Quiero verte

Hay en esas dos palabras un ardor irremediable. Por un lado, querer, del latín «quaerere», suplicar, pedir. Detrás un verte que implica hacerlo muy de cerca, a poder ser pupila con pupila y poco aire entre medias. Ambos verbos concentran las ganas de un idioma que aspira a todo sin tener en cuenta las barreras del espacio-tiempo. En cambio, entiende de repetición. Pruébalo. Pronuncia o escribe «quiero verte» varias veces. ¿Ves? Pierde impulso, algo se queda trabado entre el ansia y la posibilidad, la de una isla, la del suelo de la cocina. ¿Quiero? Quieres, por esa razón pensarlo comparte la sintaxis del latido, espuma de los días frente al fuego.

Primero hay que darle forma a la postura, rajar la boca con los labios semiabiertos. Entonces se proyecta en la mitad del otro, imaginada o carne viva… con palabras que a veces llegan demasiado tarde. Primero derramarlas. Luego recibirlas. Y alguien finge porque lo que más desea es aquello que respira a oscuras, tal vez en algún ángulo muerto. Agotar el deseo, el único objetivo fallido de esta vida.

Superado el baile de máscaras todo lo que queda es abrir la puerta al otro lado. El sexo encontró sus subterfugios para pasar desapercibido en cada frase, en cada intento. Solamente hace falta una razón, también algún lugar en el que poner en práctica la cosa volitiva. Al terminar, todo es silencio, cuesta recuperar el sentido y el camino a casa. El «quiero verte» muta. Tiempo, nubes. A pesar de haberte visto volvería a hacerlo. A veces, el lenguaje corrompe el pensamiento. Pero sólo a veces.

Ilustración: Guy Billout

Carta de los reyes magos a los españoles

Queridos españoles:

Este año hemos decidido por unanimidad (hasta en los tríos es aplicable la democracia, o sino que se lo pregunten a don Juan Carlos) que este año solamente habrá regalos para los niños, los únicos que, crean o no en nosotros, han hecho méritos para recibir aquello que les haga más ilusión y que probablemente sea un ksi-merito, las botas (usadas) de Messi o una razón de peso para seguir creyendo que mañana, por muy mal que pinte, todo será un poco mejor.

Y es que los mayores españoles no habéis hecho méritos ni para recibir un poco de carbón, un mísero par de calcetines del Primarck o comeros esas mandarinas insípidas que vuestros hijos dejarán bajo el árbol.

Porque en lo único en lo que habéis destacado ha sido en discutir airadamente sobre todo tipo de cuestiones relativas a la identidad de género, insultaros de manera inclusiva, criticaros de forma exclusiva, faltaros al respeto, conducir borrachos y mirando el móvil, promover políticas en favor de Bezos y Roig, abandonar los cuerpos de mujeres llenas de vida en mitad de un descampado, mantener en activo los CIE, levantar más muros, contaminar los ríos y los mares, humanizar a los perros, hablar del no vestido de la Pedroche, mantener a Bertín Osborne en cabeza de la audiencia televisiva y convertir a VOX en algo más que un diccionario de medio pelo…, ¡y todo eso en tan solo un año!

Y no, no es discriminación —en el remite verán que hay miembros pertenecientes a colectivos minoritarios— simplemente es la constatación por escrito de que los adultos nunca llegarán a ser adultos del todo, ni siquiera cuando lo intenten con todas sus fuerzas.

Atentamente,

Los tres reyes magos, que en realidad son reinas.