Sobre Ozzy Osbourne

Hay gente a la que apenas conoces que, sin embargo, es parte de la familia, pero una familia que prescinde de vínculos de sangre (aunque no de murciélagos). Ozzy. al igual que Lemmy, me enseñó a ver en la oscuridad, a tocar metal como una forma de amor hacia las cosas que dan miedo, a recurrir a la furia contra ese señor que dice «hazlo». Además, da igual si eres feo o te mueves arrastrando los pies sobre un escenario, si cantas con una voz nasal a punto de ser degollada. Actitud, cruces y mallas. Y en eso, Ozzy Osbourne, sigue y seguirá siendo el rey… de las tinieblas.

En un momento donde el rock y sus vertientes más salvajes parecen sepultados por el baile y el artificio, merece la pena recordar (en vida) a un niño nacido hace 76 años en Birmingham. Puedo imaginármelo escribiendo Can you help me, occupy my brain? en un adosado familiar del barrio de Aston, rodeado del humo del metal fundiéndose en las fábricas, embrujado por el murmullo de los martillos neumáticos. Y antes de eso en el colegio, donde sus compañeros le maltrataban cada día. Y antes incluso de nacer, en la placenta de una madre acodada en la ventana de una habitación desde la que veía un mundo en ruinas. Había dos alternativas: perderse o hacer ruido. Ozzy eligió la segunda. Gracias al demonio.

Desde que Ozzy y Black Sabbath existen todo es mejor, el tomate sabe a tomate, la música alta viene con un estribillo de «te reviento» y un «ey, hay esperanza». Él escribió «Paranoid» junto a Tomi, Will y Geezer, «No More Tears», «Crazy Train», canciones llenas de salidas de emergencia y solos de guitarra asesinos. Ahora, viejo y lento, sentado en un trono azabache junto al Parkinson, se retira de dejándonos un poco sordos, no porque se vaya a morir, sino porque nos recuerda que hay gente que vino a arder, no a vivir, para, de esta forma, dar luz. Si un día sientes que todo se va a la mierda escucha a Ozzy. De pronto, Aston será el mejor lugar de vacaciones.

Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas

Los miro con veneración. Están en los festivales y las romerías, en la primera fila de cualquier concierto. La mirada un poco ida y pegada a un punto, por allá, la cabeza fija en lo que sucede frente a ellos, la boca en movimiento, un poco a medias, abierta con retales de palabras. Cantan sin saber. Vociferan con entusiasmo gestual, como si la falta de precisión se resolviera con volumen o una mueca. Atacan tanto la estrofa como el estribillo. Dicen «Aiguur sai ah tu you» y se sienten menos solos, es más, creen en la cosa colectiva mientras inventan palabras con un milisegundo de retraso. Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas…

La cosa tiene un sesgo filosófico. Estos entusiastas —solo se crea por amor al arte— encarnan una verdad profunda: nadie entiende del todo lo que dice, incluso aquello que fue escrito en su lengua materna. Así van y vamos repitiendo frases a medias, letras prestadas, versos confusos que hacemos un poco nuestros. Vivimos tarareando y por detrás del tiempo, en camisas con estampados o en trajes de noche. Decimos «te quiero» como quien grita «take me down to the paradise city», ¿ y dónde está el amor o el paraíso? Pero lo decimos igual, porque así formamos parte de algo más grande rodeados de multitudes entre las que sentirnos menos solos.

Vuelvo a sus bocas. En el fondo, creo que lanzan mensajes en braile sobre el aire, que necesitan ayuda o que no necesitan aprenderse algo de memoria, solamente intuir los versos de la canción más bonita del mundo: la suya. Nos construimos con fallos, por eso cantan las letras de las canciones sin sabérselas, aúllan sin ruido lejos de la sonrisa que me sacan. El enigma nunca será resuelto; la gracia consiste en ir dándonos cuenta de todos los errores que comentemos al intentar resolverlo. Por eso existe esa gente, para mantener viva la música, para mantenernos vivos.

Ilustración: Simon Bailly

El arte de perder y ganar

Los músicos no somos ganado. Desde hace décadas, las grandes discográficas, las tiqueteras y las multinacionales del entretenimiento engordan con nuestras canciones, regurgitan nuestras ideas en moldes de una copia de una copia y nos arrojan a un contenedor digital cuando llega la siguiente moda. Si dependes de ellos, estás perdido. Ahora, más que nunca, los músicos deben de ser sus propios jefes, sus propias distribuidoras, sus propias plataformas. ¿Vender tus entradas tú mismo? Qué pereza.Sí. ¿Tu música sin pasar por la picadora de Spotify? Absolutamente sí. ¿Controlar el precio de tu creación, la narrativa y la estética? Por supuesto. No lo hiciste y Wegow lo hizo por ti. Ahora está en preconcurso de acreedores y no quedan ni las migajas. Pero nos queda la música.

