«Hasta luego, a ver si os pillo»

«Hasta luego, a ver si os pillo», declaró Águeda Márqués, undécima clasificada en la final de los 1.500 metros. Así es el deporte y el tiempo, una maquina que tritura sueños a la velocidad con la que otros te adelantan. Dan igual el talento y las ganas, el cronómetro y la capacidad de mantenerse a flote en el tartán. Temprano o más temprano, te arrasan. Ese es el sueño. Despertarse con resaca, tomarse una aspirina y un litro de Coca Cola normal, fumarse un porro y comerse un plato con mucha salsa Schezwan. Ah, y sonreír, nunca dejar de sonreír.

El problema reside en las comparaciones. A algunos les toca un jardín francés lleno de árboles frutales, azaleas y jardineros fieles. A la mayoría, un huerto mustio, un hilo de agua y un palo de gallinero con unos brotes verdes. Lo mejor consiste en ir haciendo, a poquitos, con la vista en el horizonte de nuestros pasos, sabiendo que el privilegio también es ser testigos de los logros ajenos. De lo contrario, la vida nos rompe. Un secreto: la vida nos romperá igualmente, aunque ganemos.

Vuelvo a Águeda, esa atleta de élite y la última en la cola, un ídolo. Lo es porque las carreras de los deportistas se ven con un espejo deformado. Muchos quieren ser como ellos y ellos, en cambio, quieren ser ellos un rato. En realidad, la verdadera gloria se adquiere metiditos en la cama. El inconformismo sin control nos envenena, convierte nuestro jardín en un páramo, la finca ajena en una aspiración imposible. El mundo arde. Mejor ser un guerrero en tu jardín que un jardinero en cualquier guerra. Águeda, préstanos tu pala, tus tijeras y un poco de hilo de amarre. Nosotros te invitamos a la pizza.

 

Sobre perder

Las cosas son como queremos verlas, también los juegos. 10.500 atletas buscando una medalla. Tres premios y un podio. El resto, diplomas de consolación por haber participado. Tanto trabajo, tantos sacrificios. Pero ¿qué se logra? La gloria es un olvido para más tarde. El camino consiste en abrir ventanas en puertas que se cierran, dormir mucho, proteína e hidratos, renunciar a una onza de chocolate, caer y caer sin miedo a lesionarse. Yo solo veo renuncia en esta gloria olímpica, gente joven y admirable que convierte la pérdida en una pasión. Si no, ¿cómo justificar las lágrimas?

Algunos han nacido para hacer historia. Otros debemos conformarnos con verlo de lejos, de cerca si podemos permitírnoslo, pero conformarnos igualmente. Se pierden las ganas, la ambición, la cara del entrenador, el tiempo bien utilizado. También se llega a alguna parte, a un estadio vacío, a unas gradas llenas de gente con móviles en lugar de ojos. El deportista, en cambio, quiere abrazar a su hija, quizás volver a sentir el fuego de aquella primera raqueta entre las manos. No queda nada de eso. Está el retiro, la verdadera gloria del fracaso.

Los deportistas son el ejemplo perfecto de un número. El uno por encima del dos y el tres, del cero, del último. Se trata de nuestra particular forma de entender las cosas que no logramos entender, que es designando al más rápido, el que falla menos, al mejor de todos los tiempos perdidos. Nadie les enseña a subir escalones, tampoco a detenerse en la cima y elegir un cajón para ocultar los premios. Mucho menos a mirar el precipicio. Solamente hay algo peor que no lograr ningún sueño. Lograrlos todos.

La felicidad futbolística

La felicidad futbolística se dibuja en la cara de los adultos. Miran a cámara como si fueran simios, más niños, encierran en sus ojos una lágrima. Los niños, en cambio, recuerdan a los mayores, copian sus gestos de cantos y brazos en el aire. Yo los miro a todos sin saber muy bien qué sienten. ¿Cómo es posible que un juego pueda convertir una ciudad en una fiesta? Hay otras aficiones, la música y el arte, ir de pesca, pero ninguna posee el ímpetu del fútbol, las ganas de ganar una y mil veces. El deporte como forma de elevación máxima, la certidumbre de que jamás podremos correr como un futbolista cobra y gana.

