Del amor por los animales

No me gustan los perros, todavía menos los que pesan poco. Lo he intentado. A los gatos los miro con indiferencia, cuando se liman las uñas o rozan con la cola las paredes. Me fascinan los pájaros porque descansan en tendidos eléctricos y nunca están tristes. Los cerdos, esos sí me gustan. Pensé en comprar uno. Luego me imaginé paseando al cerdo por Ponzano. «Este debe de ser idiota», dirán los vecinos del chaleco. Mi padre era veterinario. A veces, olía a lana de oveja y al barro y la paja que se pega a la suela de las botas. Establecido el contexto puedo decir que no entiendo el amor de los humanos hacia los animales. A ver, lo entiendo, pero soy incapaz de padecerlo.

Miro las fotografías de esos animales muertos. Sonreían a la cámara, corrían libres por el campo o encima de una mesa. Las fotografías están tomadas por sus dueños, más bien padres. Preferían su compañía por encima de la compañía humana. Será porque su amor es incondicional, constante, transciende el tiempo, el pienso y el espacio. El amor humano implica un trabajo sobrehumano. No sirve con poner un plato de comida en un cuenco o cambiar el agua. Los dueños lloran a su perro y su gato, a su caballo, arrastran esa ausencia durante una vida perra. Y no lo entiendo, por eso soy incapaz de padecerlo.

Seré alguien despreciable por sentir indiferencia. Me consuela saber que hay muchos hijos de puta que se desviven por sus peces, que jamás pisarían una hormiga. También hay humanos que miman a los suyos y matan ciervos y lobos de un disparo. Creo que a veces se nos olvida que los animales nacen y mueren libres, que pertenecen a un mundo salvaje menos feroz que el nuestro. Nos parecemos en algo: ambas especies conocemos el camino de vuelta a casa, bajo un edificio cubierto de luces, bajo las estrellas. Y lo entiendo, por eso soy capaz de padecerlo.

Ilustración: Studio Takeuma

La falta de cariño

La falta de cariño es una forma de castigo. Prescinde de golpes y puertas cerrándose moviendo mucho aire. Se trata de una decisión consciente en uno. El otro se limita a aceptar su ausencia y el estruendo. Y olvida que puede vivir en una casa con un gato, sin amor diario o agua caliente, pero nunca sin muestras de cariño. Hablamos del cariño al margen de la caridad, muy lejos de contratos y cadenas. De ahí su misterio, de ahí que pueda ser representado con un trazo. La falta de cariño me convirtió en un hombre incapaz de recibir cariño sin salir huyendo.

Hay algo extraño en el cariño porque adquiere formas muy diversas. Las mujeres lo integran en el sexo, también cuando es muy guarro. Los hombres lo despliegan con desgana. El cariño aparece en el silencio, cuando dos, tres o varios ocupan una habitación sin decir nada. El cariño llena. El cariño nunca desgasta. El cariño. Quizás sea una escisión del amor, otra forma de decir te quiero al margen de palabras. No lo sé. Victor Jara envolvía al mundo con cariño. Quizás por eso le rompieron los dedos antes de matarlo.

Solamente los animales proporcionan cariño ilimitado. Creo que aprendemos mal de ellos, por eso al negárselo a otro de manera paulatina deja un rastro de sangre sin sangre. ¿Cómo puedo volver a aceptar cariño sin reservas? Observo a los perros del parque, a las palomas andando en círculos concéntricos, a los falangistas despidiéndose de un féretro… y regreso a casa. El apego implica un riego; la distancia una despedida de todas esas cosas buenas. Ahora todo se arregla con psicólogos. La falta de cariño tampoco.

Ilustración: https://klauskremmerz.com