Nunca antes fue tan fácil montar una tienda, un servidor, una red, un universo de fibra. ¿Qué necesitas? Tiempo, ganas, ingenio, un cerebro y algo de espíritu punk. Las plataformas como Bandcamp o tu propia web pueden ser el nuevo garaje desde el que cantar tu historia. ¿Quieres vender entradas? Hay sistemas responsables. ¿Quieres que tu comunidad te apoye sin intermediarios? Invéntate un sistema. ¿No sabes cómo? Fracasa y sigue, aunque sea tocando para cinco. A las multinacionales no les interesa que pienses así. Qué mejor razón para intentarlo.

Porque la interdependencia es el motor para ser libres. Si sigues esperando que una App, una oficina o un algoritmo te lleve de la mano estás repitiendo los viejos modelos donde pierden los mismos, sinónimo de músicos. Wegow cambiará de nombre y seguirá explotando otros sectores. Las bandas asumirán las pérdidas (¿cuándo fue de otra forma?). Los músicos deben ser arquitectos de sus propios espacios y no peones en plataformas ajenas. Sé tu propio sistema, pequeño y manejable. Diseña tu canal, que se parezca a ti y desde el que decir NO. Si no eres dueño de tu arte, serás solo un souvenir en el escaparate. Desde aquí, todo mi apoyo a las bandas afectadas. Porque, a veces, de una manera extraña, cuando perdemos ganamos

Ilustración: David Shrigley

Del peligro de la carretera

Terminaron el concierto tarde. En lugar de irse a descansar, decidieron conducir de noche. La carretera está llena de trampas. Cerca del destino se produjo un choque. Dos vehículos. Y un pitido. El resto es un sueño silencioso. Fue el 14 de agosto de 2016, pero el accidente del grupo Supersubmarina perdura en la memoria de muchos técnicos y músicos que deben desplazarse cada fin de semana. Viene con el trabajo. Te mueves, montas, se toca alto y la cerveza desaparece. Después se respetan las ocho horas de sueño. El grupo ha dejado una huella en la gente que no olvida. También un zarpazo en el asfalto de la carretera.

Pregúntale a cualquiera que conozca el oficio de girar. Durante muchos años se han cometido barbaridades. Un concierto siempre fue una celebración, aunque no venga nadie. También es un trabajo. Por eso la gente bebía y se drogaba, también los conductores de las furgonetas. Incluso los hay que iban de empalmada. Había que volver y si tienes poco público lo más rentable es recoger e irse. Los hoteles son carísimos. La carretera termina en una cama. Los miembros de Supersubmarina pueden cantarlo. Nino Bravo, Tino Casal, Cliff Burton, Marc Bolan, Duane Allman, no. Pero siguen vivos a nuestra manera.

Puede que el «quinto Beatle» sea la carretera. A ella se le han dedicado muchas canciones. En algunos de sus tramos hay flores secas y cruces. Las cosas han cambiado en esta pequeña industria. El conductor descansa sí o sí. De lo contrario, se saldrá más tarde. El público solamente ve el humo y las luces sobre el escenario. Detrás hay horas en una furgoneta, con los cascos y la armónica de Dylan. Amanece en ruta. Cuando la música deja de ser eso que hacías para divertirte con tus tres amigos suceden otras cosas. Algunas bonitas, otras mala suerte. Me alegro mucho de ver al Chino, a Juanca, a Pope y a Jaime con ganas de seguir viviendo. La música siempre nos palpita. En el arcén, en el silencio, con el viento de cara. Y no pide nada a cambio. Todo lo contrario que la carretera.

Ilustración: Ryo Takemasa

El milagro de Jero Romero

Hay canciones que son secretos a voces. Pero a veces, los secretos son menos secretos, se cuelan en el aire y entran en tu casa y en tu vida, te desvelan al verte un poco reflejado en ellos. Sucede con la música de Jero Romero. Primero la escuchas y te paras. Al fin y al cabo esto va de letras, melodías y algo indescriptible. Después sigues andando como los caballos que no saben que han perdido. El secreto queda a salvo lejos de la meta, va contigo a todas partes. Por esa razón hay que escucharle, porque solamente otros pueden hablar de otros y contar cosas de ti haciéndolo mejor de lo que tú lo harías. De ahí la sensación tan rara al escribir sobre canciones. De ahí la importancia de llamarse Jero.