Carmen, la abuela de mi amigo Luis, sentía esa felicidad cada domingo, porque raro es el domingo que el Real Madrid pierda. Se sentaba delante de la televisión, subía el volumen y retransmitía el partido a su manera. Con los goles de su equipo, la abuela Carmen iba transformándose. De pronto, ya no era vieja, solo una hincha, sus huesudas manos paraban los intentos de gol de los rivales. A veces, 90 minutos dan para aburrirse, también para cambiar el mundo.

Hay muchos adultos que asocian su felicidad a una tarde en el campo. Cuando el árbitro declara el final del partido, la realidad se rompe, todo cuesta: abandonar el estadio por los vomitorios, coger un taxi, regresar a casa en una nube y darse cuenta de que, mañana, el partido se juega en el trabajo. Esos adultos recurren a un momento que ni siquiera les pertenece, que sucedió ante sus ojos prescindiendo de su ayuda y sus insultos. Quizás ese momento feliz no sea la felicidad bien entendida, quizás solamente implique un poco menos de dolor. Y a eso hay que aferrarse siempre.

Ilustración: David Shrigley

Y Brad Pitt ganó Wimbledon

Es absolutamente irrelevante que Carlos Alcaraz ganara Wimbledon ayer con veinte años. La culpa es de Brad Pitt, el único terrícola capaz de burlar a la muerte dentro y fuera de una pista de tenis. Ahí estaba él con su pelo de adolescente, con su ropa de adolescente, con sus gafas de aviador adolescente, comiendo patatas fritas como forma de belleza eterna. Porque Brad representa la belleza antes y después de la belleza, una criatura a cinco años de jubilarse eclipsando cualquier épica, y más la de un chaval que da raquetazos a una bola que envejece más deprisa que nuestro creador de humedad universal.

La cuestión no es dilucidar si Brad se ha operado. Aquí de lo que se trata es de saber si los espectadores, en el caso de operarse, tendrían ese aspecto, un halo que atormenta al rubio americano y hace felices a los que suspiran. Y la bola iba y venía y los cuellos dejaron de moverse y Brad nos recordaba congelado que el embarazo es posible en cualquier género, que si uno con cuarenta años aparenta ser su padre, ¿qué nos deparará el futuro?

Las estrellas están compuestas de hidrógeno (71%) , helio (27%) y un pequeño porcentaje de elementos como el hierro y el cromo. Se olvidaron de incluir una genética que convierte a la humanidad en recogepelotas. Yo pagaría miles de euros por recolectar las migas de sus pies, por ser fecundado por una criatura capaz de burlar la decrepitud y convertirla en un deporte estático. Observad la fotografía. No os mordáis el labio. Inspirad y entended que el tiempo no es la cosa más valiosa. Lo más valioso es tener a Brad en nuestro tiempo, el único ganador de ese punto, de este set, de este partido. Brad, please, llévame pronto contigo.

No me mientas, por favor

«Solo te pido que no me mientas». Y es que la mentira es el mayor temor humano. Luego vienen la muerte y la declaración de la renta, la ansiedad y las tardes de domingo, otros inviernos. Pero ella gana porque implica una forma de fe en el otro más poderosa que una oración. Tantas vidas construidas sobre una mentira, tantas ruinas… de ahí que solo aquellos con buena memoria sean buenos mentirosos. En el fondo, todo el mundo miente, peor o por deporte. A veces para evitar la sangre, otras para ocultar una verdad cruel. Tenedlo en cuenta antes de mentir; «de una bola nunca se vuelve». Siempre con la mentira por delante.

«Vamos a contar mentiras». Sale una media de veinte al día. Mentir a todos a todas horas: sobre ese libro que nunca leímos, con las cervezas y el gimnasio. También cuando decimos te quiero y no queremos, cuando ya te llamarán, cuando llamamos al trabajo enfermos por culpa del alcohol. Mentimos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros vecinos, a nuestro perro y a la planta que miente de noche bajo la ventana. Y lo peor es que no paramos de mentirnos a nosotros mismos. Será porque queremos parecer mejores.

