Afecto

En la palma de la mano de un bebé alrededor de un dedo. Ahí se concentra el afecto. Afecto de otros que sujetan nuestras penas o detienen una ráfaga de viento. Afecto, jirones de ternura y espacio que permite soportar esta vida que se clava y va matándonos. Afecto, cura como forma de estar sin decir nada. Lo veo en los amigos, en la gente sola, al caer la noche. Con afecto cambiamos la opinión del que está mal hasta cuando sueña. Afecto en el corazón del tiempo. Y amanece.

Durante años pensé que no me hacía falta. Tenía mi arte y mis ventanas a otras partes. Estaba tan equivocado… Entre pena y fantasmas sentí el calor del afecto. Me revelaba. Me tenía a mí. Pero, ¿qué somos sin la paciencia de un abrazo? Un cuerpo a la deriva. El afecto llega cuando uno se resiste a los afectos, cuando la pena toca hueso. Porque el afecto nunca se calcula. Alguien lo entrega, alguien tendrá que recibirlo. Aunque no quiera.

Nos quedan ellos, los afectos. Hacia ellos vamos sin saberlo. Estaba escrito en las líneas de la palma de la mano, en las pupilas. De lo más pequeño a la inmensidad. En el afecto hay compasión y compañía, amor que prescinde de poder, la naturaleza en su forma más humana. Si podemos sentir afecto por un desconocido, ¿qué no podremos sentir por alguien próximo? Afecto inagotable, afecto necesario, afecto sin espinas. Solamente podemos dejar de sentir frío en su regazo. Dad afecto. Recibiréis toda una vida a cambio.

Ilustración: Guy Billout

De corazón y huesos

Una despedida contiene todas las despedidas, como si la tristeza pudiera conservarse dentro de nosotros y saliese a respirar el aire del adiós. La tristeza vuelve sin permiso, trajo la pena y un perro. Si hay un infinito tendrá que ser tristeza, la misma en cada corazón. Con la alegría sucede lo contrario. Aparece como si fuera la primera vez… a pesar de haberla visto antes. Es hueso sin médula, un instante previo al caldo en el que vamos deshaciéndonos. Todos, de una manera extraña, estamos preparados para la tristeza. Nadie nos dijo qué hacer con un momento feliz. Quizás ir despidiéndose.

La tristeza se manifiesta por igual frente al mar que en una calle de Madrid con lluvia. Puedes verla en los ojos y los charcos de la gente triste. Porque hay lágrimas en todo. La ciencia lo explica con un gesto. Para fruncir el ceño son necesarios cuarenta y tres músculos. Al sonreír, utilizamos diecisiete. Cuesta dinero estar triste. Quizás por eso lloramos al reírnos. Sí, la tristeza acompaña los dolores, pero hay elegancia en el negro, su color grisáceo, esas nubes. Alegría, vulgaridad tan necesaria.

También hay alegría en los cuerpos, tristeza en el espíritu y el vino. Tienen que convivir, el entusiasmo y el duelo, darse aire con nosotros en el medio. De corazón una, de huesos la otra. Cualquiera puede ser feliz, y más los tontos. Hace falta valor para estar triste y levantarse, planchar una camisa, preparar el desayuno y salir a devorar el mundo. Nada de hacer apología de la tristeza. Solamente vivirla hasta encontrar en ella una brizna de luz, esa última sonrisa eterna.

Ilustración: Guy Billout