Estás en tu habitación, hace frío. Alguien canta que pasea cerca de la catedral. Entonces, el tiempo y el espacio se confunden, los niños juegan y los viejos miran a otros niños que saludan. Tú estás solo, en otro sitio. También acompañado en la canción. Otro milagro de la física lejos de la física y Toledo. Luego, la voz de Jero, sin melismas ni esas mierdas que estropean todo. Contar es otra forma de cantar. Él, a lo suyo, a sus afinaciones y con ese gesto grave lleno de ternura. Y uno no puede evitar sonreír a pesar del frío. Las canciones, las buenas, sirven para calentarnos. La velocidad trajo el invierno.

¿Por qué escuchar a Jero? ¿Por qué no?, respondo. A veces la inteligencia y la emoción hacen piña. ¿Se puede tener sentido del humor y no ir de gracioso? Se puede. Ayer se averió la furgoneta después de su concierto de Sevilla. El equipo esperó varias horas en la avenida Kansas City y Jero, mientras los músicos comían pastas de almendras, se hizo un vídeo delante de la grúa ya cargada. Resulta que es posible seguir andando a pesar de una brida en el motor, que ir despacio también sirve para combatir el miedo. «Toda pulgada cúbica de espacio es un milagro». Los caballos, el amor, la música de Jero.

Ilustración: María Rodrigo y Susana Blasco

¿Quién coño es Íñigo Quintero?

«Mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir», decía aquel espadachín con bigote y ganas de vengarse. Pues bien, los tiempos siguen matando, las princesas pasan por la academia militar y las canciones —120.000 al día— resultan cada vez más intrascendentes, no porque sean malas, sino porque no nos da la vida. Si antes formaban parte de la banda sonora de los cursis, ahora ocupan dos o tres segundos, se hacen líquidas en la pantalla y a otra cosa. Menos mal que, de vez en cuando, aparecen músicos capaces de revertir la tendencia y crean la suya a base de algoritmos y euros. Se llama Íñigo Quintero, escribe canciones mediocres y lo peta con una particularidad: nadie sabe quién coño es. Y eso es la hostia.

Dogma de la modernidad: el famoso debe mostrar todas las facetas de su vida. Así, eliminando el misterio, humanizándose, obtiene una audiencia que ve en la música la excusa perfecta para conocer a gente y formar parte de algo más grande, más informe, menos raro. Para encontrarse a sí mismas, las audiencias necesitan referentes que se desnuden, que digan lo que comen, que a ratos están mal, que van de compras, que pasan de maquillaje, gordos, naturales, guardianes entre el centeno mecido por la fama. Al final, el artista es su audiencia (a la que no soporta, pero a la que necesita) y la audiencia quiere hasta los repertorios. En otras palabras, solo cuenta lo que el artista muestra; adiós a lo que el artista hace o calla. En cuanto a las canciones, ¿lo qué?

Íñigo Quintero se viste con sudaderas con capucha, pasa de hacer entrevistas y podría ser un candidato ideal para el equipo de esgrima. Está en todas las listas y los números, arrasa a Bad Bunny y toca el piano con dos dedos. El talento lo reparte Dios y la fama es una cosa fieramente humana. Con las canciones debería ser suficiente, sobre todos si están bien escritas, y en eso está este chico. Yo escuché el hit, lloré un poco y luego me entraron ganas de matar. Es bonito hablar de música. Lo triste es aceptar que las canciones son mudas. Y odio cuando estoy lleno de este veneno. Y oigo truenos si no estás.

Ilustración: David Shrigley

Las Noches del Botánico

En el jardín botánico de la canción había una estatua y peces en el agua. En las Noches del Botánico hay tanta música que la luz da vida imaginada a las copas de los árboles. Porque si existe un resquicio de verano que dure todo el año este es tu sitio. Aquí podrás perseguir enigmas y beber cerveza, vino, agua o cubalibres, escuchar el lenguaje de las plantas, tumbarte a ver estrellas o seguir con la cabeza el movimiento de Rubén Blades, Moderat o Rodrigo Cuevas. Nada de eclipses, solo tardes al borde de las noches y la sensación de que es posible hacer un festival para todos, en Madrid y al que llegar andando, en coche o con un cigarro en la mano. A la ida es cuesta abajo, al volver te vienes muy arriba.

