Un poco tardías estas nieves

Ha nevado al otro lado del túnel, flojo, sin despertar a los lobos de un sueño sin hombres. Porque la nieve trae silencio, ruido blanco, desentierra las palabras que cuajan en un corcho de pisadas, de inviernos de primavera y polen. A estas alturas, 657 sobre el nivel del mar, nadie la esperaba, quizás algún paisano de piel de cauce seco y la fábrica Bezoya, empeñada en convertir manantiales en botellas de plástico, milagro de copos, migajas y algún pez. Ese es el problema del agua en su versión menos líquida, que mientras unos maldicen la falta otros hacen cuentas. El resto añora el retraso del verano. Cae su nieve, nos desharemos todos.

Hace tiempo que dejamos de mirar al cielo. La tierra ocupa los párpados de los viejos y nieva para dentro en cada niño. De ahí que la noche descorra las cortinas desvelando un paisaje que es otro, quizás mejor porque resuena en su blanca perfección. Luego está el frío que nos cose al fuego de las palmas, a la piel del que llena la cama de ausencia. Resulta que la nieve es un incendio bajo el sol a contraluz y por eso arrastra nubes con olor a leña, cálidos roces, un secreto bajo capas de dermis y agua en el estado que se le niega a los humanos.

Nieva al otro lado de la acera, pero el 28 de mi calle se despereza con los ruidos de siempre: el ascensor, una que tose y los regueros de los paraguas rotos. Las hojas dejaron de caer y la mujer del tiempo pregunta si la borrasca vino para taparnos con su colcha y su candelabro al carboncillo o para quedarse. Ya sabemos la respuesta, pero podemos seguir creyendo que el mundo es un globo en el espacio, ahora blanco, frígido, un fantasma. Y además es nuestro.

Ilustración: Guy Billout