«El arte de vivir es el arte de saber creer en las mentiras». No somos mentirosos por naturaleza, lo somos por supervivencia. La mentira como talento, la mentira como bálsamo. Encontramos la felicidad en actuaciones y ardides sabiendo que la verdad no le interesa a nadie, aunque nos la reclamen cada día. La mentira nos hará libres siendo presos, la verdad nos dejará solos. La diferencia entre una y otra es que la primera duele muchas veces poco hasta que al final nos pudre. La segunda viene con un gran disgusto. Después paz y silencio. Si tengo que elegir elijo la bondad. Por eso miento.

Ilustración: Andrea Ucini

El sonido del Real Madrid

Solamente sucede con el Real Madrid. Antes de los partidos que hacen biografía, la ciudad adquiere texturas de un sueño que sueña, con la acera al carboncillo y ese aire de todas las épocas pasadas y futuras. Para los que no vemos la tele resulta extraño la electricidad en bares y casas, ahora estadios. Y es que es posible respirar al ritmo de un balón dentro de ese epicentro de la Tierra llamado Bernabéu en liza con YouTube. Basta con abrir una ventana, cualquiera, la de mi cuarto, por ejemplo, con vistas al Madrid de las antenas y un cielo de césped blanco, merengue, azul después. Entonces empiezan las jaculatorias, las cervezas de un trago, la capital ondea su bandera, que puede ser de dos equipos y al final siempre de uno.

Y es que ganar mucho genera costumbres arraigadas. Es más, tanto pesa ese impulso de copas en el aire y títulos en la pared que nadie escapa a la hora bruja: dos mitades con prórroga incluida. Por mi ventana entran ráfagas de ánimo, comentarios en sincronía con las jugadas entrenadas en Valdebebas. Si el Madrid ataca, el inmueble vibra, resuena, retiene el aliento como si la vida fuera cosa de once contra once que se apaga a contrapié. En el fondo, hasta los poco aficionados quieren sentir lo que provoca el fútbol en los ojos de los niños, aunque se gane de penalti. Ah, marcó Benzema, alguien lo grita. Euforia a pie de calle y el ventrículo con forma de balón.

Fin del partido. El rumor parece de mar con marejada al fondo. Aumenta. Crece como la felicidad en los balcones. Hay eco de lo que ha sido, un banquillo lleno de lágrimas que no llega a creerse lo que estaba escrito en ninguna parte y en todas. Un entrenador calvo perdió, aunque no hay nada peor que perder pelo. De pronto, la ciudad es una fiesta que corea, ensucia y reescribe la letra de la canción. Allí donde regresa el fugitivo, pongamos que hablo del Real Madrid. Y me duermo.

Ilustración: Guy Billout

Simone dice: «si no puedes más… para»

Así somos. Parece que tenga que retirarse Simone Biles de unos Juegos Olímpicos para que el resto de mortales priorice la salud mental, hasta hace poco ‘cosas de gente sensible’. Y es que en el gueto de la gimnasia, deporte demoledor para el cuerpo y la escala de daño, la desconexión entre cuerpo y mente —algo que sucede tras miles de piruetas— ha permanecido acurrucada. También el bloqueo, la ‘carcasa’ o la ansiedad de aquellas que aspiran a la perfección. Si a eso le añadimos una búsqueda constante y desesperada de historias de superación y modelos de conducta, el resultado es la mejor gimnasta de todos los tiempos echándose a un lado. El éxito viene siempre detrás de la vida. Repetimos; siempre.

Observando sus acrobacias en contra de la gravedad nos olvidamos de lo más importante. En los entrenamientos prima el error; por cada doble-triple clavado hay veinte fuera de pista; para noventa segundos de ejercicio se emplean niñez, adolescencia y restos de vida adulta, tiempo en el que, paradójicamente, sólo las más fuertes de cabeza aspiran a las medallas. Simone es culpable de una cosa: hacer fácil lo imposible, y eso tiene graves consecuencias para la ficción en la que parecemos habitar.