Puedes ser metálico en un campus universitario, ser lo que tú quieras ser mientras los músicos toquen con ciudad de fondo. La gente que trabaja por las noches también puede ser amable, incluso sonreír y ponértelo muy fácil. Por aquí hay muchos que encadenan días, meses, mañanas, otros saben producir y programar conciertos cuidando los detalles, todos transforman la música de masas en algo íntimo. Al compás de las horas se acaban los veranos. Este festival, en cambio, da la vuelta al mundo.

Todo empezó con Bob Dylan; se terminará con Damien Rice y algunas lágrimas. Entre los dos, cuarenta y cinco conciertos con sus respectivas postales de una playa sin playa. Si fuera posible elegir un sitio de Madrid en el que morirme sería una noche del Botánico, más que nada porque uno se siente más vivo que nunca al aire, libre, con amigos, solo entre un público que escucha y mantiene la fe en el poder de la música tocada. Al igual que Santiago Auserón, me quedaré entre el sol y el ventrículo de este lugar hecho de canciones, dibujando una elipse sobre su césped púrpura, al ritmo de un verano que será silencio porque fue nuestro y todo nuestro.

Una cantante llamada Rozalén

Sucede cada mucho. De pronto, aparece una cantante que desdobla verbos. Entonces se entiende mejor la diferencia entre cantar y cantar. Es cierto, muchos practican frente a un público o un espejo, pero sólo unos pocos transforman multitudes en rayo. De ahí el tiempo como variable líquida, resurrección diaria, espacio reducido a un roce. Pues bien, María de los Ángeles Rozalén Ortuño se pone recta, llena los pulmones y canta para todos cantando para ella. Entonces hay un revuelo de silencio y carne apretada a su alrededor. Es cierto, la música estimula las pupilas, palpa lo invisible. Más tarde, instantes al paso de las estaciones, la audiencia llora al darse cuenta de lo que es sentir.

En este punto los aplausos sobran. Más que nada porque María tiene amigos, nada de audiencia. De ahí su don, aptitud en la garganta. Difíciles de entender son los misterios. Nos pasamos la vida intentando huir del mundo y cuando alguien canta como ella, a poquitos y lejos del fulgor, todos queremos quedarnos un poco más, alargar lo que antes era incordio. Resulta que la voz separa la luz de la sombra proyectada sobre nosotros por nosotros. Y la noche nunca miente en las canciones.

Empiezo el año con esa imagen en mis oídos. Quizás por eso enero continuará sin esfuerzo. Poco importa el sentido de las cosas si viene con canciones. A veces hay que acordarse de una voz para darse cuenta de que con eso basta. Y basta.

Canciones alegres para suicidas

No hay nada más probable que la imposibilidad. Y es que, cuando sucede, los resultados pueden ser una epidemia… o un disco. Entre medias, una pequeña y firme voluntad. Porque estas cuatro canciones son el ejemplo perfecto de que se puede hacer aquello para lo que no se está realmente preparado. De otra forma, ¿cómo entender que Elena Lombao, campeona europea de  kayak polo en el cuerpo de una actriz, quisiera escribir y grabar canciones sin haberlo intentado nunca, confiando la producción y el  Pronto® a un escritor con cuerpo de músico?

Está claro que los mimbres no estaban ahí y, sin embargo, en menos de una estación corta la autoestima rimó en AABA, el miedo se transformó en cecina y fruta, el corrido fue ranchera espídica  y los dos — erectos ante la presencia de Martin Bruhn, Javier Geras y Juanjo Reig— nos dimos un sonoro abrazo frente al camello de la Plaza de los Mostenses. Lo habíamos conseguido. Sin prisas ni plazos, con poco dinero y más ganas, como se hacen las cosas que merecen la pena.

En realidad, este «Canciones alegres para suicidas» no es un EP, sino más bien un disco corto en el que las canciones son de la gente, aunque no haya nadie escuchando al otro lado; alegres porque las buenas cantinelas, aunque sean tristes, nos dan razones para encender la luz; para porque es la preposición que se hace cuerpo en Sufrida y suicidas porque la Lombao también es Calo, aunque tampoco pinte sueños y se dedique a cantar pétalos. Ahora son vuestras… pero también un poco mías. Hoy a la venta, mañana en Spotify, pasado ya veremos.

Ilustración: http://www.rikiblanco.net