Bonsái

Los bonsáis son criaturas extrañas, árboles con una maceta como campo, ese sueño inalcanzable de moldear la naturaleza a nuestro antojo. Quizás por eso decidí adoptar un olmo chino, un puñado por tener algo sobre lo que escribir, otro poco por entender lo que sucede cuando el cambio de las estaciones es una hoja precipitándose sobre el alféizar de la ventana. Sea lo que fuere, al recibirlo en casa tuve una sensación extraña. Ahí, dentro de una caja de cartón, había una persona envuelta en celofán, árbol y al mismo tiempo arbusto, la prueba inapelable de que podemos detener la vida, pero nadie podrá detener la primavera. Ni siquiera la propia primavera.

Lo coloqué sobre la mesa de la cocina y lo observé con detenimiento: su tronco sinuoso apuntando al este y a la puesta de sol; sus hojas del tamaño de la uña de un bebé; la incierta promesa de que, con los cuidados apropiados, podrá sobrevivirme, aunque eso no tiene ninguna importancia si uno muere. Después lo bauticé con agua del canal de Isabel II, me percaté de lo absurdo de tener plantas en casa cuando puedes poseer un bosque parecido a ti, algo que, sin querer, hacemos al elegir a los amigos. Extraño oficio el de los jardineros.

A los pocos días comenzó a secarse, a ponerse mustio como el mundo ahí fuera. Siguiendo las recomendaciones del sensei Pablo, lo introduje en un cubo de agua. Ayer, finalmente, lo transplantamos, lo defoliamos con unas tijeras de doble filo y la respiración en un susurro. También abonamos su parcela con la esperanza de que los nuevos brotes se conviertan en tallos, éstos en nudos, más tarde en copas. El bonsái parece ahora una rama de esas que flotan en el Manzanares. Bien podría fabricar un tirachinas con su tronco. Y a pesar de todo, del desgaste y las heladas, creo que pronto será una versión mejorada del supuesto dueño. Incluso un poco más alto y de mejor olor.

Ilustración: Masahiko Kimura