Carta para los sanos

En Madrid. 19 de marzo de 2020. Me llamo Javier Vidal y mi salud es razonablemente buena. O eso creo. Voy al baño con regularidad, sueño con varias ovejas gripadas. Y no las cuento. Supongo que los que nos aferramos a la soledad como herramienta de trabajo tenemos una relación consolidada con el gotelé, el cambio de luz sobre las paredes y el silencio de la noche entrante. Es por eso que me tomo la licencia de escribir a todos aquellos que están sanos, encerrados pero todavía cuerdos, y a los que el simple hecho de prolongar esta espera hasta mayo les produce una sensación cercana a la dentera.

No voy a caer en el tópico absurdo. No. Casi nadie considera este aislamiento como una oportunidad, con excepción del presidente de Mercadona y los fabricantes de pistolas. Tampoco es la mejor manera de conocerse a uno mismo, precisamente porque es en la interacción con los demás cuando afloran las aristas de una personalidad fluctuante. La nuestra. ¡Abajo las teorías de Jodorowsky y Francesca Morelli! Sin embargo, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial toda la humanidad —incluidos los irresponsables— se comporta como un organismo vivo, unido por decreto y a pesar de los vaivenes, que siente y padece en sincronía mientras el cielo se limpia de hollín y excesos pasados.

Lo sé. No es ningún consuelo. Vamos a ser más pobres y pálidos, menos risueños y dichosos. En cambio, cuando salgamos a la calle nos daremos cuenta de que ahí fuera hay menos gente… y más personas. Alimentaos bien. Ved porno. Amad. Siempre vuestro. Javier Vidal.

Encierro. Día 4.

Lunes 16 de marzo. Oficialmente son cuatro días de espaldas al ritmo de la vida moderna. En realidad, llevamos encerrados en casa siete. Y pienso. Un poco. No sirve de nada escribir sobre lo que sucede. Cada uno lo percibe a su manera. Lo inventamos. Algunos, simples, lo ignoran. Otros huyen campo a través. Derraman lágrimas. Se embriagan. Los músicos, más simples, tocan gratis. Los más desvelan al mundo a lo que se dedican en este tiempo de muerte, no muerto. Si lo hacen para ellos, ¿por qué lo comparten con otros?

Es por eso que me he decidido. De manera inconsistente, claro. La mejor acción como ciudadano de un mundo con mascarilla no es recopilar hechos. Para eso están las hemerotecas. Hoy dejo de crear mi realidad para sugerir. Innovo como gesto de solidaridad. El mayor. Y es que mis recomendaciones sirven para olvidar el pánico y lo falso. Movilizar el espíritu sin salir de la casa-cárcel. No insistir con lo mío, mío y solo mío, sino con lo de los otros. Genios. Y claro, eso cura. Alimenta. Consuela. Libera libremente.

Así que hoy podríais ver una película: “Yojimbo” de Kurosawa Akira. O leer el “El cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrel. Y, porque hay tiempo de sobra, escuchar un disco: “Las variaciones Goldberg” de Glenn Gould. Versión de 1981, claro. Y admirar a una actriz porno, Marilyn Chambers en “Tras la puerta verde” o a James Gandolfini en “Los Soprano“. Y el mundo, de repente, es un lugar menos extraño en el que el aburrimiento es leyenda.