Las Noches del Botánico

En el jardín botánico de la canción había una estatua y peces en el agua. En las Noches del Botánico hay tanta música que la luz da vida imaginada a las copas de los árboles. Porque si existe un resquicio de verano que dure todo el año este es tu sitio. Aquí podrás perseguir enigmas y beber cerveza, vino, agua o cubalibres, escuchar el lenguaje de las plantas, tumbarte a ver estrellas o seguir con la cabeza el movimiento de Rubén Blades, Moderat o Rodrigo Cuevas. Nada de eclipses, solo tardes al borde de las noches y la sensación de que es posible hacer un festival para todos, en Madrid y al que llegar andando, en coche o con un cigarro en la mano. A la ida es cuesta abajo, al volver te vienes muy arriba.

Puedes ser metálico en un campus universitario, ser lo que tú quieras ser mientras los músicos toquen con ciudad de fondo. La gente que trabaja por las noches también puede ser amable, incluso sonreír y ponértelo muy fácil. Por aquí hay muchos que encadenan días, meses, mañanas, otros saben producir y programar conciertos cuidando los detalles, todos transforman la música de masas en algo íntimo. Al compás de las horas se acaban los veranos. Este festival, en cambio, da la vuelta al mundo.

Todo empezó con Bob Dylan; se terminará con Damien Rice y algunas lágrimas. Entre los dos, cuarenta y cinco conciertos con sus respectivas postales de una playa sin playa. Si fuera posible elegir un sitio de Madrid en el que morirme sería una noche del Botánico, más que nada porque uno se siente más vivo que nunca al aire, libre, con amigos, solo entre un público que escucha y mantiene la fe en el poder de la música tocada. Al igual que Santiago Auserón, me quedaré entre el sol y el ventrículo de este lugar hecho de canciones, dibujando una elipse sobre su césped púrpura, al ritmo de un verano que será silencio porque fue nuestro y todo nuestro.

El cumpleaños de Bob Dylan

Tenía que caer en lunes. Hoy es el cumpleaños de Robert Allen Zimmerman, el otro Bob Dylan. El primero cumple 80 años; el segundo pasa de esas mierdas. Y es que si algo define la vida como concierto infinito es el misterio. Porque el chico de Duluth siempre estuvo en contra del titular y su propia biografía, de lo que sus fieles esperaban del infiel al mundo. Cosas del aspirante a que le dejen en paz. «Nunca vas a ser más increíble que tú mismo», dijo mientras encendía un cigarrillo. Palabra de Bob.

Así ha pasado ocho décadas, siendo consciente de que ser libre implica responsabilidades que ni uno mismo es capaz de entender, pero que se parecen bastante a abrir los ojos con el canto del gallo y acostarse sin sueño. Entre medias fue ídolo de toda una generación con flores en el pelo, después enemigo eléctrico, más tarde cantante de voz de clara de huevo en «Nashville Skyline«, cristiano y vaquero, voz de alquitrán otra vez, hasta terminar vendiendo toda su obra por 300 millones de dólares. Rechazó otra oferta por 400 y casi el Nobel. Todo my Dylan.

Lo mejor de todo es que después de cientos de canciones sigue siendo un gran desconocido, incluso para los que creemos conocerle. Es más, ¿quién se atrevería a decirle qué tal va todo, Bob? Uno se imagina en una barra con Paul McCartney o Paul Simon, compartiendo un vaso de leche y unos altramuces. Frente a Dylan sentiríamos la extrañeza del video «We are the world«. Por una vez la respuesta no se encuentra flotando en el viento. Y está bien así. Felicidades, querido; seas quien seas.

Ilustración: http://www.pivenworld.com