrito en las líneas de la palma de la mano, en las pupilas. De lo más pequeño a la inmensidad. En el afecto hay compasión y compañía, amor que prescinde de poder, la naturaleza en su forma más humana. Si podemos sentir afecto por un desconocido, ¿qué no podremos sentir por alguien próximo? Afecto inagotable, afecto necesario, afecto sin espinas. Solamente podemos dejar de sentir frío en su regazo. Dad afecto. Recibiréis toda una vida a cambio.

Ilustración: Guy Billout

El orgasmo termina en un abrazo

Entonces todo el ruido desaparece. Hay piel, intercambio, nuevas formas de contar tumbados. Puede que se haga de noche, que la luz convierta en velos las persianas. Poco importa. El placer deja de ser un sustituto. El sexo como sujeto, como objeto alejado de esta prisa nuestra. Sexo, sinónimo de inteligencia, de imperio de sentidos lentos, de actos de precisión en el que dos dejan atrás el cuerpo para hacerse aire, ungüento, amor hecho de tiempo. La vida adquiere una dimensión que nunca tuvo. Placer, vicio despojado de defectos, juego de enamorados dentro de una galaxia, de una cama.

Sin fronteras. Así se hace. Dos contra todos, contra nadie. Dos que son uno y su saliva. Una fábula en contra de la prisa. Porque o sucede ahora o algo se pierde. Cada caricia cuenta. Nada de promesas. Cada postura procura un roce, pero no intimida. El sexo y su seriedad llena de risas y juegos. El sexo. El sexo. El sexo. La felicidad va aparte. Complacer, forma de vida fieramente humana. Siempre nos quedará la memoria. Siempre.

Entonces el movimiento, por fin, es el cambio de lugar de dos cuerpos en el espacio. Hay sudor en las sienes, en el pecho, rumor de párpados. La distancia lejos del obstáculo. Antes del estallido, el placer puede anticiparse, vibra en la carne y en el fuego. ¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir sueño? Un misterio lleno de revelaciones y gemidos. Se produce un destello, una pequeña muerte en vida. El orgasmo termina en un abrazo. Sexo, acción que borra todas las costumbres.

Ilustración: Guy Billout

Despecho

Hay en el despecho una forma de venganza cutre, un acto de vanidad. Porque la pena, cuando rompe, lo hace hacia dentro, convierte en cristales todo lo que moja. Rotos no podemos hablar o comer. Respirar es algo heroico. Despechados intentamos transformar el dolor en ira, la ira en golpe, el golpe en alivio. El alivio dura poco. Todas esas acciones para que el tiempo y su paso nos hagan ver lo equivocados que estábamos. Sí, equivocarse es un derecho. También lo es renunciar a ser amado, a amar o a ambas cosas. Cantaba Brel: «… pero con elegancia».

Las personas despechadas viven con un hueco dentro del tórax y la noche, sienten la ausencia del ser querido que ahora es objeto, diana. Las personas despechadas convierten el engaño en guerra, guerra contra el mundo y contra sí mismos. Y las guerras solo sirven para apilar muertos. Si fue amor, ¿por qué no sentir indiferencia? La indiferencia es el apoyo del silencio. Así podremos salvarnos de la pena. Las personas despechadas solamente arden.

Evitando el despecho evitamos dar explicaciones. Sí, fue un héroe. Ahora es una rata inmunda, una animal rastrero. Qué extraño. Todo cambia sin quererlo. Nada como la distancia para el dolor. Desde allí arriba, el mundo es un lugar menos salvaje, hecho de montañas, de valles y de nubes. Devolver el daño es un invento humano. Donde las dan mejor que no las tomen. Despecho como forma de debilidad. El flojo asesta el daño más profundo. Mirad qué fácil lo voy a decir: A, B, C, one, two, three, nadie con las heridas abiertas debe vivir.

