El miedo al avión

Entre tanta fotografía de playa con atardecer, furgoneta ‘camperizada’ carísima y la constante sensación de que aquí de que lo que se trata es de desvelar el verano —de lo contrario no existe—, a nadie se le ha pasado por la cabeza hablar del desplazamiento. Puede ser con gente rara y en coche, autobús de línea o Vespa…, da igual. Nada comparable al viaje en avión de hélices, de esos con dos filas de asientos-roca y azafatas que flotan por encima de un pasaje de clase media. Porque en ese punto comprendido entre las nubes de tormenta y la tierra vista desde muy arriba tiene lugar el peor de los terrores, uno invisible, inodoro y con el poder de sacudirnos como si fuéramos un origami del chino. Sí, amigos, las putas turbulencias.

Y da igual que se trate del medio de transporte más seguro (Javier, piénsalo: cada día mueren cientos de abuelas atropelladas por un patinete), que el capitán agradezca nuestra confianza en inglés de Parla (¡Dios mío, ¡cómo se mueve esto!) o que la estabilidad positiva permita a los aviones regresar por sí solos a su posición inicial después de un meneo (eso tiene que ser mentira, seguro; igual que el coronavirus). ¿Quién es el gilipollas que incluye viajar entre sus grandes pasiones? Yo me tiro en el despegue.

Cierto; se trata de un miedo irracional. Sin embargo, poco tiene que ver con la oscuridad, las arañas o un pitbull sin bozal amarrado a un quinqui, canguelos inscritos en nuestro ADN desde tiempos en los que volar era una actividad exclusiva del pteranodon y algún pájaro carnívoro. Dicen que puede superarse con sesiones y Orfidal con rioja. No me lo creo. Sobre todo cuando los pilotos también lo sienten en cabina. La clave, al parecer, consiste en guardárselo muy dentro y pensar en qué haría Buddy Holly en estos casos. Al menos él ya lo superó hace tiempo.

Ilustración: http://www.bannaitaku.jp

Si mi avión se estrella

Si mi avión se estrella, acuérdate de mis canciones

Cuida de mi planta, no quiero invitaciones

Del funeral para los amigos

que vengan a llorar al cementerio

Si mi avión se estrella, me quedaré a medias

se acabó la playa, hundir los pies en la arena

Adiós a Carver y González

¡Cenizas al azul del cielo!

Si mi avión se estrella, todo será un drama

Le conocí, comentarán los jóvenes del barrio

Tú pondrás una foto mía en la mesilla, me irás olvidando poco a poco

y el calor que sentimos se hará enero

Si mi avión se estrella, pídele cuentas al seguro

Con el dinero riega un árbol que no se convierta en silla

que encoja los hombros cuando llueva y salude al sol por las mañanas

Si mi avión se estrella, olvídate de mí

Recuerda: hice todo lo posible para ser feliz

Ilustración: Ryo Takemasa