Culo

Culo, culo, culo y culo. Jamás cuatro letras escritas cuatro veces habían tenido un significado tan mortalmente sabroso para tantos. ¡Mangos frescos! Porque no se sabe de donde procede esa fascinación por un área que no sirve realmente para nada más que recuperar el aliento tras una sesión de bici estática y conferir forma y vida a un par de mallas tristes. Su poder es inagotable, tanto que muchos pierden la noción del tiempo y el espacio, regresando a los orígenes más primitivos del mono culo, aquellos en los que se montaba a la presa por detrás, a tra(i)cción, antes del Face Time y el “sexting” erudito.

Y es que hiptonizar es hacer ‘twerking’, adelgazar moviendo nalga, ‘perrear’, ser testigos de la música hecha pandero y con ella todo lo demás es polvo, aire, quizás sueño. Más que nada porque la galaxia entera desaparece ante la visión de un planeta redondo y rotundo, a veces pequeño y compacto, plano o desbordante, piedra o toneladas de chicle masticado; ¡qué más da si ahí se concentran los esfuerzos de miles de mujeres en el gimnasio! De hecho, a un ejército de idiotas nos sobran la cara y los pechos, las piernas e incluso las cervezas si podemos hacer lo que mejor se nos da: admirarlo de cerca, meter las narices dentro de su órbita.

Es cierto que muchos lo hacen con el orto —¿acaso los hombres pueden llegar a pensar una vez a lo largo de una vida entera?— y sin embargo, si alguna certidumbre esconde el pompis es que «el futuro no será de izquierdas ni de derechas, sino que irá de culo». Y sabiéndolo mi boca se hace agua al cantar con alegría aquello de que «al compás del marro, quiero repetirle al mundo entero: yo, yo soy culero».

Cuando tus selfies pesan más que tus ilusiones

El mayor indicativo de que te estás haciendo mayor no está representado (en su justa medida) por ese entrenamiento diario del tren inferior —glúteos en particular—, ni por ser testigo de excepción de la desaparición paulatina de tus mejores amigos. Ni siquiera el hecho de olvidarte de las cosas, dejar de ovular, perder el control de una próstata caprichosa y el contacto con la gente que ha marcado tu vida durante esos supuestos “maravillosos años” en favor de unos niños que devoran tu tiempo y lo cagan dentro de un pañal carísimo es motivo suficiente para tirar la toalla.

No te queda más remedio que lidiar con el dolor de espalda y articulaciones, con esa sensación insoportable que experimentan los guapos del instituto que poco a poco, día tras día, se transforman en seres invisibles, incluso para los perros que recorren las calles sin correa. Te levantas con sueño, trabajas en algo que no te gusta nada —el 87% de los españoles realiza una actividad profesional que les genera pesadillas en la cama y la máquina de café—, regresas a casa agotado, te pasas el fin de semana viendo series de HBO y cuando ahorras un poco —el alquiler es un pozo sin sellar— te escapas unos días en agosto, precisamente el mes en el que un mundo ya de por sí saturado se desborda por los cuatro puntos cardinales.

Y da igual si no hay espacio para más velas en una tarta de cumpleaños que ha pasado de ser un amasijo de galletas María con chocolate negro a una obra de arte industrial sin gluten en un “click”, ni que Turquía sea el nuevo Lourdes y el Everest la versión tibetana de La Pedriza en temporada alta…

Cumplir años supone asumir nuevos papeles, entender lo que antes rechazábamos, darnos cuenta de que el tiempo se contrae y, sin embargo, lo único que diferencia a los ancianos de los que no lo son —a pesar de compartir edad— es la horrible sensación de que los recuerdos pesan más que las ilusiones. De nosotros depende no ser viejos antes de la vejez selfie.