Matar a las hijas

Las están matando. También a las niñas. Esta vez se llamaban Anna y Olivia Gimeno; uno y seis años. Antes de cometer un acto tan salvaje, el supuesto asesino amenazó a la madre: «No las vas a volver a ver en la vida». Queda descartada la enajenación en un hombre que pierde el título de padre y encarna la forma más sádica de castigo, el consciente y despojado de trastorno mental. Hacer daño en la carne de su carne. A él no le duele. O si le duele es capaz de tolerarlo porque el fin justifica el asesinato. A eso le llaman violencia vicaria. En realidad, el término es tan opaco que confunde, bordea el hecho de que a una madre se le entierra en vida hundiendo a sus hijas en el océano.

Decía Hannah Arendt que violencia y poder son términos contrarios. «Aparece donde el poder se halla en peligro; pero abandonada a su propio impulso conduce a la desaparición del poder». Ahora que termina una pandemia sale a la superficie otra en su forma más letal porque implica la desaparición de todos los miembros de la familia: la de las hermanas que no respiran, la del padre que sumerge la bombona de oxígeno y la de la madre que llena sus pulmones en tierra firme para mantenerse a flote. Y así el machismo golpea de nuevo, y muchos se niegan a aceptarlo. A esos me gustaría dirigirme. Hoy, en España, hay una mujer que, siendo madre toda la vida, ha perdido a sus dos hijas. No hay peor condena en este mundo dislocado.

Ilustración: Till Hafenbrak

El mundo en el que vivimos

En el planeta tierra, un punto azul pálido entre millones de estrellas y galaxias, hay mares, ríos, elefantes, sequoias milenarias, música, amor, Avtomat Kalashnikovas modelo 1947, paciencia y ruido, y sin embargo, los hombres y las mujeres lo viven y lo mueren de maneras muy distintas.

Algunos de ellos abren los ojos, andan hasta el cuarto de baño, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosos, de espaldas anchas y con pelo sobre los hombros. Cuando quieren algo lo cogen…, «¿para qué?»

Muchas de ellas se levantan cada día, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosas y sin embargo tienen que pedir permiso…, «¿por qué?»

Algunos de ellos deciden cómo y cuándo. Son plenamente conscientes de que la fuerza lo es todo y por la fuerza se abrirán todas las puertas. Se visten, besan la cadena que llevan al cuello y salen a la calle: «Hoy hace un día precioso.»

Muchas de ellas dicen que no y sin embargo esa palabra, esas dos simples letras, parecen caer en el olvido, en un vacío públicamente aceptado. Porque muchas están solas y a pesar de ello tienen que seguir abriendo puertas. Se ponen el chandal y salen a correr: «Hoy hace un día precioso.»

Algunos de ellos las ven pasar, las increpan con piropos, las siguen con la mirada y con sus propios pasos hasta que esas manos desprovistas de alma se posan sobre unos hombros que huyen, que laten y que, ya inertes, son enterrados entre el barro y la sangre: «Los quise y me los apropié.»

Muchas de ellas siguen corriendo, mirando a la cara a ese miedo que se convierte en grito, después en dolor y por último en rabia, la de todos.

Este es el mundo en el que nosotros vivimos, en el que ellas mueren: «Hoy es un mundo horrible»