La supergonorrea es el nuevo sida

Hace unos meses disfruté de una cena estupenda en casa de unas “amigas”: fetuchini con salmón fresco servidos en una vajilla asimétrica y multimillonaria, vistas a un Madrid convertido en maqueta, y una conversación que saltaba de Nueva York a Codorniz, de la farándula a los caramelos de THC… hasta que nos topamos, ya en el postre, con las enfermedades de transmisión sexual, y en particular con el brote de supergonorrea que amenaza con conquistar el mundo del follisqueo irresponsable.

Resulta que nadie le teme al sida. De hecho, y por extraño que pueda parecer a los hijos de los noventa —década en que las muertes por causa de la epidemia se dispararon exponencialmente—, se trata de esa época arcaica en la que el condón era el rey de los recreos y las charlas sobre sexualidad. Después llegarían los avances científicos, el estado del bienestar despertaría de ese sueño incómodo y la pereza le ganaría al respeto porque total, si ahora es una enfermedad crónica, ¿de qué preocuparse?

La revolución ha llegado con la PrEP, siglas para profilaxis preexposición, y en particular con un medicamento contra el VIH denominado Truvada, el “comprimido” que se consume erróneamente como la pastilla del día después y con el que las personas seronegativas, aunque expuestas al virus, reducen en un 86% las posibilidades de contagio. Resultado: millones de mentecatos que se quitan el condón para follar y mear y como consecuencia de ello la gonorrea —enfermedad mucho más vieja que Carmen Lomana—, irrumpe en el siglo XXI convertida en Conan el Bárbaro cabreado e inmune a los antibióticos.

Por favor, follad mucho, muchísimo, pero nunca intercambiéis salud por imprudencia ni libertad por veinte minutos de gozo sin látex. Vuestros genitales os lo agradecerán, y vuestra vida también.