A pesar de las presiones, Simone dice: «si no puedes más… para, cuídate». El mensaje va a la contra de lo viejo conocido. ¿Dónde queda el espíritu de competición? ¿Y el récord y la historia? ¿Qué sucede con las esperanzas depositadas en ella? Sencillamente que esa mierda se acabó. A partir de ahora, los aspirantes al podio deberán tener en cuenta que el deportista de élite entra en la pista cuando se siente bien por dentro y por fuera, de lo contrario, saldrá en una camilla. Y de pronto, el mundo es un lugar menos extraño.

Ilustración: www.erickrasco.photoshelter.com

La dignidad de perder

En el fútbol, como en el resto de religiones, sólo cuenta ganar. A los que pierden se les olvida pronto; a los que empatan se les considera enemigos del progreso y esos que ganan no necesitan santiguarse antes de salir al campo. Más allá de lo que cada uno crea, al final de los partidos de esta Eurocopa se juega otro partido entre hinchas, en este caso uno rehogado con las rencillas históricas entre países. Así, tras el España-Italia, la Plaza Mayor se llenó de figlos di puttana en bocas locales y varios grupos de jóvenes vestidos de azul corrían para evitar una lluvia de vasos y cerveza. Será porque algunos lo viven como si se tratara del último, y ganar lo primero.

La cuestión de fondo, más allá del fanatismo y la adrenalina, nos lleva directamente a la necesidad de perder y aprender perdiendo. En muchas ocasiones el segundo y el tercero dan lustre al campeón y ver el mundo desde los puestos de descenso permite valorar la dignidad de la derrota, la importancia de celebrar sin gritos, incluso el título. Total, habrá bebida para todos cuando el árbitro pite el final, un final que en ocasiones es el principio de algo, puede que malo, puede que el término de lo peor.

Es curioso cómo se nos olvida que todos perdemos algo cada día, incluso aquellos que repueblan las estanterías con trofeos, pelo o millones de likes. Un error de golpeo en el balón le sirve al juez de línea para pisparse de qué va esto: de darle la mano al italiano y al francés y dejar muy claro que, si las victorias son efímeras y las derrotas provisionales, entonces el juego se trata de saber y perder. El único que siempre gana es Jordi Hurtado… y ahora un poco Italia.

Ilustración: Guido Scarabottolo

¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

Gambito de dama

Hay que inventarse pasiones. Y da igual si éstas duran un bostezo o te entierran. Ahora, con eso de que Netflix propone entretenimiento masivo a precios de sillón-manta, le ha llegado el turno al ajedrez. Porque a pesar de que el gambito de dama hace referencia a los movimientos 1.d4 d5 2.c4 en los que el peón de alfil dama se ofrece para dominar el centro del tablero, la ficción lo anuncia como una de las series más populares de la plataforma. Para resumirlo y pasar a otra cosa: una chica prodigio con la cara de Willy Wonka encuentra la redención en el único deporte donde se suda para adentro, en plan Sánchez Dragó, pero sin dejar embarazado a nadie. De repente, lo viejo es tendencia y las partidas en línea compiten con los matchs de Tinder. No todo está perdido en 2020.

Solamente conozco a un amigo que juegue al ajedrez. Se llama Luis, gasta porte a lo Bobby Fisher versión gimnasio y me recomendó en su día comprar un tablero de madera, de esos que producen un ruido de cáscara de huevo cuando arrastras las fichas sobre la superficie. La cosa no termina ahí. De hecho, acaba de empezar. Declarada la guerra nos zambullimos en un universo extraño, socio del cálculo y las probabilidades y la vez sujeto a la impredecibilidad de las tormentas. Los más pequeños derrotan al todopoderoso, la reina impone su ley frente a un monarca estático, la torre antes que el alfil, y mientras tanto los caballos cabalgan por la galaxia de nuestra cabeza. Eso sí, el mundo se detiene al mover.

Es a base de jugar partidas cuando comienzas a entender que el ajedrez se parece mucho a meditar, una suerte de hipnosis con accesorios. Simplemente intercambiamos la nada del ser consciente por el todo dinámico, los pranayamas por el último aliento, el reino en juego por el juego del día a día. Así son las pasiones de la vida moderna, exactamente las mismas del siglo VI; así es el ajedrez cuando le extirpan el cine e imita a la vida y la muerte, al blanco y al negro, a esa promesa que burla el algoritmo de la carne. ++.