Ilustración: Guy Billout

Resistir

Resistimos todo este tiempo. Un mantra de oposición escrito en un cielo para niños. Nos limitamos a imitar lo que vivimos en casa. Padre resistía al despertarse muy temprano. Madre resistía en un trabajo fuera y otro entre paredes. A su vez, padre y madre resistían porque sus padres y los padres de sus padres resistieron. Pero ya no. La resistencia ha terminado. Hemos tenido suficiente. Ahora es momento de dejarse ir. Nada que ver con la derrota. Hace falta valor para admitirlo: que resistan los fuertes. Nosotros dejamos de resistir para evitar rompernos. Fuimos débiles, nunca nos rendimos.

El que resiste no gana, solamente resiste. Y sopla un viento que duele y el sol calienta menos que una estufa y el invierno es largo. Los animales lo despiden aletargados bajo un manto de nieve. Resistir, dormir, tal vez soñar. La palabra resistencia trae un aire de guerra entre aquellos que nunca quisieron ser soldados. Hasta los soldados aspiran a vivir en paz y agradecidos. Muchos conocieron el amor, atestiguaron el poder de la música y el tabaco, vieron un atardecer de fuego por detrás del bosque. Se acabó resistir a toda costa. La única resistencia que sirve se erige en contra de la muerte.

Podemos crecer, ampliar horizontes lejanos, aprender y progresar sin tener que resistir dentro de las horas, las estaciones, los años. Hoy se acaba. Hoy hay un compromiso de vida para resistir sin oponer ninguna resistencia. Este compromiso implica aceptar el lugar que ocupamos con la certeza de que la felicidad nunca es una aspiración que va a la contra, que los abrazos poco tienen que ver con los límites del cuerpo. El dolor desaparece cuando deja de encontrar obstáculos, barricadas. Hay calor sin resistencia, hay Sol. Lo juro.

Ilustración: Guy Billout

No le deseo feliz Navidad a nadie

No le deseo feliz Navidad a nadie. De eso ya se encarga el tiempo. Porque es fácil desear con las palabras cuando millones de bocas se repiten. El deseo de carne y hueso —el único que cuenta— «nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir», asume el riesgo de la felicidad ajena. El sol brilla, quizás por eso deseo agitar la tierra, desear sonrisas estando más triste que nunca, desear flores cuando mis plantas enmudecen con el frío, desear que la gente cene angulas mientras hiervo pasta con un poco de brócoli. El deseo es una forma de temor.

Deseo ver a Meryl Streep saliendo de un anticuario con margaritas de Shasta, de rudbeckias y equináceas, de magarzas y gerberas envueltas en un papel a juego con las botas, el abrigo y la luz de fondo. Deseo amor y enamoramiento sin moderación ni cava, regalos necesarios que nunca incluimos en las cestas. También salud de gimnasio, salud mental, salud a secas en un mundo que empuja en dirección contraria. Lo peor del universo está en nosotros.

No quiero olvidarme de desear algo bueno para los que desean cosas materiales sin saber que antes de morir desearán haber vivido de otra forma, con menos. Que quede por escrito, si no no existe. No le deseo a nadie una feliz Navidad, repito. Sí deseo con todas mis fuerzas que mi amigo Luis vaya encontrándose mejor, que Pablo vea en el tiempo y la paciencia un medio para el arte y que Segovia deje de oler a pis ante la amenaza de nieve. Madre, tú vive para siempre. No tengo que pedir deseos si deseo es lo único que tengo.

La gente intermitente

Hay nacimientos cada día, luces, una promesa de volver a los salones. No hace falta esperar a la Navidad para encender la magia. Llega diciembre con sus nubes, y la ciudad centellea desde la cintura de los edificios hasta el cielo. A pie de calle hay gente intermitente, ajena a esos milagros que suceden, y que son el sol al otro lado, gestos, un «muchas gracias» bien dicho. Es la gente intermitente la que se apresura a comprar regalos, la que decora un pino muerto con estrellas y guirnaldas, la que corre porque la prisa lleva tiempo. Esa gente demuestra que quiere a los suyos cuando toca. Raro es el amor como regalo.

Todos deslumbramos en algún momento, aunque nadie nos lo recuerde. Luego cae la noche. Imposible brillar, brillar y brillar. Primero por una cuestión de ahorro. Segundo porque para brillar es necesario un apagón previo. Fue así que los animales inventaron el letargo, con el frío y una manta de nieve ahí fuera. El humano, como animal a la contra, decide consumir sus fuerzas cuando las moscas son un recuerdo de los días más largos del año.

A la gente intermitente quiero decirle que no pasa nada, que ser intermitente se hizo norma antes del frío. Las personas encendidas pasan desapercibidas para el mundo, iluminan rostros, ángulos, tal vez llegan a enero o se quedan en la cuesta. Esas personas (no gente) sueñan todo el año, duermen poco, tienden la mano como forma de vida fieramente humana. A esas las quiero más y más cerca, aún sabiendo que después del resplandor vendrá el silencio. Por una Navidad de luces apagadas, de ventrículo encendido.

Ilustración: Guy Billout

La echo de menos cuando llueve

Ha llovido tanto que la luz parece un invento para ciegos. El sol decidió no descender sobre la tierra y se hizo charco y es barro. Tres días lloviendo en los que las ventanas reflejaban un verano perdido dentro de todos los veranos. Quizás por esa razón la gente estaba triste, en otra parte. Yo la he echado de menos, como se echa de menos a un fantasma, sabiendo que cuando deje de llover se disipará como la penumbra dentro de la noche. Me ocurre siempre. Luego a otra cosa.

Porque ella es lluvia. Antes, cuando estábamos juntos, estaba hecha de agua y de silencio. Eso trajo este tiempo, sonidos de mar en la distancia, de viento entre las calles y una promesa que se cumple hoy. El mundo ha despertado. Se escuchan campanas y sirenas a lo lejos, y la luz de las paredes me recuerda a un paisaje al otro lado. Si llovieran pétalos ni la echaría de menos ni ella volvería a mi memoria. Tendré que conformarme con las plantas. Me gusta verlas frente a las ventanas ciegas.

La nostalgia regresa con la lluvia, como si todas las palabras, actos y omisiones fueran gotas sobre un paraguas abierto, sobre la pared que va mojándose. Pocas veces nos da por recordar lo vivido en un desierto. La lluvia representa todo lo pasado, eso que tuvimos y se resiste a desaparecer. Por esa razón, la lluvia para. Nos deja la mentira del futuro y unos calcetines secos. Somos más imperfectos que nunca cuando llueve. Entonces, cuando la idea de la lluvia resulta insoportable, sale el sol. Y todo existe, y nada vuelve.

Ilustración: Guy Billout

Tu salud

Tener salud es la única felicidad que cuenta. Porque el sano no solamente vive mejor, sino que se anticipa a la vejez en buenos términos con la soledad. Casi nadie sabe que la salud es un milagro, una oportunidad entre dos enfermedades —esperemos que curables— y a ella debemos consagrarle nuestro tiempo: dormir porque es gratis, duchas heladas al despertar para que el día tenga margen de mejora y comer quedándose con hambre. Todo sin olvidar la importancia de tener mala memoria y una mente que recurra a ayuda si hace falta. El resto, amor aparte, es facultativo.

Porque la gente que se va a morir quiere vivir más. Por su parte, el que agoniza nunca recuerda bienes acumulados o fungibles. En cambio, anhela esa tarde entre amigos sanos y con buena dentadura. Somos impulso, agua y huesos. Lo de ser polvo de estrellas implica parecerse a los atletas, los menos sanos entre aspiraciones de arder pronto y colgarse una medalla. La salud carece de rangos, velocidad y fronteras, es una y solo una, la misma para el pobre y el rico. La democracia era eso.

Digo todas estas tonterías porque lo vi en casa. Padre nunca pudo jubilarse. Hubiera dado todo lo que no pudo vivir por estar sano. Quizás fueran el tabaco y los disgustos. Tal vez su salud fue un truco de magia. Siendo joven lo ingresaron. A los pocos días fumaba a escondidas en el baño. Eso también era salud. Tuvo que ser mala suerte, mala suerte como antónimo de sano. Padre mantuvo el deseo de curarse durante un tiempo. Luego dejó de tocar la guitarra. La salud es la música que suena en casa. El que tiene salud tiene esperanza. Lo tesoros… para los faraones.

Ilustración: Guy Billout